Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 24
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Capítulo 24

El segundo mensaje de Egil llegó dentro de la jarra de agua. El contenedor era muy similar al anterior. Como siempre revisaban la comida y la bebida antes de tomarla, Nahia lo encontró de inmediato. Se le aceleró el corazón.

La penumbra de la celda no la ayudaba. Palpó el fondo de la jarra con los dedos hasta cerrarlos sobre el metal. Al fondo del pasillo una antorcha chisporroteaba.

Contuvo la respiración para escuchar mejor.

Aguardó a estar segura de que no había nadie en el pasillo y descorrió un poco el visor para asegurarse. La luz de las antorchas le bastó para leer la nota.

El plan está establecido.

Nuestro aliado de plata acepta ayudarnos.

No dispone ya de la diadema dorada. El enemigo la encontró y se la arrebató.

La primera fase del plan será conseguirla. Para ello utilizaremos la red exterior. Tenemos un nuevo miembro que puede ser de gran utilidad.

Comenzamos la ejecución.

Firmado: el Prisionero.

Un siseo lejano llegó por el pasillo. Los Serpetuss rondaban el subnivel. Nahia corrió el visor y se pegó a la pared con la nota escondida en el puño. Las pisadas pasaron de largo. El hedor del subnivel se le metió en la garganta hasta que las pisadas se apagaron.

Leyó el mensaje tres veces para aprendérselo casi de memoria, como hacía siempre.

Egil solo les informaba del inicio de la fase de recuperación de la diadema dorada.

Nahia deseó que el gran dragón plateado todavía la tuviera.

Cuando escaparon con el Rey grypho ella misma se la había lanzado a Garran-Zilar-Denbo para que la escondiera, pero los dragones debían de haberla encontrado.

Apretó la nota entre los dedos. Sin la diadema resultaba imposible escapar.

Se comió la nota para que no la encontraran y con el contenedor fabricaría otra mini navaja, esta para Logan.

Mientras Nahia pensaba en cómo sería el plan para recuperar la diadema, un aliado inesperado se ponía en movimiento.

En el exterior la noche comenzaba a caer cuando un maestro de lanza Drakónido se dirigía a la biblioteca de la academia.

Draketz caminaba sin prisa. Era una noche más tras impartir la formación y acudía a refrescar el conocimiento entre los libros, esa era su excusa.

La brisa soplaba con fuerza, lo que lo tranquilizaba.

La luz de las antorchas de la explanada se movía con las rachas.

Dos alumnos de tercero cruzaron a su espalda sin reparar en él.

Llegó hasta la puerta y se detuvo un momento. Miró a izquierda y derecha, alzó la vista al cielo y bajó de nuevo los ojos a su espalda. Nadie lo seguía. No deberían, nadie sabía qué iba a hacer, había recibido instrucciones secretas y las seguía.

Entró y se dirigió con paso firme hasta uno de los Exarbor bibliotecarios. El aire olía a libros y tomos viejos, apergaminados. Vio al jefe bibliotecario del nivel uno y fue hasta su mesa.

—maestro de la lanza… —Jaibor arrastró cada palabra del saludo como hacían los Exarbor al hablar.

—Jaibor —Draketz inclinó la cabeza en saludo militar—. Siento que te hayan apartado de tu puesto en las mazmorras.

—Ha sido… una lástima… Me gustaba ser… el Exarbor de registros… Pero los designios de los dragones… no se discuten.

—Han cambiado a todos los que trabajabais en las mazmorras.

—Así es… Un cambio inteligente… después de lo sucedido… con el Rey grypho —los dedos de rama del Exarbor se cerraron sobre el canto de la mesa.

—Sí, tiene sentido. Lo que me extraña es que no os hayan matado a todos.

—Eso también sería inteligente… Pero parece ser que tenemos… uso en otras funciones… y ese uso… se valora.

—Me alegro de que no te hayan matado.

—Más me alegro… yo —Jaibor sonrió con esos labios de corteza de árbol que tenía.

Draketz bajó la voz.

—Necesito un libro para las clases.

—Por supuesto… ¿Qué libro… es ese?

—El arte del manejo de la lanza, de Maxim Terrazano.

—Ahora mismo… lo traigo.

El ahora mismo le arrancó a Draketz una sonrisa.

Los Exarbor se movían con una lentitud terrible y los bibliotecarios todavía más.

Cualquier tarea relacionada con los libros les llevaba una eternidad y esta no fue diferente.

Aguardó con paciencia pese a que la situación era cuando menos muy peligrosa.

Se obligó a no mirar hacia la puerta. Una pareja de Tergnomus barría entre las mesas del fondo, pero un maestro de armas pidiendo un tratado de lanza no llamaba la atención de nadie. Eso se repitió para calmarse.

Jaibor regresó con el libro y se lo entregó.

—El Bibliotecario Jefe Liburex… quiere que sepas que este libro… es de especial importancia.

