Capítulo 50
La escuadra de las mazmorras arrastraba a Nahia por las calles de la academia en dirección al castillo. Al frente iba Drakoz, el líder de la escuadra. Como era costumbre, ya le habían dado una pequeña paliza en la celda para que no protestara y se comportara de camino al interrogatorio.
Nahia no se había resistido, sabía que era en vano. Además, ir con la cara llena de moratones y el labio partido sangrando ayudaba a la causa. Aquellos brutos sin inteligencia no eran capaces de verlo.
Cerca de la biblioteca se encontró a una gran cantidad de alumnos de todos los cursos que se había reunido allí para verla pasar.
Aquello era lo que ella tanto valoraba. Los alumnos apretaban los puños y tenían los ojos encendidos de rabia.
Algunos negaban con la cabeza y otros se mordían el labio para no gritar.
Verla pasar apaleada y arrastrada por aquellos sirvientes de los dragones solo conseguía que su resolución de pertenecer a la rebelión fuera todavía mayor.
Levantó la barbilla todo lo que pudo. Aquel paseo de la vergüenza era muy positivo para la causa. Lo que la esperaba al final del camino no lo era.
De pronto, varios alumnos de tercero dieron un paso al frente y gritaron a los brujos de dragón.
—¡Dejadla, cerdos!
—¡Apartad vuestras manazas de ella!
—¡Sois la escoria! ¡Nadie hay tan ruin!
Drakoz se detuvo en seco y los brujos de la escuadra se miraron entre ellos con las caras desencajadas. Una cosa era que los alumnos los miraran con odio y otra que los insultaran al pasar. Aquello era muy grave.
El líder de la escuadra apretó la mandíbula y buscó con la mirada a los que habían gritado.
Nahia contuvo la respiración. Si se lanzaban contra los alumnos, habría heridos e incluso muertos.
Pero Drakoz no podía pararse a detener a nadie, tenía órdenes de llevar a la prisionera ante el dragón negro.
Tiró de ella con más fuerza y siguió adelante.
En mitad de la plaza aguardaba Txar-Asko-Beltz.
El enorme dragón negro aguardaba inmóvil con los ojos brillantes de impaciencia.
Aquel día no estaba solo. Detrás se encontraban el coronel Lehen-Gorri-Gogor y el comandante Bigaen-Zuri-Indar.
Tras ellos formaba en silencio su guardia de honor.
El dragón rojo milenario observaba la escena con desdén y el blanco de vetas lilas movía la cola de un lado a otro.
No era lo normal, los líderes de la academia no solían presenciar los interrogatorios.
«Queremos resultados y los queremos hoy» envió Lehen-Gorri-Gogor a Txar-Asko-Beltz.
«Hoy los obtendremos» aseguró el interrogador e inclinó la cabeza.
Drakoz arrojó a Nahia a los pies del gran dragón y ella cayó de rodillas sobre la piedra fría.
Alzó la vista hacia aquel ser al que temía, pero al que hasta el momento había conseguido resistir.
Esperaba lograrlo hoy también. Sin embargo, la presencia de los líderes de la academia le dio muy malas sensaciones, algo no iba bien.
Cada interrogatorio la dejaba molida en cuerpo y mente y tardaba días en recuperarse.
Aunque merecía la pena solo por ver la cara de frustración de aquel ser despreciable.
«Será hoy cuando te rompa la mente… y el cuerpo si es necesario» envió Txar-Asko-Beltz.
Nahia lo notó de inmediato. Algo había cambiado en él, parecía más agresivo, más despiadado. Sus garras arañaban la piedra de la plaza.
El dragón negro atacó su mente sin previo aviso y l su cuello. No podía alzar ninguna defensa. Solo le quedaba una cosa. Avivó la llama que tenía en su interior, ya despierta desde los primeros golpes en la celda.
La negrura intentó apoderarse de su mente y la luz de la llama la fue destruyendo poco a poco.
«Estoy harto de tus trucos, Nacida de la Llama».
Txar-Asko-Beltz entrecerró los ojos.
«No creas que no sé lo que estás haciendo. Tampoco lo que hace tu amado Hijo de la Tormenta, pero ese truco no os funcionará nunca más».
Abrió las fauces y de ellas surgió un aliento elemental negro que envolvió a Nahia por completo.
La oscuridad ya no solo atacaba su mente, ahora también iba a por su cuerpo penetrando por todos los poros de su piel como una enfermedad que llevaba el aire.
Nahia sintió cómo se le metía en las carnes.
Vio con horror que la piel de sus brazos y manos se oscurecía.
La llama interior respondió, creció y corrió por todo su cuerpo, como si unas llamas se expandieran por su interior de pies a cabeza.
Esta vez la negrura y la luz lucharon por todo su cuerpo y sucedió algo que no esperaba. El combate le desgarraba cada parte del cuerpo con un dolor terrible y cayó al suelo de costado. Apretó la mandíbula y los puños. No iba a gritar, no les daría esa satisfacción.
