Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 52
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Capítulo 52

Llegó la noche y todos se prepararon para llevar a cabo la peligrosísima misión. Se dividieron en tres grupos tal y como lo habían planeado.

El primer grupo lo lideraba Lasgol. Con él iban Ingrid, Nilsa, Ona y Argi junto a varios soldados de la hermandad. En el segundo grupo iban Astrid, Viggo y Gerd también con soldados. En el último grupo iban Kayti, Hartz y doce caballeros.

Los tres grupos se habían dispuesto alrededor de Camu formando un círculo completo.

«Todos avanzar conmigo. Importante avanzar a una. No perder distancia conmigo o si no ser descubiertos».

—Entendido. Tenemos que avanzar al mismo paso que lo hace él para que esa cúpula de invisibilidad y protección mágica nos cubra a todos —explicó Hartz mirando a Lasgol.

—Eso es. Estirad la mano. Todos debemos tocarnos para poder avanzar al mismo tiempo. Los que están más cerca de Camu serán los que den el paso y todos debemos dar el mismo. Avanzaremos muy despacio, un paso cada vez. Al principio costará, pero una vez se le coge el truco es más ágil.

—¿No puede usar su magia para hacernos invisibles uno a uno a todos? —preguntó Hartz.

—No, no puede —Lasgol negó con la cabeza.

—La magia, siempre con sus cosas raras —Hartz puso mala cara.

—No le gusta la magia. Nunca le ha gustado y no confía en ella —explicó Kayti a Lasgol, que tradujo a sus compañeros.

—Es entendible —respondió Nilsa—. Yo he sido así durante mucho tiempo, pero ahora ya no. He aprendido que la magia no es ni buena ni mala, lo es la persona que la utiliza y el fin que persigue. En este caso es Camu y el fin es bueno.

Lasgol traducía.

—Entendido, entendido —Hartz cortó el aire con la mano—. Me fiaré.

—Muy bien. ¿Todos preparados? —preguntó Lasgol.

—Todos preparados —confirmó Kayti después de observar a sus soldados.

Ingrid recorrió su grupo con la mirada y hizo un gesto seco de conformidad.

—Entonces es momento de pasar a la acción.

Se colocaron alrededor de Camu.

Lasgol fue indicando cómo hacerlo y dónde situarse. Una vez que estuvieron todos en su lugar eligieron a los que iban tocando a Camu y los demás formaron una especie de cadena en la que se tocaban los unos a los otros.

Cuando Lasgol vio que ya estaba todo en orden dio la señal.

—Camu, protégenos.

De súbito la habilidad Camuflaje Extendido los envolvió a todos y ya no pudieron verse.

—Cuenta los primeros pasos, Camu —pidió Lasgol.

«Avanzamos ahora. Paso» ordenó Camu.

Todos a una dieron el primer paso y fue un poco descoordinado. Volvieron a dar otro paso también descoordinado.

«Alto. Empezar de nuevo. Paso uno».

Hasta tres veces tuvieron que reiniciar la marcha. Por fortuna la colina estaba muy lejos y los dragones no percibieron nada.

Al final el avance comenzó a ser más fluido, tal y como Lasgol les había indicado.

Pasaba el tiempo y daban más pasos. Como iban muy lentos y con mucho cuidado, acercarse a la colina de los dragones les llevó mucho tiempo.

Aquello a Lasgol no le preocupaba porque tenían toda la noche para poder aproximarse.

Lo que de verdad le atormentaba era que una vez estuvieran muy cerca los descubrieran por un descuido o una torpeza.

Por esa misma razón no habían llevado a todos los soldados de la hermandad, solo los necesarios para el plan que querían llevar a cabo.

Avanzaron hasta alcanzar la base de la colina y Camu envió un mensaje de alerta.

«Todos mucho cuidado. Ahora empezar a subir por roca. No perder ritmo».

Llegaba el momento que Lasgol temía.

Observó a dos de los dragones que estaban a la vista. El blanco estaba sobre la cima y el azul algo más abajo. El rojo había desaparecido de su visión, pero seguía allí. Se encontraba en el otro lado de la colina.

«Mucho silencio» pidió Camu.

Comenzaron a ascender y resultó más difícil de lo esperado. Podían ver el suelo, pero no a ellos mismos pisándolo. Esto provocó que varios de los soldados de la hermandad tropezaran. Por fortuna ninguno se salió del área de efecto de la habilidad de Camu, pero estuvieron muy cerca.

«Pisar mucho cuidado».

Prosiguieron el ascenso y llegaron hasta las cercanías del dragón azul, que no se había percatado en absoluto de su presencia y dormía respirando muy profundo.

«Detenerse todos» indicó Camu y así lo hicieron.