Draketz cerró los dedos sobre el tomo.

—Entendido.

—También quiere que sepas… que no todos los Exarbor… ven las cosas de la misma manera.

El maestro de armas entendió la advertencia.

—Es normal que diferentes personas tengan diferentes opiniones.

Jaibor ladeó la cabeza con un crujido.

—Quien quiere vivir muchas primaveras… debe medir sus amistades… con gran detenimiento.

—Desde luego.

—Un consejo más… La luz… a la madera saca… su belleza interior.

Draketz no entendió lo que el Exarbor quería decir y, como eran de madera, lo dio por un proverbio Exarbor.

—Gracias.

Jaibor se despidió con una lenta inclinación de cabeza que Draketz devolvió con rapidez. Estar mucho tiempo con los Exarbor le hacía perder la paciencia. Su lentitud era una prueba de aguante difícil de pasar.

Salió con el tomo bajo el brazo y se dirigió a los barracones de los maestros de armas.

Se aseguró de no cruzarse con ninguno. Se detuvo un par de veces para dejar pasar a los que venían de frente.

Aceleró el paso cuando vio a uno a su espalda, no quería hablar.

Le preguntarían por el libro y no pensaba dar explicaciones de ningún tipo.

Se jugaba la vida y no la iba a perder en una charla tonta con un compañero que sospechara algo.

Llegó a su habitación y cerró la puerta echando el pestillo.

Se quedó quieto un momento con la oreja pegada a la madera.

Los pasos del corredor se alejaron hacia el comedor.

Abrió el tomo y buscó entre sus páginas, pero no encontró nada.

Eso no podía ser. Debía contener una nota de algún tipo.

Liburex le había hecho saber que fuera a la biblioteca a recoger el libro.

Algo quería decirle, algo importante, Liburex se tomaba siempre muchas precauciones y no arriesgaba si no era necesario.

De hecho, había sido el propio Jefe de los Bibliotecarios quien lo había reclutado para su red tras conocer lo que había pasado entre Nahia y él.

Cómo se había enterado no lo sabía. Liburex conocía todo lo que pasaba en la academia y eso incluía las mazmorras, lo que resultaba todavía más impresionante.

El proceso de reclutamiento había sido largo y muy meticuloso.

Liburex no era de los que confiaban. Draketz recibió mensajes secretos que fueron apareciendo en su dormitorio sin que viera quién los dejaba.

Él estaba convencido de que los dejaban los Tergnomus de limpieza de los barracones.

Tenían que ser ellos, seguro. Tuvo que realizar varios encargos de riesgo para ganarse la confianza del Bibliotecario Jefe.

Entre ellos hubo uno mayúsculo. Tuvo que ir convenciendo a dos de sus compañeros para que se unieran a la rebelión.

Aquel requerimiento casi insalvable le había resultado muy difícil.

El riesgo era enorme, unas palabras no adecuadas en el patio de armas o en el comedor lo habrían delatado y hubiera muerto.

Los dragones le habrían arrancado la cabeza o abierto en canal.

Cada vez corrían más rumores de que los brujos de dragón se graduaban ya casi todos como rebeldes.

Convencer a dos maestros de armas que siempre habían servido a sus señores dragones era una cosa muy diferente.

Le costó mucho, pero lo había logrado. Eligió con cuidado a los dos maestros de armas a los que debía acercarse y convencer.

Lo hizo despacio, no podía sentarse a su mesa en el comedor porque parecería raro.

Draketz tenía su propia mesa con compañeros, pero no eran idóneos para intentar convencerlos de que se pasaran al lado de los rebeldes. Eran Drakónidos.

Finalmente, se decidió a intentarlo entre clases, con encuentros y conversaciones que parecían casuales e inocentes.

Eligió a Ileoi y Retig, los dos maestros Felidae.

Ileoi era león y Retig, tigre. Los eligió porque conocían a Nahia, y se habían sentado a la mesa con ella cuando estuvo de maestra de armas.

El riesgo era que eran amigos de Novak, que había traicionado a Nahia.

Le costó ganarse su confianza, pues él era Drakónido y enemigo de Nahia y ellos lo sabían, pero poco a poco lo logró sin forzarlo, con frases sueltas en contra de los dragones, de apoyo a los rebeldes, de querer cambiar su vida.

Los rumores de la academia ayudaron. Ambos Felidae se mostraron más abiertos a creerle y con eso se ganó la confianza de Liburex.

Se centró en manipular el libro. Lo sacudió, no había nota.

De lo que sí se dio cuenta fue de que el libro tenía unas tapas extrañas.

Eran de madera con las letras labradas en ellas de forma elegante.

Aquello le hizo sospechar. Quizás la nota no estuviera dentro del libro, sino que fuera el propio libro. Recordó el extraño proverbio Exarbor.

