Capítulo 44
—¡Escuadrón Rojo, a mí! —pidió Dafne mientras corría por las cuevas centrales—. ¡Hay que defender la forja!
La Escuadra Ardiente y la Escuadra Candente convergieron con la Escuadra Ígnea. Corrieron todos a una hacia la parte este de las montañas.
—¡Los míos, conmigo! —ordenó Brendan a los soldados de Kraido que tenía al mando.
—¡Seguidnos! ¡A la forja! —comandó Logar a los suyos.
En un abrir y cerrar de ojos un millar de soldados corrían tras el Escuadrón Rojo llenando cuevas y galerías.
Según avanzaban podían escuchar el estruendo de los ataques de los dragones procedente del lado este.
Cuanto más se acercaban mayor era su intensidad.
Rebotaba en las paredes como un mensaje premonitorio de muerte.
Todos corrían como si se dispusieran a apagar un incendio que se había producido en un granero.
Los rostros de los soldados eran de determinación.
Sabían que se iban a enfrentar a los dragones, pero no había miedo.
Eran conscientes de que muchos de ellos morirían defendiendo aquel refugio y, aun así, no iban a ceder, no se iban a echar atrás.
Al pasar junto a los tiradores de York que se reposicionaban hacia el este, Dafne se detuvo un momento y buscó a Dimitrios. Lo encontró a un lado con la cara blanca como si se le hubiera ido toda la sangre del cuerpo. Sus ojos ni siquiera miraban en dirección a sus tiradores.
—Dimitrios, pasa la orden. Tirad con puntas doradas desde las alturas del este. No permitáis que entren por el agujero que están haciendo.
El oficial de York no escuchaba lo que le decía. Por un largo momento no reaccionó, como si no le estuviera hablando a él.
—¡Por todos los cielos! ¡Dimitrios, reacciona!
Dimitrios miró por fin a Dafne.
—Son un centenar… Entrarán… Van a matarnos a todos… —balbuceó lloriqueando.
—¡Recomponte! —gritó Dafne.
Pero el grito en lugar de darle valor lo asustó todavía más. El oficial salió corriendo muerto de miedo, poseído por el pánico.
Dafne lo vio perderse entre los soldados. La orden se había quedado sin pasar, los tiradores la miraban a ella.
—Pero ¿qué está haciendo Dimitrios? —preguntó Lily con cara de no poder creer lo que acababa de presenciar.
—Me parece que hemos perdido a Dimitrios. Ha caído presa del pánico —observó Ivo—. La valentía nunca estuvo en su corazón.
—¡Maldito cobarde! —soltó Aiden.
—Espero que le caiga una roca encima y lo aplaste —expresó Lily.
Dameros apareció con Celopus. Iba camino del lado oeste, como Dafne le había pedido.
—Pasa la orden de que todos los tiradores de York vayan a la parte este y tiren con flechas doradas contra los que intentan entrar.
El mago asintió.
—Yo me encargo, no os preocupéis.
—No me quedo tranquila. Lily y Aiden, aseguraos de que los tiradores cumplen con su labor. Sin Dimitrios se pueden venir abajo.
—¿Quieres que subamos a las posiciones de tiro? —preguntó Lily y miró hacia arriba.
—Sí, será lo mejor. Que tiren hasta quedarse sin puntas doradas. Hay que frenar la entrada desde el exterior.
—Nos encargaremos, no te preocupes —aseguró Aiden.
—De acuerdo. ¡Id!
Los dos se marcharon con Dameros, acompañados por Celopus. El mago y el viejo intérprete se movían bien para la edad que tenían. Los nervios y la excitación por el crítico momento que vivían los llevaban en volandas.
Dafne y los soldados de Kraido continuaron a la carrera hasta llegar a la zona de los Aljisaw. Abdu Baba y los noceanos ya se habían concentrado allí, con ellos estaban Aibin y los Desher Tumaini.
—¡Aibin, general! ¡Todos a defender la mina!
Los dos asintieron y repartieron las órdenes. Había tantos soldados que colapsaban el paso que no podrían acceder.
—¡Que nos abran paso, general! ¡Vosotros dos, con nosotros! —ordenó Dafne.
Ambos consiguieron abrir un paso entre el mar de defensores que inundaba las cuevas. El Escuadrón Rojo avanzó con rapidez entre los soldados noceanos hasta llegar a una gran caverna donde ya esperaba Jalsawi con sus guerreros.