Al parar varios soldados pisaron haciendo ruido.

Lasgol miró al dragón con ojos entrecerrados. Se temía que los hubiera escuchado y fuera a despertarse. Por un largo momento creyó que su suerte se acababa. Todos guardaron silencio y se quedaron quietos como estatuas. Las respiraciones no se oían. Intentaban tragarse el aire y no expulsarlo.

Lasgol pudo captar su respiración profunda, estaba completamente dormido.

El alivio fue enorme. Miró hacia arriba.

Por desgracia, el dragón blanco estaba bien despierto y alerta y hacía guardia.

Por su habilidad Oído de Lechuza pudo escuchar en el otro lado de la colina cómo el dragón rojo escarbaba.

Escuchaba el roce de sus garras contra la tierra y la roca.

Le dio la impresión por el sonido hueco y casi con eco que le llegaba de que debía estar dentro de una caverna intentando abrirse camino hacia el fondo.

Esto les proporcionaba una oportunidad excelente si nadie perdía la calma, cosa que podía suceder en cualquier momento. Pese a que el dragón azul dormía, tenerlo tan cerca aceleraba el pulso a cualquiera. Estaba a menos de cien pasos.

Lasgol sabía que no podían utilizar la voz para pasar las órdenes, pues corrían el riesgo de que el dragón los escuchara.

Puede que no los viera, pero si los oía despertaría y el plan fracasaría.

La ladera olía a tierra húmeda removida y no le dio un buen agüero.

El dragón rojo llevaba cavando toda la noche y el viento arrastraba el polvo y la tierra hasta ellos.

Lasgol notaba el sabor terroso en la lengua.

Observó el terreno. La hierba estaba aplastada en grandes parches.

No pudo apreciar el hueco que el dragón rojo había abierto, pero sí los montones de piedra, tierra y raíces que creaban un montículo que iba creciendo. La tierra sacada estaba mojada. El viento bajaba de la loma cargado de una fina lluvia.

Lasgol agarró su arco con firmeza.

«Subimos hasta situarnos entre los dos dragones. Pasa la voz al resto» indicó a Camu con un mensaje mental.

«Yo pasar» le respondió Camu. Avanzaba pegado a su costado sin hacer ruido. Repitió el mensaje a todas las mentes del grupo.

«Cuando yo contar desplazar izquierda y subir» envió la criatura.

Al momento empezó a contar.

«Uno, dos, tres».

Según iba contando el grupo se desplazaba hacia la izquierda. Los pies buscaban la roca desnuda para no arrancar piedras de la tierra suelta. Nadie respiraba fuerte. Muy lejos graznó un pájaro, pero ninguno de los tres dragones volvió la cabeza.

«Ahora hacia arriba. Uno, dos, tres».

Avanzaron colina arriba bordeando al dragón azul por la espalda hasta librarlo por completo.

Las escamas azules del durmiente brillaban con un tono apagado.

Su lomo se alzaba muy por encima de las cabezas del grupo y subía con cada respiración.

El aire que soltaba llegaba helado hasta ellos y les erizaba la piel de los brazos.

Cuando lo hubieron rodeado Camu dio el alto.

«Ahora derecha. Uno, dos, tres».

Comenzó a contar de nuevo. Se desplazaron hasta llegar a la altura de la cabeza del dragón que dormía.

Se habían situado por encima del azul y por debajo del blanco, que hacía guardia sin prestar demasiada atención.

Desde esa distancia Lasgol comprobó que ahora estaba medio dormido.

Los párpados del gigante caían despacio hasta volver a abrirse a medias.

Movía la cola de un lado a otro sobre la roca con un ruido sordo.

De su hocico salía un vaho fino que el viento deshacía enseguida.

Lo que sí se escuchaba era al otro dragón, que cavaba sin descanso.

Cada zarpada abría un surco en la ladera.

Quizás se turnaban y por eso el azul dormía tan hondo tras una jornada de trabajo.

El blanco estaba cansado, pero le tocaba hacer guardia.

Fuera como fuese, les venía bien que no estuvieran del todo alerta.

Tampoco es que temieran nada. Los druidas de la región no atacaban a los dragones.

Hacía mucho que ya no tenían que preocuparse de ejércitos defensores, sobre todo del de Irinel, pues había caído con las primeras oleadas.

Llegaba el momento de actuar. Lasgol esperaba que todos tuvieran muy claro lo que debían hacer. Se secó la palma en el muslo antes de volver a coger el arco y calculó la distancia hasta la cabeza del blanco. Doscientos pasos largos. A esa distancia el arco dorado no fallaría.

Ingrid comprobó la cuerda de su arco y Nilsa contaba saetas con los labios apretados.

