Capítulo 47
De la caverna de la mina salió la Escuadra Ardiente con Lara a la cabeza. La Felidae pantera negra le hizo un gesto a Dafne. La seguían Brendan y Cordelius, el humano y el Kapro llevaban a Draider por los hombros. El Drakónido sangraba del torso.
—Le ha alcanzado con una garra, es un corte feo —avisó Evelyn a Dafne al pasar a su lado. La Fatum no apartaba la mirada de Draider.
—Yo lo sano arriba. Seguid, rápido.
Elsa iba la última, la Escarlatum cojeaba.
—Nos arrasó —explicó a Dafne.
Detrás de la escuadra salían soldados de Kraido.
—¡En retirada! ¡Hay que ponerse a salvo! —ordenó Dafne al ver que salían a trompicones.
Los rugidos de los dragones retumbaban por las paredes, aunque sonaban ya allí mismo. Todos se apresuraron a salir de allí antes de que los alcanzaran. Dafne y su grupo se quedaron cerrando la retaguardia hasta que los demás salieran.
—¡Ya han salido todos, seguimos! —ordenó a los suyos y señaló la parte alta del túnel con su espada.
Subieron con rapidez. Dafne alcanzó el último recodo antes de la salida superior, las piernas le pesaban del esfuerzo.
Tras ella subían los tiradores a la carrera.
Taika e Ivo cerraban la marcha frenando a los perseguidores con enredaderas y oscuridad.
Abajo los rugidos no cesaban. La hueste había entrado en la montaña y venía a matarlos a todos.
Jalsawi esperaba en la boca del túnel con una docena de sus guerreros. El jefe Aljisaw la agarró del brazo.
Dafne lo miró sin comprender. El jefe apoyó la palma en la pared de roca negra.
—Mis mineros llevan trabajando desde que empezó el asalto. Hay una galería vieja que corre por encima de este tramo del túnel, la conocemos bien. Es una zona mala. Tiene veta, pero es peligrosa y la abandonamos al ver que podía derrumbarse.
—¿Y ahora? —preguntó Dafne.
—Ahora nos sirve. La roca de ahí arriba quiere caer y toda la veta de la galería vieja con ella. Solo hay que ayudar para que eso suceda. Mis mineros están picando los apoyos de la bóveda. Cuando terminen caerá y con la bóveda hundirá el suelo.
—El suelo que es el techo del túnel —razonó Dafne.
—Misma roca, sí.
—¿Cuánto de túnel?
—Caerá cerca de mil pasos —Jalsawi señaló hacia abajo—. Sepultará a cuantos dragones estén dentro del túnel.
Dafne entendió entonces el plan y también lo que faltaba.
—Los dragones tienen que estar dentro del tramo cuando caiga.
—Sí. Alguien tiene que aguantarlos ahí abajo hasta que mis mineros terminen —Jalsawi le sostuvo la mirada—. No puedo pedírtelo.
—No hace falta que lo pidas —Dafne se volvió hacia los suyos—. ¡Taika! ¡Ivo! ¡Conmigo! ¡Tiradores, a mí!
Taika llegó a su lado en dos zancadas.
—¿Estás segura? Es un plan arriesgado y no hay seguridad de que funcione…
—Hay que confiar en la madre naturaleza. Ella nos protegerá —aseguró Ivo.
—No queda otra opción. Hay que retener a los dragones, esperemos que la montaña nos ayude.
El Felidae entrecerró los ojos mientras miraba a Jalsawi y luego asintió.
—Necesitaremos una señal para salir de ahí —pidió Dafne.
—Esa cuerda —Jalsawi mostró el extremo de una soga que entraba y se perdía por una grieta en el techo del túnel—. Mis vigías de la galería están al otro lado. Un tirón cuando esté todo listo. Tres tirones y corréis. Después de los tres tirones la roca sagrada no esperará a nadie.
—Tres tirones y corremos —repitió Dafne.
—Corred de verdad —el jefe le apretó el brazo—. Que no haya nadie debajo.
