Capítulo 39
Nahia escuchó los pasos en el pasillo y de inmediato supo que la escuadra de las mazmorras se acercaba.
Habían decidido llamarla así porque era un nombre adecuado para tan siniestro grupo.
En el subnivel uno no había más que hacer que escuchar.
Nahia había aprendido a distinguir cada sonido de aquel lugar y aquel, el de las botas acompasadas, era el peor de todos.
Avanzaban en formación, todos al mismo paso, como si fueran a entrar en combate con un rival en aquel pasillo. No era más que una táctica intimidatoria, porque nadie en el subnivel uno podía enfrentarse a semejante escuadra, y mucho menos con los collares de plata al cuello.
Los pasos se detuvieron frente a su puerta.
—Qué mal… —masculló entre dientes.
El hecho de que pasaran desfilando por delante de las celdas golpeando el suelo con fuerza con sus botas le daba un poco igual, ya se había acostumbrado a ello.
Pero cuando se detenían delante de una puerta, algo malo iba a suceder.
Se preguntó de quién sería el turno esta vez, si el suyo o el de Logan.
Nahia siempre prefería que fuera el suyo, pues dudaba que a ella la mataran a golpes, después de todo era a quien consideraban líder de la rebelión.
Sin embargo, a Logan, aunque lo tuvieran también por una de las cabecillas, no era la figura principal y eso siempre la ponía nerviosa.
Si se les iba la mano en la paliza, podrían matarlo.
Se quedó muy quieta, con los ojos fijos en el visor cerrado. Al otro lado no se oía nada, y ese silencio era lo que peor llevaba, el instante en que todavía podía ser cualquiera de los dos.
Se abrió su visor y Nahia resopló aliviada: le tocaba a ella. Respiró hondo para calmarse antes de escuchar la asquerosa voz del líder de la escuadra.
—En pie. Rápido —gritó Drakoz por el visor.
Nahia, que estaba sentada sobre el camastro, se puso de pie sin apresurarse demasiado.
La puerta se abrió e intuyó que entrarían en la mazmorra a golpearla. Dos Drakónidos de la escuadra accedieron al cuartucho. Nahia cerró los ojos y apretó el estómago, que era donde les gustaba golpearla. Sin embargo, el golpe no llegó, la agarraron de los brazos y la sacaron de la celda.
—Nahia, ¿qué hacéis? —preguntó Logan, cuya puerta estaba cerrada y el visor corrido.
—El comandante Bigaen-Zuri-Indar ha requerido la presencia de esta sucia traidora. Nos la llevamos —informó Drakoz, el líder de la escuadra.
—¿A dónde la lleváis? ¿Qué le van a hacer?
—Eso no es asunto tuyo, así que tranquilo si no quieres que te demos una paliza antes de marcharnos.
—Dejadla en paz. Llevadme a mí.
—Nadie ha requerido tu presencia, escoria. Sigue pudriéndote en esa mazmorra.
—Tranquilo, Logan. Hagan lo que hagan saldré adelante —aseguró Nahia, intentando calmarlo.
Drakoz le dio un fuerte puñetazo en el estómago que la dejó sin aire.
—Nada de hablar. Mantente calladita.
—¡Nahia! —Logan tiró de la mirilla.
La escuadra de las mazmorras se llevó a Nahia a rastras mientras Logan golpeaba la puerta de su celda de forma frenética. Por desgracia, no podría ayudarla, era imposible echar aquella puerta abajo.
La subieron al piso superior por las escaleras, donde había dos Tergnomus de guardia.
La luz de las lámparas de aceite fue un deleite para los ojos de Nahia, que se adaptaron enseguida.
Podía ver, pero lo que contempló no le gustó demasiado.
No reconoció al Exarbor de registros de la entrada, ni tampoco al jefe de los Tergnomus de las mazmorras, eran nuevos y no había tratado todavía con ellos.
Además, por la forma en que la miraron tampoco le pareció que fueran de los suyos.
La escuadra tuvo que firmar ante el Exarbor de registros que se llevaban a la prisionera.
