Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 29
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Capítulo 29

Dafne descendió por la galería más profunda de las Montañas Negras con una antorcha en la mano y Dameros a su espalda.

El camino bajaba en una pendiente larga y estrecha, con la roca negra tan cerca de los hombros que, a trechos, tenían que avanzar de costado.

El aire se volvía más frío a cada paso y un rumor sordo de golpes subía desde el fondo, cada vez más nítido cuanto más bajaban.

Era el sonido de los picos contra la piedra.

Detrás de Dameros iba Celopus, el intérprete de York, que ponía cada pie con el cuidado de sus muchos años y se apoyaba en la pared de tanto en tanto.

Taika caminaba junto a Dafne con su andar felino, como acostumbraba, negándose a apartarse de su lado y siempre dispuesto a ayudarla.

Aibin esperaba más abajo, junto a la boca de la caverna de la veta, con un candil.

—Dile que hemos llegado —pidió Dafne a Celopus mirando hacia el mago dorado—. Esto es lo que quería que viera.

Dameros respondió con un gesto de la cabeza y una frase breve.

—Observo y aprendo.

La caverna se abría al fondo de la galería, ancha y baja, iluminada por antorchas colocadas en la roca.

En una de las paredes una veta de un color distinto al de la piedra corría en diagonal, delgada y quebrada, del suelo al techo.

Una docena de Aljisaw la trabajaban con picos y cinceles, arrancando el mineral a golpes cortos y precisos.

Dos capataces Aljisaw se movían entre ellos y señalaban dónde debían picar y dónde no, porque conocían la roca mejor que nadie y sabían leer por dónde seguía la veta y por dónde debían obtenerla.

Uno de ellos señaló hacia el techo, donde una grieta ancha cruzaba la roca negra.

Arriba corría una galería vieja con buena veta, pero la habían abandonado porque la roca quería caer.

Dafne se acercó a una cesta que descansaba junto a los mineros. En el fondo se juntaba lo sacado en toda la mañana, que era bien poco, apenas unos cuantos fragmentos de metal apagado del tamaño de un puño los mayores. Los levantó y se los mostró a Dameros.

—Esto es todo lo que da la veta en una jornada entera de trabajo. Es fina y se corta a cada palmo. No produce mucho.

Dameros tomó uno de los fragmentos y lo hizo girar entre los dedos, atento a su peso y a su brillo bajo la luz de las antorchas.

—El metal es el mismo de las cimitarras y de la espada noceana, sin ninguna duda. Entiendo ahora por qué guardan esta caverna con tanto celo. Es un mineral muy valioso y escaso. Por desgracia, me temo que lo que aquí se saca en un día no alcanzará para armar ni a un puñado de hombres.

—Por eso quería que lo vieras —repuso Dafne—. Para que sepas con qué contamos de verdad.

—Te lo agradezco —Dameros bajó la cabeza en muestra de respeto.

—Ven, acompáñame, hay más que quiero enseñarte.

Dafne los condujo a una segunda caverna, más pequeña, donde varios herreros de Kraido habían levantado una fragua adicional contra la pared, más moderna que la primitiva que tenían allí los Aljisaw.

El calor golpeaba desde la boca y el resplandor rojo del carbón teñía la roca y los rostros.

Dos herreros trabajaban el fuelle por turnos mientras un tercero, el maestro de la fragua, vigilaba un crisol asentado entre las brasas.

Dentro, el metal fundido despedía un fulgor pálido, distinto al del hierro al rojo, más claro y quieto.

En la fragua de los nativos de la roca negra el proceso era parecido, pero más lento.

Cuatro herreros Aljisaw trabajaban en ella con esmero.

Guerreros Aljisaw montaban guardia junto a la boca de la fragua y lo miraban todo.

—El metal primero hay que fundirlo. Se lleva al crisol, se vierte en el molde y solo entonces, cuando la pieza ya tiene forma, se forja al rojo para afinarla —explicó Dafne.

Con las manos protegidas por gruesos guantes de cuero, el maestro herrero retiró el crisol de las brasas con unas tenazas largas y vertió el metal fundido en un molde de arcilla horadado con varias formas alargadas.

El líquido pálido corrió por los canales y llenó cada hueco.

El mago observaba cada paso en silencio, inclinado sobre el trabajo sin perder detalle.

Cuando la arcilla se enfrió lo suficiente, el herrero la partió y sacó las piezas todavía calientes: cinco puntas alargadas, tres de lanza y dos de saeta, de un color dorado apagado.

Las llevó al yunque una a una y las forjó al rojo con golpes secos, enderezando el filo y afinando la punta, hasta dejarlas alineadas sobre un paño oscuro extendido en la mesa de piedra.

Dameros se acercó a mirarlas de cerca. Pasó un dedo por uno de los filos cuando ya no quemaba.

—Las puntas están bien hechas, pero aún no sirven. Son metal y nada más. Un dragón no las temería más que a las de hierro.

—Ese es el último paso y solo tú puedes darlo.

