Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 37
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Capítulo 37

Lasgol se giró hacia Kayti. Una lluvia fina le caía por el cuerpo.

—Hemos vencido el duelo de la verdad y la justicia. Así lo reconoces, ¿verdad?

Kayti miró a sus caballeros caídos y luego buscó a Hartz. Al final se detuvo en Lasgol.

—Reconozco la derrota —asintió.

—En ese caso nos concederás las armas doradas y cualquier objeto de poder que pueda ayudarnos a derrotar a los dragones.

A Kayti se le tensó la mandíbula. Tragó saliva antes de hablar.

—Nuestra hermandad hace gala de su honor y yo como su líder no puedo comportarme de otra forma que no sea honorable. Habéis vencido en el duelo siguiendo reglas que yo misma he puesto. No tengo más remedio que reconocer la derrota. Os concederé lo que habéis venido a buscar.

—Se lo han ganado, han luchado muy bien. Por un momento he pensado que eran auténticos Norrieles. ¡Bien peleado! —Hartz se puso en pie ayudado por Gerd.

Se masajeó el costado del muslo con la palma abierta. La pierna todavía no se le había recuperado.

El campo de duelo era un barrizal. Los caballeros de la Custodia recogían las armas caídas sin decir nada, avergonzados por la derrota. El agua les corría por yelmos y corazas.

Aidan y Valeria se acercaron a Lasgol. Los dos siguieron la conversación sin perder palabra.

—¿Dónde tienes las armas? —preguntó Lasgol.

—Las armas están guardadas, pero no aquí. Están en un lugar seguro bajo tierra.

—Entiendo. Llévanos hasta ese lugar, procederemos a recuperarlas —Lasgol se dio cuenta de que por eso no sentía la magia en aquel lugar. Los objetos de poder no estaban allí.

—Hay un pequeño inconveniente —comentó Kayti con tono enigmático.

—Más que pequeño, el problema es bastante grande de tamaño —intervino Hartz.

A Lasgol no le gustó cómo sonó aquello. Se le estrujó el estómago.

—¿Qué quieres decir con que hay un problema?

—Las armas se encuentran escondidas en un lugar al que no puede acceder nadie, ni humano ni dragón, aunque por desgracia no es capaz de esconder del todo el poder que atesora en su interior.

—¿Quieres decir que emana poder? ¿Que ha sido captado?

—Así es. Son bastantes objetos de poder… Los llevamos a las profundidades porque pensábamos que estarían a salvo. Creíamos que nadie podría captar el poder. Nos equivocamos…

—Y bien equivocados —añadió Hartz.

Intentó dar un paso hacia ellos, pero la rodilla le falló. Dos caballeros lo cogieron de los brazos y lo sostuvieron.

—Los dragones han captado el poder de los objetos —explicó Kayti.

—¿Tienen los objetos de poder? —se alarmó Lasgol.

Kayti negó con la cabeza.

—No han conseguido llegar hasta ellos, pero siguen intentándolo. Siempre hay varios dragones sobre las armas enterradas, trabajando para llegar a ellas.

Las malas nuevas le cayeron a Lasgol como si le hubieran propinado una bofetada. Alzó la vista hacia el cielo cerrado sobre el claro. No se veía un solo dragón entre las nubes bajas.

—Podías haber explicado esto antes de forzar un duelo.

—¿Hubiera cambiado algo que te hubiera explicado que los dragones vigilaban las armas doradas?

—Quizá no. Necesitamos saber dónde están.

—Por eso preferí hacer el duelo primero. Por si era posible ahorrarme la segunda parte de este problema.

—Siempre has tenido una mente fría y calculadora —Lasgol no lo dijo como un reproche, aunque sonó un poco a eso.

—Esa es una de las cosas que más me gusta de mi amada pecosa —halagó Hartz—. Esa y su superior determinación, esa fuerza suya para hacer frente a cualquier problema.

Kayti suspiró y bajó los hombros bajo la llovizna.

—Antes era mucho más dura y determinada.

—Bueno, ahora haces más el bien que antes —le guiñó el ojo Hartz.

Aidan y Valeria seguían junto a las Panteras de las Nieves. Las protestas se hicieron escuchar entre ellas.

—Nos ha engañado —Nilsa apretó los puños contra los costados.

—Lo que ha hecho no ha estado bien —comentó Gerd—. Debería habernos contado toda la verdad de la situación.

—Yo no voy a quejarme. Un poco de entretenimiento y de lucha siempre viene bien. Si no me oxido —Viggo limpió el filo del cuchillo en la bota.

Se volvió luego hacia Ingrid y Astrid. La primera se encogió de hombros y la segunda puso cara de resignación.

Lasgol creía que sus compañeros tenían razón, pero discutir con Kayti no iba a resultar en nada.

La líder había elegido no enfrentarse al segundo problema, pero no le había salido bien.

Ahora tendría que hacerlo. Por fortuna nadie había salido herido de gravedad durante el duelo y todos se recuperarían en un par de días.

Lasgol no compartía la decisión de Kayti, aunque entendía por qué la había tomado.

—Muéstranos dónde están las armas. Veremos qué se puede hacer.

