Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 43
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Capítulo 43

Dafne y los suyos siguieron hacia la forja. Al llegar se encontraron con Dameros acompañado de Celopus.

—Poneos a salvo. La hueste ha llegado —avisó Dafne.

—Tengo que imbuir más puntas.

—No aquí. Creo que vienen a por la forja y lo que está debajo. Salid de aquí, id a la parte oeste del refugio. Allí estaréis a salvo.

—De acuerdo —Dameros asintió.

La Escuadra Ígnea hizo marchar a Burdin y al resto de los forjadores para seguir descendiendo hacia el almacén de puntas doradas. Pasaron por la veta y despacharon a todos los mineros.

—¡Poneos a salvo! ¡Rápido! —gritó Dafne.

Llegaron al almacén, donde una larga cola de soldados de las tres etnias aguardaba para llevarse las armas.

Entraron haciéndose sitio. Aibin estaba junto a tres arcones llenos de puntas de lanza y flechas que brillaban con el tenue resplandor dorado.

Los guerreros Desher Tumaini repartían las últimas flechas y lanzas entre los soldados que llevarían las armas a los suyos.

—¡Terminad de repartir, rápido! ¡No tenemos tiempo! —azuzó Dafne.

Aibin pasó la orden a los suyos, que se afanaron en terminar la tarea. Los soldados noceanos, de Kraido y Aljisaw marchaban a la carrera con los brazos llenos de armas de poder dorado.

—Ya está casi —informó Aibin.

—Buen trabajo. Ahora pon a salvo los tres arcones de reserva en el oeste —pidió Dafne.

—De acuerdo.

Salieron corriendo de allí. La Escuadra Ígnea subió a la carrera a las cuevas altas de la zona central para tener una mejor visión de lo que sucedía. Desde allí pasarían las órdenes.

Llegaron sin aliento y se asomaron a la cueva de vigilancia.

Era la más alta de la cordillera central y tenía dos salidas, una a cada lado de la montaña, lo que permitía ver por ambas laderas, la norte y la sur.

Dos docenas de tiradores de York la ocupaban.

Dimitrios debería estar allí, pero no estaba.

—Ya llegan —anunció Lily con tono grave.

—Es hora de defendernos —repuso Taika.

Dafne se dirigió a los vigías de Kraido que aguardaban órdenes con sus cuernos.

—Que nadie tire hasta que yo dé la orden.

Los vigías asintieron.

Divisaron a un enorme dragón azul que dirigía la hueste alada.

Su tamaño no dejaba duda de que era el general que comandaba al centenar de dragones que llegaban tras él.

Rugió con enorme potencia y su hueste rugió a una en respuesta.

Aquel sonido aterrador hizo temblar las propias Montañas Negras.

Del techo de la cueva cayó tierra sobre los tiradores, que se encogieron igual que los soldados con lanzas en las cuevas de abajo.

Se retrasaron al interior de las cuevas por instinto.

Lily se tapó los oídos con las manos, e Ivo apoyó la espalda contra la roca y esperó.

El general envió a la hueste a castigar la cordillera.

Uno por uno los dragones la recorrieron de oeste a este por la cara sur.

Mientras volaban enviaban sus alientos elementales contra las laderas de roca.

Unos arriba buscaban alcanzar a los tiradores y otros abajo castigaban las cuevas bajas y las faldas inferiores.

Pasaban uno tras otro a dos alturas con ataques elementales que barrían cuanto encontraban.

Fuego o tierra, rayos o hielo, destrozaban vegetación y roca con su tremendo poder destructivo.

La vegetación de las faldas ardía. El hielo cubría de blanco las bocas de las cuevas bajas y los rayos abrían grietas en la piedra negra.

Una llamarada entró por la cueva en la que estaban y Dafne y los suyos alzaron sus defensas de escamas mágicas.

El calor les golpeó la cara. Los tiradores de York tuvieron que retirarse al interior para que las llamas no los alcanzaran.

Tras el fuego entró el hielo y la boca de la cueva quedó cubierta de escarcha.

Un rayo la siguió iluminando de golpe toda la caverna y dejó a los tiradores medio ciegos.

Después llegó la tierra, que golpeó la roca con un estruendo que les sacudió el pecho.

