Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 30
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Capítulo 30

Los trabajos en la veta y la forja iban bastante bien. Sin embargo, Dafne se había encontrado con otro problema que no esperaba. Los Aljisaw no querían que se picara en la zona más profunda, la que descendía hacia las negruras. Esto había provocado una nueva conversación con Jalsawi.

—Tenemos que picar hasta donde haya mineral. La veta baja a las profundidades y la seguiremos.

—Esa zona es sagrada —Jalsawi negó con la cabeza de lado a lado y apoyó la mano en la empuñadura de una de sus cimitarras.

Dafne apretó los dientes. No deseaba más que darle un golpe en la sesera a ver si se dejaba de supersticiones de una vez por todas.

Taika, situado detrás de ella, carraspeó. Dafne estaba segura de que el Felidae le había leído las ideas y por eso la avisaba.

—Seguiremos la veta. No hay tanto metal como parece y lo necesitamos.

—No picaremos en las entrañas sagradas de nuestra montaña.

—Pues lo haremos nosotros, no estorbéis —Dafne se marchó hecha una furia.

Si no era una cosa era otra. No le daban más que problemas, como si no tuvieran suficiente con una hueste de dragones que quería matarlos a todos.

Días más tarde fue a inspeccionar la forja.

Alineó las puntas creadas sobre la mesa de piedra, que eran muchas menos de las que necesitaban, por desgracia.

La forja producía sin descanso y aun así no era suficiente.

Examinó con calma lo creado en el día y vio que era de buena calidad.

Eso mejoró su ánimo. Se acercó a una cesta grande llena de flechas ya listas para ser usadas.

Sacó tres al azar y las observó a la luz.

Ninguna se torcía. Las lanzas apoyadas contra la pared mantenían los astiles derechos y las puntas bien ajustadas. Quedó satisfecha.

—Las de flecha para los arqueros de York —ordenó—.

Son los mejores arqueros entre los nuestros y los que mejor pueden usarlas.

Que no las malgasten en lanzamientos lejanos.

Solo se usarán cuando sea ordenado. Las de lanza, para los rebeldes de Kraido.

Quizá tengamos oportunidad de usarlas cuando algún dragón tome tierra.

Los herreros de Kraido aguardaban a un lado, expectantes, con los brazos manchados de hollín.

—Buen trabajo. Seguid así. Y… gracias.

Los rostros cansados se encendieron con reconocimiento. Uno de ellos se llevó el puño al pecho antes de volver al yunque.

Un porteador de Kraido dio un paso al frente para recoger la carga y llevársela. Dafne lo reconoció, era Mestos. El Tauruk-Kapro se echó las lanzas al hombro con una sola mano y alargó la otra hacia la cesta de las flechas.

—Solo las de lanza, Mestos.

Los cuernos de carnero se inclinaron hacia ella. Mestos asintió y marchó con las de lanza.

Dimitrios entró con Celopus a la zaga.

—Malgastas el metal precioso —soltó el capitán de York, y miró de mal humor las lanzas—. Solo deberíamos hacer flechas. Mis soldados son excelentes tiradores y contra dragones las flechas son lo más efectivo.

—Los tuyos tiran flechas y los nuestros empuñan la lanza —Dafne no levantó la voz y siguió alineando las puntas—. Cada uno hace aquello para lo que sirve. A un dragón lo mata por igual la punta de una lanza que la de una flecha si ambas son doradas.

—Para cuando un dragón está al alcance de una lanza, lo han matado las flechas.

—No insistas. Necesitamos armar a cuantos más podamos.

Dimitrios apretó la mandíbula y se guardó para sí mismo lo que iba a responder. Se apartó dos pasos, cruzó los brazos y allí se quedó.

Dafne no quiso decirle que aquel reparto era solo para una prueba. Tenía que armar primero a los Aljisaw, como había prometido a su jefe, y aquello iba a traer problemas.

Taika se adelantó hasta la mesa y separó una punta de flecha del resto.

—A un dragón tendríamos que atraerlo a donde nosotros tengamos una ventaja para poder matarlo.

De otra forma es casi imposible —puso la punta sobre el borde de piedra, en lo alto, y la dejó allí—.

Los arqueros de York desde las alturas de estas montañas y escondidos en los salientes de roca pueden tirar y atraerlo.

Si las flechas doradas atraviesan sus alas, cosa que no espera, perderá la capacidad de sostenerse en el aire y caerá en la montaña —lo meditó un momento y continuó—.

Podemos prepararlo para que caiga en un lugar adecuado donde le echaremos redes.

En cuanto las alas queden atrapadas será nuestro.

Entonces los de Kraido pueden salir con sus lanzas y rematarlo.

Esa estrategia es la que creo más acertada.

—Suena fácil, pero no lo será. Y no podemos malgastar puntas doradas —objetó Dimitrios—. La mejor estrategia es tirar y esconderse. No enfrentarse a los dragones de forma directa.

