Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 31
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Capítulo 31

Dafne bajó a la fragua antes de que el sol asomara.

Los fuegos estaban ya encendidos y el aire olía a humo, a agua de enfriar y a metal caliente.

Taika iba a su lado, como siempre hacía cuando bajaban a la mina.

La luz de las fraguas teñía de rojo la roca negra y mostraba las sombras de los herreros sobre el suelo y las paredes.

Los martillos sonaban igual que siempre, pero nadie cantaba sobre los yunques.

Los aprendices cruzaban el patio con la cabeza baja y el paso corto.

El trabajo no se había detenido ni un solo día.

Se había vuelto más silencioso, nada más.

En aquel silencio ella leía algo que la reconfortaba y le dolía a la vez.

Cada punta terminada era la manera que aquella gente tenía de honrar a los que ya no estaban.

Burdin aguardaba junto a la mesa de piedra.

El maestro herrero era un Tauruk enorme, de una cabeza y media más alto que ella.

Llevaba el mandil de cuero quemado por los bordes.

A su lado aguardaba Dameros, que se frotaba las manos con mirada perdida.

Detrás del mago esperaba Celopus encogido en su túnica verde.

Sobre la mesa descansaba una hilera de puntas de lanza recién forjadas, grises todavía.

—Ven a ver esto —la recibió Burdin con una voz que le salió del pecho llena de orgullo.

—Llevamos tres noches probándolo —añadió Dameros—. Tres noches y muchos fallos. Esta mañana hemos logrado lo que creo que es un éxito.

Dafne se acercó a la mesa, eran buenas noticias y eso necesitaba.

Las puntas estaban encajadas en un molde de piedra con un canal, filo con filo.

La inclinación era tan leve que el ojo apenas la apreciaba.

Reconoció el canal del vertido, el mismo de todas las tandas, pero alguien lo había alargado y le había tallado dos muescas más.

—Enséñamelo —pidió intrigada.

Con dos de los dedos el herrero tocó la hilera pieza a pieza y comprobó cada una.

—El metal caliente absorbe la gota demasiado deprisa —explicó—. El metal frío en cambio la absorbe despacio y no desperdicia nada. Lo descubrimos por una tanda que se quedó fuera la noche entera. Desde entonces las dejamos enfriar antes del vertido.

Dameros sacó la esfera de sustancia dorada y la sostuvo un momento entre las manos.

El líquido del interior se movía despacio y arrojaba destellos sobre la piedra de la mesa.

Alrededor, los herreros fueron soltando los martillos y se acercaron a mirar en silencio.

El mago giró las dos mitades de la esfera y la inclinó sobre el primer filo con un pulso que no tembló. Una sola gota cayó sobre el metal.

La gota se asentó y empezó a resbalar. Tardó en cruzar la primera punta.

El brillo dorado prendió en el filo y se quedó allí encendido.

Pasó a la segunda pieza y luego a la tercera.

Iba cada vez más pequeña, cada vez más lenta, pero no se derramaba ni moría.

Dafne contó en silencio. Iban cuatro… cinco.

La gota alcanzó la sexta punta y siguió adelante.

Se había reducido a un punto de luz que se arrastraba por el canal, pero prendió la séptima antes de consumirse del todo.

—Las siete impregnadas de dorado —confirmó Taika con los ojos entornados y expresión de sorpresa.

—Siete por gota —remató Burdin—. Antes eran cinco. El frío y la inclinación hacen el resto.

Dafne miró las siete puntas encendidas sobre la piedra y después al herrero. Un malestar que llevaba muchos días agarrotado se le aflojó en el pecho.

—¿Qué necesitas para hacerlo así con todas las tandas?

—Tiempo y agua. Cada tanda tendrá que dormir una noche al frío antes del vertido. Habrá que traer más agua, cosa que puede ser conflictiva. El agua es el bien más crítico y escaso del desierto.

—Lo tendrás —le aseguró Dafne al Tauruk—. Y si necesitas cualquier cosa, no dudes en pedírmela.

El herrero inclinó la cabeza despacio.

—Con más pruebas quizá arranquemos una octava —aventuró Dameros. Ya guardaba la esfera con las dos manos, con más cuidado del que pedía el cristal.

—Siete ya es una victoria —Dafne apoyó la mano en el borde del canal, sobre la piedra fría—. Pero si lográis llegar a diez, sería un gran éxito.

