Capítulo 45
Dafne se dirigió hacia la veta inferior con Taika e Ivo acompañada por Abdu Baba y Aibin.
Con ellos bajaba un centenar de soldados de Kraido, otro de arqueros noceanos y los Desher Tumaini.
Según bajaban se encontraron con los guerreros Aljisaw, que habían tomado posesión de la cueva en la que estaba la veta.
El aire de los túneles olía a tierra removida y a quemado.
El calor crecía a cada paso. Más al fondo se escuchaba el rugido de dragones, hacia el sur.
A Dafne le pareció que no era demasiado lejos. Se acercaban…
—Tomad posiciones. Vienen hacia aquí —advirtió a los suyos.
Taika e Ivo se situaron en la entrada de la caverna con el resto de los soldados de Kraido.
Resonaron gritos de guerra y de horror en las profundidades. Luego llegó el rugido de los dragones. La batalla se producía algo más abajo.
Las paredes de la caverna temblaron y del techo cayó polvo. Los dragones no solo avanzaban, sino que abrían camino para que otros pudieran entrar también.
Un dragón logró pasar y llegó hasta la boca de la cueva. Era de color azul, aunque estaba completamente envuelto en tierra y polvo negro de la montaña. El dragón se giró para entrar en la cueva y despejarla. Nadie respiraba.
—¡Atacad todos a la cabeza! —ordenó Dafne.
Los tiradores Aljisaw soltaron. Sus flechas se clavaron en la cabeza y el torso del dragón.
Había abierto la boca para soltar su aliento elemental y barrer la cueva matando a quien estuviera en ella, pero las saetas de punta dorada penetraron las escamas y alcanzaron la carne clavándose con profunda fuerza.
El dragón rugió de dolor y su aliento no se produjo.
—¡Ahora, atacad! —Dafne señaló a los soldados de Kraido.
Sin dudarlo, se lanzaron al ataque viendo que tenían la oportunidad de llegar hasta el dragón.
Llevaban lanzas con punta dorada, pues entre ellos el uso del arco era desconocido.
Se abalanzaron sobre la bestia, que llenaba la entrada de la cueva.
Comenzaron a clavarle las lanzas en el torso y en el cuello.
Varios soldados Felidae saltaron con gran fuerza y agilidad y panteras y tigres llegaron hasta la cabeza, donde clavaron sus lanzas.
El dragón, herido de muerte, sacudió la cabeza, rugió y avanzó para aplastar con su cuerpo a los soldados de Kraido. Ni siquiera intentó usar sus garras. Arremetió y se los llevó por delante con el peso de su cuerpo.
Los tiradores Aljisaw volvieron a soltar y esta vez le acribillaron la cabeza. El dragón dio un par de pasos más intentando llegar hasta los tiradores y murió.
—Ayudad a los heridos, ¡rápido! —ordenó Dafne.
Los soldados de Kraido intentaron sacar de debajo del dragón a cuantos pudieron y socorrer a los que estaban heridos. Sufrían roturas de huesos y aplastamiento y sus lamentos llenaban la cueva. No iban a poder seguir peleando y tampoco podrían huir.
Un rugido tremendo llegó desde abajo seguido por un segundo y un tercero. Al mismo tiempo llegaron gritos de los Aljisaw que les hacían frente. Eran gritos de ataque y muerte.
—Vienen más dragones. ¡Preparaos!
Frente a la cueva pasaron los Aljisaw, que se retiraban.
Tenían quemaduras por todo el cuerpo y huían desesperados.
Los rugidos y los gritos continuaron por un largo rato.
Delante de la cueva pasaban todos los guerreros a la carrera con ojos de espanto.
No habían podido detener el avance de los dragones.
Jalsawi apareció frente a la cueva. Traía el rostro cubierto de tierra y sudor y los ojos desorbitados de horror. Avanzaba encorvado arrastrando las cimitarras doradas manchadas de sangre. Tenía una fea quemadura en la pierna izquierda que le bajaba de la cintura al tobillo.
—Vienes herido —dijo el general Abdu Baba.
—Hay que vendarle las quemaduras —señaló Ivo.
—Hemos matado varios dragones… En las cuevas bajas descansan nuestros ancestros. Ahora los acompañan esas bestias sin alma… Pero no hemos podido detenerlos. Han muerto muchos, guerreros valientes han caído defendiendo su hogar —explicó Jalsawi.
—¿Cuántos vienen? —preguntó Dafne.
