Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 23
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Capítulo 23

En el interior de su caverna, Eki intentaba por todos los medios utilizar su magia.

Se concentraba y buscaba su energía interior, pero siempre sucedía lo mismo: el collar plateado que llevaba al cuello emitía un destello y su magia no funcionaba.

Lo único que funcionaba eran los mensajes mentales.

Eso debía de ser para que los dragones pudieran comunicarse con ellos y ellos con los dragones.

No sabía quién había inventado aquellos collares, pero había hecho una labor demasiado buena.

Si intentaban usar magia, la neutralizaba, y si intentaban alejarse de la mazmorra, los asfixiaba.

Lo mismo sucedía si intentaban quitárselo con las garras.

Tampoco estaba seguro de poder lograrlo por la dureza del metal, pues parecía hecho de escamas de dragón.

Además, con solo tocarlo se activaba una especie de mecanismo de defensa que lo estrangulaba.

Sacudió la cabeza con fuerza para ver si el collar salía despedido y por supuesto no fue así.

Al menos no lo asfixiaba si no insistía demasiado al intentar utilizar su magia.

No era mucho y tendría que contentarse con eso.

Salió de la cueva frustrado por no haber conseguido nada un día más en aquel lugar horrible.

Vio al gran dragón plateado fuera de su caverna.

No sucedía a menudo, ya que pasaba casi todo su tiempo en el interior.

Un rugido de guardia recorrió las galerías y Eki se quedó inmóvil por instinto. El eco se apagó poco a poco.

Garran-Zilar-Denbo lo miró. Sus escamas plateadas apenas brillaban en la penumbra, pero sus ojos ancestrales sí lo hacían.

«Sigues intentando utilizar tu magia, puedo sentirlo. Déjame decirte que todos nosotros lo hemos intentado de infinitas maneras y nunca lo hemos conseguido».

«Sí, lo estoy intentando, pero no lo consigo. Cuando dices todos, ¿te refieres al resto de los dragones que hay aquí abajo?».

«A ellos me refiero, sí. La mayoría son de mi facción, si bien no todos».

«¿Cómo os comunicáis? Es algo que me tiene perplejo».

«El sistema es muy sencillo y ha existido desde el inicio de los tiempos: en cadena. Yo soy el que está más lejano. Los mensajes nos los pasamos de un dragón a otro hasta llegar al último de los nuestros».

«Entiendo. Un sistema sencillo, pero eficaz».

«Lo es. Por eso te puedo decir que todos hemos intentado en el tiempo que llevamos encarcelados aquí abajo formas de quitarnos estos collares o de utilizar nuestra magia con ellos. Todos han fracasado».

El metal frío le rozó las escamas del cuello y Eki reprimió el impulso de arañarlo. Sabía bien lo que pasaría si lo tocaba.

«Siendo como eres un dragón tan poderoso, si tú no lo has conseguido no lo conseguiré yo» Eki bajó la cabeza resignado.

Aquel comentario le sacó una sonrisa a Garran-Zilar-Denbo.

«Esa no es una verdad universal. Existen seres que pueden hacer cosas que otros solo pueden llegar a soñar. Son anomalías, cierto, pero existen. Por lo tanto, no puedo decirte que no lo conseguirás ni que dejes de intentarlo. Solo puedo advertirte que nosotros lo hemos intentado sin lograrlo».

«Si vosotros no lo habéis logrado no creo que lo logre yo, no soy nadie especial, no soy una de esas anomalías».

Eki se quedó con la mirada perdida.

Garran-Zilar-Denbo lo observó un largo momento.

«No sabría decirlo. Hay algo en ti que es diferente…».

«¿Diferente? ¿Cómo?».

«Esa es una buena cuestión. No lo sé todavía, pero no eres un dragón raudo normal como tu compañera. Tienes algo especial, puedo sentirlo, aunque no sé con certeza qué es».

«No soy muy poderoso, sobre todo comparado con alguien como tú. Y mi aliento elemental es extraño incluso para los dragones plateados como nosotros».

«¿Extraño? ¿Cómo?».

«Cuando lo uso no tiene un efecto nocivo. Lo que hace es afectar al espacio sobre lo que lo lanzo».

Garran-Zilar-Denbo entrecerró los ojos.

«Esa es una cualidad extraordinaria. Tu poder se manifiesta incluso en tu aliento elemental. Eso es algo muy poco común, mi joven dragón raudo».

Eki resopló.

«Bueno. No es del todo útil…».

El dragón milenario soltó una pequeña carcajada.

«Al contrario, joven dragón raudo, esa es una cualidad que muchos desearían tener. Tú has sido bendecido con ella. Empiezo a ver que no me he confundido contigo».

Eki ladeó la cabeza.