Dafne miró a Draider, al que atendían sus compañeros, y apretó los dientes. No podía ponerse a sanarlo ahora, no había tiempo. Maldijo por tener que abandonarlo y bajó.
En la galería superior no se hablaba. Los mineros Aljisaw trabajaban a la luz de tres antorchas clavadas en grietas.
Eran más de un centenar repartidos en una veintena de puntos a lo largo de la galería y picaban con cuidado.
No golpeaban el suelo agrietado que pisaban, sino los apoyos de la bóveda del túnel inferior, los salientes de roca donde el techo del gran túnel descansaba su peso.
A lo largo de la pared derecha resplandecía la veta de mineral dorado.
Los cinco capataces se movían entre ellos agachados y palpaban con la mano abierta sobre la piedra tras cada tanda de golpes.
Sentían el temblor dentro, señalaban dónde seguir y dónde parar.
Un golpe de más y la galería entera se les vendría encima antes de tiempo, un golpe de menos y el tramo no caería cuando hiciera falta.
El estruendo del combate les llegaba desde abajo a través de la roca.
Escuchaban rugidos y desplomes pequeños.
Retumbaban los alientos elementales. En cada uno de los puntos de derrumbe dejaron la sección colgando de un último nervio de piedra.
Metieron las palancas largas en las juntas y las calzaron con cuñas.
Junto a la grieta se tumbó el vigía con la cuerda atada a la muñeca y dio un único tirón. Todo estaba listo.
Cien pasos más abajo Dafne recibió el tirón en la mano. Uno solo.
—Ya está preparado —avisó a los suyos—. Ahora toca aguantar aquí.
Habían formado detrás de los dragones muertos que habían dejado en el túnel.
Ivo había levantado una muralla de enredaderas y arbustos de lado a lado y detrás aguardaban los tiradores en dos filas con las flechas en las cuerdas.
Taika extendía su penumbra por delante de la barrera de defensa para impedir que los vieran.
No tuvieron que esperar.
El primer dragón llegó envuelto en su propio fuego y quemó las enredaderas con una llamarada que iluminó todo el túnel.
—¡Tirad! —ordenó Dafne, e hizo el gesto hacia delante.
Las flechas doradas volaron a través del humo por encima de los dos dragones muertos. El recién llegado rugió al recibirlas y retrocedió un paso.
—¡Ivo! ¡Más!
Ivo usó su habilidad de druida y nuevas enredaderas brotaron de la roca sobre las cenizas de las anteriores. El rojo las despedazó con las garras y otra ola de flechas lo castigó. Tras él asomaban ya dos cabezas más, una blanca y otra marrón.
—Vienen más —advirtió Taika sin apartar los ojos de la penumbra.
—Eso queremos —Dafne tragó saliva—. Que entren cuantos quepan en el tramo.
Los dragones empujaban asumiendo la victoria. Tenían a los defensores acorralados montaña arriba y no iban a detenerse.
El rojo cargó a través de las enredaderas a medio quemar y los tiradores de la primera fila retrocedieron tirando sin pausa. El dragón chocó con los cuerpos de sus compañeros muertos, que no había visto.
—¡Aguantad! —gritó Dafne con la espada en alto.
Desde atrás llegó el aliento elemental de tormenta del dragón blanco, que pasó por el lado del dragón rojo.
Golpeó primero a sus compañeros muertos y luego barrió la parte superior.
Taika se tiró al suelo y los rayos le pasaron por encima crepitando contra la roca.
Varios tiradores Aljisaw no llegaron a agacharse.
El dragón marrón envió su caudal contra la parte superior del túnel. Las rocas rebotaron hacia abajo y alcanzaron a los tiradores. Todos se echaron al suelo mientras rayos y rocas rebotaban por todos lados. El fuego del dragón rojo intentaba penetrar entre las dos bestias muertas.
—No podremos aguantar mucho más —advirtió Taika a Dafne, que también se había tirado al suelo.
