Capítulo 34
—La decisión que tengo que tomar es difícil. No quiero ir en contra de un amigo, pero debo ser fiel a las enseñanzas de nuestra señora patrona y fundadora. No puedo acceder a entregar objetos de poder…
—Puedes hacerlo si pasan la prueba del duelo de la verdad y la justicia —interrumpió Hartz.
Kayti le lanzó una mirada de furia.
—Ese duelo es una prueba reservada para los que somos de la hermandad —replicó ella.
—Me hiciste leer todos los tomos sagrados de la fundadora cuando me hicieron miembro honorario. No dice en ningún lado que tenga que ser un miembro de la hermandad.
—No lo dice explícitamente, pero se entiende así —rebatió Kayti.
—Si no lo dice explícitamente, entonces no lo dice. Pueden presentarse a la prueba si lo desean.
—Hartz, no te metas en esto. Es un tema importante para la hermandad y yo soy la líder.
—Y yo soy miembro de la hermandad y por lo tanto puedo apoyarlos en la petición.
—Tú lo que quieres es pelea, como siempre.
Hartz sonrió de oreja a oreja.
—Por supuesto que eso es lo que quiero. Y qué mejor que pelear contra un grupo de excelentes guerreros como son los guardabosques.
—He dicho que no, Hartz —los ojos de Kayti refulgieron de rabia.
—Eres la líder de la Hermandad de la Custodia, tienes que seguir las enseñanzas y también las leyes de la hermandad.
Tú misma me lo has dicho miles de veces, sobre todo cuando yo no las cumplo.
Ahora no puedes romperlas tú. Yo apoyo la petición de Lasgol, que haya un duelo de la verdad y la justicia.
El rostro de Kayti se puso tan rojo que pareció que sus cientos de pecas habían cogido fuego. Apretaba la mandíbula y apenas podía contener la rabia.
Al ver lo furiosa que estaba, los soldados de la hermandad comenzaron a desenvainar sus armas.
Astrid y Viggo reaccionaron como el rayo y ya tenían los cuchillos en las manos.
—Aceptamos el apoyo de Hartz y esa prueba de la verdad y la justicia —se apresuró a decir Lasgol, que vio una oportunidad y no quería que la situación se volviera insostenible.
Kayti tuvo que tomar aire varias veces para calmarse.
Con un gesto de su mano derecha indicó a sus soldados que envainaran.
Obedecieron, aunque no apartaron la mano de las empuñaduras y actuarían si la cosa escalaba.
En el exterior, los soldados que rodeaban la tienda estaban ahora tensos y varios miraban hacia el interior desde la puerta.
—No entiendo por qué elegí a este bruto norriel como compañero de vida. No hace más que traerme problemas y darme disgustos…
—Porque soy una fuerza de la naturaleza, irresistible como las propias tierras altas de los norriel —respondió Hartz y se dio dos golpes con los puños en su amplio torso.
Kayti se irguió con gesto solemne.
—Habéis requerido un duelo de la verdad y la justicia y os lo concedo —sentenció Kayti—.
Seis guerreros sois y seis miembros de la hermandad os harán frente.
Tendréis que vencerlos en combate armado para que acceda a vuestra petición.
Nuestra señora nos enseñó que solo a través de la verdad de las armas se conseguía la justicia para los corazones nobles.
Lasgol suspiró.
—¿No hay otra forma, Kayti? —preguntó.
La líder de la hermandad negó sacudiendo su cabellera.
—No la hay. Ni siquiera esta prueba deberíais tener.
—¿Qué tipo de combate? —quiso saber Lasgol.
—Armas de filo y cuerpo a cuerpo, que es la forma más noble y justa de combatir.
—¿Hasta primera sangre?
—Hasta que el rival no pueda seguir combatiendo, sea cual sea el impedimento —Kayti lo miró sin pestañear.
—Eso puede traer consecuencias graves para los participantes —Lasgol apretó los labios.
—Esas son las normas del duelo de la verdad y la justicia. Si no queréis arriesgaros, lo entenderé.
Aidan iba traduciendo a los guardabosques todo lo que se iba diciendo. Cuando Viggo escuchó esta última parte, intervino.
—Acepta, Lasgol. No son rivales para nosotros, les haremos trizas.
Lasgol no temía tanto por sus compañeros como por tener que hacer daño a los miembros de la Hermandad de la Custodia.
—Y una última cosa: nuestros dos mejores luchadores participarán —advirtió Kayti.
Ya se imaginó quiénes eran y el estómago se le encogió.
—Hartz y tú, ¿verdad?
—Así es. Nosotros somos los mejores de entre los nuestros y sí, participaremos.
