Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Hay que tener esperanza, siempre os lo digo. El que la tiene vive pleno; el que no, acaba muerto en vida —aleccionó Ivo.

Registraron el lugar y hallaron dos almacenes adyacentes más, también llenos de víveres. La alegría de todos fue inmensa.

—Aquí hay comida para medio año, quizá más —por primera vez en muchas semanas, Dafne se permitió relajarse un poco.

—Vayamos a los almacenes centrales de la ciudad, tal vez tengamos suerte allí también —propuso Lily.

—Id. Yo me quedo cuidando de este lugar —Dafne casi quería abrazar todas aquellas riquezas para que no se las robaran.

Los demás salieron a buscar los almacenes centrales. Los encontraron, pero estaban dañados y sin reservas. Los dragones los habían quemado.

—Vaya… —se lamentó Lily.

Regresaron con Dafne e informaron.

—Que entren los porteadores, carguemos todo esto —ordenó—. ¡Deprisa! No quiero pasar aquí más tiempo del necesario.

Los porteadores entraron en los almacenes. Formaron cadenas y se pasaron los víveres de mano en mano hasta meterlos todos en sacos y cajas. Vaciaron las estanterías fila tras fila. El trabajo iba rápido y bien. No dejaban nada.

Ivo registró un par de edificios cercanos que podían ser almacenes.

Estaban medio derruidos, pero quizá guardaban víveres.

No tuvo suerte. Entre las vigas quemadas encontró una espada vieja, una hoja larga de metal apagado, sin brillo, con unas inscripciones gastadas en la empuñadura.

Llevaba allí mucho tiempo, desde mucho antes de que la ciudad muriera.

—¿Y esto? —Ivo la sopesó.

Pesaba poco para su tamaño y, al limpiar una parte, vio que era de metal dorado. Le pareció interesante y se la llevó a Dafne.

—Échala al saco —Ella apenas la miró. La comida era lo importante, no un arma ceremonial.

Ivo se encogió de hombros y la guardó. Por alguna razón le parecía importante, aunque no sabía por qué.

Antes del anochecer cargaron el grueso de lo encontrado.

—Vamos saliendo de la ciudad, no esperemos a acabar —ordenó Dafne.

—Yo los dirijo —Ivo se puso al frente y comenzaron a marcharse de allí formando una larga hilera. Los porteadores iban cargados con cuanto sus cuerpos podían transportar y no lograban moverse con demasiada rapidez.

La caravana terminó de formarse e Ivo la sacó de la ciudad rumbo al norte. Lily y Aiden ayudaron a dirigir la larga fila entre las calles hacia la puerta norte.

Fue entonces cuando desde el mar llegó la desgracia.

—¡Dragón! —advirtió Taika, que vigilaba el puerto mientras dirigía a los últimos porteadores.

Dafne salió del almacén a la carrera y alzó la vista. Una figura alada, enorme, de color rojo y vetas negras, se descolgaba del cielo del atardecer sobre el puerto con las fauces ya abiertas. No tuvo tiempo de ordenar nada.

El fuego barrió el muelle. Frente al almacén, una cadena entera de porteadores, los últimos, los que aún cargaban, quedó envuelta en llamas.

Cayeron al agua y contra el suelo entre alaridos.

Dafne se lanzó a un lado y las llamas le lamieron la espalda.

Estuvo a punto de arder, pero rodó sobre sí misma y las apagó.

Al norte, Ivo advirtió lo que sucedía y envió a la caravana tras unas dunas altas, a esconderse.

Taika usó su habilidad para tender su oscuridad sobre la parte frontal del muelle, por donde huían los últimos porteadores. Los cubrió el tiempo justo para que alcanzaran los callejones y evitar las llamas.

Dafne se puso en pie y vio arder los almacenes. El dragón lanzó su aliento de fuego en una nueva pasada. Tenían que huir. Los almacenes y el muelle estaban perdidos. Pensó en luchar contra la bestia, pero debían salvar el botín. Miles de vidas dependían de ello. Los víveres eran lo importante.

El dragón viró sobre el mar y volvió para hacer otra pasada de fuego y destrucción. Aiden y Lily gritaban a los porteadores, que se apresuraran a salir de allí, y señalaban los callejones que debían tomar para abandonar la ciudad.

—¡No tiréis la carga! —gritaba Lily.

Los porteadores, pese al riesgo de morir abrasados, pese a tener un dragón a las espaldas, mostraron una entereza enorme.

Eran rebeldes de Kraido, ya se habían enfrentado a dragones.

Conocían el riesgo y la muerte que les esperaba, pero cumplirían con su deber.

Los rebeldes de Kraido no se rendían y siempre cumplían.

Tauruk-Kapro y Felidae en su mayoría siguieron corriendo adelante, cargando los víveres sin perderlos.