«Hoy tendré todas las respuestas. Hoy sabremos quién conforma la red y quién lidera a los rebeldes, y después los mataremos a todos» el dragón negro acercó la cabeza hasta que Nahia sintió su aliento en la cara.
—¡Nunca! —gritó Nahia mientras se retorcía en el suelo.
La tortura continuó. La mente y el cuerpo de Nahia sufrían una agonía terrorífica.
La negrura penetraba y su llama la destruía, pero en el proceso, ella agonizaba.
Txar-Asko-Beltz envió más y más energía a sus habilidades, que salía convertida en negrura por su boca y por su mente para entrar en las de Nahia.
El sufrimiento era tal que no pudo aguantar más y gritó desesperada por el dolor.
Sus gritos resonaron por toda la plaza y rebotaron en los muros del castillo.
Los alumnos de la academia fueron acercándose desde todas partes y se quedaron a cierta distancia, pálidos, con ojos de terror y en silencio.
Bigaen-Zuri-Indar movió la cola con nerviosismo.
«No la matarás, ¿verdad?» preguntó al interrogador.
«Intentaré no hacerlo, pero no puedo asegurarlo, dependerá de cuánto quiera resistirse. Si cede, no morirá. Si se resiste hasta el final, puede que sí» Txar-Asko-Beltz no apartaba la mirada de su presa.
Bigaen-Zuri-Indar giró la cabeza hacia el Coronel en busca de permiso. El dragón rojo ni siquiera lo miró, tenía los ojos clavados en Nahia.
«Llevamos demasiado tiempo sin sacarle una sola palabra. Sigue, y si se muere que muera» Lehen-Gorri-Gogor soltó un resoplido de humo.
Los ojos del dragón negro brillaron triunfales. Tenía permiso para ir hasta el límite y más allá, que era justo lo que deseaba.
Tendida en el suelo e indefensa, Nahia apenas podía soportar la tortura. Supo que no aguantaría mucho más. La agonía era insoportable.
Txar-Asko-Beltz redobló su poder y Nahia gritó con más fuerza que nunca, como si el alma se le escapara del cuerpo.
Entre los alumnos se escucharon exclamaciones de horror y de impotencia.
Varios dieron un paso al frente. Sus compañeros los agarraron de los brazos para detenerlos, sabían que si se enfrentaban a los dragones los matarían a todos, pero ver a la líder de la rebelión sufrir así era terrible para ellos.
Con un último grito, Nahia supo que iba a perder la batalla. Aquel dragón era poderosísimo y su negrura, terrible. Aun así, no se rindió. Tomó todo el dolor que sentía y lo envió a alimentar la llama de su interior.
La llama respondió. Comenzó a brillar con más intensidad y a devorar la negrura. Cuanto más sufría Nahia, más fuerte ardía la llama.
Entonces se dio cuenta de algo increíble.
Txar-Asko-Beltz enviaba toda su energía y todo su poder para hacerle daño y ella lo estaba destruyendo con su llama interna.
Cada vez le dolía menos. Levantó la cabeza con esfuerzo y miró al dragón a los ojos, ya no había un brillo triunfal en ellos, sino duda.
«¿Qué sucede? ¿Por qué ya no grita?» exigió saber Lehen-Gorri-Gogor.
«Se está resistiendo. Es su llama interior».
El dragón negro sacudió la cabeza con rabia.
«Me da igual lo que sea. Sácale la información».
El Coronel golpeó el suelo con la cola y las losas de la plaza se agrietaron.
«¿Podemos añadir daño físico? ¿Eso ayudaría?» preguntó Bigaen-Zuri-Indar.
«Ayudaría» respondió el interrogador sin apartar la vista de Nahia.
El Comandante se giró hacia su guardia de honor y señaló a uno de sus dragones.
«Hazla sufrir, pero que no muera».
«A la orden, señor».
El dragón avanzó hacia Nahia. Sus garras resonaban contra la piedra a cada paso. Nahia intentó arrastrarse hacia atrás, pero no le quedaban fuerzas. No lo podía creer, aquellos abusones sin escrúpulos la iban a matar allí mismo delante de todos. El dragón se detuvo sobre ella y alzó una garra.
Y de pronto, el aire se partió con un gran estruendo, como si varios relámpagos restallaran ante la llegada de una tormenta. Los rayos golpearon la plaza detrás de Nahia y la escuadra de las mazmorras tuvo que apartarse a la carrera. El dragón de la guardia retrocedió de un salto.
Una esfera medio translúcida y plateada se formó a espaldas de Nahia. El aire seguía rompiéndose a su alrededor y de él surgían rayos que zigzagueaban por doquier entre crujidos ensordecedores.
Nahia miraba desde el suelo con los ojos entrecerrados sin identificar qué era aquello.
Txar-Asko-Beltz dejó de enviar su poder de golpe y el Coronel y el Comandante dieron un paso atrás.
Su guardia de honor corrió a protegerlos y se situó a su alrededor.
