Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Dos herreros se pusieron a la tarea con cinceles en cuanto la costra se enfrió lo justo para acercarse a ella.

Golpearon el borde una y otra vez, buscaron una grieta por la que levantarla y probaron a meter el filo del cincel entre el metal y la roca.

No lograron ni desconcharla. El metal no descansaba sobre la piedra, sino que se había hecho uno con ella y la costra y la roca formaban ya una sola pieza que ningún filo conseguía separar.

Uno de los herreros tomó incluso una de las cinco puntas doradas y trató de rayar el bulto con ella, porque solo el metal marcaba al metal, pero el filo resbaló por encima sin dejar la menor marca.

Dameros se agachó a estudiarla. Palpó el borde con los dedos y puso sus manos sobre ella.

—Muy interesante, y aclarador. El metal dorado en cuanto adquiere poder se agarra a lo que tiene debajo mientras se enfría, y después ya no hay forma de soltarlo. Eso mismo es lo que hace que la magia perdure en las puntas. Es una cualidad de este metal tan especial.

Dafne miró la costra dorada en el suelo y no vio en ella nada más que lo que era en ese momento, un pedazo de metal perdido y un bulto que no podrían arrancar por mucho que se empeñaran.

—Pues que sirva de lección —repuso al incorporarse—. A partir de ahora se vacía el crisol con el molde debajo y nadie se cruza por medio mientras el metal esté al rojo. No podemos permitirnos otro desperdicio. Es demasiado precioso.

Los maestros herreros asintieron. Los Aljisaw, que no perdían detalle, entendieron lo que había sucedido y se retiraron hablando entre ellos en su lengua.

Para cuando Dafne salió y el aire frío se llevó el calor de la fragua de su cara, ya había tomado una decisión, aunque todavía no se la hubiera dicho a nadie. Iba a conseguir más metal, mucho más, costara lo que costase.

Fue con Aibin a buscar a Abdu Baba a la sección de los noceanos en las cavernas, porque antes de quebrantar el trato con los Aljisaw quería tener bien presente cada palabra de lo que había aceptado.

El general noceano se lo recordó sin adornos.

Al conceder la veta, Jalsawi había puesto una sola condición y Dafne había dado su palabra.

Primero se armaría a su pueblo y luego al resto.

El interior de la montaña, además, era tierra de los suyos y de nadie más, eso ya lo había establecido con anterioridad.

—Y de picar de noche, ni hablar —añadió Abdu Baba, con voz baja—. La roca de noche es lugar para sus muertos. No dejan que los picos molesten su descanso.

—Eso es nuevo —se quejó Dafne.

El general se encogió de hombros.

—No has aceptado esa condición, pero ellos la dan por buena.

Dafne lo pensó y supo que iba a romper todas aquellas promesas.

Reunió a Taika y a Aiden en la boca de la veta de noche, con las antorchas ya prendidas y mineros de Kraido que había encontrado entre los rebeldes.

Para su sorpresa, había muchos que antes de ser enviados a servir como soldados habían trabajado en las minas de Kraido.

Cuando la guerra se había puesto difícil en Tremia, los habían reclutado para la lucha.

—Vamos a doblar los turnos —resolvió—. Picaremos nosotros de noche y que se siga la veta hacia dentro, hasta donde haga falta.

Aiden hizo un gesto de no estar de acuerdo.

—Ese metal no es nuestro, Dafne. Es suyo y se lo estamos arrancando, faltando a lo que juraste. Si Jalsawi lo descubre, y lo va a descubrir, corremos el riesgo de perder a los Aljisaw al completo y con ellos la veta y el único techo que nos protege.

—Lo sé —repuso Dafne y le sostuvo la mirada—.

Sé de sobra lo que arriesgo, pero si me quedo esperando su permiso para cada palmo de roca, el hambre nos habrá matado a todos mucho antes de que llegue a armar a nuestros rebeldes.

No pienso perder a más de los míos por no herir el orgullo de un hombre con extrañas creencias.

Taika no se opuso. Agarró un pico, repartió a los mineros rebeldes por la veta y los puso a trabajar. Esa fue toda su respuesta.

Dafne suspiró e hizo llamar a herreros de reemplazo. Iba a organizar aquello y sacar cuanto pudieran de allí.

El disgusto de los Aljisaw tardó poco en producirse. Cuando los guerreros regresaron a montar guardia antes del amanecer y los vieron trabajando pusieron el grito en el cielo y golpearon el suelo con sus lanzas dando gritos.

Abdu Baba y Aibin tradujeron sus gritos.

—De noche no se trabaja. Es tiempo para los muertos y no se profana su descanso.

Dafne suspiró profundamente.

—Diles que respeto a sus muertos, pero que respeto más a mis vivos. Que dejen trabajar a los míos si ellos no quieren hacerlo de noche.

Escucharon y uno de ellos se marchó túnel arriba sin añadir nada más. Dafne lo vio alejarse y comprendió que iba a contar lo que pasaba. Aguardó a que Jalsawi apareciera.

No tardó mucho. Bajó corriendo a la veta acompañado de una veintena de sus guerreros.

—¿Qué se supone que es esto? —demandó gritando a Dafne a la cara como un perro rabioso.

—Esto es lo que acordamos. Picamos mineral y lo forjamos en puntas de flecha y lanzas para combatir a los dragones.

—¡De día, solo de día!

—Yo no recuerdo que acordáramos eso. ¿Vosotros? —miró a sus acompañantes.

—No se acordó eso —apoyó Taika cruzando los brazos sobre el torso.

—¡Es la ley de la roca! ¡No se molesta a los espíritus en su descanso!

—Será ley vuestra, pero no nuestra. Y si quieres que arme a los tuyos tendrás que modificar esa ley porque sale muy poco y muy lento —Dafne le mostró las puntas.

Al verlas brillar en dorado a la luz de las antorchas la expresión de Jalsawi cambió y se tranquilizó.

Cogió varias en su mano y las estudió.

—¿Estas puntas atraviesan las escamas de los dragones?

—Lo hacen —aseguró Dafne con tono serio.

—Entonces con ellas mataremos a los dragones.

—Necesitarás muchas.

Jalsawi cambió de expresión de nuevo. Dafne podía leer en su rostro cómo se debatía entre seguir las tradiciones y sobrevivir. Más que eso, en el brillo de sus ojos podía ver su deseo de gloria, de vencedor. Quería echar a los dragones de allí.

—Podéis picar de noche, pero lo haréis vosotros. Los míos no molestarán a los espíritus de nuestros antepasados. Las maldiciones que estos os impongan serán vuestras para sufrir.

Dafne asintió aceptándolo.

Jalsawi se dio la vuelta con un gesto brusco y marchó con sus guerreros.

—Una victoria arriesgada —dijo Taika.

—Ya pocas conseguiremos que no lo sean.