Capítulo 28 #2
—Es muy peligroso. No lo hagas —intervino Aiden—. En sus ojos oscuros veo maldad, quiere humillarte.
—Eso no lo dudo. Las dos cosas.
—Cuando quieras —Jalsawi desenvainó las dos cimitarras, que brillaron al captar la luz de las antorchas.
Dafne suspiró.
—Me toca liderar y hoy será con las armas. Haré que Nahia esté orgullosa de mí —desenvainó la daga y la espada que llevaba al cinto y avanzó hacia el jefe.
De varios túneles empezaron a salir guerreros Aljisaw que venían a contemplar la victoria de su líder. Se fueron colocando alrededor hasta formar un gran círculo que los envolvía a todos.
Dafne los ignoró y se centró en lo que tenía delante. Debía vencer a Jalsawi con las armas. Adoptó una postura defensiva, no iba a lanzarse al ataque a ciegas. Entrecerró los ojos y miró al jefe. Todo en él era oscuro, los ojos, la barba, el atuendo, la piel… todo menos las cimitarras de oro.
Jalsawi gritó y atacó con un brinco, golpeando con ambas cimitarras a la vez para partirla en dos.
Lo idóneo hubiera sido cruzar las armas y bloquear, pero con la fuerza que había empleado en el golpe el acero se le rompería.
Dafne saltó hacia atrás y las dos puntas le pasaron rozando la nariz.
Una Fatum era ágil y liviana, y esa esquiva se le daba bien.
El jefe atacó de nuevo soltando tremendos golpes a izquierda y derecha.
Los compañeros de Dafne contenían la respiración.
Buscaba destrozar sus armas y llegar a ella.
Dafne se desplazó a un lado y siguió girando alrededor del jefe, siempre fuera del alcance de las dos hojas.
Los destellos dorados le recordaban que no debía bloquear.
De pronto, Jalsawi se detuvo.
—¡Lucha! ¡Demuestra que eres una líder! —gritó con los ojos llenos de ira.
Dafne aprovechó el momento y lanzó una estocada directa al estómago. Sorprendido, Jalsawi solo alcanzó a desviarla sin apenas fuerza. La espada de acero se cruzó con la cimitarra de oro y sonó extraño. Dafne retrocedió y miró de reojo su filo. No había sufrido daño.
Jalsawi, enfurecido por el golpe, soltó potentes tajos cruzados a la altura del torso.
Esta vez Dafne tuvo que retroceder hasta el círculo de guerreros que observaban, obligada por el ímpetu de los ataques.
No perdió la calma y se apartó a un lado casi corriendo.
El jefe la persiguió dando cada golpe más fuerte que el anterior, desesperado por alcanzarla.
Ella siempre se mantenía dos dedos por delante de las cimitarras, y todos los tajos se perdían en el movimiento.
El duelo siguió hasta que el jefe se quedó sin aire, cansado de golpear el vacío, y se detuvo a recobrar el resuello.
Dafne aprovechó el momento. Saltó hacia delante y lanzó otra estocada a la altura de la cara.
Jalsawi, al ver la punta ir directa a su rostro, bloqueó cruzando las cimitarras, más por técnica que por fuerza.
Entonces Dafne soltó la espada y, ante el asombro del jefe, le asestó una patada tremenda al pie de apoyo.
Se quedó con la espada de ella suspendida entre sus hojas y sin punto de sostén y se desequilibró.
Dafne remató con otra patada frontal y Jalsawi cayó de espaldas.
Se golpeó contra el suelo y quedó tendido boca arriba.
Dafne avanzó sin recoger su espada del suelo y, antes de que se recuperara, se agachó a su lado y le apoyó la punta de la daga en el cuello.
—No gana el más fuerte, sino el más hábil.
—No has luchado… —empezó a protestar Jalsawi, pero Dafne le hizo un pequeño corte en el cuello y la sangre empezó a brotar.
—Primera sangre. He vencido.
—Reconozco mi derrota —concedió el jefe entre maldiciones.
Dafne recogió su espada del suelo, se apartó y señaló con ella a todos los guerreros que observaban.
—Reclamo lo que se me prometió.
—Podéis examinarlas —accedió al fin Jalsawi, a regañadientes—. Vuestro mago las estudiará aquí, ante mis ojos, y no saldrán de esta explanada. No pienso dejar que os llevéis lo que es nuestro.
—Así se hará.
Dafne envainó y se acercó a sus compañeros de escuadra.
—Ha estado muy cerca —reprochó Taika en tono casi paternal.
—Le has dado una buena lección que no olvidará pronto. Le ha dolido en lo más hondo —añadió Lily, que observaba a Jalsawi soltar improperios.