—¿Estás seguro de que quieres ir? Tendrás que enfrentarte no a uno sino a varios dragones.

—Si no hay otro remedio, nos encargaremos de los dragones.

—Así se habla, Lasgol. Como un auténtico guerrero norriel. Nada de esconderse, nada de esperar al problema. Hay que coger la espada y solucionarlo.

—Bueno, si hay que coger la espada ya veremos. Cruzaremos ese puente cuando lleguemos al río.

—Espero que tengamos que luchar. Quiero matar un dragón con mis propias manos y esta puede ser una gran oportunidad para hacerlo.

—Olvídate de esa estupidez de matar a un dragón. Lo que vas a conseguir al final es morir —Kayti clavó los ojos en Hartz hasta que él apartó los suyos.

—Nosotros estamos preparados cuando tú digas —dijo Lasgol.

La líder lo pensó un instante. La lluvia repicaba sobre las corazas de sus caballeros.

—Descansad hoy. Saldremos al amanecer. Os proporcionaremos escolta hasta el lugar, pero solo a vosotros, las Panteras —los señaló uno a uno con el dedo—.

Lo siento, Aidan, lo siento, Valeria. Cuantos menos sepan dónde están los objetos de poder más seguros se encontrarán.

No es que no confíe en vosotros, pero un secreto no es tal cuando demasiadas personas lo conocen.

—Los druidas no queremos saber nada de objetos de poder extraños, eso lo sabes. No nos interesan. Solo nos interesa el poder de la madre naturaleza. Ese ya lo tenemos aquí en nuestros bosques, los mismos que os dan protección.

—Una protección que agradecemos en el alma.

—Sí, pero no parece suficiente para cimentar una relación de confianza total —le echó en cara Aidan.

—Reitero que confío en ti como líder de los druidas. Sé que vosotros no queréis saber nada de los objetos de poder. Aun así, prefiero que no se corra la voz de dónde se encuentran. Lo mismo va por ti, Valeria.

La rubia guardabosques asintió con una sonrisa de medio lado.

—Por mí no hay problema —luego miró con disimulo a Lasgol, que de alguna forma supo que algo planeaba.

Kayti se retiró a descansar con Hartz y los caballeros. A las Panteras de las Nieves les proporcionaron una tienda grande donde poder hacer lo mismo.

La lona olía a humedad y a sebo viejo. El agua golpeaba el techo sin descanso y dentro la penumbra guardaba el frío de la lana mojada. Ingrid repartió las mantas y Gerd encendió un candil que no alcanzaba a los rincones.

Aidan se despidió de ellos en la entrada.

—Vuelvo con los míos. Espero que consigáis lo que habéis venido a buscar. Si necesitáis de mi ayuda podéis contar con ella. Aquel que lucha contra los dragones es amigo de los druidas.

—Gracias, Aidan. Bueno es saberlo.

—Yo me vuelvo con Aidan. Os deseo suerte… y que matéis muchos dragones —Valeria sonrió. En su sonrisa había picaresca.

Con la llegada del amanecer las Panteras de las Nieves se pusieron en pie. Del suelo del bosque subía un vaho blanco que se enredaba entre los troncos. La hierba estaba encharcada y el barro se les pegaba a las botas. Los esperaba una nueva misión que se preveía muy complicada.

Lasgol fue a buscar a Camu, Ona y Argi. Los encontró bajo un roble enorme, al abrigo de las ramas bajas. De las hojas caían goterones gordos que estallaban en el barro. Ona tenía el pelaje apelmazado por el agua. Argi se sacudió y Lasgol se apartó de un salto para no mojarse.

—Rodead el campamento y seguid a la expedición en cuanto salgamos.

«Tú no preocupar. Nosotros seguir. Ona y Argi mucho bueno oliendo rastro».

Lasgol sonrió a la pantera de las nieves y al lobo gigante blanco.

—Lo sé, son estupendos.

«Yo oler mucho bien, pero leer rastro no tan bueno».

—No te preocupes —palmeó su costado escamado y el agua le resbaló por la palma.

—¿Viste el combate?

«Sí. Nosotros camuflados cerca y ver combate».

—Me lo imaginé.

«Nosotros preparados a actuar si necesario».

—Me alegro de que no lo fuera.

«Pelirroja muy dura líder».

—Lo es, pero es de confianza y amiga.

«Si ser amiga tuya entonces ser amiga nuestra».

—Estupendo.

«Bruto norriel también ser amigo».

Lasgol soltó una pequeña carcajada.

—Sí. Él también es amigo mío. De mi época con los Portadores.

«Cuando yo estar hibernando».

—Eso es.

«Solo querer asegurar que ser amigos».

—Haces bien, Camu, hazlo siempre. Son tiempos malos. Las amistades a veces se pierden en la distancia o se desvían por motivos inesperados.

«Tú mucho poético esta mañana».

Lasgol sonrió y se subió la capucha.

—Más melancólico que poético, diría yo.

«Mucho de los dos. Tú no preocupar. Nosotros estar aquí cubrir espalda de todos».

—Saberlo me tranquiliza mucho. Voy a volver con el grupo. Partiremos enseguida.

«No preocupar. Nosotros ir detrás».