De entre sus ropas, Dameros sacó una esfera de cristal del tamaño de una manzana. Dentro se apreciaba la sustancia dorada, la magia que él mismo destilaba, líquida, viscosa y luminosa. La sostuvo en alto para que Dafne la viera.

—Hay que hacerlo con mano firme. Lo que se derrame estará perdido —advirtió.

—Ya habéis oído —dijo Dafne, y los herreros se apartaron un paso.

Los Aljisaw, por el contrario, se acercaron a mirar.

Dameros alineó las cinco puntas sobre el paño, muy juntas, con los filos casi tocándose y puso una mano en la primera de ellas.

Con la otra mano inclinó la esfera sobre la punta y dejó que asomara una sola gota de sustancia dorada.

Con mucho cuidado dejó que se hiciera lo más grande que pudo antes de que cayera.

La gota dio sobre el metal de la primera punta.

En cuanto tocó el filo, el metal absorbió su poder y un brillo dorado recorrió la pieza entera y se quedó en ella, prendido, sin apagarse.

Dameros ladeó con mucha rapidez la punta y la gota, todavía viva, resbaló de aquel filo al de la punta contigua, que la bebió igual y se encendió a su vez.

Sin perder un instante repitió la operación.

Así fue pasando de una pieza a la siguiente, de filo en filo, guiada por la mano del mago hasta recorrer las cinco.

Cuando la última quedó activada ya no quedaba rastro de la gota. El metal se lo había quedado todo.

—Cinco —murmuró Dafne, contándolas con la mirada—. Una gota para cinco puntas.

Dameros asintió con gesto grave.

—No es mucho, pero es lo que da. Y el manantial no corre más rápido porque se lo pidamos. Por desgracia, yo tampoco puedo llenar muchas esferas con mi poder destilado. Somos limitados.

Taika se había acercado a la mesa.

—¿Retienen el poder? —preguntó a Dameros.

El mago extendió una mano sobre las puntas activadas, cerró los ojos un momento y volvió a abrirlos.

—Sí, lo retienen. Están cargadas —afirmó en voz baja—. Antes no había nada en ellas, ahora percibo la magia dorada.

Dafne tomó una de las puntas de lanza y la sostuvo a la luz de la fragua.

Pesaba menos de lo que aparentaba y el brillo dorado seguía allí, quieto, fijado en el metal para siempre.

Tenía en la mano la primera arma que su gente había forjado para matar dragones y estaba convencida de que funcionaría.

Debía sentirse victoriosa, pero los números no eran buenos.

Cada gota daba para unas cinco puntas, cada esfera para unas cuantas gotas, y tenían muy pocas esferas.

A ese paso, armar a un solo pueblo llevaría lo que no tenían: tiempo.

Y ahí fuera, la hueste seguía surcando el cielo.

Pensó en los cuatro pueblos hambrientos y en que no podría armarlos a tiempo.

Los herreros no apagaron la fragua cuando Dameros guardó la esfera, el mago quería activar también las puntas de la siguiente tanda en cuanto salieran del molde.

Quedaba carbón encendido y buena brasa, y el maestro herrero no era hombre de desperdiciar un fuego que tanto costaba alimentar, de modo que ordenó fundir una segunda carga con lo poco que la veta había rendido por la mañana.

Dafne quería saber cuántas puntas más saldrían, por si había más suerte.

El maestro echó el mineral en el crisol y lo devolvió a las brasas.

Sus dos ayudantes se turnaron en el fuelle hasta que el metal volvió a correr líquido y claro dentro del recipiente.

Cuando estuvo listo, lo sujetó para llevarlo al molde, tal y como lo había hecho con la primera carga. Fue entonces cuando algo salió mal.

Uno de los ayudantes se adelantó para retirar de en medio el molde ya usado, pero se le enredó el pie con una cuerda en el suelo, tropezó y golpeó al maestro con su hombro.

Este no pudo evitar que el golpe le venciera la muñeca.

Un reguero de metal fundido se derramó por el borde y cayó al suelo de roca desnuda, a un paso de donde Dameros se había agachado y esperaba con la esfera preparada dispuesto a activar la nueva tanda.

El sobresalto le hizo sacudir la mano, y de la boca del cristal se desprendió una sola gota de oro que fue a dar sobre el metal derramado en el suelo.

Metal y sustancia se juntaron en un pequeño charco humeante.

Dafne retrocedió un paso. El charco se apagó y se endureció en un instante, mucho antes de lo que tardaba en enfriarse el hierro. Cuando el humo se disipó, en el suelo había quedado una costra dorada aplastada e irregular pegada a la piedra.

El maestro herrero soltó una maldición y se hincó de rodillas junto al derrame. Acababan de perder mineral y sustancia en un descuido y no estaban en condiciones de malgastar ni una brizna de ninguno de los dos.

—¡Recuperad todo lo que se pueda raspar! —ordenó Dafne—. Ese metal es demasiado caro para dejarlo pegado al suelo.