—Es arriesgado, sí, pero tenemos que probar las puntas en combate —Dafne recogió la que Taika había dejado en el borde y cerró la mano en torno a ella—.

Un arma que no se ha probado contra los dragones no puede tener nuestra confianza absoluta, aunque esté respaldada por Dameros.

Necesitamos esa primera muerte. Es importante que cada guerrero de este refugio sepa que un dragón puede morir a nuestras manos.

Dimitrios aguardó un instante y cedió con un gesto seco de la cabeza que no mostraba conformidad sino resignación.

—Buscaremos a uno que vuele solo —decidió Dafne—. Le tenderemos la trampa de Taika.

Los dragones cruzaban las Montañas Negras cada pocos días. Eran vuelos de vigilancia y siempre por las mismas rutas, con la calma del que sobrevuela una tierra que considera conquistada.

Taika había escogido una de esas rutas. Antes del alba Dafne repartió a los guerreros.

Arriba, escondidos entre los salientes de roca, aguardaban los tiradores de York con las flechas doradas.

A media altura, los soldados de Kraido con las redes lastradas y las lanzas al alcance de la mano, Mestos entre ellos.

Y al pie de la montaña, en el fondo de la ladera, aguardaban las escuadras Ardiente y Candente para rematar al dragón cuando cayera.

Esperaron con el frío de la noche del desierto todavía metido en los cuerpos. Dafne se agazapó junto a Taika y repasó el plan una vez más, sobre todo los tiempos que tendría cada grupo cuando la cosa empezara. Eso era lo que más le preocupaba.

El dragón vigía apareció con el sol ya alto.

Venía solo, en vuelo de reconocimiento. Era un dragón mediano de escamas marrones que planeaba sin prisa siguiendo la línea de las cumbres de la cordillera.

Según sabían, entraría por el oeste, recorrería toda la cordillera y se iría por el este.

Dafne alzó la mano y la mantuvo en el aire mientras la bestia se acercaba. Estaban en mitad de la cordillera.

La dejó caer cuando tuvo al dragón casi encima.

Los arqueros de York soltaron a la vez desde las rocas altas y una lluvia de flechas subió a buscar al dragón.

Donde una saeta normal habría rebotado sobre las escamas sin dejar marca, las puntas doradas entraron y las flechas se clavaron.

Todas buscaron las alas. El dragón rugió de dolor y sorpresa, porque nunca había sentido nada capaz de atravesar sus defensas, y empezó a perder altura.

Buscó remontar, pero otro grupo de tiradores de York lo alcanzó en ambas alas.

Tal y como Taika había previsto, no logró mantenerse, y se desplomó de forma abrupta contra la ladera de la montaña.

Era lo que Dafne esperaba.

—¡Las redes! —gritó.

Los de Kraido lanzaron gruesas redes de cuerda y cadena sobre la bestia caída.

Se enredaron en las alas abiertas, tiraron de ellas hacia el suelo y lo trabaron.

El dragón resistió con zarpazos entre rugidos e intentó batir las alas atrapadas sin lograr alzarse.

Cuanto más forcejeaba, más se apretaban las mallas.

Mestos salió el primero de la línea de redes, corrió los pocos pasos que lo separaban del costado descubierto de la gran bestia y hundió la lanza dorada en la parte baja del cuello.

Puso todo el peso de su cuerpo detrás del golpe y la punta se clavó profunda.

El dragón rugió. Tras el ejemplo de Mestos, más soldados de Kraido clavaron sus lanzas en el cuerpo y atravesaron las escamas.

La bestia convulsionó, perdió el poco apoyo que le quedaba y resbaló de costado ladera abajo, arrastrando piedras y redes en una nube de polvo y tierra. Rodó hasta el fondo de la ladera.

—¡Rematadlo! —pidió Dafne.

De entre las rocas salieron las dos escuadras rojas y se echaron encima de la bestia herida, que exhaló su aliento elemental contra ellos.

Los Brujos de Dragón eran ya expertos en luchar contra dragones y llevaban sus protecciones de escamas levantadas.

Lo remataron antes de que pudiera escapar y acuchillaron su cuello sin piedad.

Cuando el polvo se posó, la bestia había quedado inmóvil abajo, y un silencio extraño se extendió por toda la ladera.

Un momento después comenzaron los gritos y vítores.

Los tiradores de York y los soldados de Kraido levantaban las lanzas y los arcos y celebraban algo que les costaba creer pese a verlo con sus propios ojos.

Habían derribado a un dragón con armas forjadas con metal de aquellas montañas.

La esperanza tenía un motivo: tenían una prueba que podían tocar.

Dafne bajó al fondo del barranco por la ladera con cuidado entre las piedras que la caída de la bestia había arrancado en su descenso.

El dragón yacía de costado, con las alas atrapadas todavía en las redes.

Vio el cuello abierto por los aceros que lo habían rematado.

Apoyó la palma en las escamas marrones, todavía tibias, y la dejó allí un instante.

