Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 49
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Capítulo 49

En el subnivel tres, Eki seguía intentando utilizar su magia.

No se daba por vencido. La última conversación con Garran-Zilar-Denbo lo había llenado de esperanza.

Quizás no pudiera usar su magia hacia el exterior, pero conseguiría usarla hacia el interior.

Había descubierto que pese a ser opresivo, el interior de su mazmorra estaba a oscuras y eso le ayudaba a concentrarse, era lo único bueno que le había encontrado a aquel lugar.

También que Aroa no veía como arriesgaba al límite.

Cogió algo de su energía interna y se concentró en la boca de la caverna, por la que sí penetraba un poquito de luz.

Intentó desplazarse hasta allí, la distancia era corta.

En teoría debería poder hacerlo. Su magia interior se activó y Eki pensó que lo iba a conseguir.

Sin embargo, lo único que consiguió fue asfixiarse.

El collar de plata emitió un destello y el aire abandonó sus pulmones.

Empezó a ahogarse casi al instante, no pudo hacer otra cosa que desplomarse sobre la roca y desear no morir.

La falta de aire le hizo perder la consciencia.

Cuando despertó al cabo de un buen rato, tenía el cuello y los pulmones doloridos.

Se enfrentaba a un problema grave. En sus intentos para que la magia interior funcionara, de vez en cuando, ésta se le escapaba hacia el exterior.

El collar no solo la anulaba, si detectaba más intentos, aplicaba la asfixia.

Permitía un intento, pero no más. Cuando identificaba más de uno en un período breve, actuaba como si lo estuvieran atacando.

Garran-Zilar-Denbo ya le había avisado, pero no podía esperar tanto.

Eki no le había contado nada de aquello a Aroa para no preocuparla, pero empezaba a temer que el collar le estuviera afectando al cuello.

Al no tener la protección mágica innata de los dragones, los estrangulamientos del collar dejaban marca por ser mágicos.

Decidió que era mejor no pensar en ello y continuar intentando que su magia funcionara.

Lo había estado pensando todas las noches en las que no podía dormir.

Le había dado mil vueltas en la cabeza. A él le gustaba pensar y aquello no le molestaba.

Había llegado a la conclusión de que Garran-Zilar-Denbo podía utilizar su magia interior temporal para tener visiones del futuro, pero ese no era su caso.

En teoría tenía que funcionar, lo había meditado mucho y a esa conclusión había llegado.

En la práctica, la magia espacial se iba hacia el exterior en lugar de hacia su interior, por eso el collar lo estrangulaba cada vez más a menudo.

La asfixia era instantánea y total y se sentía morir.

La muerte por falta de aire era horrorosa, aunque no se acobardaba y seguía intentándolo.

Aguardó un buen rato a que se le pasaran los efectos nocivos del último fracaso.

Cuando ya pudo respirar con normalidad y el dolor del cuello remitió, se preparó para volver a intentarlo.

Algo estaba fallando, su energía no iba hacia el interior, sino hacia el exterior.

Por otro lado, casi podía sentir que su cuerpo iba a cambiar de posición en el espacio.

Aquello le daba mucha moral para seguir.

Buscaría desplazarse lo mínimo, apenas nada. Quizás así la magia no saldría hacia el exterior. Cuando miraba la entrada de la cueva y la fijaba como objetivo, la magia se dirigía hacia allí y el collar lo castigaba.

Cogió energía. En su mente se visualizó a sí mismo en su misma posición. Fue a modificarla apenas un poquito, pero algo sucedió. Parte de su energía interior implosionó y Eki apareció fuera de su cueva.

Se quedó atónito. Con los ojos desorbitados, contempló la entrada desde el exterior.

¡Lo había logrado! No sabía muy bien cómo, pero se había desplazado en un instante desde el interior de la cueva hasta el exterior.

Se dio cuenta de que ahora el collar actuaría y se preparó para asfixiarse.

Cerró los ojos y aguardó la angustia y el terror.

No llegaron. El collar no actuó.

Eki no podía creerlo. Aroa seguía en el interior de su propia cueva y no lo vio. Regresó despacio y volvió a intentarlo.

Volvió a funcionar.

Lo repitió una decena de veces. No se había alejado lo suficiente, seguía dentro del área de la cueva y por eso el collar no lo detectaba.

Comprendió que debía visualizarse a sí mismo para teletransportarse.

Lo que no tenía tan claro era cómo fijar el destino.

Por ahora aparecía siempre en el mismo punto, justo delante de la cueva, pero él no había establecido ese lugar.

Tendría que investigarlo. Lo que sí podía asegurar ya era que podía moverse en el espacio en un instante. Aquello le pareció increíble.

En el exterior de las mazmorras, la noche se iba volviendo más cerrada según los nubarrones se acercaban a la academia.

Tres figuras envueltas en negro se aproximaban al edificio de las artes arcanas de sombra en sombra.

Cada una llegaba por una dirección distinta.