—Han conseguido penetrar en la roca de las montañas. Están abriendo camino hacia la veta —informó el jefe.
—Hay que impedirlo. Que tus arqueros tiren contra ellos desde fuera. Nosotros iremos por el interior y defenderemos la mina y la forja.
—Estas son nuestras montañas y las defenderemos por fuera y por dentro. Han venido a matarnos. Lucharemos por nuestro sagrado hogar y el honor de nuestros ancestros.
No era lo que Dafne quería oír, pero no tenía tiempo para discusiones con el jefe.
—Hay que bloquear el paso a los dragones. No deben avanzar o perderemos nuestro preciado bien.
Jalsawi impartió órdenes a los suyos. La mitad de los guerreros que abarrotaban las cuevas salieron corriendo con arcos en las manos y se dirigieron a las posiciones de tiro arriba. La otra mitad comenzó a descender hacia la mina a una orden del jefe.
Dafne se volvió hacia Abdu Baba.
—General, que tus arqueros suban a las posiciones elevadas. Deben tirar contra los que intentan entrar.
—De acuerdo —asintió.
—Lily y Aiden estarán ya fuera, que sigan sus órdenes.
—Entendido, doy las órdenes —el general se giró hacia los oficiales e impartió instrucciones.
Dafne miró a su escuadrón.
—Seguiremos al jefe a la mina —indicó señalando el túnel que bajaba a las profundidades donde se encontraban la veta y la forja.
El descenso comenzó bien, pero se volvió complicado al profundizar por la cantidad de personas que llenaban cuevas y pasajes.
Había zonas estrechas por las que no podían pasar en grandes números.
Esto era malo para ellos, pero retrasaría a los dragones si llegaban hasta allí.
Tendrían que agrandar el paso haciendo agujeros más grandes.
Los rugidos llegaban por el túnel cada vez más fuertes.
Dafne sabía que más abajo los pasos eran incluso más estrechos.
Los gritos de horror y muerte llegaron entre temblores de la roca negra que los rodeaba.
Alcanzaron la mina y la encontraron colapsada por soldados de Jalsawi.
Los dragones no habían llegado todavía hasta allí, estaban algo más al sur e intentaban abrirse camino.
El jefe dio órdenes a sus guerreros y los envió al sur.
Antes de que Dafne pudiera evaluar la situación y pensar un plan de acción, los guerreros Aljisaw con sus negras vestimentas ya corrían hacia los dragones para defender su hogar.
—Será mejor que defendamos esta posición —recomendó Taika.
—Por lo que veo los dragones han abierto camino algo más adelante. Deberíamos enfrentarnos a ellos allí —replicó Dafne.
Taika negó con la cabeza.
—La mina y la forja nos ofrecen dos posiciones ventajosas. Debemos aprovecharlas.
—Explícate —pidió Dafne.
—Hemos ampliado las dos cuevas para poder trabajar mejor, tanto la de la veta principal de la mina como la de la forja.
Eso nos permite ahora apostar una gran cantidad de soldados en ellas.
Están una frente a otra —Taika señaló a ambos lados del túnel de bajada en el que se encontraban—.
Si los dragones pasan tendrán que subir por este túnel.
Cuando lleguen a la altura de las cuevas podremos atacar por los flancos, no tendrán mucha opción para maniobrar.
Es muy estrecho, muy justo para un dragón… no podrá girarse.
—Tienes toda la razón, pero si nos apostamos aquí dejamos sin defensa la veta inferior. Pueden destruirla.
—Esa posición no es muy defendible. La cueva no es muy grande, al menos no para posicionar a un millar de soldados. Es lo que necesitaríamos para poder hacer frente a un dragón grande. Podemos intentar defenderla, pero me temo que no irá muy bien.
—Me resisto a perderla. Nos ha costado muchísimo llegar hasta ella y explotarla. No quiero entregársela a los dragones, no quiero que la destruyan.
—De acuerdo. Intentemos defenderla; si no lo conseguimos, nos replegaremos aquí arriba.
Dafne asintió y Taika bajó los ojos. Por su mirada se dio cuenta de que no tenía mucha confianza en que pudieran salvarla.
Lo que más le preocupó fue que el Felidae casi siempre tenía razón, pero ella se resistía a entregar a los dragones todo el esfuerzo que habían realizado. Lo defendería hasta donde pudiera.
Miró a la Escuadra Ardiente.
—Brendan, tomad posición en la mina. Quiero tantos soldados de Kraido como entren en ella. Aguardad a mi señal para atacar.