«¿Bendecido? No lo entiendo».

«No lo entiendes ahora porque eres joven.

No has vivido todo lo que yo he vivido ni has conocido los tipos de dragones plateados que existen.

Pero estoy seguro de que un día entenderás el poder que tienes.

Ser capaz de manipular el tiempo y el espacio es algo que todo dragón plateado persigue y casi ninguno consigue.

Te animo a que sigas intentándolo. Si lo logras, será algo muy importante de lo que estar orgulloso».

Eki alzó la cabeza.

«En ese caso lo intentaré».

Garran-Zilar-Denbo asintió y se volvió a su cueva con pasos grandes y pesados.

Eki se quedó mirando la entrada de la caverna un momento. Las palabras de Garran-Zilar-Denbo le rondaban la cabeza.

«¿Cómo ha sido la conversación? ¿Todo bien?» preguntó Aroa, que salió de su cueva.

«Todo bien. Estoy intentando ganarme su confianza».

«Haces bien. Nahia nos dijo antes de que nos encarcelaran que era su aliado aquí abajo. Debemos ganarnos su confianza si queremos no solo sobrevivir en este lugar sino también salir de aquí».

«Encontraremos la forma de salir de aquí, estoy convencido. Es una prisión con mucha vigilancia y medidas de protección, pero de toda cárcel se puede escapar».

«¿Lo dices para que no pierda la esperanza o de verdad lo crees?».

«Lo creo. Con eso no digo que crea que sea sencillo. Tendremos que pensarlo mucho y arriesgarnos todavía más. Sin embargo, creo que se puede hacer. Lo digo de corazón».

Aroa asintió con la cabeza.

«Creo en ti, Eki. Lo que me preocupa es que Garran-Zilar-Denbo y los otros llevan aquí muchísimo tiempo y no han logrado escapar».

«Cierto, pero alguien consiguió escapar una vez: el Rey grypho. Fue con la ayuda de Nahia y los suyos, y yo estaba con ella. Por eso creo que podremos lograrlo».

«Sería bueno que hablaras tú también con él. A ti se te da mejor tratar con otros. No es mi fuerte» propuso Eki.

Aroa sonrió.

«Lo haré. Necesitamos que confíe en nosotros. Nuestra supervivencia y las opciones de salir de aquí dependen de ello».

Unos días más tarde Aroa y Eki observaban a la patrulla de dragones que pasaba volando sobre su posición y rugía con fuerza. Los rugidos retumbaron en la bóveda de piedra. Del techo cayó una fina lluvia de polvo. Les hacían saber que seguían ahí, vigilándolos.

Aroa vio que Garran-Zilar-Denbo salía de su cueva para ver pasar a la patrulla y aprovechó la ocasión para hablar con él. Cruzó el espacio abierto sin apartar la vista de las alturas.

«Quieren demostrarnos su superioridad y así acabar con nuestra resolución».

Garran-Zilar-Denbo la miró. Como solía hacer, entrecerró los ojos y la observó un momento antes de dirigirse a ella. A Aroa le dio la impresión de que la estaba analizando.

«Disfrutan con su trabajo. Les da un propósito y creen que es de importancia. Harán todo lo posible por evitar que tengamos la más mínima oportunidad de enfrentarnos a ellos o de escapar».

Aroa asintió.

«Con estos collares nunca podremos hacerles frente ni escapar».

«Eso es correcto, pero el problema de los collares se puede solucionar».

«¿Se puede? Si ni siquiera podemos tocarlos».

Garran-Zilar-Denbo se tomó un instante antes de continuar.

«Se puede, sí, utilizando magia dorada. La magia del collar es muy poderosa, se hizo con un fin en particular.

Por eso los hechizos que tiene imbuidos son tan potentes y específicos.

Nosotros no podemos hacer nada contra el collar, pero la magia dorada puede anular su magia del mismo modo que el collar anula la nuestra».

«Entiendo. ¿Cómo sabes que es así? Lo has narrado como si lo hubieras vivido».

«¿No os lo contaron vuestros jinetes? ¿Lo que sucedió aquí con el Rey grypho?».

La dragona blanca dudó un instante.

«Eki estuvo con Nahia aquella noche, pero ninguno de los dos conoce los detalles de lo que sucedió aquí abajo. Sabemos que ella y su red de colaboradores liberaron al Rey grypho y que tú eres un aliado que los ayudó en la fuga».

«Todo eso es correcto. Lo que me extraña es que no os haya contado los detalles. No parecéis conocer todo lo que sucede en este lugar. Deberíais, si sois aliados de vuestros jinetes».

Aroa se preocupó al captar la desconfianza en Garran-Zilar-Denbo. Bajó la cabeza y miró a un lado. El silencio se alargó entre ambos.

