Capítulo 38
Draketz se dirigía con paso rápido hacia intendencia.
Ya habían finalizado las clases y los alumnos de los tres cursos marchaban a sus aposentos o a la biblioteca, mientras los más débiles subían al gimnasio a ejercitar la fortaleza física.
Sobre los tejados pasó la sombra de un dragón y el patio enmudeció un instante.
Draketz no levantó la cabeza. Los que levantaban la cabeza eran los que escondían algo, como era su caso.
Una cosa que siempre tenía la academia de Drakoros era actividad. Rara vez había algún espacio por el que no circulara un alumno, un maestro o los Tergnomus y Exarbor. Eso beneficiaba a las operaciones clandestinas y le permitía moverse como uno más sin llamar la atención.
Llegó hasta el gran almacén de intendencia y entró. La cola ante el mostrador era larga, cosa nada extraña. Aguardó su turno con paciencia. Mientras estuviera dentro del almacén esperando a que le sirvieran nadie sospecharía de él, todavía no había hecho nada ilegal.
Aguardó lo que le pareció un día entero y por fin fue su turno. Cuando Hiputz lo miró, arrugó su fea nariz.
—¿Qué quieres? ¿Otra lanza nueva para tus torpes alumnos?
La pregunta no sorprendió a Draketz, así hablaba siempre el malhumorado jefe de intendencia. Pero aquella pregunta escondía una pregunta clave que él debía responder de forma correcta.
—Cada año los alumnos son más torpes.
Hiputz no movió un músculo de la cara.
—Ah, eso mismo he notado yo. Las lanzas están en la parte de atrás. Ya lo sabes, ve tú mismo por ellas. Bastante trabajo tenemos como para perder el tiempo con alumnos sin sustancia.
—Totalmente entendible.
Draketz marchó hacia la parte trasera del larguísimo almacén. En aquel intercambio Hiputz le había confirmado que le esperaban al fondo. Fue con paso tranquilo, no iba a llamar la atención. Seguía sin hacer nada ilícito, solo quería recoger unas lanzas.
Llamó a la puerta trasera golpeando con el puño tres veces.
La puerta se abrió y dos Tergnomus del almacén lo midieron mirándolo de arriba abajo.
—¿Qué quieres aquí? —el más robusto le cerró el paso con el cuerpo.
—Vengo a por lanzas.
—Dejadle pasar —la voz llegó del fondo.
Los dos Tergnomus se apartaron a un lado. Draketz entró y la puerta se cerró tras él. El aire olía a serrín. Una única lámpara colgaba de una viga y dejaba media sala en penumbra. Vio que la voz pertenecía a uno de los jefes del almacén.
—Todavía me cuesta trabajo aceptar que negociamos con un Drakónido.
—Confiar en mí, querrás decir.
—Sí, exactamente eso.
—No te culpo, Txikiterg. Yo en tu lugar tampoco confiaría.
—Peor me lo pones. Debería cortarte el cuello aquí mismo —el Tergnomus sacó un cuchillo curvo y lo hizo girar entre los dedos.
A la espalda de Draketz sonaron dos filos al salir del cinto. Él no se volvió, entendía la situación y la enemistad de aquellos Tergnomus. Los Drakónidos tenían fama de ser leales a los dragones, una fama que era cierta.
—Os recuerdo que soy un maestro de la lanza. No creo que podáis cortarme el cuello.
—Eso lo vamos a comprobar.
Txikiterg dio un paso adelante.
—Nada de peleas —Ipotxon salió de detrás de unas cajas acompañado de otros dos Tergnomus.
Los cuchillos volvieron a los cintos, aunque ninguno de los tres guardó el suyo con prisa.
—Padre, no debemos fiarnos del Drakónido. Es mejor librarse de él ahora, nos traicionará y nos matarán a todos. Lo sé, estoy convencido.
—Yo soy el líder de los Tergnomus rebeldes. Yo decido en quién se confía y en quién no.
—Pero padre, es un maestro y Drakónido. No sé por qué no lo ves.
Ipotxon apoyó las dos manos en la caja que tenía delante.
—No es que no lo vea, hijo. ¡Claro que lo veo! Pero si juzgáramos a todos los nuestros por su apariencia nos quedaríamos solos. Ha demostrado su valía y tiene mi aprobación y la del líder de los Exarbor rebeldes aquí en la academia.
—Os equivocáis ambos. Nos traicionará y nos delatará. Los dragones nos matarán a todos. Ya lo he advertido.
Txikiterg empujó una caja al pasar y salió dando un portazo. El eco tardó un momento en apagarse entre las estanterías.
—Siento la desconfianza de mi hijo.
—No hay nada que sentir. Soy un Drakónido y maestro de armas, por supuesto que genero sospechas.
Ipotxon lo observó un momento largo antes de volver a hablar.
—¿Te ha enviado la luz verde?
—Así es, dice que tienes algo que puede ayudar en la misión que tengo que realizar.
