Capítulo 33
En torno a las Panteras, los soldados de la Hermandad de la Custodia que los habían visto entrar se fueron acercando y formaron un círculo.
Todos iban vestidos para la batalla. Llevaban armadura y casco, espada y escudo.
Varios mantenían la mano cerca de la empuñadura, listos para desenvainar al menor gesto.
Lasgol observaba de reojo lo que sucedía y esperaba poder evitar cualquier conflicto que los llevara a derramar sangre. No estaban allí para eso y enfrentarse a todos aquellos soldados no era muy buena idea.
La lona de la tienda se abrió y dos figuras salieron a recibirlos.
Lasgol los reconoció de inmediato. Estaban igual que los recordaba, Kayti conservaba la melena pelirroja y la cara llena de pecas.
Los miraba con la barbilla alta y el gesto duro de siempre.
Sus ojos verdes se abrieron al reconocer al guardabosques.
—¡Lasgol, qué sorpresa! —una ligera sonrisa apareció en los labios de Kayti.
—¡Por las montañas norriel que no esperaba verte de nuevo en estas tierras! —quien acompañaba a Kayti no era otro que el gran Hartz.
Impulsivo como siempre, se adelantó y agarró a Lasgol de los hombros. Lo sacudió con fuerza y luego le dio un gran abrazo.
—¡Cuánto me alegro de verte, rubito! Estás igual, un poco más delgaducho. No comes lo suficiente.
Lasgol sonrió ante el ímpetu del gran norriel, que era de constitución más fuerte y algo más alto que Gerd.
—Yo tampoco esperaba encontraros aquí. Ya sabéis, las cosas a veces son inesperadas.
—Cosas inesperadas e importantes, me imagino —Kayti arqueó una ceja.
—Así es —Lasgol asintió.
—Me alegro mucho de que nos visites —Hartz le dio una palmada en la espalda tan fuerte que Lasgol tuvo problemas para mantener el equilibrio.
—Sigues teniendo la fuerza de diez hombres.
—Y un descontrol absoluto para usarla —añadió Kayti.
—Bah, ya sabes que nací para la batalla, la diosa Igrali me hizo así —Hartz flexionó los músculos.
—Aidan, es siempre un placer recibir al líder del pueblo druida que nos acoge —dijo Kayti con tono formal e hizo una reverencia.
Aidan saludó con una leve inclinación de cabeza.
—Son tiempos hostiles, debemos ayudarnos.
—¿Y estos quiénes son? —preguntó Hartz señalando a las Panteras—. Tienen aspecto norghano y por cómo van vestidos, parecen guardabosques como tú —dijo a Lasgol.
—Buena deducción, lo son. Estos son mis compañeros y muy buenos amigos, más que eso, son como de mi propia sangre.
—Ah, ¿sí? Pues entonces tengo que conocerlos —Hartz se adelantó y los observó uno por uno mirándolos a la cara, pegando la suya, sin ningún pudor.
Lasgol pasó a presentarlos y Hartz les dio un apretón de manos fortísimo a cada uno.
Cuando Gerd se lo devolvió, ambos se quedaron apretando la mano con fuerza midiendo quién tenía el apretón más férreo.
Por un momento no dijeron nada y siguieron apretando sin soltar mientras se ponían rojos por el esfuerzo.
—Hartz, no seas bruto. Suéltalo —regañó Kayti.
Hartz apretó un poco más. Al ver que Gerd no cedía y mantenía el apretón, por fin soltó.
—Muy buen saludo, me gustas —le dio una fuerte palmada a Gerd en el costado del hombro.
Gerd no supo si hacer lo propio o no.
—Dale tú una también al bruto norriel este —instigó Viggo.
Nilsa le hizo un gesto con la cabeza de que no.
Gerd sonrió a Hartz y no le dio la palmada, sino que le hizo un gesto de reconocimiento con la cabeza.
—Tú y yo nos llevaremos bien —dijo Hartz.
—No hablan la lengua unificada del oeste, no te entienden —advirtió Kayti.
—Oh, vaya. Supongo que tampoco hablan el idioma de Irinel.
Lasgol negó con la cabeza.
—No, solo norghano.
Hartz miró a Lasgol con el ceño arrugado.
—¿Y tú cómo es que lo hablas? No recuerdo que nos lo contaras.
—Es una vieja historia. De mis tiempos en el oeste, antes de conoceros.
—Pues me alegro, porque no sé cómo nos íbamos a entender si no —rio Hartz con su estruendosa voz.
—Lleva tiempo aprendiendo el idioma de Irinel y se le da fatal —apuntó Kayti.
—Se me da estupendo, la diosa Ikzuge me bendijo con mucha inteligencia. ¿Verdad, Aidan?
—Lo habla muy bien para ser un norriel —respondió Aidan.
Hartz hinchó el pecho, satisfecho. Kayti puso cara de que aquella era una mentira piadosa.
—Entremos en la tienda y hablemos ahí. Estaremos mejor —Kayti señaló la entrada.
El interior de la tienda era por completo militar.
Había una mesa con varias sillas rústicas, un par de armeros con espadas de diferentes tipos y una vitrina tras la mesa que contenía objetos rituales.
Lasgol se preguntó cuántos objetos de poder guardaría la hermandad en aquel campamento.
Lo que le extrañaba era que no se le erizaba el pelo de la nuca.
—Sentémonos a la mesa —Kayti tomó la posición en cabeza.
Hartz se sentó a su derecha y Kayti indicó a Lasgol que se sentara a su izquierda.
El resto de los asistentes se colocaron a lo largo, dejando la otra cabecera para Aidan.
