Capítulo 42
Los días siguientes dieron la razón a Taika.
Se acabaron los tiempos de vigías que volaban en solitario, los dragones ya no cruzaban de dos en dos, sino de tres en tres.
No les importaba estar al alcance de los arcos, pasaban alto y luego a media altura para terminar rasando a los pies de la gran cordillera de roca negra buscando provocar a los tiradores.
Estos no caían en la provocación y seguían las órdenes impuestas por Dafne.
Las puntas doradas se quedaban en las aljabas.
Cada pasada dejaba tras de sí un silencio largo en las cuevas.
Nadie hablaba hasta que las sombras de las alas se alejaban por el llano.
—¿Qué opinas? Conoces mejor que nadie a los dragones —preguntó Lily a Aiden mientras observaban en una cueva pequeña el vuelo de un trío que pasaba muy bajo.
La sombra del primer dragón cruzó la boca de la cueva y les oscureció el rostro por un instante. Lily no se movió y Aiden tampoco.
—No soy experto en dragones —Aiden puso cara de disgusto. En un Drakónido no se diferenciaba demasiado de su expresión normal, pero Lily lo conocía a la perfección y lo captó de inmediato.
—No te hagas el ofendido. De todos nosotros eres quien más sabe sobre ellos.
—No lo sé todo sobre los dragones, solo un poco más que vosotros. Y mi intuición me dice que buscan la magia dorada.
—¿Intuición? ¿Tú tienes de eso? —Lily ladeó la cabeza con una sonrisa bromista.
Aiden puso más cara de ofendido.
—¡Por supuesto que tengo intuición! Los Drakónidos no tenemos mentes de roca como tú crees.
—Si tú lo dices…
—¡Claro que lo digo!
Lily soltó una risita juguetona que el eco devolvió desde el fondo de la cueva, ella se tapó la boca con la mano.
—Qué fácil se te hace enfadar… —susurró.
—Solo tú puedes causar eso en mí.
—Es lo más bonito que me has dicho nunca —Lily se llevó las manos al corazón y parpadeó con fuerza.
—¿Quieres tomarte la situación en serio?
—Ya lo hago. No podría estar hablando más en serio —Lily guiñó un ojo—. Solo que yo hablo de ti y de mí.
—Ya sabes lo que sucede entre tú y yo… —Aiden no fue capaz de mantener la mirada de Lily y bajó los ojos.
—Pues me gustaría que me lo demostraras más. Una chica necesita sus muestras de cariño y halagos.
—Yo… soy un Drakónido… no es mi fuerte.
—Por eso mismo cada pequeño gesto te lo cuento por cinco.
Aiden suspiró. Fuera el segundo dragón pasó tan bajo que el viento de sus alas levantó el polvo de la entrada.
—Yo…
Lily vio lo mal que lo estaba pasando y le puso las manos en el rostro.
—Calla y bésame.
Aiden la besó y por un largo momento el batir de las alas dejó de importar.
—Eso sí que es raro —Aiden señaló al este.
—¿No me estabas besando?
—Mira —insistió.
Por el tono Lily supo que pasaba algo importante, así que no siguió con sus bromas.
El trío ya no rasaba el llano, sino que trazaba círculos lentos sobre uno de los picos. Las tres sombras giraban sobre el mismo punto de la ladera una vez y otra vez. El polvo que levantaban quedaba suspendido sobre ella.
—Esa patrulla vuela en círculos sobre una zona concreta —se dio cuenta.
—No es una zona cualquiera.
—Es la zona de los Aljisaw.
—Así es.
—¿Hay muchos tiradores ahí apostados y es lo que han visto los dragones?
Aiden observó cómo los dragones pasaban en círculos sobre la ladera de uno de los picos, en su zona media y baja. No se acercaban a las cuevas altas, pero tampoco se alejaban.
—Los hay, sí.
—Entonces será lo que los atrae, tendrán puntas doradas. Los Aljisaw no escuchan las órdenes de Dafne la mitad de las veces.
—No es eso.
—¿No?
—Ahí está la forja. En el interior de la roca.
A Lily se le erizó el vello de la nuca.
—¿Crees que captan lo que se forja desde el exterior? —Lily frunció el ceño—. No creo que puedan.
—Espero que no… por nuestro bien.
Los tres dragones siguieron girando sobre el pico sin prisa.
—Vayamos a contárselo a Dafne —Lily ya se había puesto en movimiento.
—Sí, esto no me gusta —Aiden echó una última mirada a los círculos sobre la ladera y la siguió.
Dafne hizo llamar a Dameros a la cueva del Escuadrón Rojo nada más escuchar lo que Lily y Aiden habían presenciado.
El mago y Celopus llegaron prestos. Traían el olor del humo de la forja pegado a las túnicas.
Taika esperaba de pie contra la pared del fondo, en la parte más oscura de la cueva.
Ivo se había sentado en una roca junto a la entrada.
—¿Crees que captan la forja? —preguntó Dafne sin rodeos.
Dameros se quedó pensativo. Se tomó un momento antes de responder.