—Lo tengo. Y esa misión es muy arriesgada. ¿Estás seguro de que puedes lograrlo?
—Me gustaría responder que sí con toda la certeza del mundo, pero ambos sabemos que es una misión de la que muy probablemente no salga con vida.
—¿Y aun así la vas a intentar?
Draketz lo pensó un momento.
—Sí, lo voy a hacer porque prometí a una joven Nacida de la Llama que la ayudaría. Voy a hacerlo.
—Eso te honra. Muy pocos en este mundo de dragones mantienen su palabra cuando las cosas se complican y se ponen feas.
—Soy de ideas fijas.
Ipotxon hizo un gesto con la cabeza a uno de los Tergnomus que iban con él. El Tergnomus se perdió entre las cajas y un momento más tarde volvió con una bolsa de cuero. Se la entregó a su líder con las dos manos.
—Aquí lo tienes —Ipotxon le dio la bolsa a Draketz.
Pesaba menos de lo que esperaba.
—¿Funcionará?
—Funcionará, no te preocupes. Lo que no puedo prometerte es que consigas lo que necesitamos. Es posible que haya algún otro tipo de mecanismo que te lo impida.
—Entiendo —se colgó la bolsa del cinturón.
—Buena suerte, Maestro de Lanza.
—Gracias, la necesitaré.
Draketz fue a salir del almacén y al pasar cogió dos lanzas del montón del fondo. Un maestro que volviera de intendencia con las manos vacías habría llamado la atención.
Salió del almacén. Ya tenía lo que necesitaba, ahora solo tenía que ejecutar el golpe. La noche caía sobre la academia y Draketz tuvo el mal presentimiento de que aquello no iba a acabar bien para él. Sacudió la cabeza para quitarse el mal agüero y se dirigió a cenar, la rutina debía prevalecer.
Draketz cenaba en su mesa habitual con los compañeros maestros de siempre, todos Drakónidos.
El comedor estaba tranquilo y todos conversaban en sus mesas.
Observó la mesa de al lado, allí estaban Ileoi y Retig, el Felidae león y el Felidae tigre que había reclutado para la red de los rebeldes.
Ninguno de los dos dirigió la vista hacia él.
Cenó conversando con sus compañeros. Dos de ellos mencionaron que cada vez había más rumores sobre los rebeldes.
Decían que todos los brujos de dragón que estaban entrenando no eran más que simientes de rebeldes y que en cuanto salieran de la academia se volverían contra sus señores dragones allí donde los enviaran.
Para reforzar su posición y no despertar sospechas, Draketz se unió a la conversación con ímpetu.
—Malditos traidores… Deberíamos matarlos a todos —alzó la voz para que lo escucharan también en las mesas de al lado.
Una cosa era ser fiel a los dragones y otra demostrarlo, y Draketz no perdió la oportunidad de hacerlo. Era su mejor tapadera.
—El problema de matarlos a todos es que luego no podrán luchar para los señores dragones —Dregoch tomó una cucharada de la sopa de verduras sin levantar la vista del cuenco.
—Un traidor muerto es siempre mejor que un traidor haciendo como que lucha para los señores.
—Deberían someterlos a todos a un interrogatorio por parte de un dragón negro. De esa forma sabríamos si son o no traidores, y me imagino que sí lo son —Croden clavó el cuchillo en el pan.
Los otros asintieron.
—Ese me parece un plan estupendo. Nuestros señores dragones deberían hacerlo y matar a todos los que encontraran que mienten. Sin piedad. Sucios traidores… —afirmó Draketz.
En la mesa de al lado, Retig había dejado de comer.
La conversación continuó por esos derroteros hasta que terminó la cena. Eran conversaciones cada vez más frecuentes y más subidas de tono. Para cuando terminaron llevaban un buen rato hablando muy alto. Casi gritaban.
Sus compañeros se retiraron a descansar y Draketz se quedó rezagado a propósito. Cogió una vasija con agua y se sirvió un último vaso antes de retirarse. Bebió despacio mientras el comedor se vaciaba.
Según se dirigía a sus aposentos escuchó pasos a su espalda. Continuó avanzando sin volver la cabeza. Las antorchas del pasillo estaban ya medio consumidas. Giró a la izquierda antes de salir al pasillo central.
—¿Lo tienes? —la voz llegó a su espalda.
Draketz la reconoció, era Ileoi.
—Lo tengo —se detuvo un momento sin volverse.
—¿Cuándo será?
—En tres noches.
—Estaremos preparados.
Los pasos de Ileoi se alejaron a su espalda. Él se encargaría de pasar el mensaje a Retig.
Draketz se preguntó si alguno de los tres sobreviviría, probablemente no. Había muchas posibilidades de que todo saliera mal. Si Ileoi y Retig morían sería por su culpa. Él los reclutó para la red de rebeldes de la academia.
El estómago le dio un vuelco. Que él fuera a morir podía aceptarlo, que por su culpa murieran otros, no.