—Tres o cuatro… No sé seguro. Avanzan arrasando todo. Detrás, otros están abriendo camino. Agrandan los túneles para que pueda pasar más de un dragón. Mis guerreros les hacen frente para que nos retiremos, pero no aguantarán mucho abajo.
—De acuerdo. Seguid hasta arriba.
—¿Y vosotros?
—Nosotros los entretendremos aquí y luego en la forja.
—Moriréis… Esas bestias inmundas son asesinas terribles, incluso aquí abajo.
—Puede, pero nos defenderemos. Hay que conseguir detener su avance.
—¿Cómo? —el jefe no veía la forma.
—Luchando hasta el final.
Las palabras de Dafne calaron en Jalsawi. Se irguió y su mirada brilló una vez más con el orgullo de su pueblo.
—Lucharemos hasta el final.
—Prepara una emboscada arriba —Dafne le puso la mano en el hombro—. Puede que no consigamos detenerlos.
El jefe asintió.
—No pasarán —siguió con sus guerreros en retirada hacia la parte superior.
Los últimos guerreros huyendo a la carrera y los rugidos les indicaron que llegaba un dragón. El propio aire pareció espesarse y a todos les costó respirar, como si estuviera cargado del olor de la muerte.
Taika señaló el cuerpo del dragón muerto.
—Recoged las flechas usadas. Las puntas sirven.
Los tiradores noceanos y Aljisaw sacaron las flechas del cuerpo del dragón muerto. Las puntas doradas emitían un pequeño fulgor. Algunos soldados que habían roto las lanzas al clavarlas con todo su peso rescataron las puntas y se dispusieron a usarlas como espadas cortas.
De pronto los rugidos sonaron más cerca y un caudal de tormenta pasó frente a la boca de la caverna alcanzando a los que huían, que murieron entre descargas convulsionando por el suelo. El ambiente se llenó de olor a carne quemada que se pegaba a la garganta.
Dentro de la caverna nadie hablaba. Los soldados aferraban las lanzas con fuerza.
—¡Preparaos para atacar! —ordenó Dafne.
Los arqueros apuntaron hacia la boca de la cueva y los soldados de Kraido se abrieron a los costados del dragón muerto que entorpecía la visión.
Apenas se veía la entrada por el humo y la tierra que ascendía desde el túnel cuando, de súbito, el dragón muerto se movió.
Del susto los arqueros soltaron y los soldados de Kraido dieron un respingo atrás.
Ivo no se inmutó.
—Ese dragón no puede revivir. Lo muerto, muerto está. La naturaleza no devuelve la vida entregada.
—¡Quietos! ¡No ataquéis! —clamó Dafne.
El dragón comenzó a moverse hacia atrás, arrastrándose por el suelo. Su cuerpo estaba inerte, pero algo lo arrastraba. Ivo estiró el cuello y vio una cabeza blanca de dragón desaparecer. Mordía la cola de su compañero azul.
—El dragón blanco lo arrastra por la cola. ¡Se lo lleva!
—Retiran a sus muertos —Dafne no apartaba la vista del cuerpo en movimiento.
—Lo hacen para despejar el paso —explicó Taika—. No pueden pasar, los túneles no son lo suficientemente amplios para que pasen dos.
—No podemos permitirlo.
Dafne se volvió hacia Abdu Baba.
—General, que tiren contra ese dragón blanco que arrastra el cadáver.
Abdu Baba dio la orden y los tiradores noceanos avanzaron hasta la puerta de la caverna. Miraron al exterior. El dragón blanco arrastraba al muerto. Se pusieron en los laterales y tiraron.
Al verse alcanzado el dragón soltó la cola y levantó la cabeza para atacar a los tiradores con su aliento elemental. Los rayos golpearon las paredes del túnel y rebotaron. Salieron en todas direcciones y alcanzaron a los tiradores, que cayeron fulminados.
Dafne sacó la cabeza y un rayo la alcanzó. Llevaba levantada la protección de escamas y aguantó.
—¡Retiraos!
Taika la cogió del brazo y la empujó hacia el interior de la cueva.
—Protégete —rogó.
El dragón envió su aliento de tormenta y todos tuvieron que retrasarse al interior de la caverna. Por un largo momento los rayos pasaron por delante. Alguno entró en la cueva rebotado y causó que se tuvieran que retrasar más.
Un silencio tenso llenó el túnel.
Aibin sacó la cabeza y observó.
—Se lleva al dragón.
—No podemos hacerle frente en el túnel —advirtió Abdu Baba—. Esos rayos son peores que el fuego, rebotan en la roca.