«Mi alianza es reciente. Es por ello por lo que no conozco todo lo que sucedió».

«¿Reciente? ¿Cuánto?» Garran-Zilar-Denbo clavó los ojos en ella.

«Bastante reciente. Logan y yo hemos estado vinculados durante largo tiempo, pero nuestras lealtades han sido contrapuestas. Yo siempre he sido leal a los dragones. Nahia y Logan han sido leales a la causa de la rebelión, como bien sabes. No solo leales, son quienes la comenzaron».

«Interesante dicotomía la vuestra. Jinete y dragón, cada uno sirviendo a un interés del todo opuesto».

«Sí, así fue. He de confesar que ha sido una relación difícil».

Garran-Zilar-Denbo irguió su largo cuello.

«En algún momento sospecharíais de vuestros jinetes. ¿Por qué no los delatasteis? ¿Por qué no los matasteis allí mismo como traidores que son a los dragones?».

El gran dragón plateado había endurecido el tono. Aquello ya no era una charla, era un interrogatorio. Aroa escogió las palabras con cuidado.

«Para un dragón que no es raudo es difícil entender el vínculo que se establece entre jinete y dragón. Se desarrolla una conexión que va más allá de la mental».

«¿Te refieres a compartir sentimientos?».

«Así es. Sentimos lo que el otro siente. De alguna forma estamos unidos».

«Puede que estéis unidos, pero eso no significa que no podáis discernir lo que está bien y lo que está mal. Y si podéis discernirlo, deberíais haberlos ejecutado».

«Eki lo descubrió por el vínculo mucho antes que yo y decidió no delatar a Nahia. Yo fui descubriendo con el paso del tiempo que Logan no era como los otros jinetes. Como bien dices, comencé a sospechar hace algún tiempo. No sabía de su grado de involucración, pero sí lo sospechaba».

«En ese momento deberíais haberlos matado. ¿Por qué no lo hicisteis?».

«Si te he de ser sincera, creo que es por apego, por los sentimientos que hemos desarrollado hacia ellos. Y quiero pensar que ellos hacia nosotros».

Aroa aguardó la reacción. Cada instante de silencio se le hizo eterno.

Garran-Zilar-Denbo cerró los ojos y se quedó pensativo.

«Gracias por contármelo y confiar en mí. No he tenido ocasión de conocer muchos dragones raudos. En mi facción solo hay uno Askar-Gorri-Berri, es rojo. De carácter fogoso. Muy rápido y buen luchador. He de decir que vosotros dos me parecéis tener algo más, sois especiales».

«¿Especiales?» se interesó Aroa.

Garran-Zilar-Denbo abrió los ojos de nuevo.

«Sí. Porque no solo perdonasteis a vuestros jinetes, sino que os unisteis a ellos en su lucha».

«Hemos sido testigos de las barbaries que los dragones cometen contra los otros pueblos.

Es por ello por lo que al final nos hemos visto obligados a tomar parte.

Lo hicimos para defender a gente inocente que moría sin ninguna necesidad.

Solo por la codicia y el placer de derramar sangre por derramarla».

«Esa es la senda de los dragones».

«Lo sé, pero es una senda que ni Eki ni yo compartimos».

«Me alegra oírte decir eso. Mi facción tampoco comparte esa senda y es la razón por la que estamos aquí encarcelados».

«Conocemos los motivos y a vuestra facción. Todos los dragones la conocen como un ejemplo a no seguir. Buscáis que los dragones sigan una senda diferente».

«En efecto. Una senda en la que la muerte, la conquista y el odio no sean lo que nos guíe. Una senda en la que puedan vivir en paz todas las especies y los pueblos, a poder ser en armonía».

«Entonces puedes contar con nosotros».

Aroa desvió la mirada hacia Eki, que estaba algo más apartado observándolos.

«Cualquier dragón que quiera abandonar la senda de los dragones y unirse a la nuestra es bienvenido en nuestra facción siempre que sus motivos sean puros y no nos traicione».

Aroa levantó la cabeza.

«Puedo asegurar que nosotros dos no estamos aquí para traicionaros».

«Que los dragones os hayan traído aquí y os hayan situado a mi lado es un tanto sospechoso. ¿No crees, dragona blanca?».

Aroa movió la cola nerviosa.

«No digo que no lo sea, yo también desconfiaría. Pero te aseguro que estamos con Nahia y Logan y no los vamos a traicionar. Ni a ellos ni a sus aliados».

Garran-Zilar-Denbo inclinó la cabeza.

Guardó silencio un largo momento y luego se pronunció.

«Lo pensaré y ya veremos».

Dio media vuelta con parsimonia y se retiró al interior de su caverna sin añadir nada más. Aroa exhaló despacio. La alianza no estaba ganada, todavía no.