El mago aceptó el reto con una sonrisa.

—Lo intentaremos, estate tranquila.

Los herreros volvieron a sus yunques con ánimo renovado. Su arduo trabajo estaba dando buenos frutos. Alguien tarareó unas notas sueltas sobre el compás de los martillos, muy bajito, pero nadie lo mandó callar. Había buen ambiente, uno de esperanza que debía crecer y hacerse fuerte.

Dafne se quedó un rato junto al molde admirando las siete puntas encendidas y dejó que aquel sonido musical le animara la mañana.

Más puntas doradas significaba más oportunidades de sobrevivir, incluso de llegar a vencer un día.

Estaban consiguiendo más metal dorado y de mejor calidad y ahora podían crear más puntas con poder dorado.

Las perspectivas no eran buenas, ¡eran excelentes!

Unos días más tarde, Jalsawi se presentó en la fragua con sus guerreros y gritó que le dieran más puntas. Burdin hizo llamar a Dafne con urgencia. Ella llegó acompañada de Taika, Aiden y Abdu Baba. El jefe no perdió un momento.

—¡Los míos necesitan más puntas para sus arcos y lanzas!

Dafne suspiró. Apretó los dientes y se tragó las ganas de soltarle un puñetazo en la nariz.

—Ya lo hemos hablado…

—¡Lo prometiste! ¡Mis guerreros se armarían primero!

El jefe Aljisaw dio un paso hacia la mesa de piedra.

—Los estamos armando primero…

—¡No es cierto! ¡Das puntas a los arqueros de York!

—Tranquilo, no miento. Primero se arma a tus guerreros como dijimos y luego a los arqueros de York porque necesitan estar armados por si los dragones atacan.

—¡Solo hay que armar a mis guerreros hasta que todo mi pueblo esté armado!

—No hay puntas para todos, lo sabes. Producimos lento y en poca cantidad. Lo que puedes hacer es enviar más de los tuyos a picar a las vetas profundas. Eso sí ayudaría a armar a tu pueblo antes.

—¿Cómo haces el reparto? —el jefe se tranquilizó algo.

—De cada diez puntas seis van a los tuyos, dos a los arqueros de York y dos a los defensores de Kraido y los noceanos.

—¿Solo seis?

—Seis. Los demás también defienden tu montaña.

—Mientes. Das más a los tuyos.

—No te miento. Puedes poner a alguien a vigilar el reparto de cada mañana si quieres. No hay problema.

El jefe observó a Burdin y luego al resto de herreros.

—Está bien. Pondré a dos de mis hombres de confianza a comprobar los repartos.

—Me parece bien. ¿Pondrás también más de los tuyos a picar? Ellos conocen mejor las cuevas y la veta que los míos.

Jalsawi lo pensó.

—Cuantas más manos trabajen más puntas tendremos —apuntó Taika.

El jefe refunfuñó algo ininteligible. Luego asintió.

—Pondré a más de los míos a extraer el mineral dorado en las vetas inferiores.

Dafne relajó los hombros.

—Gracias, eso ayudará mucho.

—Pero como me hagáis trampa en el reparto, os quedáis sin mineral —Jalsawi señaló con el dedo índice primero a Dafne y luego a Taika.

—Te aseguro que no hay ni habrá trampa —respondió Dafne—. Nos jugamos la supervivencia, no voy a arriesgarme.

—Eso espero —el jefe se dio la vuelta y se marchó con sus guerreros.

Una vez solos, Dafne miró a Burdin.

—El reparto debe ser siempre como se ha establecido.

—Así lo haremos —aseguró el maestro herrero.

Pasaron los días y una calma relativa reinó en las Montañas Negras.

No hubo más discusiones entre los cuatro bandos.

Los trabajos se intensificaron con el objetivo de extraer más mineral y producir mayor cantidad de puntas.

Las reservas de esferas doradas que había traído Dameros no eran grandes.

El mago tenía consigo el Condensador de Almas y con él producía cada día lo que podía para rellenar las esferas que se vaciaban.

—Eres un hombre bueno y sacrificado —había reconocido Dafne una mañana en la caverna que ocupaba el Escuadrón Rojo.

—Una maravilla entre los humanos —añadió Ivo—. Pocos hay que den tanto por los demás.

Dameros apartó la mirada hacia las esferas alineadas.

—No es para tanto, solo hago lo que puedo, como todos vosotros. No me esfuerzo más que nadie.

