Capítulo 36
Viggo seguía esquivando los golpes de Hartz y Kayti forzaba a Astrid a retirarse una y otra vez.
Astrid desvió una estocada con sus dos cuchillos a una.
—La verdad y la justicia están de mi parte. Te venceré.
Astrid no la entendió. Lo que sí notó fue que la líder de la hermandad se lanzó a derrotarla con todo su ímpetu y decisión.
La asesina vio en esto una posible ventaja, si jugaba bien sus cartas.
Kayti atacó con una combinación de finta y estocada fulgurantes.
Astrid tuvo problemas para defenderse y retrocedió.
Kayti presionó con más ataques avanzando sobre Astrid, que se volvió a retrasar, pero esta vez trastabilló y se fue al suelo. Kayti levantó la espada. Ya la tenía.
Fue a acabar con ella cuando Astrid rodó a un lado y de un salto agilísimo se puso en pie y dio otro brinco antes de que Kayti pudiera girar con su pesada armadura, y se le subió a la espalda.
—¿Qué haces? —exclamó Kayti ante el extraño movimiento.
Astrid no dijo nada. Dejó caer uno de sus cuchillos y se aferró a su cuerpo por la espalda con los brazos al cuello y las piernas a la cintura de Kayti.
La líder de la hermandad se vio incapaz de usar espada y escudo contra el abrazo de la asesina e intentó alcanzarla con movimientos a un lado y a otro, pero no podía.
Astrid con un brazo se aferraba al cuello y con la otra mano intentaba penetrar la armadura con el cuchillo.
Forcejearon un rato, pero ninguna de las dos conseguía nada.
Kayti soltó su escudo, que era inservible, e intentó coger la espada a dos manos dándole la vuelta para golpear hacia atrás.
Astrid se percató. Soltó las piernas de la cintura y apoyando los pies en la espalda de Kayti tiró hacia atrás con todo el peso de su cuerpo.
La líder se fue de espaldas y cayó sobre Astrid, que volvió a agarrarse como una lapa con brazos y piernas y no la dejó levantarse.
La guardabosques asesina la tenía apresada de espaldas y no la soltaría.
Los soldados de la Hermandad de la Custodia que observaban el combate emitieron por primera vez sonidos de sorpresa y estupor.
Su líder estaba incapacitada en el suelo y solo Hartz quedaba en pie para continuar el duelo.
Varios soldados dieron un paso al frente, pero un veterano los detuvo con el brazo extendido.
Las reglas del duelo eran sagradas para ellos.
—¡Por la diosa madre Iram, por la diosa luna Igrali y por la diosa Ikzuge! ¡No podréis vencer a este norriel! —gritó con todos sus pulmones el enorme guerrero antes de soltar un tajo circular buscando partir en dos a Viggo.
Viggo se apartó a un lado con la rapidez y agilidad que le caracterizaban y la hoja Ilenia pasó silbando junto a su cabeza. Sintió el aire del golpe en la mejilla.
—¡No huyas! La victoria debe ser nuestra. Mi espada me lo demanda y así me lo concede —gritó Hartz.
El asesino llevaba ya un buen rato de combate sin intentar ataques.
El sudor le corría por la espalda. Permitía que el norriel le soltara tajos bestiales y se concentraba en esquivarlos poniéndose fuera de alcance en cuanto los veía.
La estrategia buscaba cansar al atacante, que había lanzado infinidad de golpes baldíos.
Por lo que Viggo veía daba la impresión de que no se estaba cansando.
El norriel bufaba con cada tajo, pero su respiración no se aceleraba.
Aquello era contra natura. Por muy fuerte que fuera aquel gigante, tarde o temprano debería cansarse.
El soldado al que Lasgol había vencido levantó los brazos al aire mostrando las palmas de sus manos, el signo de que se rendía.
Lasgol se puso en pie de un brinco y se giró hacia Astrid para asegurarse de que se encontraba bien.
La vio sujetando a Kayti y se apresuró a su lado.
Olía a tierra removida. El suelo estaba lleno de marcas de botas donde las dos habían rodado.
La líder seguía luchando intentando de alguna forma alcanzar a Astrid, pero no lo estaba logrando.
Cuando golpeaba con la espada hacia la cabeza de la guardabosques ella bloqueaba con el cuchillo que todavía tenía en la mano.
Ya se lo había puesto al cuello. El acero chocaba con un chasquido seco cada vez, pero no había forma de atravesar aquella armadura blanca extraña y poderosa, por lo que no podía forzarla a rendirse.
Al llegar hasta ellas Lasgol se dirigió a Kayti.
—Ríndete. Te ha vencido y lo sabes.
