Capítulo 48
Una vez a salvo, todos corrieron a ocuparse de sus heridos y muertos.
Había muchos, de las cuatro etnias. Jalsawi ordenó atender a los suyos, Abdu Baba corrió a buscar ayuda para los noceanos y Aibin ayudó con sus Desher Tumaini a los que estaban allí mismo.
Dafne corrió a ver cómo se encontraba Draider.
Mientras luchaban habían trasladado a todos los heridos a las cuevas centrales.
Eran más grandes y allí era más fácil conseguirles agua y remedios.
No había podido sanarlo usando su habilidad por la urgencia del ataque, pero ahora que el túnel de acceso estaba sellado podría hacerlo.
La acompañaba su escuadra. Se detuvo un momento antes de entrar en la cueva.
—Id a ver qué hace ese general azul de la hueste alada.
—Nos encargamos —respondió Taika.
—Voy contigo —Aiden avanzó hacia el Felidae.
—Vamos a las alturas —Taika señaló hacia arriba.
Aiden asintió y marcharon.
El resto entró en la gran caverna central.
Lo que vieron, escucharon y olieron les hundió el alma.
Estaba llena de heridos y allí solo estaban los de Kraido, a los noceanos los atendían en otra cueva más al oeste y a los Aljisaw los habían trasladado a una cueva grande en el lado este pese al peligro en esa zona.
Jalsawi había dicho que, si iban a morir, mejor en roca sagrada y nadie le había llevado la contraria.
Según entraron en la cueva escucharon gemidos de sufrimiento.
Era como una melodía funesta que resonaba contra las paredes de roca.
Los gritos de dolor de los más desesperados y el olor a carne quemada eran terribles.
La luz de las antorchas temblaba sobre los heridos.
El espectáculo de sufrimiento los envolvió como si estuvieran en una pesadilla.
Avanzaron por la cueva con cuidado y en línea.
Dafne iba delante con Lily e Ivo tras ella.
Era difícil pasar entre tanto herido. Los había de todo tipo, había quemaduras de fuego y de rayos, también lapidados e incluso un grupo de medio congelados a los que intentaban reanimar con fuego y tisanas calientes.
Otros muchos tenían heridas de laceraciones de garra y roca.
Cada pocos pasos había muertos a los que habían tapado el cuerpo con una manta.
—Esto es horrible —se lamentó Lily negando con la cabeza.
—Las consecuencias de la guerra siempre son terribles. No hay ninguna que termine de otro modo —añadió Ivo con tono de gran pesar.
Dafne vio a la Escuadra Candente. Estaban sentados alrededor de Beck, al que habían cubierto con una manta.
Sobre su cuerpo habían puesto su espada.
Logar y Valka tenían las manos sobre los hombros del Fatum muerto.
A Dafne le dolió tanto la imagen que pensó que le habían quemado el alma con una barra al rojo vivo.
—Oh, no —llegó la advertencia de Lily.
Al principio pensó que era por Beck y le costó un momento darse cuenta. Algo más a la derecha estaba la Escuadra Ardiente y la imagen era demasiado similar. Estaban sentados alrededor del cuerpo de Draider, pero no le habían puesto una manta encima todavía.
—Lo salvaré —Dafne se apresuró entre los heridos casi pisándolos.
Llegó hasta la Escuadra Ardiente y miró a Brendan. Él no levantó la mirada, la tenía fija en Draider, que estaba tumbado en el suelo.
—¿Por qué no lo atendéis? —preguntó y se arrodilló junto al Drakónido.
—Lo hemos hecho —respondió Cordelius.
—Pero ya no está con nosotros —indicó Lara con lágrimas en los ojos.
—¡No! ¡Tiene que vivir! —Dafne puso las manos sobre su torso y comenzó a enviar su energía sanadora al cuerpo de Draider.
Lily e Ivo se quedaron de pie a su lado, observando. Lily se llevó las manos al rostro.
Dafne lo intentó por un largo rato. Nadie la interrumpió ni dijo nada, pero las expresiones de todos mostraban lo que ya sabían: Draider los había dejado.
Al final Dafne apartó las manos con los ojos llenos de lágrimas.
—Le tenía que haber ayudado abajo… —negaba con la cabeza.
