Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 46
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Capítulo 46

Dafne corría por el túnel mientras los rugidos retumbaban a su espalda.

El pasadizo entero vibraba con cada golpe y del techo caía polvo de roca negra.

El aire olía a quemado y tierra. Vio cómo el general Abdu Baba y Aibin ordenaban a los tiradores noceanos y Aljisaw que se colocaran para tirar. Cubrirían la retirada.

Llegó hasta ellos y se detuvo.

—Subirán en breve. Hay que detenerlos.

—De acuerdo —Abdu Baba se volvió hacia sus tiradores.

—Aibin, sube hasta la forja y avisa de que llegamos con dragones persiguiéndonos.

—De inmediato —marchó corriendo y sus guerreros lo siguieron.

Ivo comenzó a llenar el túnel de enredaderas y arbustos para dificultar el paso.

No los detendría, pero al menos les haría perder algo de tiempo.

Los tiradores tomaron posiciones entre los recodos con las flechas dispuestas.

La roca les daba algo de protección en algunos puntos, pero no demasiada.

Desde la profundidad se oía el eco de los rugidos de los dragones que se acercaban.

En el exterior Lily y Aiden se escondían entre las rocas mientras el fuego intentaba acabar con ellos.

Un humo espeso cubría la ladera. Las llamaradas barrían la roca una tras otra y el calor abrasaba la piel.

Fragmentos de piedra y vegetación saltaban con cada aliento elemental que golpeaba la ladera.

El general de la hueste alada había enviado a la mitad de sus fuerzas contra los tiradores mientras la otra mitad intentaba agrandar el agujero que habían hecho para entrar por él.

—No saques la cabeza, hay al menos cinco dragones de fuego castigando nuestra posición de forma continua —advirtió Aiden a Lily.

—Tranquilo, no pienso permitir que esos desgraciados quemen mi maravillosa piel o cabello.

Una llamarada enorme pasó por encima de sus cabezas y tuvieron que echarse al suelo detrás de las rocas.

—No sé cómo puedes mantener el humor en situaciones como esta. Es más que probable que tengamos serias dificultades para salir de aquí con vida.

—Es una de las muchas cosas que me hacen especial y por las cuales me adoras —sonrió Lily.

Algo más arriba sonaron gritos de horror y varios tiradores Aljisaw cayeron desde las rocas superiores con sus cuerpos ardiendo. Golpearon la ladera a peso y su sufrimiento terminó.

Aiden maldijo entre dientes.

—Nos van a masacrar a todos. Su odio y su maldad son infinitos.

—Me alegra oírte hablar así de tus queridos señores dragones.

—Nunca fueron mis queridos señores dragones.

—Hubo un tiempo en que sí lo eran, cuando nos conocimos por primera vez, no lo niegues.

Esta vez fue el aliento elemental de tormenta de dos dragones blancos que volaban raso el que golpeó las rocas donde se ocultaban. Los rayos rebotaron por todos lados y Lily y Aiden se estrujaron contra las rocas. El olor a tormenta les llenó la nariz. A Aiden se le erizó el vello de los brazos.

—Una vez vi a los dragones como señores y esperaba más de ellos, eso puedo reconocerlo. Ahora que he visto de lo que son capaces y lo que persiguen me opondré a ellos.

—Por eso y por tu sentido del humor cada día me gustas más.

—¿Qué sentido del humor?

—Ese mismo —rio Lily.

Los ataques elementales continuaron contra sus posiciones.

Lily y Aiden apenas podían asomarse para mirar lo que sucedía y los tiradores tenían tremendas dificultades para tirar contra los dragones, pues eran demasiados.

Lo peor era que atacaban uno detrás de otro por toda la parte este de la ladera donde estaban y no les daban descanso ni ocasión para apuntar.

—No vamos a poder frenar la entrada —Aiden veía cómo varios dragones se introducían por el agujero, que era de un tamaño considerable.

—La orden que nos ha dado Dafne es que lo intentemos y eso es lo que haremos.

Nuevos gritos y cuerpos que caían rodando por la ladera les indicaron que más tiradores morían. Estos eran soldados de York.

—Muchos valientes van a morir hoy, me temo —murmuró Aiden.

—Si los dragones consiguen entrar morirán muchos más. Tenemos a miles de civiles noceanos dentro del refugio y esas bestias no dejarán ni uno vivo si llegan hasta ellos.

Aiden apretó los labios.

—Eso no debe suceder. Debemos detenerlos como sea.

Los dragones debieron recibir una orden de su general porque dejaron de atacar y ascendieron a su encuentro.

Por un instante reinó un silencio extraño.

El fuego crepitaba sobre las rocas y los tiradores aguardaban con los arcos tensados mientras el sudor les caía por el rostro. Nadie se atrevía a moverse.

—¡Ahora! ¡Tirad todos! ¡Ahora! —gritó Lily al ver que tenían la posibilidad.