—Aún no estoy vencida. Puedo seguir luchando —se resistió e intentó de nuevo sacudirse a Astrid contorsionándose a izquierda y derecha.
Entre el peso de la armadura y lo firme que Astrid la tenía aferrada no lograba ponerse en pie ni quitársela de encima. Parecía una tortuga con un enorme caparazón blanco que había caído de espaldas e intentaba darse la vuelta sin éxito.
Aunque Astrid llevaba la ventaja Lasgol sabía que tenía que hacer algo para que Kayti se rindiera.
El problema era la armadura blanca. Él ya la conocía, era Ilenia y gracias a ella Kayti había conseguido salvarlos en una ocasión muy crítica.
No había forma de traspasarla. No tenía juntas, como si fuera una única pieza, y la cubría de la cabeza a los pies.
Entonces se le ocurrió una idea. Se arrodilló junto a Kayti, se quitó la capa y la enrolló alrededor del yelmo de la líder.
La tela cubrió el brillo del yelmo blanco. Dentro se oía la respiración de Kayti golpeando contra el metal.
—¿Qué haces? —pudo oír de forma ahogada.
—Forzarte a que te rindas.
Kayti llevó las manos al yelmo para arrancar la capa, pero Lasgol sujetó la tela con fuerza.
—Esto es de cobardes.
—No lo es y lo sabes. Son tus propias reglas. Ya te dije que enfrentarnos todos contra todos podría ser caótico y peligroso, pero no me escuchaste porque querías la ventaja. Ahora pagarás la consecuencia de esa decisión errónea.
—Déjame respirar. No puedes hacer esto.
A Lasgol le temblaron los dedos sobre la capa, pero no aflojó.
—Puedo y lo haré. Ríndete y te dejaré respirar.
—Esto es un truco sucio —protestó Kayti, que ya no se revolvía tanto.
Astrid miró a Lasgol a los ojos y asintió como pudo para indicarle que siguiera.
—Tu armadura es impenetrable, eso lo sé. Pero eres humana y debes respirar. Lo haces por el yelmo. Por eso he cortado las vías de respiración.
—Maldito norghano… —gruñó Kayti, pero sus palabras llegaban entrecortadas y se notaba que le faltaba el aire.
—Siento hacerte esto, pero no me has dejado más remedio, Kayti. Ríndete, por favor.
La líder de la hermandad intentó una vez más liberarse y se quedó sin aire. Soltó la espada y levantó ambas manos indicando que no lucharía.
Lasgol le quitó la capa de la cabeza al instante. Escucharon cómo Kayti tomaba grandes bocanadas de aire para llenar sus pulmones y la prenda cayó al suelo húmeda por dentro.
Astrid la dejó ir y Kayti rodó a un lado. Allí se quedó respirando y recuperándose.
Gerd llegó hasta ellos y señaló hacia Hartz.
—Queda el norriel y para mi sorpresa Viggo está teniendo problemas con él.
Astrid y Lasgol miraron hacia donde indicaba. Viggo evadía los locos ataques del norriel, que cada vez eran más contundentes. Cada tajo que fallaba levantaba terrones de tierra y hierba arrancada. El rugido de Hartz resonaba entre los árboles.
—Vayamos a ayudarlo. La combinación de la fuerza de Hartz con esa espada Ilenia y su magia es muy poderosa —apremió Lasgol.
Se acercaron los tres. Desde el otro costado Ingrid y Nilsa también llegaban.
Lasgol hizo un gesto para que rodearan al norriel.
Viggo se dio cuenta de que ya tenía a todos sus compañeros alrededor de su contrincante.
—No intervengáis. Dejádmelo a mí, acabaré con él.
Hartz advirtió entonces que lo estaban rodeando y comenzó a soltar enormes tajos en todas direcciones intentando herirlos. Las Panteras se apartaron saliendo del alcance de la espada Ilenia.
—¡Cuidado! Se mueve demasiado rápido y con precisión pese a sus alocados golpes —advirtió Ingrid.
—¡Venid a mí! De vuestra sangre beberá mi espada. Hoy será un día de triunfo en el que una vez más saldré victorioso —desafió Hartz.
Abrió los brazos mientras giraba sobre sí mismo provocando a sus rivales.
—Yo me encargo —anunció Viggo y salió corriendo hacia el norriel.
Hartz todavía estaba girando y tardó un instante de más en encarar a Viggo. Al hacerlo soltó un tajo lateral con su espadón a una mano. Viggo se tiró al suelo con los pies por delante y se deslizó por la inercia de la carrera hasta golpear con ambos la rodilla izquierda del grandullón.
El gigante aulló de dolor y soltó un espadazo hacia el suelo.