Fuera lo que fuera aquello, no parecía amistoso.
La esfera siguió creciendo. Comenzó con el tamaño de una persona y terminó con el de un dragón de más de setenta varas de largo.
Cuanto más crecía, más rayos y estruendos generaba.
Los alumnos retrocedieron hasta la biblioteca.
Todos se apartaron, todos menos Nahia, que permaneció en el suelo deseando que ninguno de aquellos rayos la alcanzara.
Por fin la esfera terminó de formarse y los rayos desaparecieron. En su interior apareció el Gran Oráculo envuelto en energía plateada.
Nahia se frotó los ojos. No podía creer lo que veía. ¿Se había teletransportado hasta allí el Gran Oráculo? Le resultó muy extraño. Miró mejor y descubrió que no solo la esfera era translúcida, el propio oráculo lo era. Aquello era algún tipo de visión que proyectaba desde la distancia.
Sus escamas plateadas con vetas de oro relucían tras la superficie de la esfera y sus ojos de plata con iris de oro recorrieron la plaza.
«¿Cómo os atrevéis a desobedecer mis órdenes?» envió el Gran Oráculo.
El mensaje llegó a todos los presentes en la plaza. No solo era atemorizador, el poder que lo impulsaba entraba casi hasta la propia alma. A Nahia se le erizó la piel de la nuca. Los dragones de la guardia agacharon la cabeza.
Bigaen-Zuri-Indar fue el primero en reaccionar, bajó el cuello en señal de sumisión.
«Nadie está desobedeciendo las órdenes del Gran Oráculo. No nos atreveríamos».
«No me mientas, pequeño militar. Puedo ver los hilos del destino. Uno de ellos me ha mostrado que hoy moría aquí la Nacida de la Llama».
El dragón blanco se encogió sobre sí mismo.
«Nuestra intención no es matar a la Nacida de la Llama. Solo la estamos interrogando» se defendió.
«Que sea vuestra intención o no es irrelevante, lo que importa son los hechos. Mi visión me ha mostrado a la Nacida de la Llama muerta ahí mismo, donde ahora yace en el suelo».
«En ningún momento ha sido nuestra intención que ocurriera algo así. Solo queríamos sacarle información» Bigaen-Zuri-Indar miró de reojo al Coronel.
«Este interrogatorio y cualquier otro que tengáis planeado terminan en este mismo instante.
La vida de esta Nacida de la Llama es de extrema valía para mí y también la del Hijo de la Tormenta.
Os los cedí para que los encarcelarais. Nada puede sucederles.
Solo debéis encerrarlos y mantenerlos con vida hasta que yo diga lo contrario. Nada más. ¿Está claro, coronel?».
La mirada del Gran Oráculo se posó sobre el dragón rojo.
Hasta ese momento, Lehen-Gorri-Gogor se había refugiado tras las excusas del Comandante, pero ya no podía hacerlo y bajó la cabeza hasta casi rozar el suelo.
«Por supuesto, Gran Oráculo. Será un honor para nosotros y para esta institución cumplir vuestros deseos. La Nacida de la Llama y el Hijo de la Tormenta permanecerán encerrados aquí hasta que nos digáis qué queréis que hagamos con ellos».
«Eso está mucho mejor. No esperaba otra cosa».
El Gran Oráculo hizo una pausa larga. Los presentes no sabían qué interpretar de aquello.
«Os recuerdo que puedo ver los hilos de vuestros destinos. Puedo ver cuándo vais a morir y si lo deseo, puedo influir en ellos».
«No será necesario, Gran Oráculo. Cumpliremos vuestras órdenes y estaremos a la altura» aseguró el Coronel.
«Que así sea o vuestro destino será uno horrible».
La esfera comenzó a emitir pulsaciones plateadas y los estruendos regresaron seguidos rayos enormes. Tal y como se había formado, la esfera desapareció en un instante.
Se hizo un silencio absoluto en la plaza.
Nahia observaba atónita el lugar donde hacía un momento estaba el Gran Oráculo.
Pensó en sus palabras. Hoy ella debería haber muerto.
Sabía que era así, al final la habrían matado.
Le debía la vida al Gran Oráculo. Aquello le pareció todavía más extraño que todo lo que acababa de vivir.
Bigaen-Zuri-Indar se volvió hacia los brujos de dragón.
«Llevadla de vuelta a su mazmorra y nada de golpes. Tiene que vivir, ya habéis oído al Gran Oráculo».
Drakoz asintió con la cara lívida. Esta vez los brujos de dragón no la arrastraron, sino que la levantaron entre todos con cuidado. Nahia no podía ni tenerse en pie tras el terrible castigo que había recibido.
Al pasar por delante de la biblioteca, los alumnos que se habían reunido allí prorrumpieron en vítores.
Muchos de ellos se jugaban la vida al hacerlo.
Nahia estaba tan castigada y rota que apenas podía pensar, pero aquellos vítores significaban que los alumnos estaban con ella, con la causa. Su alma se llenó de gozo.