Lo hizo Drakoz mientras el resto aguardaba.
La sacaron del edificio de las mazmorras. Según salieron, tuvieron que detenerse ante los dos dragones de guardia de la puerta. Drakoz explicó que llevaban a la prisionera a ver al comandante Bigaen-Zuri-Indar y los dejaron marchar.
Nahia se acordó de Jaibor, que estaba con ellos y la había encubierto, y del irascible jefe Tergnomus, que ya no estaba.
Los tiempos pasados fueron arriesgados, pero había logrado sus propósitos.
Los nuevos trabajadores no parecían muy dados a colaborar, más bien todo lo contrario.
Experimentó una sensación muy extraña mientras la escoltaban hacia el castillo del Comandante.
El sol le hería los ojos y el aire olía a limpio, a hierba y a piedra caliente, y aquello, después de tanto encierro, casi le dolió más que los golpes.
Estaba viendo la luz del día y podía contemplar los diferentes edificios que conformaban la gran academia de Drakoros.
También veía alumnos que se volvían para observar y murmuraban entre ellos.
—¡No miréis a esta sucia traidora y seguid vuestro camino! —gritó Drakoz.
Los alumnos apartaron la mirada, pero enseguida se volvieron para ver qué sucedía con ella.
Drakoz la golpeó en el rostro con el dorso del puño y le partió el labio. Nahia tragó sangre y siguió caminando.
—¡Os he dicho que dejéis de mirar y os ocupéis de vuestros asuntos! —gritó a un grupo de alumnos de tercero.
Llegaron a la biblioteca. Allí había bastantes cadetes que también miraron con curiosidad. Drakoz no desaprovechó la ocasión y golpeó a Nahia en el estómago varias veces.
—¡Esto es lo que le ocurre al que se une a la rebelión! ¡Muere o termina en las mazmorras! —gritó.
Nahia aguantó los dolores y sufrimientos.
No le importó tanto que la golpearan, porque de alguna forma sabía que aquellos golpes quedarían grabados en los corazones de los alumnos.
Verían el abuso de los dragones y sería positivo para la rebelión.
Drakoz la golpeaba para infundir miedo, pero ella creía que, en lugar de miedo, lo que estaba haciendo era imbuir de valor el corazón de los valientes que ya estaban con la rebelión, o muy pronto lo estarían.
La llevaron a rastras hasta llegar a la gran plaza frente al castillo.
Allí aguardaban el comandante Bigaen-Zuri-Indar, el coronel Lehen-Gorri-Gogor y un dragón negro que le dio muy mala espina.
La enorme plaza estaba vacía y los tres dragones aguardaban en el centro, inmóviles.
A Nahia le pareció que el aire pesaba más allí, le costaba respirar y no era por los golpes recibidos.
La escuadra dejó a Nahia frente a los tres dragones y esperó a su espalda.
«Estás aquí para ser interrogada como líder de la rebelión. No intentes negarlo porque lo sabemos y ha sido contrastado por varios testigos. Nuestros interrogatorios dan muy buenos resultados. Rara es la vez en que no obtenemos la información que necesitamos» adujo el coronel Lehen-Gorri-Gogor.
El comandante Bigaen-Zuri-Indar se dirigió a ella a continuación.
«Es una desgracia absoluta que una bruja de dragón, y además Nacida de la Llama, sea la líder de la rebelión».
Sus ojos echaban chispas de la furia que sentía. Nahia percibió que aquel gran dragón la mataría allí mismo si pudiera.
«Si no estás muerta es porque el Gran Oráculo así lo ha decidido, pero nuestra visión es algo diferente.
Queremos saber quiénes te han ayudado aquí en la academia y quiénes son tus colaboradores fuera de aquí.
Sabemos que tienes una organización y queremos los nombres de todos los que la componen o en algún momento te han ayudado».
Nahia no dijo nada, puesto que no podía dirigirse a un dragón si no era una pregunta directa, pero negó con la cabeza. Al hacerlo, Drakoz la golpeó en las costillas desde atrás y Nahia se dobló hacia un lado.