Se acercó con el libro a la ventana. Era ya de noche y apenas entraba claridad. Fue a la mesilla y prendió la lámpara de aceite. El resplandor bañó toda la habitación. Puso el tomo al lado de la lámpara y se quedó mirando. La madera de la tapa y la de la base tenían un color similar.

La base de la lámpara emitió un destello verde.

Draketz se echó hacia atrás.

Al cabo de un momento la tapa del libro respondió con otro destello.

La boca de Draketz se abrió.

—Magia de naturaleza, por el color verde natural —masculló.

El libro destelló de nuevo y de él surgió una voz, la de Liburex.

—Tenemos una misión… muy importante para ti… Peligrosa… mucho… Salvarás a los líderes de la rebelión… de la red… Si vives…

Draketz escuchó el resto de las instrucciones y luego la voz se apagó en la habitación vacía.

Draketz miró hacia la puerta cerrada. Nadie podía haber oído aquello, nadie debía oírlo.

El Maestro supo lo que le pedía el Bibliotecario Jefe, que ayudara a liberar a Nahia, Logan y sus dragones.

Ya que mencionaba la red el encargo incluía también al Prisionero, del que había oído rumores.

Muy peligroso, demasiado. Le costaría la vida.

Lo meditó. Él se había ofrecido y había entrado.

La misión era arriesgadísima, pero también de una importancia tremenda.

Tenía que tomar una decisión. Ayudar y morir con toda probabilidad, o no hacerlo.

Lo pensó un largo momento. Una neblina de energía verde iba de la lámpara al libro y de regreso.

La lámpara ardió hasta el fondo del aceite.

Cuando la llama se ahogó él seguía sentado en el borde del catre con el tomo entre las manos.

Amaneció sobre la academia con un cielo limpio.

Draketz cruzó la explanada hacia el edificio de las artes arcanas.

Los muros de piedra oscura avanzaban y retrocedían en ángulos afilados mientras las vetas de plata devolvían la luz del sol.

Doce agujas coronaban el edificio con sus símbolos astrales en lo más alto.

El maestro de armas las conocía de memoria.

Aun así, alzó la vista un instante. La decisión estaba tomada y no había vuelta atrás.

Una figura lenta avanzaba unos pasos por delante de él.

Era Mabor, un Exarbor asistente de magia.

La corteza gris le cubría el cuerpo de la cabeza a los pies.

Sus dedos acababan en pequeñas ramas y sostenían un libro enorme de tapas plateadas.

Caminaba despacio y crujía de vez en cuando.

Draketz acompasó la marcha a la del Exarbor.

A nadie le extrañaría ver al maestro de armas tras un asistente y aquella lentitud le daba la excusa perfecta para mirarlo todo.

Cruzaron la puerta. El interior olía a fresco y la luz caía en franjas diagonales desde las ventanas.

Sobre cada arco brillaba un símbolo astral de plata.

Mabor siguió el corredor central hasta el fondo con su paso lento.

Ante la puerta de doble altura forrada de plata batida se detuvo y empujó una de las hojas con esfuerzo.

Draketz se quedó en el umbral y disimuló mirando en otra dirección.

El disco de plata se abría al otro lado.

Tres puntas de la estrella se fundían allí en una sola estancia sin columnas.

Los muros y la bóveda recubiertos de plata devolvían la luz en reflejos suaves y también cualquier conjuro desviado.

En el centro del suelo había una estrella de doce puntas grabada en el metal.

Dos dragones aguardaban sobre la estrella.

Mag-Zilar-Ond era la más cercana, la dragona plateada rondaba los ochocientos años y era respetada por sus conocimientos de magia entre los dragones.

Sus escamas brillaban con reflejos de plata pulida.

Sus ojos grandes y serenos seguían la entrada del Exarbor.

Junto a ella se alzaba Gezur-Zuri-Ikus. El dragón blanco superaba en tamaño a la maestra.

Sus ojos eran blancos por completo, sin pupila. Nunca se sabía adónde miraban.

Draketz sintió el peso de aquella mirada blanca sobre él y se quedó muy quieto en el umbral.

Un movimiento en falso allí dentro lo dejaría a merced de dos maestros de magia.

A los pies del dragón blanco esperaba Tremo, su Exarbor asistente.

Era más alto que Mabor y de corteza más oscura.

Sostenía una tablilla entre sus dedos de rama.

Mabor llegó hasta la dragona con su andar pausado y le mostró el libro de tapas plateadas con una reverencia. Mag-Zilar-Ond pareció leerlo. Gezur-Zuri-Ikus ordenó a Tremo que cerrara la puerta y este lo hizo tan rápido como pudo.

Draketz grabó la escena en la memoria. Había dos maestros de magia reunidos y un libro de magia que consultaban.

Junto a ellos había un pedestal y en él un objeto brillante que no brillaba con el color plateado, sino con su contrario: el dorado.

Marchó de allí antes de que alguien preguntara por qué estaba en aquel lugar de magia.