Capítulo 27
De regreso en las Montañas Negras, Dafne contaba los sacos apilados contra la pared de la caverna almacén. Llevar la comida de vuelta hasta allí no había sido fácil, pero lo habían logrado y no había muerto nadie más.
La Escuadra Ígnea esperaba a la entrada, bajo una antorcha que alumbraba a los Desher Tumaini de guardia.
—¿Vamos a salir a por más? —Lily apoyó la espalda en la roca.
—No —Dafne lo descartó con un gesto.
—Quedan ciudades al norte.
—Esas son para las Montañas del Amanecer, los refugiados de allí las necesitan.
Aiden se cruzó de brazos.
—Ahora podemos aguantar un tiempo aquí dentro sin arriesgar más encuentros con dragones.
—Podemos aguantar medio año —Ivo tocó uno de sus largos cuernos—. Y luego… ¿qué? Aguantar no es vivir, es tardar más en morir.
Nadie le llevó la contraria. La comida no mataba dragones, solo alargaba la espera hasta el día en que todos murieran.
—Un problema cada vez —pidió Dafne—. Hemos resuelto el hambre de momento.
—Cierto. Las peleas han cesado desde que regresamos con los víveres —Aiden descruzó los brazos.
—Ahora queda el otro problema: la hueste de dragones —Lily sacudió la cabeza.
—Por eso digo que un problema cada vez —Dafne resopló.
—Dameros —propuso Lily—, que nos dé más esferas con su sustancia dorada.
—Dameros da lo que da —Aiden abrió las manos—. Y tiene que repartir con los defensores del refugio de las Montañas del Amanecer. Urrejaun está allí y no le va a hacer gracia que exprimamos a su mago predilecto.
—No digo exprimirlo, solo que trabaje más.
—No es un herrero, es un pequeño manantial de magia que produce una sustancia escasa y muy valiosa. Y los manantiales no fluyen más porque tú así lo desees —corrigió Ivo.
Dafne cerró los ojos un instante. Liderar era una carga pesada a la que no terminaba de acostumbrarse, en momentos como aquel se daba cuenta. Miró a Taika, que no había intervenido.
—¿Qué tienes en mente? —el Felidae tigre observaba el suelo perdido en sus pensamientos.
—Me ha asaltado una duda…
—¿Sobre lo que estamos comentando?
—No, es otra cosa diferente. Me ronda la cabeza… no es importante.
—Bueno, dejemos dilemas para más adelante —dijo Dafne—. Y tú, Taika, aclara lo que sea que te ronda la cabeza. Te necesito centrado.
Taika asintió.
—Lo haré.
Con el amanecer Taika se agazapaba tras un saliente de roca negra y esperaba a que los Aljisaw comenzaran.
Los tenía a cien pasos, en la explanada que las cuevas del este dejaban abierta a los cielos.
Salía el sol y ya calentaba. Los guerreros, vestidos de negro de pies a cabeza, formaban en dos filas y esperaban a su líder en silencio.
Jalsawi salió y se plantó en el centro. Desenvainó las dos cimitarras de oro y las levantó hasta que el sol alcanzó los filos. Los guerreros golpearon el suelo con los pies. Cada mañana realizaban el mismo ritual. Taika llevaba tres días viéndolo y le intrigaba. Sobre todo, uno de los detalles.
Un guerrero se dispuso a batirse con el líder.
Avanzó y, tras saludar con la cabeza, atacó con una lanza.
Jalsawi no la esquivó. Cruzó las dos hojas, encajó el astil en el ángulo y lo desvió hacia arriba.
Giró sobre el pie de atrás y devolvió el corte a la altura del hombro, en seco.
El guerrero lo paró con un escudo de acero.
La cimitarra le abrió el escudo con un sonido extraño similar al del metal contra el metal.
Taika no se movió y siguió observando, oculto.
No debía estar allí, no les iba a gustar, pero necesitaba aclarar sus dudas.
El guerrero se dio por vencido y se retiró con el escudo de metal inservible.
Un segundo guerrero, este con espada corta, se enfrentó a su líder lanzando dos golpes descendentes.
Jalsawi los recibió en el filo de sus armas.
Sonaron secos, cortos, otra vez con aquel ruido parecido al del metal contra el metal, y a la vez distinto.
Los duelos continuaron hasta que se batieron todos los guerreros presentes.
Ninguno consiguió vencerlo y muchos terminaron con escudos y espadas rotos.
Taika miraba las hojas de oro de Jalsawi con ojos entrecerrados.
No parecían tener ni una mella y no sonaban a acero.
Tampoco eran de oro… Jalsawi envainó y se marchó con sus guerreros al interior por una galería estrecha.