«Gracias, brujo de dragón. Es suficiente» lo cortó Bigaen-Zuri-Indar.
De inmediato Drakoz retrocedió.
«El castigo físico ya no será necesario. Tenemos con nosotros a un interrogador jefe. Nadie se le resiste… y tú tampoco podrás».
«Soy Txar-Asko-Beltz y me encargaré de sacar toda la información que guardas en tu mente. Soy un dragón negro, mi mundo es la oscuridad y en esa oscuridad es donde encuentro las verdades que las mentes ocultan».
Nahia se dio cuenta de que aquel dragón tenía un poder que iba a ser muy complicado de rechazar o contra el que defenderse.
Miró alrededor, pero allí no había más que unos cuantos dragones de guardia.
Sin embargo, más allá, en los bordes de la plaza, hacia el lado de los edificios de formación, pudo ver que se iban juntando alumnos de diferentes cursos para contemplar qué sucedía.
Tenía que mantenerse fuerte, tenía que demostrar que la líder de la rebelión no traicionaba a nadie y aguantaba hasta el final. No les fallaría, no los traicionaría por muy difícil que fuera la situación.
«De rodillas, humana. Es hora de que empieces a darme la información que busco» ordenó el dragón negro.
Nahia recibió el mensaje como una orden directa. Pensó en resistirse y mostrar a todos aquellos alumnos que observaban que no hincaría la rodilla.
Negó con la cabeza.
«¿Te atreves a desobedecer una orden directa de un dragón?» preguntó Bigaen-Zuri-Indar.
—No voy a daros esa satisfacción —respondió Nahia.
«Mereces que te arranque la cabeza, deslenguada miserable».
Su zarpa derecha se levantó como si fuera a golpearla, pero Lehen-Gorri-Gogor lo detuvo.
«Quieto, no la mates. El oráculo no la quiere muerta. Por la razón que sea, todavía tiene algún valor».
«Ninguna traidora tiene ningún valor, pero respetaré la orden de mi superior» replicó Bigaen-Zuri-Indar.
El dragón negro bajó la cabeza hasta ponerla a la altura de la de Nahia y ella le sostuvo la mirada. En aquellos ojos no había furia, y eso era lo que la asustaba. Para él aquello no era más que un trabajo.
«Si no te arrodillas por las buenas, lo harás por las malas» dijo antes de enviarle un ataque mental.
Nahia sintió que una oscuridad terrible penetraba en su mente y luego estallaba en cientos de pequeñas explosiones de negrura que le golpearon el pensamiento por doquier.
El dolor fue tan intenso que se llevó las manos a la cabeza.
Las rodillas le fallaron, pero aguantó. Intentó levantar sus defensas mágicas, pero el collar de su cuello lo impidió con un destello de plata.
Estaba desvalida, n podía utilizar su magia para defenderse.
El dolor continuó aumentando mientras el dragón negro la observaba con la cabeza inclinada.
«De rodillas, traidora. Ahora».
Nahia intentó soportar el dolor, pero era como si le estuvieran quemando la mente en mil sitios diferentes. Los brazos le temblaban y no conseguía sostenerse.
—¡Nooooo! ¡Malditos!
Gritó, pero el dolor era tan grande que finalmente cedió y cayó de rodillas.
«Así me gusta, que obedezcas a los que son superiores a ti».
«Haz que sufra y mucho por la traición que ha cometido contra los dragones, es lo que se merece. Pero que no muera, no queremos tener problemas con el Gran Oráculo. Su poder es muy grande y no nos conviene estar enemistados con él» ordenó Lehen-Gorri-Gogor.
«No os preocupéis. Me encargaré de que hable y de que sufra en el proceso».
Lehen-Gorri-Gogor y Bigaen-Zuri-Indar se dieron la vuelta satisfechos y marcharon al interior del castillo, dejando al dragón negro en mitad de la plaza con Nahia y la escuadra de las mazmorras.