—Tampoco hace falta mucho más, solo hasta los tres tirones.
La cuerda no estaba tensa.
Ivo levantó más enredaderas y el rojo embistió con el cuerpo entero rugiendo de rabia por no poder pasar.
Las flechas doradas buscaban sus ojos y pecho.
La bestia sangraba por veinte heridas y seguía avanzando.
Golpeó con fuerza los cuerpos de las bestias muertas.
Una se movió, pero seguía sin caber. Detrás empujaban más de los suyos.
Dafne contó cuatro cabezas más en la penumbra del túnel, abajo. Luego asomó una quinta. El tramo se llenaba de dragones.
—Aguantemos un poco más. Se está llenando.
—De acuerdo —Taika volvió a cubrir de oscuridad la parte del túnel desde la que los atacaban.
No podían pasar, pero sí atacar. De nuevo los tres caudales llegaron de todos lados.
Los rayos y rocas rebotados mataron a varios tiradores y el fuego que pasó entre los dos cadáveres de dragón también alcanzó a otro grupo de tiradores.
Dafne, Taika e Ivo se salvaron por sus protecciones de escamas mágicas, pero sus defensas se debilitaban cada vez que los alcanzaban.
Llegaron más tiradores Aljisaw. Dafne vio a Jalsawi ordenándoles que atacaran. Agradeció la valentía de aquellos defensores y la de su jefe. Hizo señas a Jalsawi de que se retrasara, no quería que lo mataran, lo necesitaba. El jefe se retiró, no sin antes mandar más tiradores.
Abajo, el túnel no dejaba de tragar bestias. Cada vez que la penumbra de Taika clareaba un instante, Dafne veía más lomos apretados unos contra otros en el tramo. Empujaban desde el fondo para llegar hasta ellos. Ya no podía contarlos. Eran decenas.
Aguantaron cuanto pudieron. El dragón rojo pasó medio cuerpo por encima del de los muertos y consiguió alcanzar con su aliento a la mitad. El resto le acribilló la cabeza y el dragón murió.
A Ivo y Taika les golpearon varios rayos y a Dafne la apedrearon de rebote. Sus defensas se agotaban, no aguantarían mucho más.
La cuerda dio un tirón, otro… y otro más.
—¡Tres tirones! ¡Corred! —gritó Dafne con todas sus fuerzas—. ¡Arriba! ¡Todos arriba!
Los tiradores rompieron la formación y echaron a correr. Ivo soltó una última oleada de enredaderas para cubrir la huida. Taika espesó la negrura a su espalda hasta hacerla impenetrable y corrieron túnel arriba con los pulmones ardiendo.
Las bestias intentaron ir tras ellos, pero no pudieron, pues tres cuerpos enormes impedían el paso. Sin embargo, los rugidos a sus espaldas parecían corresponder a más de una veintena de dragones.
Arriba, los mineros hicieron fuerza a la vez en los puntos críticos de sujeción.
Las palancas se estrujaron. Los capataces dieron la voz en cuanto la roca empezó a crujir.
Todos soltaron las herramientas y corrieron hacia la boca de la galería.
El primer nervio de roca se partió con un chasquido seco y la primera sección de bóveda se desplomó sobre el túnel.
Dafne cruzó el final del tramo y Taika e Ivo cruzaron los últimos detrás de ella. Las rocas cayeron a sus espaldas. Se libraron por un ápice.
El peso de la montaña hizo el resto del trabajo y la roca que llevaba años queriendo caer encontró por fin su camino. El segundo nervio cedió arrastrado por el primero. Luego lo hizo el tercero. La galería se hundió sección a sección como los capataces habían planificado.
Los mineros Aljisaw salieron por delante del hundimiento. Los últimos alcanzaron la boca de la galería justo antes de que cediera su tramo. Jalsawi los fue contando según pasaban.
Abajo cayó la montaña.
Dafne se arrojó al suelo con las manos sobre la cabeza.