Se movían con extremo cuidado y miraban sin cesar hacia las alturas.

Sobre las atalayas y en las murallas, los dragones vigías observaban que todo estuviera en orden.

Draketz llegó hasta la puerta del edificio de las artes arcanas, pero no entró, sino que se desvió hacia un lateral y se coló por una ventana abierta.

Una vez dentro, se agazapó y lo pensó una última vez, todavía podía darse la vuelta.

Lo que iba a hacer entrañaba un peligro extremo e iba contra los dragones.

Si lo descubrían, estaba muerto. Decidió correr el riesgo.

Había que acabar con aquellas bestias y conseguir la libertad para todos los pueblos esclavos, entre ellos los Drakónidos.

Escuchó un leve sonido. Por la otra ventana entraba su compañero Ileoi, el Felidae león. Se dejó caer al suelo y le hizo un gesto con la mano para indicarle que ya estaba preparado.

Draketz le hizo la seña para que fuera a comprobar si todo estaba despejado.

Debía estarlo, el edificio de magia no solía estar abierto de noche, solo de día.

Eso no quería decir que no pudiera haber algún Tergnomus limpiando o algún Exarbor terminando tareas con los libros de magia y tampoco podía descartar que hubiera algún dragón en el centro del edificio.

Los dragones podían descender desde el cielo y tomar tierra dentro.

Si lo hacían, tendrían un gravísimo problema.

Aguardó un poco más a que el Felidae tigre Retig estuviera situado en la posición de escape y se puso en acción. Avanzó con el máximo sigilo posible hacia la sala circular central, donde había visto a los dos poderosos dragones maestros de magia.

Llegó hasta la puerta y la encontró cerrada. Ya lo esperaba.

Sacó el objeto que había conseguido de Ipotxon en intendencia, que no era otro que la llave de esa puerta.

Los Tergnomus tenían copias de casi las llaves de todos los edificios, pues eran ellos quienes se encargaban de hacerlas.

Introdujo la llave en la cerradura con mucho cuidado.

Sin hacer el más mínimo ruido, abrió la puerta y asomó la cabeza para ver si había alguien dentro de la sala.

No podía creerlo. Junto al pedestal había un Exarbor estudiando un libro.

Sobre el pedestal, un destello dorado le indicó dónde estaba el objeto que habían venido a recuperar.

Iba a tener que encargarse de ese Exarbor.

Le dio algo de lástima, pero debía dejarlo fuera de combate antes de que pudiera dar la alarma.

Golpear por la espalda a un Exarbor le pareció un tanto cruel, pero tenía que hacerlo.

Comenzó a avanzar hacia él con mucho cuidado de no hacer ruido.

El ser de madera seguía absorto en el libro.

En sus páginas distinguió textos sobre magia dorada.

Como estaba de espaldas, no le podía ver el rostro.

Imaginaba que sería el ayudante de uno de los dos dragones.

Cuando estuvo ya muy cerca de él, algo le llamó la atención y se detuvo.

No vestía como un Exarbor ayudante, sino que llevaba una larga túnica plateada.

Aquello le extrañó. Nunca había visto a un Exarbor así, pero tuviera la función que tuviera, era un Exarbor.

Se situó a su espalda y fue a golpear. Entonces recordó la advertencia de Liburex.

El Exarbor se volvió con una velocidad desconocida en los de su raza y clavó en Draketz unos ojos inyectados en verde.

Draketz no reconoció a aquel Exarbor y supo que algo iba muy mal.

No era un ayudante, sino un experto en magia arcana.

Su adversario pronunció una palabra y de su cuerpo salió despedida una onda de energía verde que alcanzó a Draketz de lleno y lo dejó tumbado en el suelo como si lo hubieran golpeado tres maestros a la vez.

Esta vez el Exarbor avanzó despacio hasta donde Draketz yacía de espaldas y apuntó hacia él con su dedo de rama.

—No… —alcanzó a decir Draketz.

La criatura no respondió. De su dedo brotó una rama que creció deprisa y se dirigió a su cuello envuelta en energía verde.

Draketz se giró hacia un lado, pero la rama lo siguió y le hizo un arañazo en la mejilla.

De pronto sintió cómo la mitad de la cara se acartonaba y se paralizaba.

Le había inyectado algún tipo de veneno.

Con otra palabra, el Exarbor lanzó una nueva onda expansiva de energía verde que alcanzó a Draketz y lo estampó contra una estantería.

Su atacante se giró hacia él y empezó a avanzar señalándolo con su dedo de rama envenenado.

Draketz intentó ponerse de pie, pero le dolían las costillas y empezaba a tener dificultades para respirar. Sabía que estaba envenenado y no tenía mucho tiempo. A un paso de él, el Exarbor lo señaló otra vez con el dedo índice para matarlo.

Ileoi irrumpió corriendo en la sala y de un tremendo salto felino se llevó por delante al Exarbor. Ambos rodaron por el suelo. El Exarbor tardó algo más en levantarse que el Felidae león. El maestro de armas le dio una tremenda patada en el lateral de la cabeza que lo dejó inconsciente.