Taika se sentó a pensar y algo más le vino a la cabeza: la espada vieja que Ivo había encontrado en Kabiramadina.
Era de hoja larga, de un metal apagado, dorado, con inscripciones noceanas comidas por el tiempo, y más ligera de lo que debía ser.
Eran del mismo color… El mismo metal. Mejor si lo investigaba.
A la tarde Taika entró en la caverna donde sus compañeros descansaban con la espada noceana envuelta en un trapo y una moneda de York en la mano.
Dafne dejó el mapa que estaba estudiando. Detrás de ella, Lily se untaba un aceite para proteger la piel con cuidado de no desperdiciarlo. Ivo leía un tomo junto a un candil y Aiden afilaba sus armas perdido en sus pensamientos.
—Ivo, trae luz, por favor —pidió Taika.
Ivo cogió el candil. Taika desenvolvió la espada sobre la mesa. Puso la moneda al lado, el metal viejo y el oro de York quedaron uno junto al otro bajo la llama. Eran del mismo color.
—Esa es la espada vieja que encontré —Ivo se inclinó sobre la mesa.
—Sí, la he recuperado del almacén.
—¿Por qué? Es un arma ceremonial, sin valor.
—Eso no lo sabemos. Quizá sí tenga valor.
—¿Qué tramas? —Dafne observó la espada dorada.
—Es lo que me daba vueltas en la cabeza. Mira la moneda —sacó su daga, apoyó el filo en el canto del oro y empujó con el pulgar.
La daga entró. Salió un surco limpio, una diminuta viruta, y la moneda quedó marcada de lado a lado. Taika la levantó.
—Oro.
Dejó la daga sobre la hoja noceana y le tendió el mango a Aiden.
—Ahora tú. Sobre el filo.
Aiden agarró la daga y empujó. La daga resbaló. Volvió a intentarlo y apoyó todo el peso del brazo. Lo intentó una tercera vez y la punta chirrió, pero en la hoja no quedó nada, ni un rasguño. Aiden giró la espada hacia la luz y todos vieron lo mismo. La superficie estaba intacta.
—Esa arma es especial —dejó la daga en la mesa.
—El acero marca el acero y el oro —continuó Taika—, por lo tanto…
—No es ni de acero ni de oro —Dafne apoyó las dos manos en la mesa.
—Es un metal dorado y además es muy liviano —comentó Aiden con la frente fruncida.
Dafne cogió la espada, la giró bajo la llama y buscó el fallo, pero no lo encontró.
—Podría ser un arma dorada, de las que matan dragones —sugirió Ivo a media voz.
—¿Tú crees? —dudó Lily.
—Quizá, o quizá no —Dafne no apartó los ojos de la hoja.
—Yo no digo que sea un arma dorada, pero es especial… —explicó Taika.
Todos se inclinaron sobre el arma.
—Podría ser… —comentó Dafne.
—Hay algo más… —Taika buscó cómo compartirlo—. Creo que es del mismo metal que las cimitarras doradas de Jalsawi.
Sus compañeros levantaron la cabeza a la vez.
—¿Por qué lo crees? —preguntó Aiden—. ¿Porque el metal es parecido?
—Por eso y por el sonido. Suenan igual, y no es un sonido de acero contra acero —se señaló el oído derecho.
—¿Al golpear contra metal? —Dafne inclinó la cabeza.
—Esta mañana Jalsawi ha encajado veinte golpes con las suyas. Algunos incluso filo contra filo, no de plano, y abrió escudos de acero por la mitad. No tienen ni una mella. Y creo que esta espada noceana es del mismo metal especial.
—Oro parece… acero no es… —Lily lo canturreó y soltó una carcajada corta.
Aiden volvió a coger la hoja.
—Sigue siendo de metal —advirtió—. Que sea duro no lo convierte en un arma dorada. No percibo magia.
—Cierto —concedió Taika—. Porque nosotros no podemos usar armas doradas.
—Nosotros no, pero tenemos sustancia dorada de Dameros —Dafne sacó su esfera.
—¿Qué quieres hacer con ella? No podemos malgastarla —advirtió Aiden.
—No voy a malgastarla —Dafne colocó la esfera casi tocando la punta del filo y se quedó mirando la espada apagada sobre la mesa.
Los cinco aguardaron sin decir nada.
Ninguno de los dos objetos se movió, pero la sustancia dorada del interior de la esfera se desplazó hasta pegarse a la cara más cercana a la espada y allí se quedó.
—Vaya… —Lily resopló.
—Reacciona —afirmó Taika.
—¿Es entonces una espada dorada? —Ivo no despegaba los ojos de la esfera.