Pese a que querían responder a los ataques, todos sabían lo que debían hacer.

Salir a tirar contra la hueste era un suicidio, así que aguantarían en sus posiciones defensivas.

Debían evitar que entraran en la montaña, no que la arrasaran.

La roca aguantaría el castigo, ya lo había hecho múltiples veces.

Poco había tan duro como un dragón, pero aquella roca lo era.

Los dragones pasaron uno tras otro sin detenerse llevando muerte y destrucción elemental.

Dafne no dio la orden de tirar. Observó cómo el general azul enviaba a sus tropas con la intención de acabar con cualquier defensor que pudieran encontrar.

Aquella táctica ya la conocían y no iban a caer en el error de hacerles frente, ya lo habían cometido y les había costado muy caro.

Cuando la hueste alada llegaba al completo la única estrategia era esconderse y dejar que pasara.

—Quieren que salgamos a tirar —dedujo Aiden junto a la salida sur con una mano apoyada en la roca—. Como la última vez…

—Lo sé. Nadie va a salir —zanjó Dafne.

El general enemigo volaba en círculos sobre lo más alto de las Montañas Negras.

Observaba cómo sus dragones arrasaban por completo las laderas del sur y luego la cara norte con la tranquilidad de quien se sabe invencible.

Las escamas azules del general brillaban con el fuego en cada pasada.

Volaban uno detrás de otro sin miedo alguno porque sabían que los tiradores no saldrían a hacerles frente.

Castigaron ambos lados de la montaña, de oeste a este y luego de este a oeste.

Con cada pasada la roca temblaba bajo los pies de Dafne.

Un aliento de tierra golpeó justo encima de la cueva de vigilancia.

Del techo se desprendieron piedras del tamaño de un puño que rebotaron entre los tiradores.

Uno de los vigías de Kraido soltó el cuerno y se cubrió la cabeza con los brazos.

Escondidos en lo más profundo de las cuevas, los defensores aguardaban a que pasaran los alientos elementales.

Lo tenían estudiado, sabían dónde debían situarse e incluso habían levantado barricadas de roca dentro de las cavernas por si algún aliento entraba demasiado.

El peligro no estaba en esas pasadas intimidatorias y todos lo sabían, sino en que algún dragón se posara frente a una cueva e intentara entrar.

Dafne había creado aquella estrategia con la ayuda de Aibin y Abdu Baba, así como las defensas interiores de la montaña.

—Si uno se posa y entra, lucharemos en las galerías —recordó Taika mirando hacia las barricadas de roca del fondo de la cueva—. Estamos preparados.

—Preparados sí —Ivo movió la cabeza despacio—, pero un dragón dentro cuesta demasiadas vidas.

—Y nunca sabes si podrás acabar con él —remató Aiden.

Nadie replicó.

El rugido de otra pasada llenó la cueva y obligó a Dafne a agarrarse a la roca. Los tiradores de York contaban las pasadas en voz baja.

Pronto dejaron de contar. La escarcha de la entrada se rompía bajo cada aliento de fuego y volvía a formarse con el siguiente de hielo. El aire olía a roca quemada. Nadie hablaba ya. Solo se oía el rugido de los dragones al pasar y el estruendo de la piedra al saltar por los aires.

Durante horas continuó el castigo de la hueste alada, lo que obligó a los defensores a esconderse todavía más en el interior de las cavernas, ya que los ataques entraban cada vez más en las posiciones defensivas.

El fuego llegaba hasta sus cabezas detrás de las barricadas.

El hielo había congelado la mitad de la cueva y los tiradores de York lo pisaban con cuidado para no resbalar y caer.

Rocas y piedras golpeaban paredes y rebotaban. Todos agachaban la cabeza.

El aire estaba cargado de tierra y a Dafne le costaba respirar.

Fue entonces cuando el general de los dragones cambió de táctica.

Por un rato no pudieron verlo. Dafne y los suyos estaban retrasados en la caverna sin arriesgarse a sacar la cabeza por el tremendo castigo que recibían las montañas.

Cuando por fin Dafne se asomó para mirar qué hacían los dragones se llevó una gran sorpresa, una muy desagradable.

—Están atacando la zona este.