Un giro hacia el costado dejó a Viggo fuera de la trayectoria del filo. Se puso en pie de un salto ágil mientras Hartz se tocaba la rodilla con la mano. El golpe había sido fuerte y le dolía. Un hilo de sudor le bajaba por la frente hasta la barba. Los soldados de la hermandad contenían el aliento.
Viggo aprovechó y se lanzó de nuevo al ataque.
Sus cuchillos eran demasiado cortos frente al alcance de la espada de su rival, así que en lugar de atacar con ellos saltó con un movimiento medido y golpeó con sus piernas sobre el nervio que bajaba por el muslo del norriel.
Hartz se defendió con un izquierdazo de su mano libre, que sí alcanzó a Viggo haciéndolo volar hacia un lado.
Hartz volvió a aullar como un lobo herido y se frotó el muslo con la mano. Intentó andar y cojeaba.
—Parece que el gigante empieza a tener problemas para moverse —se burló Viggo. Sonrió y volvió a la carga.
Esta vez Hartz estaba preparado. Según se acercaba le soltó una estocada directa al cuerpo.
Viggo giró sobre sí mismo con un movimiento ágil y rapidísimo evitando que la espada lo alcanzara, aunque le cortó la capa.
Llegó hasta el norriel y descargó el talón con todas sus fuerzas sobre el muslo, en el mismo punto en el que ya había golpeado.
Hartz sintió el dolor y se dobló hacia ese costado. No pudo atacar con la rapidez necesaria y Viggo consiguió salir del alcance de la espada, que pasó por su espalda demasiado tarde para herirlo.
—Parece que nuestro gigantón está a punto de caer derribado —comentó Viggo con acidez.
—Ten cuidado y deja de hacer cosas arriesgadas —pidió Ingrid con preocupación patente en su rostro.
Al oír hablar a la norghana Hartz se volvió hacia ella y la señaló con la espada.
—¡Venid y luchad! Puede que esté herido, pero no estoy vencido. Acabaré con todos vosotros y saldré con la victoria porque así me lo asegura mi espada.
Viggo sabía que el grandullón echaría una de sus bravatas.
No esperó a que la terminara y echó a correr.
Hartz terminó de hablar y fue a girarse hacia donde Viggo debía estar, pero ya estaba encima y le hundió el pie en el muslo herido por tercera vez.
La pierna de Hartz falló y soltó un gemido ronco.
El sudor le caía en gotas por el cuello.
Cuando fue a golpear con la espada su tajo salió desviado al perder el punto de apoyo.
El asesino se separó y contempló cómo el norriel cojeaba. Ya no podía apoyar el pie. Respiraba con la boca abierta por el dolor y el pecho le subía con violencia. Era consciente de que le había inutilizado la pierna, pero la ventaja no duraría mucho. Tenía que terminar con aquello ya.
Cogió carrerilla y cargó contra el norriel.
Hartz lo vio y le lanzó un tajo, pero la pierna le falló de nuevo y el golpe con la espada salió muy mal medido.
Viggo ya lo esperaba. Esquivó con habilidad la espada sin dejar de correr y se lanzó con las dos piernas por delante.
No fue contra la pierna medio inservible, sino contra la derecha, la que soportaba todo el peso del gran cuerpo del guerrero.
La fuerza y la inercia de la carrera más el salto bastaron para que Viggo se llevara la pierna por delante con ambos pies.
Hartz apoyó su peso sobre la pierna mala, que venció, y cayó como un gran árbol talado.
El impacto levantó una nube de tierra y el espadón resonó contra el suelo.
Un grito ahogado salió de las filas de la Hermandad de la Custodia.
Viggo se puso en pie como una pantera tras una caída y saltó sobre el cuello del norriel. Le puso los dos cuchillos y apretó. El acero marcó una línea sobre la piel sudada del gigante.
—Torres más altas han caído y caerán si se enfrentan a mí —dijo Viggo mirándole a los ojos.
Hartz fue a golpear con la espada. Sus ojos todavía estaban poseídos por el arma Ilenia.
Entonces escuchó la orden de su líder y amada.
—Detente, Hartz. Ríndete, has perdido —ordenó Kayti.
Por un instante Viggo pensó que tendría que bloquear el golpe porque el bruto norriel no iba a seguir las órdenes de Kayti, pero para su sorpresa sucedió algo extraño. Al escuchar las palabras de la pelirroja el brillo alocado desapareció de los ojos de Hartz y su mirada volvió a ser normal.
Miró a Viggo. Bajó la vista a los dos cuchillos que tenía en el cuello y con una sonrisa soltó su arma y levantó las dos manos.
—Bien luchado, guardabosques —reconoció a Viggo.