Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 26
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Capítulo 26

El mensajero llegó de las Montañas del Amanecer al caer la tarde, cubierto de polvo y con rostro agotado y los labios agrietados. Había cabalgado sin descanso y traía malas noticias. Uno de los rebeldes de Kraido lo sostuvo cuando bajó del animal, pues sus piernas apenas lo aguantaban.

Dafne lo recibió en la caverna del consejo, con Taika, Aibin y el general Abdu Baba a su lado.

Le acercaron un pellejo con agua y una ración sencilla, era todo lo que tenían para ofrecerle.

El hombre bebió despacio antes de hablar.

Era un soldado noceano acostumbrado al desierto y cubría la mensajería entre las dos cordilleras.

Habían creado un cuerpo de heraldos del desierto, pues las aves mensajeras no siempre llegaban.

—Un mensaje… —se lo entregó a Dafne.

Lo leyó despacio. Estaba en el idioma de Kraido.

—Las Montañas del Amanecer están igual que nosotros. Hay demasiada gente allí también y muy poco que llevarse a la boca. Nuestros escuadrones racionan el agua, pero la comida se acaba, al igual que aquí. Preguntan si podemos ayudar.

Dafne apretó la mandíbula. Que también ellos pasaran hambre no era una sorpresa, sino una confirmación. Toda Tremia moría despacio, encerrada en las montañas o enterrada bajo tierra, escondida de las huestes de dragones.

Cruzó una mirada con Aibin. El hermano del líder de los Desher Tumaini no esperó a que se lo pidiera.

—Les daremos lo que podamos —su voz sonó serena, la de quien había pasado hambre muchas veces y había aprendido a soportarla—.

Mi gente sabe encontrar comida donde otros solo ven roca y arena.

Escorpiones, raíces, lagartos, huevos de las aves que anidan en los riscos, cabras…

No es un banquete, pero llena el estómago y mantiene con vida.

Informaré a mi hermano. Nosotros tenemos agua y comida «especial» —se señaló los ojos rubíes con el dedo índice.

Dafne lo entendió.

—Gracias, os honra. Aunque me temo que no será suficiente.

Aibin inclinó la cabeza.

—Esperaba que los tuyos tuvieran más recursos —Dafne apretó los labios—. Ya veo que el hambre aprieta a todos.

—Tendrán que salir a buscarlos a las ciudades del norte —comentó Abdu Baba.

—Sí, como nosotros a las ciudades del sur —zanjó Dafne.

Taika la miró con aquella quietud suya de quien razonaba mucho y bien.

—¿Vamos a salir, entonces?

—Sigue en pie, y ahora con más razón. Albahrwalm nos dio poco y casi nos cuesta la piel. Si queda algo en todo el desierto que llene nuestras bocas, está en Kabiramadina —dijo Dafne—. Y como ves no podemos contar con los nuestros al norte porque están igual de mal.

—Sí, no hay más opción… —asumió Taika.

Organizaron el refugio antes de partir. Tenían que poner orden para que no sucediera una desgracia en su ausencia.

Dafne comunicó a Aibin y al general Abdu Baba que para esta misión no los necesitaba, pues ya conocían el camino.

Los dos se ofrecieron, pese a ello, pero Dafne prefería que se quedaran manteniendo el orden. Iba a hacer falta.

A Aibin no tuvo que decirle mucho. Él y los guerreros que custodiaban los alimentos eran de total confianza.

—De las provisiones te encargas tú, como hasta ahora. Ración igual para todos, la cuenta al día, los enfermos y los niños primero. Y que tus guerreros no se aparten del almacén ni de día ni de noche. Con nosotros fuera, habrá quien piense que es buen momento para llenarse la panza.

—Nadie tocará un alimento sin que yo lo sepa —aseguró Aibin—. Mis guerreros guardarán las reservas día y noche.

Se volvió luego hacia Abdu Baba y lo dejó al mando de los noceanos.

—Tus hombres te respetan —lo miró a los ojos—. Sin mí aquí, mantenlos quietos. Ya viste lo cerca que estuvimos de que corriera la sangre. No quiero que vuelva a suceder.

El general noceano irguió la espalda con la seriedad de un soldado que recibe una orden.

—Se mantendrán en su sitio, tienes mi palabra. No permitiré el desorden entre los míos.

Dejó a las Escuadras Ardiente y Candente a cargo de imponer el orden en el refugio.

—Si las cosas se ponen feas, actuad con serenidad, pero con mano firme —indicó.

—Nos encargamos —Brendan buscó a sus compañeros de escuadra, que confirmaron sus palabras.

Logar se giró hacia los suyos. También asintieron con firmeza.

Dafne suspiró. Menos mal que contaba con aquellos compañeros de escuadrón tan excepcionales.

Al caer el sol partieron. La Escuadra Ígnea abría camino.

Ya conocían la ruta de campañas anteriores y Dafne los guiaba con un mapa de Aibin.

No le preocupaba el camino, sino la larga fila que formaban.

Esta vez, tras ellos avanzaban tres mil porteadores de Kraido de espalda ancha y manos fuertes.

Un grupo tan numeroso se veía desde el cielo y eso era muy arriesgado.

Pero no había forma de traer suficiente comida de vuelta sin tantos porteadores.

Los vigías avisaron desde los riscos de que la noche estaba despejada y marcharon hacia el este con rapidez.