—¡Rápido, hacia el norte, entre las callejuelas! —Aiden no apartaba la vista de los muelles.

Dafne supo que tenía que distraer al dragón para que no siguiera a los porteadores ni descubriera la caravana mientras se escondía.

Invocó su protección de escamas elementales, luego la mágica, y salió al descubierto desde detrás de una casa.

El dragón no la había visto. Se ensañaba con los almacenes y el muelle, y no dejaba nada en pie.

—¡Cubre la retirada! —señaló a Taika la salida de la ciudad.

—¿Y tú?

—¡Cúbrelos a ellos!

Taika dudó un instante. Luego echó a correr y alcanzó a los últimos porteadores. Los cubrió de negrura mientras se dirigían a la salida de la ciudad.

El dragón vio a Dafne junto a los almacenes en llamas.

«Ladrones de comida. Cucarachas de los desiertos. Sois una peste. Estoy aquí para exterminaros» el mensaje mental le llegó cargado de odio y repugnancia.

Dafne no se acobardó y se llevó las manos a la espalda mientras el dragón descendía hacia ella.

Si atacaba con la mente podría aguantar algunos embates, si lo hacía con su aliento elemental, apenas tendría oportunidad, pues sus defensas no resistirían.

De hacerlo con garras y dientes no tendría opciones, pero no le tenía miedo.

No era más que otro odioso monstruo alado que lo destruía todo y merecía morir.

Invocó dos bolas de luz y las creó sobre las palmas de las manos, a su espalda. Las sobrecargó cuanto pudo sin que le estallaran y se las mostró al dragón, que ya descendía a matarla.

«¿Te atreves a enfrentarte a mí, ridícula Fatum? Te voy a hacer arder como todo este muelle. Vas a morir, cucaracha».

Dafne calculó la distancia y, con la mente, envió las dos bolas de luz, enormes, cargadas con toda la energía que había logrado meter en ellas.

El dragón, seguro de su superioridad y su victoria, ni se preocupó por atacar rápido. Abrió las fauces y lanzó su aliento elemental bastante después que el ataque de Dafne.

Las bolas fueron directas una a cada ojo del dragón. El aliento de fuego no las alcanzó; pasaron por encima veloces, dirigidas por la mente de Dafne. La magia protectora innata de la poderosa bestia lo resguardaría, y el dragón no cambió la dirección ni se cubrió. No temía aquel ataque.

«Tu débil magia no puede traspasar mis defensas. ¡Muere!».

—Eso está por ver —murmuró Dafne un instante antes de que las bolas impactaran una en cada ojo del dragón.

Dos explosiones enormes de luz llenaron el muelle. Dafne tenía los ojos cerrados y no las vio. El dragón sí, y lo cegaron por completo.

«¡No puede ser! ¡No veo!».

La pequeña treta de Dafne se le había escapado al prepotente monstruo. Al llevarse las manos a la espalda, Dafne había sacado la esfera de magia dorada de Dameros y había vertido dos gotas, una en cada bola de luz. Luego había dejado caer la esfera al suelo mientras mostraba las bolas.

Dafne abrió los ojos y vio pasar el aliento elemental de fuego por su lado sin alcanzarla.

El dragón voló errático, elevándose y descendiendo sobre la parte sur de la ciudad.

Dio varios giros bruscos y comenzó a alejarse hacia el mar, sin rumbo, girando una y otra vez hasta perderse en la distancia completamente cegado.

—Vaya, vaya… —Dafne se dio la vuelta, se agachó y recogió la esfera con el preciado líquido dorado, aún le quedaba—. Mira que eres poderosa —dijo a la dorada y viscosa sustancia antes de echar a correr detrás de los suyos.

Un rato más tarde llegó hasta las dunas de las afueras, donde se escondían sus compañeros y los porteadores.

—¿El dragón? —Aiden oteaba el cielo.

—No vendrá. Lo he cegado.

—¿Cegado? ¿Cómo? —Aiden la miró sin dar crédito.

—Mi magia y esto —Dafne le mostró la esfera dorada.

—Te arriesgas demasiado —Taika frunció el ceño.

—Aquí nos arriesgamos todos. ¿Cuántos valientes rebeldes hemos perdido?

—Veinticinco —Ivo había contado a los que no salieron con vida.

Dafne dejó escapar el aire. Lo sentía por aquellos valientes, pero podría haber sido mucho peor. La caravana estaba a salvo, cargada con comida para medio año, pero no le supo a victoria. Cuando se perdían vidas, nunca era una victoria.

Emprendieron la vuelta de inmediato. Dafne caminaba a la cabeza y pensaba que aquello no era una salida, sino un aplazamiento.

Habían comprado medio año, y cuando lo que llevaban se acabara no quedarían ciudades que saquear.

El hambre regresaría a las Montañas Negras.

Ese pensamiento le ensombreció el ánimo.