Los tiradores surgieron de sus escondites entre la roca y las cavernas. Muchos estaban heridos, pero tiraron hacia el agujero donde varios dragones trabajaban en ampliar la entrada.

—¡Tirad más! ¡Tirad sin deteneros! —ordenó Aiden.

El bueno de Celopus se escondía en la parte trasera de la cueva y tradujo a pleno pulmón. La orden fue pasando a los soldados de York. El resto de los tiradores no necesitaron instrucciones. Al ver lo que hacían los de York tiraron también.

Cientos de flechas cayeron sobre los dragones de abajo, los golpearon y ellos rugieron deteniéndose por un momento.

Los tiradores no perdieron tiempo y volvieron a lanzar otra oleada de proyectiles.

Las bestias no esperaban que las flechas las acribillaran y fue lo que sucedió.

Murieron y sus cuerpos quedaron taponando la entrada.

—¡Así se lucha! ¡Que sepan que no entregaremos el refugio! —exclamó Lily.

—Ya los retiran, y sin miramientos —Aiden observaba cómo otros dragones abajo arrastraban a los caídos fuera del agujero. De inmediato continuaron con las labores de agrandar la entrada.

—Se ponen de nuevo a ello —se lamentó Lily.

—Están convencidos de que van a entrar —Aiden torció el gesto.

Las flechas volaron de nuevo y cayeron sobre los dragones, que seguían en su empeño de entrar.

Hicieron blanco y hubo nuevas bajas, pero no pudieron volver a tirar.

El general envió a los dragones que tenía con él a acabar con los tiradores.

Esta vez cambiaron la estrategia. En lugar de hacer pasadas bajas y constantes, los dragones se posaron sobre la ladera este, desde donde habían estado tirando. Iban a tomar y controlar la zona.

Las sombras de sus alas cubrieron la ladera y el sol desapareció tras los grandes cuerpos llenos de escamas. Garras atroces se aferraban a la roca a tiro de arco con cabezas que se giraban de un lado a otro en busca de presas.

Un dragón se posó a solo veinte pasos de la cueva en la que estaban Lily y Aiden. La roca crujió bajo su peso. Su respiración profunda resonaba en la entrada del escondite. El hediondo olor de sus fauces se colaba entre las piedras.

—¡Retirada! Celopus, llama a retirada. Que se escondan en la roca profunda.

Celopus asintió y pasó la orden.

Los tiradores no tuvieron más remedio que esconderse y, aun así, los dragones cazaron a muchos con garras, bocas o alientos elementales.

Mientras se retiraban hacia el interior Lily maldijo.

—Ese general azul es listo.

—Listo y cruel —coincidió Aiden.

Ambos desaparecieron con Celopus caverna adentro. Un instante después apareció la cabeza de un dragón rojo y la caverna se iluminó con un resplandor anaranjado. El humo los obligaba a toser mientras se adentraban en la montaña.

En el interior, Dafne se retiraba con sus fuerzas hacia la forja.

El calor dentro del túnel era sofocante, el aliento de fuego había calentado la roca y el aire abrasaba.

Los tiradores jadeaban empapados en sudor y los rugidos retumbaban en las paredes.

El eco engañaba y nadie sabía a qué distancia venían las bestias.

Dos dragones los perseguían, uno rojo y otro azul.

Dafne ordenó a los tiradores que siguieran una táctica de tirar y retroceder manteniéndose a doscientos pasos por delante de los dos dragones que trataban de darles caza.

Por fortuna para ellos el túnel era desigual, con zonas estrechas por las que les costaba pasar y recovecos que debían solventar.

Ivo iba creando enredaderas y boscaje que salían de la propia roca. La intención era confundir y ralentizar el avance de los dragones. En cada uno de estos puntos los tiradores los castigaban.

Pero ya habían aprendido la lección y se cubrían el rostro y el torso con sus alas como podían o se retrasaban para que las propias paredes de roca los protegieran.

Cada cierto trecho una llamarada iluminaba el túnel a su espalda.

Las sombras de los tiradores se alargaban sobre la roca un instante y luego la oscuridad regresaba.

Para cuando llegaron a la forja y la mina el dragón rojo estaba muerto y el azul se había detenido a retirarlo a una cueva que habían dejado atrás.

—Seguimos hacia arriba —indicó Dafne a su grupo.

Continuaron avanzando. El túnel ascendía en penumbra. Sus pasos apresurados repicaban contra las paredes.

Pasaron por delante de las cuevas que daban a la forja y a la mina y Dafne no dio ninguna orden. Taika comenzó a enviar su oscuridad para crear una zona de penumbra frente a ambas cavernas y hacia arriba.

Aguardaron inmóviles en la penumbra. Nadie hablaba, nadie se movía.

Dafne contenía la respiración con la espada aferrada en la mano mientras el corazón le golpeaba el pecho.

A su lado los tiradores se agazapaban contra la pared con flechas en las cuerdas de sus arcos.

El suelo comenzó a temblar. Las pisadas de los dragones llegaban con un retumbar pesado.