—La forja en sí… no creo. Puede que vean los humos que salen entre las rocas, pero también están los de las hogueras que tenemos donde se cocina y se vive —Dameros miró a Aiden y Lily—. ¿Estaban rastreando los humos?
Lily negó con la cabeza.
—No, volaban raso. Los humos salen de más arriba, entre las rocas altas.
—Los humos son visibles. Los dragones buscaban algo que no podían ver —Aiden cruzó los brazos sobre el torso.
—El metal dorado entonces. Captan la veta de metal —aventuró Ivo.
—Tampoco creo que sea el caso —Dameros clavó la vista en el suelo de la caverna.
—Deben estar buscando magia —la voz de Taika llegó desde la penumbra del fondo.
—Eso tiene más sentido —estuvo de acuerdo Dameros y asintió en la dirección del Felidae—. Tanto el metal como la forja no tienen poder mágico y el metal no atrae a los dragones. La magia, sí.
Un silencio pesado cayó sobre la cueva. Solo se oía el crepitar de las antorchas en la pared.
—Entonces deben ser las puntas una vez imbuidas con la magia dorada en la forja —dedujo Dafne—. Además, mandamos almacenar las que ya tenemos imbuidas junto a la forja, pensando que tan profundo no las captarían. Creo que hemos cometido un error, uno que puede ser grave.
—Me inclino a pensar que sí, hemos cometido un error —Dameros se pasó la mano por la frente—. Al llevar las puntas junto a la forja hemos atraído la atención al punto que no deberíamos.
—Eso si es que captan las puntas imbuidas a esa profundidad y rodeadas de roca negra —Ivo no estaba convencido.
—Las captan. Estoy seguro —afirmó Aiden.
—En ese caso, si el mal detecta nuestro preciado bien debemos ocultarlo más profundo todavía, en las entrañas de las montañas si hace falta —elucubró Ivo con tono místico.
—Hay que buscar un lugar todavía más enterrado —propuso Taika.
—Uno donde los dragones no capten el poder dorado —añadió Lily—. Dameros, ¿tú no puedes hacer que no llamen tanto la atención con tu magia?
El mago dorado se llevó la mano a la barbilla y miró al fondo de la caverna. La sombra de Taika no se movió.
—Me temo que el problema está en que el metal es tan especial que al imbuirlo de magia dorada irradia poder a raudales. No sé cómo puedo contenerlo… Tendría que experimentar y ver si hay una forma, pero ahora mismo no tengo solución para ese problema.
—No podemos dejar que descubran dónde están la forja y la veta. Eso es lo más importante —señaló Taika.
Dafne se irguió y los miró uno a uno.
—Haremos las dos cosas. Imbuiremos en las entrañas de las montañas.
Hablaré con Jalsawi para que nos lleve a lo más profundo de su cordillera.
Dameros, comienza a experimentar. Lo que necesites me lo pides.
Ivo, ayúdale con lo que requiera. Esto es demasiado importante para fracasar.
Los dragones no pueden descubrir qué estamos haciendo aquí.
Debemos salvaguardar la veta y la forja como sea.
—Ayudaré como el viento de otoño a los árboles con sus hojas marchitas —expresó Ivo.
—Muy bien, todos a trabajar. No perdamos ni un momento —ordenó Dafne.
Salieron uno tras otro. Dafne se quedó la última en la cueva con la antorcha.
Fuera los dragones seguían pasando de tres en tres sobre el llano.
Una semana más tarde los cuernos despertaron a Dafne antes de que el sol saliera. Sonaron tres toques cortos, la alarma de avistamiento de dragones. Se incorporó en el jergón a oscuras y aguardó esperando el toque sostenido de la falsa alarma.
No llegó.
Otros tres toques subieron desde el este y otros tres desde las rocas altas. Eran demasiados cuernos para una patrulla. El sonido se enredaba entre los picos y volvía multiplicado.
Se calzó las botas y cogió la espada sin encender la lámpara. Los cuernos no dejaban de sonar.
Subió al mirador de la caverna alta con Taika a su lado.
Lily se levantó con Aiden y los siguieron prestos.
El aire del alba estaba frío y olía a piedra húmeda.
Contra la luz gris del amanecer vio al trío de dragones que cruzaba el llano en pasada baja.
Nadie los había frenado en ningún puesto.
No volaban con los rodeos pacientes de las últimas semanas, sino rectos de oeste a este.
Seguían la falda de la montaña casi tocando suelo.
Esa línea terminaba en la posición de la mina.
Con sus garras los tres golpearon la roca y la marcaron.
Hicieron saltar piedras y tierra por los aires.
El estruendo llegó hasta el mirador con un instante de retraso.
Dafne se quedó sin aire.
—¿Saben…?
—Saben —sentenció Taika con la voz muy queda.
—Maldición —masculló Lily.
—Era solo cuestión de tiempo —Aiden apretó la mandíbula.
El Felidae alzó la barbilla hacia el sureste.
Sobre el horizonte crecía una línea oscura.
Dafne se recompuso y comenzó a contar los dragones que se acercaban.
No eran otras patrullas como hasta ahora, contó veinte…
cuarenta. Después las alas se solaparon con otras alas y ya no pudo contar más.
