Capítulo 28 #3
—Estas cimitarras están forjadas del mismo metal que el arma noceana. Y, como ella, son capaces de retener mi magia dorada. De hecho, todavía conservan algo.
—¿Cómo es posible que tengan magia dorada? ¿Son entonces armas de los Ilenios?
—No. No es un arma dorada de los Ilenios, como tampoco lo es la espada noceana.
—Pero si tiene magia dorada, ha de ser un arma dorada, ¿no? —Dafne no lo entendía.
Dameros le sonrió.
—Ahí está la gran cuestión.
—Mis cimitarras no tienen magia de ningún tipo. Son sagradas, eso es todo.
—¿Por qué las consideras sagradas? —preguntó Dafne.
—Porque atraviesan el metal común. Porque están hechas de un metal sagrado nuestro, de estas montañas.
Dafne miró a Dameros.
—¿Es el metal o es la magia lo que da a estas cimitarras el poder de atravesar el acero?
—Son las dos cosas —respondió el mago—. La una sin la otra no las volvería sagradas.
—Es decir, se ha imbuido magia en ese metal dorado.
—Así es. Y no solo eso, el metal retiene la magia y la hace perdurar. Ya lo comprobé en la espada noceana y por eso vine a investigar. Ahora lo confirmo en estas cimitarras, les he imbuido un poco de la mía y la han aceptado.
—Ahora entiendo los ataques y los bloqueos. Comprobabas si las armas mantenían tu magia dorada.
—Así es. Nada más eficaz que una comprobación inmediata y empírica —Dameros sonrió—.
Tras el experimento, puedo atestiguar que no han perdido un ápice de la que les imbuí, pese a todos los golpes.
Con mi sustancia dorada sobre un arma corriente, ya lo sabéis, cada uso la gasta hasta disiparla.
Aquí no. Y por eso estoy aquí, porque este metal dorado conserva la magia que se le imbuye, incluso la mía, la más inestable.
Dafne se quedó perpleja. Aquella revelación era de impresionante magnitud. Hasta entonces la magia dorada de Dameros escaseaba y se perdía al usarla. Aquel metal lo cambiaba todo. Tendrían armas doradas.
Antes de exponer su razonamiento, miró a sus amigos y vio en sus rostros que ya habían llegado a la misma conclusión.
—Necesitamos el metal dorado con el que están hechas estas armas —declaró Dameros con la mirada fija en Jalsawi.
—El metal de estas armas es sagrado y no está a la venta. Pertenece a mi pueblo.
Antes de que Dameros insistiera, Dafne intentó razonar con él.
—Ese metal sagrado vuestro es muy importante.
Necesitamos forjar armas con él, porque puede imbuirse de magia dorada y nos permitirá luchar contra los dragones.
Nos permitirá hacer armas doradas que los maten —Dafne leyó en los ojos de Jalsawi no ya incomprensión, sino una negativa de raíz a entregar el metal, así que sacó su esfera dorada y se la mostró—. ¿Sabes qué es esto? Ya os lo enseñamos.
—El líquido mágico que mata dragones.
—Exacto. Cada gota puesta en un arma de acero se pierde en cuanto se usa contra un dragón o con el paso de poco tiempo. En cambio, si ponemos una gota en tus cimitarras, no la perderán. Podrás usarlas siempre para combatir a los dragones.
—¿Quieres decir que mis cimitarras de oro pueden matar dragones?
—Ahora pueden. El mago ha puesto magia dorada en ellas y la retendrán —Dafne buscó los ojos del mago, que asintió.
Jalsawi contempló sus dos cimitarras, luego las alzó al aire y gritó a sus guerreros.
—¡Puedo matar dragones!
Sus guerreros estallaron en gritos de alabanza.
—No solo tú. Todos tus guerreros podrán si empuñan un arma de vuestro metal —señaló Dafne.
El jefe abrió mucho los ojos y se volvió hacia sus hombres. Por fin lo comprendía.
—Todos ellos podrán matar dragones —proclamó, señalando con las cimitarras el círculo entero de guerreros que los rodeaba.
—Todos, si empuñan armas forjadas con este metal imbuidas de sustancia dorada —Dafne se volvió hacia Dameros para que lo confirmara y el mago asintió dos veces.
A medida que lo decía, la propia Dafne calibró la magnitud del hallazgo. A Jalsawi le sucedió lo mismo.
—Nuestro pueblo matará dragones. Los matará siempre… Seremos los vengadores del desierto, los que acabaron con los monstruos alados, los que los expulsaron de las Montañas Negras y de los desiertos.
Los guerreros rugieron con júbilo y levantaron las armas.
—¿Nos concederás acceso a este metal? —preguntó Dafne.
Jalsawi meditó un largo momento, entre los vítores de sus guerreros.
—El metal está en lo más profundo de las Montañas Negras, en nuestro lado. Llegar hasta él no es sencillo. La veta dorada se halla en una caverna de difícil acceso.
—Tenemos que llegar a esa veta, extraer el metal y forjarlo en armas —insistió Dafne.
Volvió a quedarse pensativo, con la vista en sus guerreros, rebosantes de júbilo.
—Está bien. Concedo el permiso para ir hasta la veta, extraer el mineral sagrado y crear armas. Pero con una condición: primero se armará a mi pueblo y luego al resto.
Dafne miró a sus compañeros y vio que Taika asentía. Ella lo pensó, podía usar la fuerza, pero no era buena idea. Mejor acceder, al menos por el momento.
—De acuerdo. Tienes un trato: primero tu pueblo, luego los demás.
Y con aquel acuerdo surgía una nueva esperanza nacida del oro más profundo de los desiertos, para todos los pueblos de Tremia.