Capítulo 33 #2
—Entonces, si esas armas pueden matar dragones y son Ilenias… mi espada también puede hacerlo —a Hartz le interesaba más su espada que el bien y el mal.
—Imagino que así es, aunque por lo general para utilizar un arma dorada hace falta tener el don. Pero ya sabemos que tu espada es un poco diferente y utiliza tu sangre para activar su poder. Creo que debería poder matar a un dragón, aunque no puedo asegurarlo —explicó Lasgol.
Hartz se puso en pie.
—¿Ves? Te lo he dicho desde el primer día y nunca me has dejado probarlo. Esta espada está hecha para matar dragones, siempre lo he sabido, la espada me lo dice. Puedo vencer a cualquier enemigo con ella. La espada quiere beber la sangre de una de esas bestias.
—También te está volviendo loco, ¿o esa parte la has olvidado ya?
—No me vuelve loco, solo me hace perder la cabeza momentáneamente.
—Cuanto más usas esa espada, más pierdes la cabeza y más te cuesta recuperarte. Esto lo hemos hablado mil veces, no debes usarla y mucho menos para enfrentarte a un dragón.
—¿De qué me sirve tener una espada increíble que proporciona un poder sin igual, si no puedo usarla?
—Porque se te olvida que esa arma afecta a tu cabeza, te enloquece. Un día acabará por devorar tu mente y convertirte en un cuerpo que sirve a un arma, un cuerpo sin mente.
—Bah, tonterías. Puedo con la espada. ¡Mi mente es tan fuerte como mi cuerpo!
—Eso es lo que tú crees, pero de eso a la realidad hay un gran trecho.
Hartz sacó su gran espadón y lo puso sobre la mesa. Junto a la entrada, los soldados dieron un paso al frente y Kayti los detuvo con un gesto.
—Yo puedo controlar esta arma, ella no me controla a mí —sentenció.
Kayti lo fulminó con la mirada.
—Siéntate, por favor.
—Además, no afecta más que el Orbe del Delirio, y ese sí que casi te vuelve loca a ti.
Kayti suspiró.
—Sí, el Orbe del Delirio juega con tu mente si lo usas mucho. Por eso calculo cuánto lo utilizo, lo mismo que deberías hacer tú. Los objetos de poder Ilenios traen consecuencias.
—Es interesante que afecten a la cabeza de los humanos —dijo Lasgol—. No creo que los Ilenios lo hayan hecho a propósito.
—Puede que no, pero es así —aseguró Kayti.
—Un poco de locura viene bien —sonrió Hartz.
—Déjame hablar. Hemos de llegar a un acuerdo con Lasgol y sus compañeros —pidió Kayti.
Hartz se sentó, cruzó los brazos y clavó la vista en la mesa.
—Lo que quieres es que te ceda las armas doradas, ¿no es así? —preguntó Kayti.
Lasgol asintió.
—Eso y que nos cedas cualquier otra arma u objeto en tu posesión que sea posible usar contra los dragones.
—Eso es mucho pedir —Kayti deslizó la mirada hacia la vitrina de los objetos rituales.
—Vosotros no estáis utilizando las armas, solo las guardáis. Nosotros podemos hacer el bien con ellas, podemos matar dragones y desterrar el mal.
—La Hermandad de la Custodia se creó para guardar los objetos de poder y mantenerlos alejados del mal. No es que no queramos usarlos, es que debemos vigilarlos.
—Lo entiendo. Por eso te pido que me los cedas. Los usaremos nosotros y sabes que nos guía el bien.
—Los humanos siempre creen estar haciendo el bien, incluso los que son malvados o los que finalmente caen en el mal. Todos creen que están guiados por una divinidad bondadosa. Es uno de los grandes defectos de la humanidad. ¿No es así, Aidan?
El líder de los druidas asintió.
—No te falta razón. Todos creemos estar haciendo el bien y a veces no vemos que al perseguirlo hacemos el mal. Por eso los druidas siempre nos alineamos con la naturaleza.
—Entonces entiendes mi reticencia a entregar lo que mi hermandad ha conseguido poner a salvo con tanto trabajo y sacrificio.
—Lo entiendo, al igual que estoy seguro de que Lasgol también lo hace.
—Por supuesto que entiendo la labor que tu hermandad está haciendo.
No estoy en contra, me parece que el objetivo es loable.
Pero en este momento tenemos un conflicto de intereses, porque los objetos que intentas guardar para el bien los necesitamos precisamente para realizar esa función.
Por eso te reitero mi petición de que nos permitas usarlos contra los dragones.
Kayti se quedó pensativa.
Hartz tamborileó con los dedos sobre la mesa.
—Lasgol tiene bastante razón. Si esas armas fueron creadas para luchar contra los dragones y los dragones están haciendo el mal, debemos combatirlos.
—A ti lo que te gusta es combatir, eso ya lo sabemos.
Por eso tienes ese punto de vista. Sin embargo, soy la líder de la hermandad, los demás han muerto y todo el peso de lo que queda de nuestra sagrada labor recae sobre mis hombros.
Debo realizar la labor que nos encomendó nuestra madre fundadora, Zuline.
Esto que Lasgol me propone no creo que sea aceptado por las sagradas escrituras.
Lasgol comprendió que Kayti no podía ceder sin sentir que traicionaba a sus muertos.
—Kayti, me conoces. Sabes que no intentaría engañarte ni ir en contra de ti o de tu hermandad.
Lo que te he dicho es verdad. Nuestro propósito aquí no es otro que luchar contra los dragones y para ello necesitamos tu ayuda, las armas doradas que tienes y cualquier otra arma u objeto de poder que pueda ser utilizado contra ellos.
Te ruego que lo pienses y que nos ayudes.
—Y si mi decisión no os agrada, ¿iréis contra los míos?
—Más vale que no, o yo mismo os cortaré la cabeza a todos —Hartz puso la mano derecha sobre la empuñadura del gran espadón. Su mirada buscó la de Gerd, que se la sostuvo.
—Tranquilo, Hartz. Deja que hable —pidió Kayti.
—No es nuestra intención ir contra la hermandad. Queremos llegar a un acuerdo y he de insistir en que esas armas son nuestras, nosotros las encontramos.
—Sabes que ese argumento no tiene valor en la hermandad. Da igual quién las encontrara. Son objetos de poder y por lo tanto debemos salvaguardarlos.
Lasgol apoyó la mano en el arco dorado.
—Te planteo esto, Kayti: déjanos utilizarlas y te las devolveremos una vez los dragones hayan desaparecido de Tremia y hayamos acabado con ellos.
—Es un planteamiento muy optimista. Incluso con esas armas, poco podréis hacer contra una hueste de dragones.
—Somos más capaces de lo que a primera vista parece.
—De eso no tengo duda. De lo que sí tengo dudas es de que podáis vencer a los dragones. Si las armas se pierden en la batalla podrían volver a caer en manos del mal o incluso en sus garras.
—Te prometo que salvaguardaremos las armas. Si alguno de nosotros cae, su arma será salvada. Pero es imprescindible que nos las cedas, porque sin ellas no podremos hacerles frente.
Kayti guardó silencio y sopesó la propuesta.
Lasgol esperaba que recapacitara. Hartz era un luchador increíble e ir contra ellos dos, además de contra todo el campamento de la orden sería un problema.
Aidan y Valeria habían intercambiado algunas miradas y ahora tenían las suyas clavadas en Lasgol.
Estaban preocupados. Si no se llegaba a un acuerdo y había combate, sería perjudicial para todos.