Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 28
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Capítulo 28

Habían pasado varias semanas desde que Aiden y Lily habían partido con la espada cuando los centinelas dieron el aviso poco antes del alba.

Dafne bajó a la boca central con Taika a su lado e Ivo se quedó dos pasos detrás, con el candil que iluminaba la entrada de la cueva. La fila subió por la ladera.

Lily cruzó la primera, traía la cara gris de polvo y los labios resecos.

—Nos ha hecho venir deprisa —se apoyó en la roca.

—¿Quién? —preguntó Dafne extrañada.

—Ahora lo verás.

Aiden entró tras ella y le puso el arma noceana en las manos. La espada seguía envuelta en el mismo trapo con el que se la habían llevado.

—No hemos tenido encontronazos con dragones, por fortuna —no añadió nada más.

El siguiente en cruzar la fisura era de los suyos. Pasó por delante de Dafne sin detenerse y el resto de los rebeldes lo siguió.

Tras ellos entró una escolta de soldados de York, dos docenas de tiradores con los arcos al hombro y el polvo del desierto sobre los uniformes.

En el centro de la escolta, cuatro tiradores cargaban un arcón pesado envuelto en lonas.

Dafne supo lo que era sin necesidad de preguntar.

Era el Condensador de Almas, del que el mago dorado no se separaba nunca.

Y el siguiente en entrar no fue otro que Dameros. Saludó a Dafne con la cabeza y dijo algo a modo de saludo.

—Traedme a Celopus, lo necesitamos —solicitó Dafne.

Celopus llegó tan rápido como pudo.

—Por fin estamos aquí. El viaje ha sido largo. Quiero ver las cimitarras del jefe de los Aljisaw —dijo Dameros.

Dafne se quedó con la boca abierta y sacudió la cabeza.

—Dameros, te mandé una espada. No mandé a por ti.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué haces aquí?

Dameros extendió la mano y Dafne le pasó la espada. La desenvolvió y dejó la hoja al aire, a la luz del candil de Ivo.

—No es un arma dorada.

Ivo dejó ir el aire despacio.

—Hubiera sido demasiado fácil, y la madre naturaleza siempre nos pone pruebas que superar —se lamentó.

—¿Y has cruzado el desierto para decirme eso? —Dafne no comprendía que el mago hubiera hecho todo aquel camino por un arma sin valor.

—He cruzado el desierto porque la he sostenido.

Dafne ladeó la cabeza, intrigada.

—Ese metal no la porta, pero es afín a ella. Lo he sentido en la mano, en mí.

—¿Sentido? ¿En ti?

Celopus dudó. Miró al mago y Dameros lo repitió.

—La magia de mi sangre viene de los Áureos y es pura, sin mezcla. Por eso puedo crear la sustancia dorada. Y por eso cuando toco este metal siento su afinidad con mi magia. Es como si me la pidiera, como si quisiera que la imbuyese en él. Me la pide, por extraño que suene.

—Eso es muy interesante —Taika empezaba a comprender por qué el mago había cruzado el desierto por un arma que no era una de las doradas.

—Esto se pone más interesante todavía —adelantó Lily.

Ivo bajó el candil y acercó la cara a la hoja.

—Llevo media vida poniendo mi magia en armas ajenas y se disipa, siempre —explicó Dameros lleno de energía—. Esta no, la retiene.

Dafne apoyó la mano en la hoja. Estaba fría.

—Sigo sin entender…

—Tú no lo notas, pero esta espada entiende mi magia y la retiene. Puede usarse contra un dragón. Cualquiera puede empuñarla.

—¿Cualquiera?

—Todos, con o sin magia dorada —aclaró Aiden—. Es como si hubiéramos usado unas gotas de la esfera dorada en el arma.

—Eso es muy bueno —Ivo alzó la vista de la hoja.

—Ya lo creo. La convierte en casi un arma dorada —añadió Lily.

—Menos poderosa al no sumarle nuestra magia, pero suficiente para matar a un dragón —matizó Aiden.

—Tus compañeros de escuadra lo han explicado mejor de lo que yo podría —Dameros sonrió.

—Entiendo. Es una gran noticia, tenemos un arma más contra los dragones —Dafne frunció el ceño—. Pero ¿por qué quieres las cimitarras de Jalsawi? Supongo que serán como esta espada y no necesitabas venir para comprobarlo.

—Una espada sola no significa demasiado —Dameros negó despacio con la cabeza y quedó pensativo—. La encontrasteis en una ciudad muerta, entre vigas quemadas. Puede ser un resto, un artefacto ceremonial, una pieza que alguien perdió hace tres mil años. Una simple reliquia.

—¿Y dos? —Taika ya intuía hacia dónde iba el mago.

—Dos podrían representar una veta.

Ivo levantó el candil.

—¿Una veta? ¿Te refieres al metal del que están hechas?

—Eso es. Y si ambas armas son de este mismo metal único, hay una veta en alguna parte —explicó Dameros—. Esta arma está hecha de forma tradicional, con metal y forja. El metal es muy especial y de algún lugar habrá salido…

—Una veta podría cambiar la guerra —Taika enarcó ambas cejas.

Dafne miró la hoja del arma y comprendió lo que el mago perseguía.

—Quieres que vaya y le pida al jefe las cimitarras de oro para confirmar tu teoría. Ya te adelanto que no me las va a dar. Es un hombre difícil y, además, estoy en deuda con él. Y no puedo obligarle sin que se derrame sangre.

—No le pidas sus armas, pídele que me deje estudiarlas. No es lo mismo.

—Para ti no, para él seguro que sí.