Habían apostado por la veta y la veta les había dado aquello.

La alegría duró solo unos instantes. Mestos estaba tendido contra el costado del dragón, medio cubierto por el cuerpo que él mismo había ayudado a despeñar.

No se movía y bastaba una mirada para saber que no volvería a hacerlo.

Su lanza de punta dorada seguía hundida en el mismo punto donde él la había clavado.

Al revolverse e irse ladera abajo, el dragón había arrastrado a Mestos consigo.

Había caído cientos de pasos ladera abajo y terminado aplastado contra las piedras.

Se volvió hacia los soldados de Kraido que se iban juntando alrededor. Los que llevaban yelmo se lo quitaron.

—Su nombre era Mestos —Dafne señaló el asta que sobresalía del cuello de la bestia—. Suya fue la lanza que primero hizo sangre en el dragón. No lo olvidéis.

Los de Kraido lo miraban en silencio. En aquel silencio no había derrota.

Lo que tenían delante no era una desgracia que llorar, era el primero de una lista que sería larga, un guerrero que había dado la vida para continuar el arduo camino hacia la libertad.

Dafne se negó a sentir aquella muerte como una tragedia, era una victoria, así lo habría querido aquel valiente.

Recuperaron la lanza de Mestos. Su vida se había perdido, pero no así su arma, pues el metal dorado aún brillaba con un destello de poder, uno que mataba dragones.

Dafne miró hacia las cumbres. Aquel vigía ya no volvería a cruzar la montaña.

Tarde o temprano, su general echaría en falta a uno de los suyos y mandaría a otro a averiguar por qué un dragón había dejado de patrullar aquellos pasos.

Y cuando viniera, lo estarían esperando.

La forja no descansó tras lo sucedido. La noticia del dragón caído recorrió el refugio de galería en galería antes de que el cuerpo se enfriara.

A la mañana siguiente había cola ante la fragua.

Soldados, guerreros y hasta muchachos que apenas levantaban una vara del suelo, todos querían su arma de punta dorada, querían lo que Mestos había tenido en las manos y con lo que habían matado un dragón.

Sabían que no se las darían, pero, aun así, hacían cola para pedirlas.

Los herreros de Kraido trabajaron día y noche, también con el mineral nuevo, el de la veta profunda, y al cabo de unos días una gran tanda de puntas estaba lista.

Dafne no dejó que se repartiera ni una.

—Primero hay que probarlas —ordenó—. Todas. Nadie empuña un arma que no sepamos que puede matar a un dragón. Ahora podemos asegurarnos.

Mandó despejar el patio de la fragua.

Del dragón muerto habían arrancado varias escamas marrones, anchas y duras, y las clavaron sobre un tocón.

La mejor prueba para una punta era la misma coraza que tendría que atravesar en la ladera.

Un herrero fue montando las puntas nuevas una a una en astiles de prueba y otro golpeaba.

Daba un golpe seco por punta contra la escama con el peso justo, siempre el mismo.

Las primeras aguantaron. La punta atravesaba la escama, el herrero la arrancaba, y el tono mate del oro seguía intacto.

Entonces una punta se apagó.

El herrero la clavó como todas las demás, con idéntico golpe e idéntica fuerza, y al arrancarla de la escama el oro ya no estaba.

El dorado se había desprendido del metal en láminas finas y un polvo se quedó en la escama marrón y el suelo.

Lo que el herrero sostenía era una punta de lanza corriente, muerta, un pedazo de metal que ya no valía más que cualquier otro.

Probó la siguiente de la misma tanda. También se apagó. Y la siguiente.

—Maldición… —Dafne sacudió la cabeza.

—Hay que traer a Dameros —propuso Taika.

—Sí, que venga. Esto no es bueno.

Dameros recogió una de las puntas muertas y la sostuvo entre las palmas con los ojos cerrados. Luego la giró contra la luz y raspó el metal desnudo con la uña.

—El metal no es el mismo —concluyó al fin, y dejó la punta sobre la mesa despacio—. Este viene contaminado. El poder dorado solo se fija sobre metal limpio de la veta. No es culpa de la forja ni de las gotas de poder dorado. Es el mineral, no todo el filón sirve.

—¿Qué hacemos entonces?

—Hay que obtener mineral dorado de mejor calidad.

Dafne soltó el aire despacio. Cada vez que conseguían un pequeño avance, aparecía un problema. La rabia le subió por la garganta y tuvo que esforzarse para aplacarla.

—¿Taika? ¿Cómo lo logramos?

El Felidae miró el montón de mineral, luego la fragua, y se tomó su tiempo. Los herreros habían parado y observaban.

—Que los mineros piquen solo el mineral bueno. Hay que poner un encargado de calidad en cada turno para que aparte el contaminado antes de que llegue a la fragua.

—Que así se haga —ordenó Dafne.

Cuando salieron de la fragua, Dafne iba ya pensando en la siguiente dificultad que tendrían que afrontar y que aparecería en cualquier momento.