—Hiciste lo correcto —murmuró Brendan.
—Ha muerto porque no lo atendí.
—Si lo hubieras atendido estaríamos todos muertos —Cordelius le puso la mano en el hombro.
—No te culpes. Nadie lo hace —aseguró Lara.
Dafne se quedó mirando el rostro sin vida del Drakónido.
—Era muy buen luchador.
—Lo era y como tal ha muerto —dijo Cordelius.
—Su honor y templanza son un ejemplo para la escuadra —añadió Brendan.
Dafne asintió. No podía quitarse de encima el sentimiento de que era su culpa. Quizá sí había tomado la elección correcta, pero lo había condenado a morir.
Taika y Aiden llegaron para informar de la situación junto a Aibin. Al ver a Draider muerto sus expresiones se ensombrecieron.
—¿Ha muerto? —quiso asegurarse Aiden.
La Fatum asintió. Luego lo miró.
—He llegado tarde…
—Ha muerto luchando como un valiente —Brendan seguía sentado al lado de su compañero.
Aiden sacudió la cabeza.
—Era un buen compañero… Siento que su lucha haya terminado hoy aquí.
—Su sacrificio no será olvidado —Taika bajó la cabeza en señal de respeto.
—Descansa. La rebelión seguirá, tú ya has hecho todo cuanto podías —Lara le puso la mano en el muslo a Draider.
—¿Qué sucede fuera? —preguntó Dafne.
—La hueste se retira. El general azul y lo que queda de sus fuerzas vuelan hacia el suroeste —informó Taika.
Dafne se secó la lágrima que le caía por la mejilla.
—¿Cuántas bajas calculas?
—Ha perdido cerca de cuarenta dragones en este ataque, la mayoría dentro del túnel.
—¿No han intentado rescatarlos?
—Solo retiran a sus caídos cuando les estorban el paso. No se arriesgan por ellos —dijo Aiden.
—Y el general no querrá arriesgar más bajas. Sabe que podemos tirar contra ellos y herirlos —explicó Taika.
—Entonces… Entre este ataque y los anteriores han perdido media hueste —calculó Dafne.
—Casi la mitad, sí —confirmó Taika.
—Eso son muy buenas noticias —se animó Lily.
—Pero nos han costado demasiadas vidas —Dafne pasó la mirada por la caverna—, demasiadas muertes.
—Seguimos con vida para luchar un día más y eso es lo que importa —comentó Ivo—. La guerra deja muerte, es inevitable, es su maldición. Pero somos fuertes y esta victoria nos hace aún más.
—Hemos matado muchos dragones, es toda una hazaña —señaló Aiden—. No creo que nadie lo haya hecho antes.
—Una que todos deben conocer —opinó Taika—. Hay que avisar al refugio de las Montañas del Amanecer.
—Sí, y prevenirlos —dijo Dafne.
—Avisaremos a todos en el desierto, también a mi hermano en las Montañas de Sangre. Dudo que los dragones vuelvan a atacar este o aquel refugio en un tiempo, no después de esto —afirmó Aibin.
Abdu Baba se unió. Estaba cubierto de suciedad y su expresión también era de pesar.
—¿Cómo están las cosas entre los noceanos? —preguntó Dafne.
Abdu Baba miró alrededor.
—Muy parecido a como están aquí. Hemos perdido buenos soldados y tenemos aún más heridos.
—Los noceanos se han comportado como valientes —reconoció Dafne—. No lo olvidaremos.
—Somos aliados, luchamos y morimos juntos —aseguró el general.
—Una cosa es decirlo y otra demostrarlo. Bien luchado, bien defendido.
El general agradeció las palabras de Dafne.
—He apostado tiradores para vigilar que no vuelvan.
—Bien hecho. ¿Los de York?
El general puso mala cara.
—Han caído muchos de sus tiradores. Quedan pocos con vida.
—Vaya… lo lamento.
—¿Y Dimitrios? ¿Dónde está ese cobarde? —preguntó Lily con tono de rabia.
Abdu Baba suspiró.
—Escapó al desierto en medio del combate.
—Puedo ir y traerlo con mis guerreros —ofreció Aibin.
Dafne sintió la rabia subirle hasta la frente, pero no habló hasta tenerla controlada.
