Capítulo 32
Las Panteras despertaron en el interior de la gran madriguera en el bosque sagrado y se prepararon sin demora para seguir con la misión.
Sabían que era de día porque en varios puntos de la gran caverna excavada en la tierra penetraban pequeños haces de luz diurna.
Los druidas construían refugios muy funcionales.
Aidan había charlado con ellos hasta bien entrada la noche y se había marchado antes del alba. Todavía no había regresado. Valeria permaneció con ellos y pasó la noche con sus antiguos compañeros.
La rubia habló con todos según desayunaban y preparaban las armas para salir y continuar la búsqueda.
—Ni se te ocurra acercarte a Lasgol —advirtió Astrid con tono muy serio.
—¿Temes que ahora que no te recuerda te lo pueda robar? —Valeria ladeó la cabeza y sonrió.
—No temo que me lo puedas robar, porque eso no va a suceder. Si te acercas a él, lo vas a lamentar.
—Pensaba que ya habíamos dejado todo esto atrás.
—Lo habíamos hecho, sí, pero la situación ha cambiado.
—Sí, que Lasgol no recuerde a ninguna de las dos ni lo que pasó entre nosotras y él es realmente interesante.
—De interesante, nada.
Valeria sonrió.
—Tranquila, lo pasado, pasado está. Y no voy a robarte a Lasgol. Es todo tuyo y espero que te recuerde pronto.
Astrid la estudió un momento con los ojos entrecerrados buscando la falsedad en su expresión. No la halló.
—Os debo la vida, nunca haría nada para haceros daño —aseguró Valeria—. Solo me estaba divirtiendo un poco a cuenta tuya —le guiñó un ojo.
La cara de Astrid dejó claro que a ella no le hacía ninguna gracia.
Aidan llegó a la madriguera y, tras saludar a todos, les indicó que podían salir. Todos lo siguieron.
Una vez fuera, se encontraron con una docena de druidas que acompañaban a Aidan.
—Debo llevar protección, mi pueblo se preocupa si no lo hago —señaló a la escolta que traía.
—Me parece normal, eres su líder —dijo Ingrid.
Se pusieron en marcha y no tardaron demasiado en llegar al primero de los campamentos de los refugiados de Irinel.
Estaba situado en una zona muy frondosa del bosque, donde los árboles crecían muy cerca los unos de los otros y sus copas lo cubrían todo.
Era imposible ver desde las alturas lo que ocultaban debajo.
Varios soldados de Irinel que estaban de vigilancia salieron a su encuentro y, al ver que se trataba de Aidan y Valeria, se relajaron y volvieron a sus obligaciones sin decir nada.
—¿Cuántos refugiados tenéis en este campamento? —preguntó Lasgol.
—En este, unos tres mil, pero tenemos varios más hacia el sur —respondió Aidan.
—Vaya, eso es muchísima gente.
—Sí, y representa un problema a la hora de encontrar alimento para todos. Somos afortunados en cuanto a que estos bosques nos proporcionan casi todo lo que necesitamos, pero es verdad que somos demasiados y la comida comienza a escasear.
—Ese es un problema que tenemos todos los reinos supervivientes —comentó Ingrid.
Continuaron atravesando los bosques y pasaron junto a otros dos grandes campamentos de refugiados, de Irinel sin ninguna duda a juzgar por su aspecto: cabellos pelirrojos, pieles muy claras llenas de pecas y los tonos verdes y blancos característicos de aquel reino.
Pese a que continuaba lloviendo como cada día, apenas lo notaban porque las ramas y hojas de los árboles los cubrían por completo y los protegían de la lluvia. Viggo estaba encantado.
Lasgol aprovechó para hablar con Aidan y preguntarle cómo habían conseguido sobrevivir y, sobre todo, salvar el gran bosque de los ataques de los dragones.
Aidan posó la palma en el tronco de un roble al pasar junto a él.
—El gran bosque quedó muy castigado por los dragones. Lo que estáis viendo ahora se debe a que este es un lugar de magia.
—¿La magia es del propio bosque o es la que vosotros tenéis? —quiso saber Lasgol.
—Ambas cosas. Nuestro bosque tiene magia de la naturaleza y, cuando es dañado, como ha sucedido tantas veces con los ataques, él mismo comienza a sanar utilizando la magia que posee.
Nosotros usamos nuestra magia para ayudarle en ese proceso curativo.
Entre ambos, con mucho tiempo y mucho esfuerzo, hemos conseguido que los bosques vuelvan a estar plenos.
Si un dragón nos ataca ahora, nos escondemos y luego sanamos los daños que haya producido.
—¿Os ha atacado una hueste al completo? —preguntó Lasgol.
—No, hemos tenido fortuna en ese sentido. Pasó una hueste de dragones hacia el este, hacia las ciudades estado de la costa, pero no se detuvo a destruir estos bosques. A Irinel ya lo daban por muerto, ya que la capital y las ciudades están desiertas y arrasadas.