—Sí lo haces —respondió Dafne—. Y te lo agradecemos.

—Cualquiera de vosotros haría lo mismo que yo.

Aiden negó con la cabeza.

—No lo creas. Hay muchos cuyo egoísmo es enorme.

—No seas gruñón —recriminó Lily—. Hay más bien que mal en el mundo.

—Si tú lo dices…

Una semana más tarde, Taika regresó por el sendero de los centinelas con dos vigías de Kraido. Los tres venían cubiertos de polvo. Los vigías bebieron de los pellejos de agua fresca que les dieron en el interior del refugio. Taika no bebió, se acercó hasta Dafne y le habló en voz baja.

—Reúne al consejo esta misma noche.

—¿Malas noticias?

—Eso me temo.

Se juntaron en la caverna pequeña alrededor del mapa de cuero. Aiden, Ivo y Lily se sentaron a un lado y Aibin y Abdu Baba ocuparon sus sitios de siempre. Dameros llegó el último con Celopus a su lado.

Taika saludó a todos con la cabeza y luego habló.

—Los vigías de la hueste han cambiado su comportamiento —señaló con dos dedos al norte de las montañas—. Antes patrullaban solos y por lo alto. Ahora vuelan en parejas y más bajo. Ya no vigilan desde las alturas, lo hacen de cerca.

—Eso no es patrullar —murmuró Aiden.

—No. Uno estuvo dando vueltas sobre el lado este hasta que se fue la luz. Un vigía que patrulla espera a que algo se mueva y este estaba buscando. Creo que tienen orden de encontrar algo.

Dafne miró donde Taika señalaba sobre el mapa.

—¿Cuántas parejas? ¿Cuándo patrullan? ¿Por dónde?

—Hemos identificado cuatro parejas. Vuelan por turnos, dos de día y dos de noche. Rastrean las montañas.

Abdu Baba se inclinó sobre el mapa.

—El general de la hueste alada les habrá ordenado buscar algo.

—¿Una nueva entrada por la que colarse? —preguntó Lily.

—Podría ser eso, pero hay más —anunció Taika—. Vuelan en círculos bajos a media altura. Pasan muy despacio y sobrevuelan siempre el punto donde matamos a su compañero. Da la sensación de que están olfateando algo.

Dafne buscó a Dameros con la mirada.

—Puede ser que sientan el poder del metal dorado que creamos —se frotó los dedos unos contra otros—.

Los dragones son criaturas de magia y perciben la magia, sea afín o contraria.

El dorado fijado en una punta no se apaga nunca, por eso vale tanto y por eso también nos delata.

Es posible que un dragón lo capte si pasa lo bastante cerca de una punta activada.

—¿Cómo de cerca? —quiso saber Dafne.

—No lo sé, nadie había forjado antes puntas como estas —el mago abrió las manos—. Pero cuantas más hacemos, más fácil es que las sientan.

—Lo que explicas no suena a que busquen una entrada, sino a que han captado el metal dorado imbuido del poder y lo están rastreando —razonó Aiden.

—Yo también opino eso —Taika se llevó las manos a la espalda.

—¿Estamos tirando contra los vigías que pasan rastreando? —preguntó Dameros.

—No. Hemos dado orden de no malgastar flechas de punta dorada —respondió Dafne—. Solo se usarán ante un ataque de importancia.

—Pero los arqueros las tienen con ellos en sus puntos de vigilancia a lo largo de toda la montaña. ¿Es así? —insistió el mago.

—Sí, a diferentes alturas —confirmó Taika.

—Entonces debe ser que captan su poder. No les gusta, porque es contrario al suyo —concluyó Dameros—. Y lo buscan para destruirlo.

—Lo que nos faltaba… —se enojó Dafne—. Las puntas que aún no tienen dueño se llevan todas ahora mismo a lo más hondo de la mina. Las ya repartidas no se sacan al exterior. Que los vigías lleven flechas normales. Solo usaremos las doradas cuando estemos bajo ataque.

—De acuerdo —Taika ya se ponía en pie.

—Te ayudo —se ofreció Aiden.

—Yo también —se unió Ivo.

Los tres marcharon. Dafne se quedó preocupada y no dijo nada. Lily se dio cuenta y se acercó a ella.

—Todo irá bien. Aquí dentro no pueden tocarnos.

Dafne asintió sin creérselo del todo.