La pestilencia de las bestias inundó el túnel.

Llegó el dragón azul y tras él uno marrón que le había dado alcance.

Avanzaban despacio, olfateaban el aire. Sus garras arañaban la roca del suelo a cada paso que daban.

Debido a la oscuridad reinante no se dieron cuenta de que estaban ante la entrada a las cuevas hasta que ya fue demasiado tarde.

La Escuadra Ardiente se lanzó sobre el dragón azul y la Escuadra Candente sobre el marrón, apoyados por los soldados de Kraido.

Hirieron a los dragones al cogerlos por sorpresa, pero las enormes bestias en lugar de retirarse cargaron hacia el interior arrollando a los miembros de las escuadras y a los soldados apostados en ellas.

Dafne vio lo que sucedía y quiso ir a ayudar, pero otros dos dragones subían por el túnel para unirse a los que atacaban.

—¡Tirad contra los que suben! —ordenó a los suyos.

Las flechas golpearon al primer dragón, que rugió y envió su aliento de fuego, aunque se quedó corto y solo llegó a doscientos pasos.

Una nueva ola de flechas cayó sobre él y lo malhirió.

Lleno de furia arrambló hacia delante, intentando cruzar la oscuridad que le impedía ver a los tiradores.

Lo consiguió, pero se desplomó a unos pocos pasos de Dafne sin llegar hasta ella.

Dafne se adelantó con su espada y la clavó profunda primero en un ojo y luego en el otro.

El dragón dejó de moverse y un vaho caliente escapó de las fauces de la bestia.

El olor de la sangre que perdía la criatura le llegó y arrugó la nariz.

Un dragón marrón ya llegaba tras el rojo.

Dafne se agazapó cuando el aliento de piedras pasó por encima de su cabeza.

El cuerpo del rojo protegía en parte a los defensores, haciendo que el caudal de rocas lo golpeara y no llegase al centro de la barrera defensiva, aunque sí a los costados.

Los tiradores sufrieron bajas, pero consiguieron acribillar al marrón con cientos de saetas.

Aun así, antes de morir llegó hasta Dafne y la embistió.

Por suerte Taika tiró de ella en el último momento y consiguió salvarla.

El dragón se atascó con el otro muerto y murió.

Dafne se puso en pie.

—Gracias.

Taika le restó importancia con un gesto.

—No arriesgues tanto —rogó Ivo—. Necesitamos líderes vivos.

—No vamos a poder detenerlos así —Dafne ya oía cómo más dragones subían.

—Veamos cómo están nuestros compañeros y retirémonos —propuso Taika.

Bajaron hasta la forja y encontraron muerto al dragón que había entrado.

Su sangre cubría el suelo, sangre oscura que se extendía hacia los yunques.

Los fuegos de la forja se habían apagado y solo quedaban unas brasas que teñían la caverna de un rojo tenue.

Reinaba una calma funesta. Por desgracia también hallaron los cuerpos de gran cantidad de soldados de Kraido.

La Escuadra Candente no había corrido mejor suerte. Dafne vio cómo sus compañeros sacaban de debajo del dragón a Beck, el Fatum de la escuadra.

—No, no… No puede haber muerto —Dafne se agachó a su lado.

Logar sostenía la cabeza de Beck, de la boca del Fatum caía un hilo de sangre.

—Se lo ha llevado por delante, no ha podido apartarse a tiempo —Logar no levantaba la vista.

—No puede estar muerto.

La Drakónida Lita posó la oreja sobre el corazón de Beck y luego sobre su boca para ver si seguía con vida. Con lágrimas en los ojos negó con la cabeza.

Dafne no quiso creerlo y utilizó su habilidad para sanar. Puso las manos sobre el pecho del Fatum y comenzó a enviar su energía sanadora.

—No puedes morir… Ahora no, aquí no. Después de todo lo que has luchado y todo lo que has pasado…

—El tiempo se nos acaba —la voz de Taika sonó a su espalda. Miraba hacia abajo desde la entrada de la forja.

Dafne no quería darse por vencida y siguió enviando energía. Fuera los gritos de combate y los rugidos de dragones se intensificaban.

—Tenemos que salir de aquí y ahora —insistió Taika.

Sus esfuerzos por sanar a Beck eran en balde, estaba muerto. Apretó los dientes. Una lágrima de dolor y rabia le bajó por la mejilla.

—Maldición, no puedo sanarlo. Salgamos de aquí. ¡Lleváoslo!

La Escuadra Candente salió corriendo y Logar y Lita se llevaron el cuerpo de su Fatum caído. Los soldados que habían sobrevivido los siguieron.

—Rápido, hacia arriba —Taika señaló la salida superior.

—De acuerdo —Dafne salió al túnel. Miró a la derecha y vio una cabeza de dragón asomando en la curva.

Ivo creaba nuevas enredaderas para bloquear el paso.

—¡Todos arriba! ¡Salid de aquí, rápido! —gritó a su compañero.