—No, dejemos que el desierto se encargue de él. Pasad la voz de que si vuelve no se le permitirá entrar.
—Así lo haremos —prometió el general.
—Lo echaremos —aseguró Aibin.
Los heridos requirieron varias semanas para sanar, aunque por desgracia muchos no lo lograron.
Las muertes resultaron ser más de las que nadie deseaba.
A los soldados de Kraido y a los noceanos los enterraron en el desierto, a los pies de las montañas.
El viento pronto cubrió las tumbas de arena.
Los Aljisaw enterraron a sus muertos en las cavernas profundas como hacían siempre.
Dafne ordenó recoger todas las flechas y puntas de lanza doradas que pudieran encontrar.
Unas semanas después de la batalla, el consejo se reunió.
—Jefe Jalsawi, general Abdu Baba, Aibin, Dameros, gracias a todos por venir —recibió Dafne junto al Escuadrón Rojo en la caverna del consejo, ante la mesa de piedra con el mapa de los desiertos sobre ella.
—Es tiempo de hablar —el jefe cruzó los brazos sobre el torso. Venía acompañado de un grupo de sus mejores guerreros.
—Y reagruparse —a Abdu Baba lo acompañaban oficiales noceanos.
—Y de planificar —añadió Aibin.
—Hay que reagruparse y planificar, sí —convino Dameros, al que acompañaba Celopus.
Dafne asintió.
—Parece que la hueste no regresa, con lo que tenemos algo de respiro para planificar qué hacer.
—Muchos han muerto y mi pueblo todavía está de duelo, pero no podemos dejar que el dolor nos ciegue. Los monstruos alados podrían volver pronto —advirtió Jalsawi.
—Lo primero es hacer recuento —Dafne miró el mapa de los desiertos—. ¿Cuántas armas con punta dorada tenemos?
Aibin habló. Dafne le había encomendado la misión del recuento.
—Kraido tiene trescientas, los noceanos otras trescientas, lo que queda de York un centenar y los Aljisaw unas dos mil.
—¿Contando con lo que se ha recuperado?
—Sí, es todo —confirmó Aibin.
—Suficiente para aguantar —opinó el general.
—Es poco. Necesitamos más para matar a lo que queda de esos monstruos alados —expresó Jalsawi.
—Y a otros que puedan venir —añadió Aiden.
Dafne suspiró.
—¿Reservas de metal dorado sin imbuir?
—Tres cofres con un centenar de lingotes cada uno —respondió Aiden—. Es cuanto Burdin ha conseguido salvar de la mina. Ha fundido en esos lingotes los trozos que encontraron tras el combate.
—Dameros, ¿podrás imbuirlos de poder?
El mago dorado resopló.
—No me quedan más que unas pocas esferas… Tendré que generar más… Necesitaré tiempo.
—Tiempo tendrás, si no nos atacan —dijo Dafne.
—Aun así, esos lingotes se acabarán pronto —el general arrugó la frente.
—Sí, necesitamos más mineral dorado, pero hemos perdido las vetas y la forja —Dafne miró al jefe.
Jalsawi se quedó pensando.
—La veta superior podría darnos mineral. La peligrosa, la de la mina que derrumbamos para sepultar a las bestias.
—¿Podría? —se sorprendió Dafne.
—Llevará tiempo y hay que hacerlo con extremo cuidado, pero mis capataces dicen que podría hacerse. Se requerirá construir un puente sobre el túnel derruido y luego picar para que no caiga la pared de la veta. Es muy peligroso.
—¿Pero lo haremos? —Dafne buscaba una respuesta afirmativa.
—Lo haremos —asintió Jalsawi con firmeza—. ¡Muerte a los dragones!
Dafne inclinó la cabeza y con ella todos los líderes.
—Pongámonos a trabajar. Hemos enterrado a nuestros valientes y las heridas ya cicatrizan. Hay que seguir luchando. ¡Hasta la victoria!
Los líderes regresaron con sus etnias y Dafne se quedó con el Escuadrón Rojo. Sus compañeros la miraron.
—Lo lograremos —aseguró Taika.
—Sin duda —se unió Brendan.
—Por nuestros muertos —dijo Logar.