No tardaron en desaparecer en la oscuridad del desierto.

Las jornadas se hicieron largas y duras.

Avanzaban mucho de noche y poco de día. Ardían bajo el sol de mediodía y el frío de la oscuridad los reconfortaba en los largos trechos.

Todos caminaban en silencio, ahorrando el aliento, y solo se oía el arrastrar de miles de pies sobre la arena y el silbido del viento.

Descansaban lo justo. Dafne apenas dormía, no podía. Escrutaba el cielo, convencida de que en cualquier momento aparecería un dragón. Ninguno cruzó sobre ellos y esa calma, en vez de tranquilizarla, la inquietaba más.

Alcanzaron Almadinat. La ciudad de los fanáticos se alzaba sin murallas sobre su suelo sagrado, la misma que los había recibido con gritos y flechas, la que mataba a todo extraño que osara pisar su tierra. Dafne ordenó detener la caravana y avanzó con la Escuadra Ígnea.

Aiden fue el primero en notar que algo iba mal.

—No hay nadie —entornó los ojos hacia las casas y su voz siseó más baja de lo normal—. Ni centinelas en los tejados, ni humo en los hogares, ni movimiento alguno. Nada.

Se acercaron con cautela, con las armas prestas y atentos a cada sombra.

No hizo falta. Almadinat estaba vacía. Las puertas y las ventanas de las casas batían con el viento contra los marcos.

Avanzaron hacia el centro de la ciudad. Los pozos que encontraron allí tenían agua, pero las brasas de los hogares llevaban mucho tiempo muertas.

La arena del desierto se había asentado sobre los suelos de los edificios.

No había cadáveres. No había rastro de nadie allí.

Dafne miró alrededor. Los Almadas mataban antes que ceder un palmo de su tierra sagrada. No la habrían abandonado ni ante el hambre, ni ante la sed, ni ante el fuego. Y, sin embargo, se habían ido.

—Están muertos —murmuró Taika a su espalda—. Todos…

—Un pueblo así no abandona su ciudad —la voz de Ivo sonó apagada en medio de la ciudad fantasma—. Si no queda ni uno es porque los dragones no dejaron a nadie con vida.

Nadie lo contradijo. Registraron Almadinat en silencio, entre casas vacías y calles desiertas, y ninguno propuso descansar allí, aunque los pozos estaban llenos y las casas ofrecían techo y sombra. El lugar les erizaba la piel. Acamparon lejos, entre altas dunas, con la ciudad muerta a la espalda.

Esa noche Dafne se sentó apartada, con la vista puesta en el sur, hacia donde aguardaba Kabiramadina.

Lily se acercó y tomó asiento a su lado.

—¿Crees que quedará algo en Kabiramadina?

—Tiene que quedar —Dafne no apartó la vista de la oscuridad—. Porque si no, no sé con qué vamos a alimentar a toda nuestra gente.

—Eso no es un sí.

—No —admitió—. No lo es.

Calló lo que las dos pensaban: que quizá Kabiramadina estuviera tan muerta como Almadinat y que todos aquellos porteadores iban a regresar con las manos vacías, o que tal vez ni tan siquiera volverían.

El viaje hasta Kabiramadina se les hizo duro, pero lograron llegar.

No vieron ningún dragón en todo el camino hacia el sur, lo que los animó.

La ciudad se alzó ante ellos al amanecer, extendida sobre la costa hasta donde alcanzaba la vista.

Era la mayor ciudad del desierto, con muelles de piedra que se adentraban en un mar azulado, rodeada de una muralla castigada y con torres dañadas que aún se sostenían contra el cielo.

No salía humo de sus casas ni se movía nadie por sus calles.

Al igual que Almadinat, no daba señal de albergar vida alguna.

—Otra ciudad fantasma —susurró Lily.

—Puede —Dafne oteó los muelles—. Una ciudad con puerto guarda comida: pescado en salazón, grano, aceite… Si queda algo estará en los almacenes.

—¿Qué han dicho los que huyeron de esta ciudad? —preguntó Aiden.

—Que se llevaron cuanto pudieron cargar, pero dejaron mucho atrás —respondió Dafne.

—Vayamos a comprobarlo entonces —Ivo se frotó las manos.

Entraron con cautela. Las calles se abrían vacías.

Muchas casas se habían derrumbado. Se veían vigas quemadas y los tejados hundidos.

Hallaron barrios enteros de edificios semiderruidos.

Los dragones habían pasado por allí y habían castigado la ciudad, pero no la habían arrasado hasta los cimientos, que era lo que Dafne temía.

Cerca del agua, los grandes almacenes del puerto seguían en pie.

—Rápido, registrémoslos —Lily echó a correr.

Abrieron las puertas y entraron conteniendo la respiración.

Todos temían encontrarlos vacíos. No fue así.

Hallaron mucho más de lo que esperaban: estanterías cargadas de sacos de grano, hileras de tinajas de aceite, centenares de pescados secos colgados de las vigas, cajas con carne seca, sacos con pescado ahumado, queso y otros alimentos que habían sido tratados para que perduraran y guardados allí.

—¡Está lleno! —exclamó Lily y se llevó las manos a la cabeza.

—E intacto —Taika barrió el lugar con su mirada felina.

—Lo veo y no puedo creerlo —Aiden negaba con la cabeza.