«A mi señal atacamos. Envía el mensaje al resto» Lasgol invocó todas sus habilidades de combate.

Un cosquilleo le recorrió los brazos hasta llegarle a los dedos. Situó una flecha en el arco dorado.

«Ahora. Actuamos» envió a Camu, que pasó la orden.

El grupo de Kayti y Hartz se acercó al ala izquierda para rodearla, el de Lasgol apuntó al dragón blanco sobre la colina y el de Viggo avanzó hacia el cuello del azul. Ya estaban todos en posición para el primer ataque.

No sería Lasgol quien daría la señal sino Viggo.

Sería una señal silenciosa, la de un asesino ejecutando el golpe.

Viggo y Astrid clavaron sus cuchillos untados en la sustancia dorada en la parte baja del cuello del dragón.

El metal traspasó las escamas y se clavó profundo en la carne del dragón azul, que rugió de dolor y sorpresa.

El bramido sacudió el aire y el dragón levantó la cabeza con ojos desorbitados.

En ese momento el resto de los grupos actuaron y la ladera se llenó de gritos ahogados.

Kayti y Hartz atacaron el ala con sus armas tocadas por la sustancia dorada mientras los caballeros de la hermandad la sujetaban con todo el peso de sus cuerpos, peleando en silencio.

El dragón intentó levantarse y extender las alas. Consiguió lo primero, pero no lo segundo. El grupo de Kayti seguía acuchillando a la izquierda sin soltar la presa. Aquello pilló por sorpresa a la bestia, que no veía quién atacaba.

Antes de que pudiera reaccionar, Viggo y Astrid le causaron terribles heridas en el cuello.

Perdía sangre a borbotones. El olor llenó la ladera, era denso y se pegaba al fondo de la garganta.

La hierba se volvió negra bajo el chorro.

Al verse en tal situación crítica rugió desesperado en busca de ayuda.

El dragón blanco ya se había percatado de que algo sucedía, pero al igual que el azul no podía ver qué era, y se acercó de un enorme brinco abriendo sus alas. Cayó justo delante de Lasgol y su grupo.

El suelo tembló. Fue a usar su aliento elemental a ciegas, pero nada más abrir la boca penetraron en ella las flechas de Lasgol, que había utilizado Tiro Múltiple y Tiro Poderoso.

A ellas se sumaron las de Ingrid y Nilsa con sus flechas elementales de fuego, que le causaron graves heridas en las fauces.

El dragón cerró la boca sin poder soltar su aliento de tormenta y rayos.

El aire se llenó de olor a carne quemada.

Un líquido claro le chorreaba por las escamas del morro hasta la tierra removida.

Con un fuerte golpe de su ala, el dragón azul consiguió enviar por los aires a todo el grupo de Kayti a excepción de Hartz, que se mantuvo con la espada clavada agarrándose con una mano mientras con la otra seguía cercenando escamas, membrana, carne y hueso.

En el cuello, Viggo se había aferrado con las piernas y colgaba boca abajo clavando sus cuchillos una y otra vez.

Astrid golpeaba hacia arriba también a la base del cuello con sus cuchillos.

Uno lo tenía clavado firme y se aferraba con él a la bestia mientras con el otro seguía dando puñaladas.

Gerd había untado también su cuchillo y su hacha en la sustancia dorada y los clavaba algo más abajo en el torso del dragón con la intención de herirlo de muerte.

La sangre le corría por los antebrazos hasta los codos.

Los soldados que estaban con ellos tiraban del cuello hacia abajo colgados de él, pero la bestia se sacudía y salían despedidos a derecha e izquierda hacia la hierba con un ruido seco.

El dragón azul soltó su aliento de hielo contra el suelo frente a él.

Barrió también a los lados intentando librarse de aquellos enemigos invisibles que lo acuchillaban sin que pudiera verlos.

El frío alcanzó la cúpula antimagia de Camu, pero no pudo traspasarla y el suelo por delante se cubrió de una costra blanca. La hierba se quebraba al helarse.

La escarcha murió en el aire a dos pasos de la cara de Lasgol.

En la colina el dragón blanco intentó un ataque mental contra sus enemigos, pero al no verlos no logró captarlos y fracasó. Lasgol, Ingrid y Nilsa tiraron contra sus ojos. Las saetas del arco dorado le alcanzaron de pleno en el morro y el dragón blanco se cubrió la cabeza con una de sus alas.

Tenían que mantenerlo a raya hasta acabar con el dragón azul. Tiraron de nuevo para no darle respiro. El dragón no podía verlos, pero sí el origen de las saetas y dedujo dónde estaban. Dio un gran brinco para caer sobre ellos.

«Cuidado. Mover» advirtió Camu con un sentimiento de angustia.