—De acuerdo —el rubio Brujo de Dragón impartió instrucciones a los suyos y llenaron la mina con rapidez.
—Escuadra Candente, tomad la forja y defendedla. La idea es que ataquéis en combinación con la Escuadra Ardiente a cualquier dragón que suba por el túnel.
—Así lo haremos, Dafne —respondió Logar lleno de vigor. Entraron en la forja con todos los suyos.
En el exterior, en la parte alta de la zona este de la cordillera, Lily y Aiden impartían órdenes a los tiradores con la ayuda de Celopus.
Habían dejado a Dameros algo más abajo, a salvo, en una pequeña caverna sin salida a la ladera.
No querían arriesgar la vida del mago dorado, era demasiado valioso para que un ataque lo alcanzara.
Desde la cueva en la que estaban pudieron ver cómo los dragones castigaban el agujero que habían hecho con la intención de ampliarlo y penetrar por él.
Con cada ataque saltaban tierra y roca por los aires.
—Están haciendo un túnel. Es de lo más extraño —comentó Lily.
—Ese túnel está muy cerca de la forja —Aiden no apartaba los ojos del agujero—. Creo que lo que intentan es abrir una vía para llegar a ella.
—Creando un agujero… eso es de lo más raro.
—La forja está bajo tierra, en las entrañas de la montaña. No tienen más remedio, tienen que cavar.
—Excavan de una forma muy extraña.
—Los dragones siempre encuentran una forma para conseguir sus objetivos.
—Pues hoy aquí no lo van a hacer —Lily empuñó su espada—. Se lo vamos a impedir. Si quieren cavar un agujero y meterse por él, adelante. Nosotros los vamos a acribillar con flechas de punta dorada.
—Intentemos frenar su avance —Aiden se asomó al exterior de la cueva.
—¡Tirad todos contra los dragones que hacen el agujero! —gritó Lily a pleno pulmón y señaló con su espada.
Celopus pasó la orden a los oficiales que estaban con ellos. Esta corrió por todas las cuevas y posiciones elevadas del lado este. Los de York comenzaron a tirar contra los que descendían a hacer el agujero más grande. Cientos de flechas salieron de las posiciones altas y cayeron sobre ellos.
Como entraban de uno en uno a atacar eran un blanco fácil para los tiradores, que concentraban su fuego en el dragón que arremetía en ese momento.
Más de un centenar de flechas de punta dorada alcanzaron a un dragón rojo en la cabeza, el cuello y las alas.
Rugió de dolor y se estrelló contra la ladera.
Un segundo dragón blanco recibió otro centenar por todo el cuerpo y detuvo su ataque de inmediato para intentar ponerse a salvo. Consiguió remontar el vuelo y descendió fuera del alcance en mitad del desierto.
—¡Tirad a las alas! ¡Que no puedan volar! —ordenó Aiden.
—Vaya, veo que quieres que los señores dragones no puedan surcar los cielos —repuso Lily con tono de ironía.
—Hay muchas vidas en juego —Aiden señaló al dragón blanco, que se alejaba—. Lo mejor es que concentremos las flechas sobre las alas. No los mataremos, pero sí los dejaremos fuera de combate.
—Me parece buena tu idea. ¡Contra las alas! —Lily se puso en pie y movió los brazos imitando el vuelo del dragón.
La siguiente tanda de flechas alcanzó de lleno a un dragón marrón en ambas alas. Esta vez fueron más de dos centenares de proyectiles. Los tiradores noceanos ya estaban en posición y se habían unido a la defensa. El dragón se desplomó muy cerca del agujero que estaban excavando.
—Maldición. He visto entrar a uno —se lamentó Lily.
—Concentrémonos en darles guerra aquí afuera. De los que entren tendrán que encargarse nuestros compañeros en el interior.
Lily resopló con fuerza.
—Enfrentarse a un dragón ahí dentro va a ser un horror.
—Por desgracia, así será.
No tuvieron tiempo de preocuparse más por sus compañeros. El general azul de la hueste de dragones envió a la mitad de sus fuerzas a atacar a los tiradores.
El cielo sobre la cordillera se cubrió de alas.
Si la lucha en el interior iba a ser un horror, también lo sería en el exterior.
Los tiradores concentraron sus flechas en los dragones que venían en cabeza y varios cayeron acribillados, pero eran demasiados.
Los que venían detrás soltaron sus ataques elementales contra las posiciones altas y el horror llegó hasta ellos.