Había demasiados. La línea oscura se ensanchaba y se tragaba la luz gris del cielo. Venía la hueste entera.
A sus pies el refugio se apagó y las luces murieron galería a galería. Las voces se cortaron.
Meses de simulacros habían enseñado a miles de refugiados, soldados y guerreros a desaparecer en el silencio. Solo quedó el eco lejano de los cuernos rebotando entre los picos. Pero esta vez esconderse no iba a bastar, la hueste llegaba con la destrucción y la muerte que todos tanto temían.
Dafne no perdió un instante. Bajó del mirador a grandes zancadas y comenzó a dar órdenes.
—¡Nos ataca la hueste! ¡Tiradores, puntas doradas! ¡Nadie tira sin orden!
Descendieron de la parte alta. Dafne continuaba dando órdenes, su voz rebotaba en los túneles por delante de sus pasos.
Abdu Baba y Aibin esperaban en la caverna de mando. Ninguno de los dos hizo preguntas.
—¡Abdu Baba, lidera a los noceanos! ¡Protege a tus civiles!
—Al momento —el general salió corriendo.
—Aibin, tú y tus guerreros coged las puntas imbuidas y repartidlas. Las vamos a usar. ¡Daos prisa, están casi encima!
—¡A la orden! —el Desher Tumaini partió a la carrera.
Dafne se plantó en el centro de la caverna.
—¡Escuadrón Rojo, a mí!
Las tres escuadras formaron frente a Dafne en un instante. Los miró uno a uno. Nadie desvió la vista, ninguna mano temblaba sobre las empuñaduras. Lucharían hasta la muerte. Eran Brujos de Dragón rebeldes, el Escuadrón que lideraba la rebelión. Los dragones no podrían con ellos.
—Sabéis lo que tenéis que hacer. Lo hemos ensayado hasta la saciedad. Defendemos las montañas. Los dragones no pueden entrar.
—Por supuesto —Brendan dio un paso al frente.
—No pasarán —aseguró Logar.
El resto de los componentes de las tres escuadras asintieron con firmeza.
—Organizaremos nuestras tropas para la defensa. ¡Adelante!
Las escuadras se dispersaron por los túneles.
—Escuadra Ígnea, conmigo.
—Siempre —Taika ya estaba a su espalda.
La alarma continuó y el refugio se puso en movimiento.
Los tiradores de York treparon a sus cuevas. Las cuatro etnias fluyeron hacia las posiciones que debían mantener. Brendan y la Escuadra Ardiente organizaban a la mitad de los soldados de Kraido, mientras Logar y la Candente hacían lo mismo con la otra mitad. Por encima, los cuernos seguían sonando.
Dafne se dirigió con la Ígnea hacia el este por las cavernas y túneles.
Las antorchas de las galerías se habían apagado con la alarma y avanzaban a la luz de las pocas que quedaban.
En mitad del trasiego entró en una galería grande y vio a Dimitrios quieto contra la pared, blanco como la tiza.
Tenía la vista clavada en el techo de roca.
Era el único hombre inmóvil en toda la caverna. Los suyos corrían a sus puestos sin él.
—¡Dimitrios! ¡Tus tiradores te esperan en las cuevas altas!
El capitán de York tardó un instante en volver en sí. Después echó a andar hacia las cuevas altas con ojos vacíos. Ni miró a Dafne al pasar.
—No puedo creer que después de tanto aguantarlo ahora resulte que es un cobarde —Aiden torció el gesto.
—Los que más se consideran suelen ser muchas veces los que menos son —apuntó Ivo.
—Menudo cretino —opinó Lily.
Corrieron hacia la forja tan rápido como pudieron, cruzándose con todos los soldados y guerreros que corrían a sus puestos. El techo tembló sobre sus cabezas y una lluvia de polvo de roca negra cayó sobre ellos.
Nadie se detuvo. El olor a humo de la forja se hacía más denso a cada paso.
Al llegar al lado este se encontraron con los guerreros Aljisaw preparándose para combatir con arcos, lanzas y redes.
En el centro de la cueva principal Jalsawi impartía órdenes a gritos con sus dos cimitarras de oro desenvainadas.
Los guerreros se cruzaban en todas direcciones con las redes al hombro.
—No son los más organizados —Aiden torció el gesto.
—Mientras cumplan, un poco de gritos y desorden no importan —respondió Dafne.
El jefe de los Aljisaw se percató de su presencia y se volvió hacia Dafne. Por un momento pensó que le iba a recriminar algo o no dejarle acceder a la forja y las puntas doradas que almacenaban más abajo. Se detuvo a diez pasos de él con la mano en la empuñadura.
Jalsawi levantó las dos cimitarras de oro. El filo dorado brilló a la luz de las antorchas.
Gritó algo en su idioma. Dafne no necesitó traductor.
—¡Por la victoria!
Ella desenvainó su espada y la levantó al aire.
—¡Por la victoria!
El grito se propagó por la cueva. Los Aljisaw lo repitieron con las lanzas en alto.
Fuera, los dragones ya golpeaban la montaña.