El derrumbe no fue un golpe, sino una sucesión de ellos que corrió túnel abajo durante un tiempo que Dafne no supo medir.
Cayó por tramos, uno tras otro. El peso de la montaña empujaba hacia abajo y los rugidos de los dragones se convirtieron de pronto en chillidos.
Eran cerca de una treintena, todos diferentes.
Los gritos quedaron enterrados bajo un estruendo y una nube de polvo negro subió por el túnel cubriéndolo todo.
Después llegó el silencio.
Dafne se incorporó tosiendo. No veía a tres pasos, pero notó la mano de Taika en el hombro.
—¿Estás entera?
—Entera —escupió polvo negro—. ¿Los tiradores?
—Los que quedan, arriba.
—La madre naturaleza ha hecho su trabajo por nosotros —Ivo estaba tumbado en el suelo.
Se quedaron tirados un buen rato, descansando. A su espalda solo había roca, el túnel se había hundido por completo.
Cuando el polvo se asentó bajaron a inspeccionar el frente del derrumbe con antorchas. Donde antes seguía el túnel ahora se alzaba un muro de roca rota que llegaba del suelo a la bóveda. Los mineros Aljisaw palparon el muro.
Jalsawi llegó con los capataces. Con él iban Aibin, Abdu Baba y Dameros.
Celopus, Lily y Aiden venían detrás, todos estaban sucios de tierra y humo.
El mago dorado traía consigo a Burdin y a dos herreros de Kraido, que cargaban crisoles de mano y lingotes rescatados de la forja durante la evacuación.
Dafne saludó con la cabeza.
—El derrumbe los ha sepultado, pero un dragón vivo puede excavar —advirtió Dameros—. La roca suelta se arranca con las garras, hay que sellar el derrumbe.
—¿Quieres sellarlo con metal dorado? —preguntó Dafne.
—Este metal sella mejor que nada.
—Es un desperdicio… —Dafne miró los lingotes rescatados.
—Protegerse a veces es más necesario que atacar —recordó Taika.
—Hay que vivir hoy para luchar mañana —se unió Ivo.
Dafne no quería desperdiciar metal, pero si no sellaban aquella entrada todo habría sido en vano.
Asintió.
—Adelante.
Los herreros montaron un lecho de brasas y pusieron el crisol encima con los restos de metal dorado dentro. Avivaron el fuego con fuelles de mano hasta que el metal se volvió un caldo brillante.
—En las juntas —indicó Dameros señalando las grietas entre los bloques—. Que entre bien hondo.
Vertieron el caldo con cazos de mango largo.
El metal fundido se coló por las juntas del muro de rocas buscando el fondo.
Al enfriarse quedó fusionado a la roca negra, incrustado en la piedra.
Ya había pasado con aquel vertido de la forja que se había pegado y nunca habían podido arrancar.
Siguieron junta a junta hasta vaciar el crisol.
El muro de roca partida quedó cosido con vetas doradas.
Dameros sacó entonces una esfera con sustancia dorada, la sostuvo sobre la palma y dejó caer unas gotas sobre las vetas de metal.
Cerró los ojos y envió su poder. Las vetas resplandecieron un instante con una luz dorada que recorrió el muro entero.
Luego el brillo se apagó hacia dentro, hacia el corazón de la piedra.
—Hecho. El poder queda fijado y no se apagará —anunció el mago—. Si algo respira ahí abajo y trata de excavar acabará tocando el metal y el metal le quemará.
Los capataces Aljisaw se acercaron al muro y uno pegó la oreja a la roca con el gesto antiguo de su oficio. Aguardó un largo rato. Luego miró a Jalsawi y negó despacio con la cabeza.
La montaña callaba.
Dafne contempló el muro de roca negra sellado en oro a la luz de las antorchas. Detrás quedaban la forja, la veta de la mina y los dragones muertos.
Habían perdido la fábrica de puntas doradas, habían pagado con sangre cada paso de aquel túnel, pero la gente vivía. Y mientras la gente viviera había esperanza.