—Entiendo. Me alegro de que al menos estos bosques maravillosos sobrevivan. —Lasgol miró alrededor.
—Tienes magia similar a la nuestra —observó Aidan.
—Eso creo, parte de mi magia es de naturaleza.
—En ese caso, si los bosques son atacados, espero que nos ayudes a regenerarlos.
—Por supuesto, sería un honor. Aunque no sé cómo…
—Nosotros te enseñaremos, por eso no te preocupes.
—De acuerdo.
Aidan sonrió y continuó hacia el sur, guiándolos entre los árboles por senderos que apenas se apreciaban.
Valeria quiso hablar con Lasgol.
—Me preguntaba si recuerdas a Egil.
—No mucho, si te soy sincero, pero sé quién es y todo lo que ha sucedido.
—Debe ser muy extraño que te cuenten cosas tan personales que tú no puedes recordar.
—Lo es, pero ya me he acostumbrado.
—Bueno, pues si te sirve, te diré que siempre has sido una gran persona y con un sentido del honor y del deber inigualables.
—Oh, gracias —Lasgol se ruborizó.
—No hay por qué darlas, es la verdad. Y que sepas que se te da fatal mentir.
—Sí, eso ya me lo ha dicho Astrid.
—Espero de corazón que lo recuerdes todo y que las cosas vuelvan a ser las que eran antes. Has sufrido mucho y si alguien no se lo merece eres tú.
—Gracias, Valeria.
—Llámame Val, siempre me has llamado Val. Bueno, tú y todos.
—De acuerdo, Val —sonrió Lasgol.
—Hay una cosa importante que quiero decirte sobre Egil.
—¿Tienes información sobre Egil?
Valeria se acercó un poco más y bajó la voz.
—La tengo, sí. Pertenezco a su red de informadores y colaboradores, o agentes y espías para ser más exactos. Tú esto ya lo sabías, pero probablemente no lo recuerdes. Trabajo para Egil como espía desde hace tiempo.
—No lo recuerdo, pero por alguna razón, sé que es así.
Valeria asintió.
—La red trabaja ayudando a Egil en lo que necesite.
—Vaya, pensaba que estando en Kraido no tendría mucho contacto con sus agentes tan dentro de Tremia.
—No tiene mucho, pero algo tiene, y mucha de esa información pasa por mí.
Soy, digamos, su agente principal en Tremia.
Antes solo me encargaba de la parte del reino de Irinel y las ciudades del este, pero con los últimos acontecimientos, y dado que muchos miembros de la red han caído, ahora tengo responsabilidades mayores.
—Oh, no lo sabía.
—Ahora ya lo sabes.
—¿Cómo está?
—Por lo que sé, sigue prisionero, pero aguanta.
Lasgol suspiró.
—Espero que podamos rescatarlo.
—Yo también. Es uno de mis principales objetivos, sacarlo de allí y traerlo de vuelta con vida.
—No lo abandonaremos.
—Nunca —aseguró Valeria.
Giraron un poco hacia el oeste, cruzaron un río bastante amplio y se encontraron con un campamento mucho más pequeño.
A medida que se acercaban, varios soldados salieron a su encuentro y, por las armaduras pesadas y las espadas y escudos que portaban, supieron que eran de la Hermandad de la Custodia.
—Parece que hemos llegado —avisó Ingrid a sus compañeros, y deslizó la mano hacia el arco.
—Recordad, nada de enfrentamientos en el bosque —advirtió Aidan.
Los soldados de la Custodia se detuvieron a unos pasos de ellos. Lasgol respiró hondo. Convencerlos de devolver las armas doradas no iba a ser nada sencillo.
—Venimos a ver a vuestro líder, tenemos algo importante que discutir —dijo Aidan a los soldados.
—Los humanos podéis pasar, acompañadnos —respondió uno de ellos, que parecía tener mayor rango que el resto, aunque sus uniformes eran muy parecidos—. Las bestias deben quedarse fuera del campamento.
Lasgol se volvió hacia sus amigos y les envió un mensaje mental.
«Aguardad aquí, será lo mejor por ahora. Si hay problemas, lo sabréis».
«Nosotros aguardar. No problema. Estar atentos» envió Camu.
Ona y Argi se sentaron sobre sus patas traseras, si bien permanecieron con las orejas erguidas y la mirada atenta.
El grupo entró en el campamento mientras Camu, Ona y Argi se quedaban atrás. Era un campamento militar, con una veintena de tiendas alrededor de varios fuegos y soldados con armadura completa que montaban guardia.
Cruzaron entre las tiendas y, a su paso, los soldados que estaban dentro iban saliendo.
Nadie decía nada, pero los observaban pasar con las manos en las empuñaduras de sus armas.
Llegaron al final del campamento y vieron una tienda más grande, con capacidad para al menos veinte personas.
El oficial de la Hermandad de la Custodia que los guiaba se paró ante la puerta y llamó a viva voz. Luego entró.
Los demás aguardaron fuera. Cerca de medio centenar de soldados los rodeaba en silencio.