—Tenemos una pregunta que ninguno de nosotros puede responder —Dafne recogió la esfera—. Quizá nuestros aliados puedan…
Dafne llamó a Aibin y al general Abdu Baba. Quería saber qué opinaban y si podían arrojar luz sobre aquel misterio. Puso la espada noceana en el centro de la mesa antes de decir una sola palabra.
Aibin se acercó a mirarla y Abdu Baba se inclinó sobre ella con las manos a la espalda.
—No es un arma de los Desher Tumaini —Aibin no la tocó—. El metal es extraño.
—Metal noceano no es —el general cogió la espada y la giró despacio—. Mi pueblo trabaja el hierro y el bronce, y esta hoja no es ninguno de los dos. Las inscripciones sí son de los nuestros, y muy antiguas.
—¿Qué dicen?
—Nombres… Creo que se refieren a estas montañas en las que estamos —Abdu Baba se esforzaba por descifrar el resto—. Y varias palabras que no conozco, son del idioma antiguo…
—¿Por qué tanto interés en un arma ceremonial? —preguntó Aibin.
—Puede ser un arma dorada, de las que matan dragones.
Aibin asintió.
—Entiendo.
—Es de esta zona, la nombra, pero no creo que sea nuestra, pese a la inscripción. —Abdu Baba dejó el arma en el suelo.
Dafne chasqueó la lengua. Sus aliados no tenían las respuestas que buscaba.
—Voy a necesitar a Dameros.
Se hizo el silencio. Aibin fue el primero en romperlo.
—Está en las Montañas del Amanecer.
—Lo sé.
—Entre estas montañas y aquellas hay muchas jornadas de arena abierta y un cielo que no dominamos.
—Todo eso lo sé.
—Entonces sabes lo que estás pidiendo.
Dafne lo sabía. Pedía cruzar el desierto de ida y vuelta para ratificar una sospecha.
—No voy a hacerle venir solo por esto, enviaré a alguien con la espada.
—Que vayan solo unos pocos —recomendó Abdu Baba—. Cuantos menos pies, menos rastro.
—Así lo haré. Gracias.
Los dos aliados se despidieron y partieron.
Un rato más tarde, con la decisión ya tomada, Dafne se sentó con su escuadra.
—Lily y Aiden, iréis con una veintena de los nuestros y llevaréis la espada dorada a Dameros para que la analice —dejó el arma junto a ellos.
—Sin problema —Lily miró a Aiden con una leve sonrisa.
Aiden cogió la espada y la sopesó.
—Es un viaje largo y habrá peligro. Y no me refiero al desierto —alzó la vista hacia el techo.
—Puedo ir yo —se ofreció Taika.
—No, te necesito a mi lado. Aquí hay demasiadas tensiones que resolver.
Taika bajó la cabeza.
—De acuerdo.
—Hasta que tengamos confirmación de Dameros, nada de hablar con Jalsawi sobre sus cimitarras.
Ivo levantó una ceja.
—¿Nada?
—Nada. No sabemos qué es ese metal. Si voy ahora a Jalsawi y le digo que sus cimitarras a lo mejor no son de oro y que quiero que me deje estudiarlas, ¿qué creéis que me contestará?
—Que no —Ivo abrió las manos.
—Pues eso mismo.
—Volveremos antes de que os deis cuenta. No empecéis ninguna trifulca sin mí —dijo Lily.
—Tranquila, te esperaremos.
Partieron al filo de la medianoche. Dafne los acompañó hasta la boca central y se quedó allí, en la fisura, con el frío del desierto entrándole por el cuello, viendo cómo la veintena de rebeldes se descolgaba por la ladera detrás de Lily y Aiden.
Los vio avanzar rápido y abrirse camino en la arena hasta que dejó de distinguirlos.
Taika apareció a su lado.
—Si esto resulta no ser nada al final…
—A veces hay que arriesgarse para lograr ventajas —Dafne le puso la mano en el hombro.
—Aun así…
—Tú siempre me apoyas. Déjame que te apoye yo a ti en esta corazonada tuya.
—Solo espero que no sea una pérdida de tiempo.
—Aunque lo sea, prefiero arriesgar que negártela.
Taika la miró a los ojos.
—Gracias.
Dafne le dio un par de palmadas en la espalda.
—Entremos. Cada vez que salgo y respiro el aire del desierto tengo la sensación de que un dragón va a llegar del otro lado de la montaña a incinerarme.
—Eso lo sentimos todos —Taika esbozó una sonrisa.
—Un día no lo haremos.
—Cuando no haya dragones aquí.
—Exacto.
Dafne sonrió y entró en la caverna.