—Solo he hecho lo que había que hacer.
—Y lo has hecho muy bien. Aunque estoy con Taika, el peligro que has corrido ha sido excesivo —se unió Aiden.
—Tendrías que haberme permitido luchar a mí —protestó Ivo.
—No lo iba a aceptar, ya lo has visto. Tenía que ser yo y tenía que vencerle. Además, ya está hecho. Ahora centrémonos en que Dameros haga su trabajo.
Dafne fue hasta el mago y le pidió que la acompañara. Dameros asintió y ambos se dirigieron hacia el jefe. Abdu Baba, Aibin y Celopus los siguieron y se quedaron a su espalda.
—Permite al mago dorado examinar tus cimitarras —pidió Dafne a Jalsawi con un tono firme que exigía más que rogaba.
Jalsawi clavó en Dafne unos ojos que brillaban de rabia y luego observó al mago de York. A regañadientes, le cedió las espadas.
Todos los guerreros seguían el intercambio, muy atentos. Dafne miró de reojo a los suyos. Los cuatro vigilaban cada movimiento, listos para actuar si algo salía mal. Esperaba que no ocurriera, pero no confiaba en salir de allí de una pieza pese a haber vencido a Jalsawi, o justo por haberlo hecho.
Dameros sostuvo las cimitarras de oro entre las palmas de las manos y cerró los ojos. Las mantuvo así un buen rato. A Dafne le dio la impresión de que las sentía más que las analizaba. Un destello dorado recorrió ambas armas desde la punta hasta la empuñadura.
—¿Qué ocurre? ¿Qué les hace ese hombre de magia a mis armas?
—Tranquilo, solo las analiza con su magia. No sucede nada.
—Si no sucede nada, ¿por qué brillan? —preguntó Jalsawi con desagrado.
Un nuevo destello brotó y esta vez pasó de las manos de Dameros a las armas, que reaccionaron devolviendo el fulgor.
—¡Que se detenga! ¡Que pare lo que está haciendo! —exigió el jefe a gritos.
—Tenemos un trato. Te he vencido y aceptaste que el mago analizara tus cimitarras. Debes cumplirlo. Diste tu palabra al igual que yo te di la mía, y la he cumplido.
Jalsawi maldijo entre dientes y calló.
Dameros abrió los ojos de golpe y se giró hacia Dafne.
—Saca tu espada. Voy a golpear con estas cimitarras, tú bloquea con tu arma.
A Dafne aquel experimento la sorprendió, pero hizo lo que el mago indicaba.
Dameros descargó un golpe con ambas cimitarras, ni muy fuerte ni muy rápido, aunque suficiente para que, al bloquearlo, las dos hojas soltaran aquel sonido extraño del metal.
Y ocurrió algo más, destellaron en dorado.
El mago repitió el golpe varias veces aumentando la intensidad y el sonido creció con cada impacto.
Dafne no sabía qué pretendía, pero le siguió el juego.
Lo que sí veía era el descontento de Jalsawi, más hondo a cada golpe.
En el último, las cimitarras atravesaron el acero de la espada y la rompieron.
—Ahora tu daga —pidió Dameros.
Dafne arrojó al suelo su espada rota y desenvainó la daga. Dameros repitió el ejercicio, golpeando con una cimitarra y luego con la otra, hasta quebrar también la daga.
El mago tomó de nuevo las dos hojas, las apoyó sobre las palmas y, cerrando los ojos, se quedó sondeándolas otra vez.
—¡Está deshonrando el metal! ¡Mi metal, el de nuestras montañas! ¡Es un sacrilegio! —exclamó Jalsawi.
Todos los guerreros prorrumpieron en palabras que a Dafne le sonaron a ultraje. Miró al general Abdu Baba, y el noceano se lo confirmó con un gesto.
La situación se enconaba. Había que terminar cuanto antes.
—Dameros, ¿has acabado el análisis? —preguntó con la esperanza de que así fuera. No sabía si el mago la escuchaba siquiera.
Dameros alzó la vista y volvió la cabeza hacia ella.
—Sí, he terminado. Me gustaría seguir, porque este metal es de veras fascinante, pero veo que quizá no sea el momento.
Dafne agradeció que el mago no solo fuera poderoso, sino también inteligente y advirtiera lo delicado de la situación.
—Devuélveme mis armas. ¡Ya! —exigió el jefe, que alzó el brazo mientras sus guerreros gritaban lo que sonaba a insultos.
Dafne cogió las cimitarras de manos de Dameros y se las entregó a Jalsawi sin demora. En cuanto las recuperó, bajó el brazo, y los guerreros dejaron de vociferar su disgusto.
—¿Qué has descubierto, Dameros? —preguntó Dafne.