—Si despeja el camino subirá él —razonó Dafne arrugando la nariz.
—Y sabe que estamos aquí, no podremos sorprenderle —añadió el general.
—Quizá sí… —Taika alzó una mano y de sus dedos comenzó a salir oscuridad.
La negrura creció hasta tapar el techo del túnel y los soldados de Kraido se ocultaron en ella. Los arqueros esperaron con las flechas prestas.
Abajo el dragón blanco ya subía.
La criatura avanzó con el camino despejado y envió su aliento de tormenta para que nadie pudiera tirar contra él.
Tenía varias heridas en la cabeza de las que aún sobresalían las flechas, así que no iba a arriesgarse.
Sabía dónde estaban los defensores, en la cueva algo más adelante a su derecha.
Ya se había deshecho del dragón azul, al que había arrastrado a una cueva más abajo.
No había sido una labor grata y mucho menos digna, pero era necesaria para poder subir por aquel túnel estrecho.
Levantó la cabeza y vio una oscuridad pesada al fondo del túnel, pasada la cueva a la que se dirigía para acabar con todos aquellos defensores inmundos.
Se acercó casi hasta la entrada. Nadie salió a tirar o a enfrentarse a él, pero no le extrañó.
Estarían todos en el interior esperando para atacar en cuanto intentara entrar y pagarían con sus vidas por ello.
Miró hacia adelante pero no pudo ver nada, una negrura cubría la parte superior del túnel.
Sería el humo junto a la tierra y el polvo que ascendían desde abajo por efecto de los ataques elementales a enemigos y roca.
Avanzó y, nada más sacar la cabeza, la giró hacia la cueva y lanzó su aliento de tormenta buscando sorprenderlos.
Pero los gritos de muerte que esperaba oír no llegaron.
Envió más energía a su ataque y barrió todo el interior de la cueva con su aliento de derecha a izquierda y de izquierda a derecha.
Avanzó hasta introducir medio cuerpo y en ese momento se percató.
La cueva estaba vacía. Pero aquello no podía ser…
¿Dónde estaban los defensores? ¡Tenían que estar allí!
¿Qué estaba sucediendo? Aquello era una trampa, una sucia trampa.
De la negrura en la parte superior del túnel salieron dos centenares de flechas que se clavaron en el costado y el ala del dragón blanco.
Rugió de dolor. Intentó girar para defenderse, pero tenía medio cuerpo ya en el interior de la cueva y no pudo hacer frente al ataque.
Su cabeza dio contra la pared de roca. Comenzó a recular cuando recibió otro centenar de flechas.
El dolor hizo que rugiera lleno de sufrimiento.
Se retrasó más para que la cabeza le quedara fuera de la cueva y poder atacar.
Sacó la cabeza y la dirigió hacia la negrura.
De ella salió un centenar de soldados de Kraido con lanzas que se le echaron encima antes de que pudiera hacer nada.
Le clavaron las lanzas en el cuello. La sangre oscura salpicó roca y soldados.
El dragón blanco rugió una última vez y luego murió.
Los soldados de Kraido levantaron sus armas y gritaron en señal de victoria. Fue gloriosa, y también breve. Una llamarada tremenda envolvió al dragón blanco y avanzó hacia ellos.
—¡Retiraos, rápido! —ordenó Dafne.
Un dragón rojo llegaba hasta ellos. Los soldados corrieron a protegerse entre la negrura que Taika había creado.
La bestia envió su aliento de fuego y todos se retrasaron doscientos pasos. Luego los tiradores soltaron.
Entre las flechas que caían, el dragón rojo comenzó a arrastrar al blanco hacia abajo.
—¡Se lo lleva! ¡Tirad y retroceded!
Los arqueros noceanos y Aljisaw tiraron varias veces.
El dragón rojo se cubrió la cabeza con un ala y después envió sus llamas contra ellos.
Los tiradores corrieron túnel arriba a ponerse a salvo mientras las llamas llenaban la roca a sus espaldas.
Era el juego del gato y el ratón, solo que aquel gato era poderosísimo.
Dafne fue la última en retirarse. Desde la oscuridad observó el túnel por el que subiría la bestia.
Tras ella quedaba la veta baja y más arriba esperaba la forja.
Allí aguardarían con todo lo que tuvieran.
Debían detenerlos. Antes era por salvar la forja, ahora por salvar el refugio entero.
Si entraban caería y no pensaba permitirlo.
Apretó los dientes y echó a correr túnel arriba perseguida por los rugidos.