—Debemos intentarlo. Si tengo razón, esto lo cambia todo —insistió Dameros—. Por eso he venido. Por eso he dejado de producir sustancia dorada unos días.

—Entiendo la importancia. Puedo llevarte hasta él, pero no puedo obligarle.

—Vayamos. Le convenceremos —Dameros estaba casi eufórico.

Dafne cruzó con paso firme al lado este de las montañas, al territorio de los Aljisaw.

Los guardias la dejaron pasar. La galería desembocaba en una explanada tallada en la roca negra donde aguardaban los guerreros de la tribu vestidos de negro, con el pañuelo enrollado en la cabeza y el arco a la espalda.

En el centro esperaba Jalsawi con los brazos cruzados sobre el pecho.

La acompañaban sus compañeros de escuadra y Dameros. Con ellos iban Abdu Baba, Aibin y Celopus para traducir lo que fuera necesario.

Dafne empezó por donde debía, con respeto.

—Jalsawi, te agradezco que nos recibas.

El jefe la escuchó sin moverse y respondió con unas frases secas.

—Espero que sea importante. Mis deberes me reclaman.

Dafne asintió y señaló a Dameros.

—Este hombre es un gran mago. Ha venido desde las Montañas del Amanecer por un motivo que puede ser crucial para todos. Ha estudiado una espada que trajimos de Kabiramadina, sospechamos que su metal es el mismo que el de tus cimitarras. Solo te pido que le dejes examinarlas.

La respuesta tardó en llegar y, cuando lo hizo, trajo todo lo que Dafne había temido. Jalsawi dio un paso adelante y alzó la voz para que lo oyeran bien los suyos.

—Mirarlas hoy, tomarlas mañana. Sabía que acabaríais viniendo a por la montaña. Todos llegáis con buenas palabras, todos sonreís y todos termináis señalando lo que es nuestro. Dijisteis que buscabais refugio y ahora resulta que buscabais nuestro metal.

Dafne le aguantó la mirada. Había dicho «metal». Aquello era interesante.

—Es solo metal.

—Esta montaña es sagrada y su metal también —siguió el jefe—. No se comparte, no se reparte y no se vende. Ya nos habéis costado vidas, no os daremos nada más.

Aquello era cierto y Dafne no lo negó. La deuda de sangre existía y fingir que no solo empeoraría las cosas.

—No he venido a discutir lo que pasó —respondió con calma—. He venido a proponerte algo que nos conviene a los dos, algo que nos beneficia a todos. Pero te escucho. Dime cómo podemos examinar esas hojas sin ofenderte.

Jalsawi la observó durante un largo instante. Después, bajó la voz.

—Hay algo que me debes. Cuando te presté a mis guías para cruzar el desierto hasta Albahrwalm aceptaste pagarme una concesión de honor el día que la reclamara. No lo he hecho hasta hoy.

Dafne notó que se le tensaba el cuerpo.

—Dime qué quieres —contestó, no había otra salida.

—Un enfrentamiento. Tú contra mí, a primera sangre. Sin magia, que yo no la tengo.

—De eso nada —Lily saltó en defensa de Dafne.

—Déjame hablarlo —Dafne la sujetó del brazo—. ¿Quieres luchar contra mí? —no ocultó su extrañeza.

—Sí, y derrotarte —se volvió hacia los guerreros que lo rodeaban—. Que todos sepan quién es el verdadero líder de las montañas.

—Aunque me venzas, que no lo harás, no te hará líder de toda la montaña.

—Sí a ojos de mi pueblo. Estas son nuestras montañas y sabrán quién debe mandar.

—¿Quieres mandar tú sobre todos?

—Estas son mis montañas, es lo justo. ¿O me tienes miedo?

—No te tengo miedo, pero no puedo entregarte el liderazgo de los míos.

—Me lo debes. Esto es lo que pido.

Dafne lo pensó. Jalsawi le tendía una trampa, lo veía venir.

Negarse lo complicaría todo porque faltaría a su palabra y era una deuda de honor que debía cumplir.

Además, aquel duelo era la única forma de examinar las espadas.

También la más peligrosa, el guerrero era grande, experimentado y sabía manejar las armas.

—No luches con él —susurró Taika—. Es muy bueno con esas cimitarras. Vence a todos sus guerreros y entrena a diario.

—Enfréntate a mí —Ivo flexionó sus enormes brazos ante Jalsawi.

El jefe negó con la cabeza, tajante.

—Ella manda y ella debe enfrentarse a mí. Es una cuestión de honor.

Dafne se decidió. Tampoco tenía muchas opciones.

—Lucharé contigo. Si venzo nos dejarás examinar las cimitarras y nos dirás cuanto queramos saber de ellas.

Jalsawi asintió.

—Y si pierdes, yo lideraré a todos en las Montañas Negras.

—De acuerdo —Dafne inclinó la cabeza.

Jalsawi lo hizo también y aceptó el trato.

Dafne se volvió hacia los suyos mientras Jalsawi se situaba en el centro de la explanada y ordenaba algo a sus guerreros. Varios salieron corriendo.

—Las cimitarras rompen escudos de metal —advirtió Taika.

Dafne miró a Dameros.

—¿Cómo puede ser eso?

—Lo más probable es que guarden una carga de energía dorada aún latente —explicó él—. Será débil, porque no la capto, pero duradera.

—O sea que puede romper mi acero.

—Si golpea muy fuerte, sí —confirmó Taika.

—Estupendo. Será tramposo… —Dafne torció la boca.

—Estás en clara desventaja. Sus espadas tienen magia, lo sepa él o no. No lo hagas —insistió Taika.

—Quiero llegar al fondo de esto y librarme de él. Es la oportunidad perfecta.