—Por supuesto que participaremos. ¿Por qué crees que os he apoyado en esto? ¡Para participar yo también! —Hartz rio con grandes carcajadas, como si aquello no fuera nada más que un juego.
—Deja de comportarte como un niño grande —recriminó Kayti—. Es hora de crecer.
—¿No querrás que llegue a ser más grande de lo que soy? —bromeó él midiéndose con la mano.
—El combate tendrá lugar al mediodía en la zona central del campamento. Id a prepararos.
Y con aquella última frase Kayti despidió al grupo.
Salieron de la tienda de mando. Los soldados de la Hermandad de la Custodia les habían preparado un pasillo hasta la zona central. Avanzaron por él atentos por si sucedía algo, aunque Lasgol estaba convencido de que no sería así, ya que Kayti y Hartz eran de palabra y se regían por el honor.
Entraron en la parte central, donde los soldados aguardaban en un gran círculo con sus escudos apoyados en el suelo y las manos sobre ellos.
—Siento que hayamos llegado a esto —se lamentó Aidan cuando estuvieron reunidos algo al norte del círculo.
—Yo también esperaba poder conseguir las armas doradas sin combatir, si os soy sincero —reconoció Lasgol.
—No sé por qué os preocupáis, esto es perfecto para nosotros. Los venceremos sin despeinarnos —soltó Viggo tan tranquilo.
—No es tan sencillo —repuso Lasgol—. Kayti y Hartz son luchadores formidables y además no quiero que les ocurra nada, son mis amigos.
—Yo puedo encargarme de Kayti si quieres —se ofreció Astrid.
—Y yo del gigantón. Cuanto más grandes son, más fácil caen —aseguró Viggo.
—Tiene que ser sin herirlos.
—Se hará lo que se pueda —replicó Viggo.
—Si no quieres que sea Viggo, puedo hacerlo yo —propuso Ingrid.
Lasgol se quedó pensativo.
—A mí no me dejan participar, ¿verdad? —preguntó Valeria.
—No, te consideran parte de los druidas. Somos solo nosotros, las Panteras —respondió Lasgol.
—Vaya, una pena. Me gustaría luchar a vuestro lado una vez más.
—No te preocupes, estoy seguro de que tendrás más oportunidades —la animó Gerd.
Valeria sonrió.
—Sí. Antes de que termine el día, conociéndoos.
—Es combate cuerpo a cuerpo, por lo cual ellos utilizarán espada y escudo y Hartz su gran espadón Ilenio —analizó Ingrid—. Estamos en desventaja con nuestras hachas cortas y cuchillos.
—¿Nada de usar el arco? —preguntó Nilsa.
—No —Lasgol negó con la cabeza.
—¿Qué harás tú, Lasgol? —preguntó Astrid.
—Intentaré no pelear con mis amigos, creo que es la mejor solución. Los soldados de la Hermandad de la Custodia son veteranos y elegirán a los mejores, con lo cual sabrán luchar y se defenderán muy bien con esos escudos grandes que utilizan.
—Entendido —Gerd asintió.
—Manteneos fuera del alcance de sus espadas y atacad por el lado que no esté cubierto por el escudo —indicó Ingrid observando a los soldados que tenían alrededor.
—Serán mucho más lentos que nosotros, van con armadura hasta las cejas —señaló Viggo.
—Sí, eso debemos aprovecharlo —comentó Lasgol—. Intentad no derramar sangre. Estamos aquí para recuperar las armas doradas y no para matar.
—No es culpa nuestra que nos obliguen a luchar —recordó Astrid.
—Ellos se lo han buscado —añadió Viggo—. Podían entregarnos lo que hemos venido a buscar y no habría ningún problema.
—Lo sé, lo sé, pero las cosas por lo general no son tan sencillas como uno desearía.
—Eso puedes grabarlo con hierro candente —rio Valeria.
Mientras aguardaban a que llegara el momento del combate se sentaron en el suelo. Lasgol sabía que sus compañeros no estaban nerviosos ni temían por sus vidas, eran muy buenos luchadores.
El que peor lo iba a pasar era él.
Y llegó el momento del duelo. Kayti y Hartz avanzaron por el mismo pasillo de soldados de la hermandad desde la tienda de mando con otros cuatro soldados veteranos, fuertes y de aspecto curtido.
Al verlos entrar en la explanada circular Lasgol se dio cuenta de que no eran simples soldados, sino caballeros de la orden.
Sus espadas eran más elaboradas y en el peto llevaban insignias que mostraban su rango.
Eran todos más grandes y fuertes que ellos, a excepción de Gerd.
Kayti y Hartz se acercaron hasta ellos con los cuatro caballeros a su espalda, que portaban los yelmos bajo el brazo.
El duelo de la verdad y la justicia iba a comenzar.