—¿Atacando? ¿Cómo? —se sorprendió Lily.

—¿Están concentrando el ataque en la parte este? —preguntó Taika.

—Mirad por vosotros mismos.

Lily se acercó a la salida y se asomó con la mano sobre los ojos por el resplandor del fuego.

Los dragones seguían pasando de uno en uno.

Después de enviar sus ataques elementales sobre la montaña llegaban a la parte este y descendían en picado golpeando con sus garras un punto en concreto.

Levantaban tierra y roca al hacerlo. Uno tras otro, terminaban la pasada de ataque golpeando con sus garras la base de la falda de la montaña en el lado de los Aljisaw.

—Están atacando la zona que señalaron los primeros dragones que avistamos —se dio cuenta Lily.

—Lo que hicieron fue marcar el punto. Ahora todos lo están atacando —explicó Taika.

—¿Está ahí lo que creo que está ahí? —preguntó Ivo.

—Sí. Ahí están la mina y la forja —confirmó Dafne.

—Este ataque no es como los anteriores. No vienen a abrir una vía de acceso para matarnos, vienen a destruir la mina y la forja —dedujo Taika.

Uno tras otro los dragones continuaron golpeando, haciendo saltar por los aires las rocas que atacaban.

La tierra levantada por las garras subía en una nube que ocultaba parte de la falda de la montaña.

Una vez lograron abrir un agujero considerable en la roca dejaron de atacar con las garras y comenzaron a hacerlo con sus alientos elementales.

Cada golpe llegaba hasta la cueva de vigilancia en las alturas y hacía temblar el suelo bajo los pies.

—Han abierto una brecha. Van a intentar entrar —avisó Taika.

—Hay que defender la mina y la forja. Son demasiado importantes para perderlas —exclamó Dafne.

—¿Creéis que podrán llegar al interior? Ahí no hay más que roca —dudó Lily.

—Conseguirán entrar, no lo dudes —replicó Aiden con seguridad señalando la escarcha de la entrada—. Lo que no rompen las garras lo rompe el hielo.

—Desde aquí no podremos hacerlo. Estamos demasiado lejos, tenemos que ir a la parte este de la montaña —indicó Taika—. Es más, fijaos. Se están concentrando allí.

Los dragones ya no recorrían todo el lado sur de la montaña, sino que volaban en círculos sobre el lado este.

El general de la hueste alada también se había trasladado hasta allí y volaba alto mientras sus dragones lo hacían más abajo para asegurar la zona.

Sobre la cueva de vigilancia quedó un silencio extraño, solo llegaba el estruendo lejano de la roca al saltar por los aires en el lado este.

—Pasad la orden. Hay que tirar contra los que están haciendo el agujero. Tirad con flechas de punta dorada —ordenó Dafne a los tiradores de York que estaban en la cueva.

Salieron corriendo a pasar el mensaje.

—No va a ser nada fácil darles desde el exterior —Taika señaló a los dragones que volaban en círculos mientras parte de sus compañeros descendían a atacar el agujero, que empezaba a ser de tamaño considerable.

—Lo veo. Si salimos a tirar desde arriba los dragones que vuelan en círculos arrasarán a nuestros tiradores. Tendremos que hacerlo desde el interior y desde posiciones bajas —comprendió Dafne.

—Necesitarán que los guíes —advirtió Taika.

Dafne asintió.

—De acuerdo. ¡Vamos todos, rápido! Dirigiremos la defensa desde el interior.

—Los Aljisaw ya se habrán encontrado con el problema —comentó Taika.

—Sí. Espero que Jalsawi salve la situación hasta que lleguemos.

La Escuadra Ígnea descendió a la carrera desde su posición hasta las cuevas interiores de la parte central de las montañas. La roca temblaba a cada paso y la tierra del techo les caía sobre los hombros.

Dafne tenía muy mal presentimiento. Aquello no lo esperaban y las cosas se iban a torcer todavía más.

Arrugó la nariz, apretó la mandíbula y corrió por cuevas y galerías liderando a los suyos.

Los estruendos en el interior eran tremendos, amplificados por un eco que acongojaba el corazón del más valiente.

Pero ella tenía a su Escuadrón, y lograrían detener a los dragones.