De rodillas, Nahia intentaba aguantar el dolor sin conseguirlo.
Entreabrió un ojo y vio a gran cantidad de estudiantes de la academia observando lo que sucedía.
Ninguno se movía. Nadie decía nada. Sabía que el dolor pronto sería insoportable y, al no tener defensa alguna, supo que estaba perdida.
La llama en su interior se prendió y notó cómo iba creciendo.
«Dime quiénes son tus colaboradores aquí en la academia» ordenó Txar-Asko-Beltz.
—¡No te diré nada, nunca! —gritó Nahia, no solo por el dolor que estaba padeciendo, sino también para que lo oyeran todos.
«Es inútil que intentes resistirte, no podrás. Mi poder de oscuridad acabará con la resistencia de tu mente. La haré mía y me servirá».
—¡No, nunca! —gritó Nahia de nuevo a pleno pulmón.
Txar-Asko-Beltz envió más oscuridad a la mente de Nahia y el sufrimiento se multiplicó por diez. Cayó a un lado y quedó tendida en el suelo, incapaz de moverse, pensar y actuar. Tenía la mejilla contra la piedra fría y no era capaz de levantarla. Todo era negrura, todo era dolor.
—No… —masculló entre dientes.
El dragón negro envió más oscuridad, pero esta vez no fue para crear más sufrimiento en su mente, sino para intentar tomar su control.
Nahia podía sentir que la negrura que ahora le enviaba buscaba llenarle de oscuridad el pensamiento.
Entonces algo sucedió en su interior. La llama que había estado creciendo era ahora un punto de luz enorme que se expandía desde su alma a todas las partes de su cuerpo, incluida su mente.
Abrió un ojo con las últimas fuerzas que le quedaban y pudo ver que su cuerpo en realidad no estaba en estado de llama viva, como había ocurrido otras veces, sino que seguía siendo ella.
La luz llegó a su mente y de pronto ya no sintió tanto dolor ni oscuridad.
Se dejó llevar y permitió que la llama iluminara su mente por completo.
El dragón se dio cuenta de que algo sucedía y envió más energía y oscuridad. Ella no tenía forma de defenderse de los ataques mentales, pero su llama interior destruía la negrura que le estaba enviando.
—No me vas a vencer.
Txar-Asko-Beltz entornó los ojos.
«Lo haré. Conseguiré que me lo digas todo. Tu mente será mía y la oscuridad te hará confesar».
Nahia volvió a sentir gran dolor y sufrimiento.
Su llama lo combatió, fue acabando con la negrura que el dragón enviaba.
No podía evitar que el dragón ejerciese su poder, pero estaba contenta consigo misma porque no estaba consiguiendo su propósito.
Su llama interior destruía la negrura que la torturaba y la estaba salvando de revelar la información que buscaba.
«Esto es interesante, no me había sucedido nunca. Estás combatiendo mi negrura pese a llevar ese collar que te impide usar tu magia. ¿Cómo es eso posible?».
—Si crees que te lo diré, estás bien equivocado.
«Entiendo tu poca cooperación. Déjame insistir un poco más».
Txar-Asko-Beltz envió un nuevo ataque mental y Nahia sufrió un dolor terrible en la cabeza. Esta vez no buscaba información, sino hacerla sufrir y que se rindiera.
—¡No cederé nunca! —gritó.
«Oh, por supuesto que lo harás. Todos lo hacen».
La tortura continuó un largo rato. Nahia perdió la cuenta de los ataques y se aferró a la llama con lo poco que le quedaba de voluntad, hasta que finalmente se quedó sin sentido, incapaz de soportar el dolor.
«Lleváosla, creo que por hoy es suficiente» indicó Txar-Asko-Beltz a los de la escuadra de las mazmorras.
La escuadra se la llevó a rastras. Hicieron todo el camino de vuelta rodeados de alumnos que observaban cómo se llevaban, inconsciente y arrastrando los pies, a la líder de la rebelión, que había sido torturada frente a todos ellos y no había soltado palabra.
En sus ojos brillaba el orgullo.