Una vez estuvieron todos dispuestos, pudieron apreciar que varios soldados de la hermandad custodiaban tanto la puerta como los alrededores de la tienda.
Aidan haría de intérprete para las Panteras.
—Aidan y Lasgol, por favor, contadnos a qué se debe esta inesperada y agradable visita —pidió Kayti.
—Lasgol y sus compañeros están aquí en misión oficial de los guardabosques norghanos y me han pedido ayuda. Querían hablar con vosotros y los he traído. Son buenos amigos y de confianza y, por lo que Lasgol nos ha contado, también vuestros. Espero que no te importe.
—Lasgol es un amigo leal —interrumpió Hartz—. Hemos compartido mucho juntos y vivido batallas increíbles. ¡Salvamos Tremia una vez! ¿Verdad, Lasgol?
—Así es, hemos tenido experiencias bastante intensas —sonrió Lasgol.
—¡Aquellos sí que eran buenos tiempos, cuando uno podía sacar la espada y cortar la cabeza de diez enemigos!
No como ahora, que tenemos que andar escondiéndonos de esos monstruos voladores.
Pero dejadme deciros que un día cazaré un dragón y le cortaré la cabeza con esta espada que llevo a la espalda.
—No vas a hacer semejante cosa. Tenemos suficientes problemas para que tú te lances a cazar dragones en solitario —atajó Kayti.
—Es cuestión de tiempo. Tarde o temprano cazaré un dragón, de la misma forma que cacé un ogro. Me lo deben las diosas por lo bien que me he portado.
—Sí, otro de tus muchos logros sin sentido. Y tus diosas norriel no te deben nada, así que no seas insensato.
—Para mí tiene todo el sentido del mundo. Soy un guerrero y siempre lo seré, aunque me toque vivir escondiéndome de esos monstruos con alas.
—Dinos, Lasgol, ¿a qué se debe vuestra visita? —preguntó Kayti, que no parecía querer seguir la discusión con Hartz.
—Verás, hemos estado en el oeste y hemos hablado con Haradin, Komir y Aliana.
—Vaya, ¿cómo se encuentran? ¿Están bien? Komir seguro que sí —interrumpió de nuevo Hartz.
—Se encuentran bien, sí. Al menos, de momento.
—Cuéntanos qué sucedió allí. ¿Luchasteis contra los dragones? —quiso saber Hartz.
—Sí, por favor. Cuéntanos qué sucedió en Rogdon —pidió Kayti.
Lasgol les contó a sus dos amigos todo lo que había sucedido en la evacuación de Rilentor.
—Qué pena haberme perdido esas batallas —se lamentó Hartz—. Habría estado encantado de estar allí.
—Corren malos tiempos para todos. Nosotros también nos hemos visto obligados a refugiarnos aquí, en los grandes bosques de los druidas. Los dragones destruyeron nuestra fortaleza.
—Fue Haradin quien nos comentó que le preguntaste sobre el Orbe del Delirio.
—Le pregunté. ¿Es por eso por lo que estáis aquí?
—No exactamente por el buscador, sino por lo que encontraste con él. Estamos aquí por unas armas doradas que teníamos en la aldea donde Ingrid se crio y que creemos que tú recuperaste con ese objeto.
Kayti observó a Lasgol durante un instante.
—Los objetos de poder que encontramos en esa aldea, ¿los escondisteis vosotros allí?
—Así es. Nosotros las denominamos armas doradas. Tienen el poder de atravesar las defensas tanto mágicas como físicas de los dragones y por ello son muy importantes. Hemos venido a recuperarlas para luchar con ellas contra los dragones.
—¿Me estás diciendo que esas armas del color del oro pueden matar dragones? —preguntó Hartz muy interesado.
—Así es, aunque requieren poder. Son armas Ilenias, como tu espada.
—Vaya, eso sí que es interesante. No lo sabíamos, pensamos que eran objetos de poder normales —comentó Hartz.
—Lo son —aseguró Kayti.
—Lo son —dio la razón Lasgol—, pero también son armas Ilenias creadas con el propósito de matar dragones —se quitó el arco que llevaba a la espalda y lo puso sobre la mesa—. Al igual que este arco.
—¿Te pide sangre, como a mí mi espada? —preguntó Hartz.
—No, estas armas son algo diferentes a las de los reyes Ilenios. No tienen tanto poder, creo que se crearon más para soldados que para reyes.
—En cualquier caso, son objetos de poder —insistió Kayti.
Lasgol la conocía y sabía de sus creencias. Intuyó por dónde iba la pelirroja con aquellas afirmaciones.
—Son objetos de poder creados para hacer el bien, para luchar contra el mal que los dragones simbolizan. Por lo tanto, deberían ser utilizados con ese fin —intentó convencerla Lasgol.
—Si son objetos de poder están donde deben estar. Su lugar es bajo la custodia de nuestra hermandad, para que no se haga el mal con ellos.
Lasgol inclinó la cabeza.
—Conozco el fin de la hermandad y sus motivos. Puedo asegurarte que esas armas serán utilizadas para el bien. Los que ves aquí las usaremos para luchar contra el mal.
Kayti se reclinó en la silla.
—Así que has venido hasta aquí desde Norghana para recuperar las armas que hallé en aquel pequeño pueblo.
—Y espero que me las cedas. Fuimos nosotros quienes las encontramos. Las buscamos y dar con ellas nos llevó mucho tiempo y esfuerzo. Por desgracia, los acontecimientos nos obligaron a esconderlas y no pudimos utilizarlas. Ahora ha llegado el momento de hacerlo.