Se volvió hacia Draketz.

—¿Estás bien?

—Me ha envenenado. No sé si voy a poder finalizar la misión.

—No digas eso, saldremos de aquí —se acercó a él y le dio la mano para ayudarlo a levantarse.

Draketz la cogió. Al ponerse en pie notó que tenía varias costillas rotas, apenas podía respirar por el veneno. Supo que no iba a conseguirlo.

—Coge el objeto dorado del pedestal. Es por lo que hemos venido. Es lo que hay que entregar a la red.

Ileoi asintió y se acercó al pedestal. Tras el cristal que lo cubría pudo ver el objeto dorado.

—Es una diadema.

—Cógela y salgamos de aquí —Draketz señaló el pedestal con la barbilla.

No había forma de abrirlo, así que el Felidae rompió el cristal de un puñetazo. Al hacerlo, un rugido tremendo de alarma retumbó por todo el edificio.

—¡Maldición! La alarma de los dragones —masculló Draketz.

Ileoi le mostró la diadema en la mano.

—Hay que salir de aquí.

—Vete ya.

—¿Y tú?

—Yo no lo voy a conseguir —Draketz se llevó la mano a las costillas—. Intentaré retenerlos.

Ileoi apretó la mandíbula. Miró hacia la salida y luego a Draketz sin decidirse a dejarlo.

—Buena lucha, amigo. ¡Por la libertad! —le apretó un instante el hombro—. La conseguiremos.

Echó a correr.

Draketz se dejó caer y aguardó sentado en el suelo. Respiraba a bocanadas cortas con la mano sobre las costillas. Clavó la vista en el hueco del techo por el que bajarían los dragones.

Un dragón vigía entró por la parte superior y se plantó frente a él. Era azul y joven.

«¿Qué significa esto, maestro de armas?».

—No sé lo que ha ocurrido. Me han atacado —mintió Draketz para ganar tiempo.

Un segundo dragón llegó al cabo de un momento. Este era marrón y experimentado. Observó la situación y dedujo lo que había sucedido.

«Han robado el objeto dorado y han dejado fuera de combate a Mexge. Avisa a los Maestros de Magia».

El primer dragón salió a buscarlos y el segundo clavó la mirada en Draketz.

«Tú estás con ellos, con los rebeldes».

—Por supuesto que no, yo soy leal a los dragones.

«Mientes muy mal y por ello morirás».

El dragón abrió sus grandes fauces.

«¿Dónde está el objeto? Solo tienes una oportunidad de responder de forma correcta».

—No sé de qué objeto me hablas.

«Entonces muere».

El dragón lanzó un zarpazo terrible que le arrancó la cabeza de cuajo y luego echó a volar.

A la carrera, Ileoi salió por la parte de atrás del edificio. Miró a su espalda hacia los cielos y vio un dragón marrón que se elevaba desde la sala en la que habían estado.

Supo que Draketz había muerto.

Soltó un gruñido ronco y no dejó de correr hacia la noche con la esperanza de que lo protegiera.

El dragón marrón lo vio y comenzó a descender hacia él.

El Felidae león giró detrás de una fuente, donde aguardaba Retig, y le entregó el objeto dorado dentro de una bolsa para que no emitiera destellos.

Siguió corriendo sin decir nada, solo le indicó con una mirada los cielos desde los que lo perseguían.

Consiguió avanzar veinte pasos más antes de que el dragón marrón cayera sobre él con todas las fuerzas de su cuerpo.

Retig aprovechó y salió corriendo hacia el este tan rápido como pudo mientras a su espalda oía rugidos que sabía significaban la muerte de Draketz y de Ileoi.

Apretó los dientes. No pudo reprimir una enorme pena por aquellos dos valientes que se habían sacrificado por la causa.

Avanzaba entre los edificios en dirección al gimnasio, donde tenía que esconder la diadema.

Supo que era mejor preocuparse por sí mismo y por poner el objeto a salvo.

La diadema no debía volver a manos de los dragones. Desconocía el motivo, pero Draketz le había asegurado que era importantísimo. Él cumpliría con la misión y escondería el objeto donde debía.

Una decena de dragones sobrevolaba la zona. Las posibilidades de lograrlo disminuían a cada momento, pero debía llegar al gimnasio. Un enorme dragón rojo tomó tierra frente al tigre justo cuando llegaba al edificio y Retig se detuvo en seco.

Miró al enorme dragón con los ojos desorbitados. Iban a morir los tres.

«Dame la diadema».

El mensaje le llegó como una orden que no podía ser ignorada.

—Yo no… —comenzó a decir el tigre.

El Felidae supo que no tenía escapatoria. Aún así, se llevó al bolsa a la espalda, para ocultarla del dragón.

El dragón rojo le soltó un terrible zarpazo y lo mató donde estaba. Luego cogió en su zarpa la bolsa.