Capítulo 22 #2
—El sentimiento es mutuo —repuso Ingrid—. Cuéntanos, ¿qué ha sucedido en el reino de Irinel en los últimos tiempos con los dragones?
—¿Tenéis una hueste aquí en el este? —preguntó Lasgol.
Aidan bajó la mirada un instante.
—Los dragones arrasaron el reino de Irinel cuando lo conquistaron.
Por desgracia, el reino no supo defenderse de la amenaza y el rey cayó.
Hubo muchísimos muertos y la gente huyó hacia el sur, hacia estos bosques.
Vinieron miles de refugiados y no tuvimos más remedio que darles cobijo, lo contrario hubiera sido abandonarlos a su muerte.
—Eso no habrá agradado demasiado a los druidas, me imagino —intervino Viggo.
—No, no estuvieron muy de acuerdo en facilitar el bosque sagrado a aquellos que habían sido durante mucho tiempo enemigos de los druidas.
—Pero cedieron.
—Cuando hubo un cambio de liderazgo —apuntó Valeria y miró a Aidan.
El rostro de Aidan se ensombreció.
—Los dragones mataron al Consejo de Druidas y yo fui seleccionado para dirigir el destino de mi pueblo, un gran honor y una gran responsabilidad.
—Me parece la opción más adecuada. Tú tienes mucha experiencia, habías tratado con Irinel, con Norghana y otros reinos —opinó Ingrid.
—Así es, y por eso me pusieron al mando. También porque soy leal a los druidas, aunque en alguna ocasión haya tenido que jugar a dos bandas.
—Como la última vez que estuvimos nosotros aquí —recordó Viggo.
Aidan asintió.
—Casi me costó la vida, pero así es como tuve que solventar las situaciones en el pasado. Gracias a la ayuda de valiosos aliados conseguí sobrevivir —Aidan señaló a Valeria—, ahora soy el líder de los druidas y de lo que queda del reino de Irinel.
Nilsa se inclinó hacia delante en su taburete.
—Eso quiere decir que tenéis gente de Irinel escondida aquí, en los bosques…
—Así es. Aquí en la parte sur apenas hay druidas y el bosque está habitado por antiguos ciudadanos de la capital y las otras ciudades de Irinel. Tienen campamentos montados dentro del bosque sagrado para protegerse de los dragones.
—Podéis visitar esos campamentos cuando queráis —los invitó Valeria.
—Lo haremos —confirmó Ingrid, y miró a Lasgol—. Es una de las razones por las que estamos aquí.
—¿Para ver a gente de Irinel? —Valeria arqueó una ceja—. ¿O a alguien en específico?
—Ambas. Sigrid quiere saber cómo están las cosas aquí.
—Ya lo habéis visto. Irinel es a día de hoy un reino en ruinas. Sus gentes han huido y se han refugiado entre los druidas, entre mi pueblo. Otros eligieron huir a Moontian y se refugiaron allí, en el reino de la montaña.
—¿Os ha ofrecido ayuda la reina de Moontian? —quiso saber Ingrid.
—Lo ha hecho, así es. De hecho, mantengo comunicación con ella.
—Vaya, pero si erais enemigos —se extrañó Nilsa.
—En estos nuevos tiempos tan atroces y sombríos en los que vivimos, somos aliados.
—Qué interesante cómo cambian las tornas de la vida —comentó Viggo lleno de ironía—. Si esto sigue así, pronto veremos a la Reina Druida volver a reinar en Norghana, o quizá incluso en Irinel.
—Eso si es que está viva —añadió Nilsa.
—Lo veo poco probable, y no sé si está con vida o no. He preferido no tocar ese tema con la reina de Moontian. ¿Por qué agravar una situación ya de por sí muy tensa como la de nuestras relaciones? —explicó Aidan.
—Si la Reina Druida vive y si consigue salir de Moontian, no os preocupéis, que yo me encargo de ella y le corto el cuello —prometió Valeria.
—No creo que eso sea necesario —repuso Aidan—. Hay problemas muchísimo mayores ahora mismo. Todos vivimos en las sombras, escondidos de los dragones. Lo mismo ocurre en Moontian. No pueden abandonar su montaña y viven en la penumbra.
—Bueno, de todos los reinos de Tremia obligados a vivir así, el de Moontian es sin duda el que mejor adaptado estaba, por lo que les habrá supuesto poco esfuerzo —razonó Ingrid.
—¿Qué os trae por aquí? —preguntó Valeria—. Habéis venido en misión y no solo para saber cómo le va a Irinel.
Ingrid suspiró.
—Venimos en misión, sí. Estamos buscando las armas doradas que nos fueron arrebatadas.
—¿Os han quitado las armas doradas? —Valeria se sorprendió.
—Más bien nos las han robado cuando no estábamos disponibles —puntualizó Ingrid.
—Si estáis aquí es porque creéis que quien las ha robado está en Irinel —concluyó Valeria.
—Estamos buscando a Kayti, caballero de la Hermandad de la Custodia.
—¿Por qué crees que ella tiene las armas doradas?
—Por una pista que nos dieron en Rogdon.
—Si no os importa explicárnoslo, estaremos encantados de ayudaros una vez sepamos qué sucede —ofreció Aidan.
—No veo por qué no vamos a poder compartir esta información con vosotros —respondió Ingrid, y les explicó lo que había sucedido con los Portadores, los dragones y la pista sobre las armas doradas.
Cuando terminó, Aidan sacudió la cabeza.
—Me entristece saber que Rogdon también está pasando tantas dificultades y que han tenido que esconderse en la oscuridad de las cuevas.
—Es el mismo destino para todos en Tremia ahora mismo. Un destino sombrío, pero el único que nos garantiza la supervivencia por el momento —murmuró Lasgol.
—Entonces, si lo he entendido bien, necesitáis encontrar a Kayti y su Hermandad de la Custodia —recapituló Valeria.
—Así es. ¿La conoces? ¿Tienes información sobre ellos? —preguntó Ingrid.
—No, no la conozco, pero hemos ayudado a su orden a refugiarse aquí, nos lo pidieron —respondió Valeria.
—Pidieron que les ayudáramos a transportar reliquias muy valiosas para ellos y guardarlas aquí cuando los dragones arrasaron su morada y la llama se llevó a muchos de los componentes de la hermandad —explicó Aidan.
—Entonces, ¿están aquí con los objetos de poder? —preguntó Ingrid.
—Sí, lo están, pero viendo lo celosos que son con esos objetos, me da la sensación de que no os los van a entregar —advirtió Valeria.
—Las armas doradas son nuestras por derecho, las encontramos nosotros —protestó Nilsa.
—Mucho me temo que ellos no lo van a ver así —repuso Aidan—. Pero, en cualquier caso, como sois amigos, os llevaremos hasta ellos y podréis negociar.
Ingrid cruzó los brazos.
—¿Y si se niegan y tenemos que utilizar la fuerza?
—Si habéis de utilizar la fuerza, que no sea dentro del bosque sagrado. Hacedlo fuera.
—¿Quiere eso decir que los druidas no intervendrán y nos dejarán hacer? —preguntó Lasgol.
—No intervendremos si no se produce un conflicto dentro del bosque sagrado.
Es la condición que hemos puesto a todos los refugiados que aquí tenemos, sean soldados, civiles o de cualquier hermandad.
No puede haber lucha ni derramamiento de sangre en él —recalcó Aidan—.
Esas son las condiciones y quien no las cumple debe marcharse de nuestros bosques.
—Entendemos las reglas y procuraremos cumplirlas —aseguró Ingrid.
—¿Cuándo podremos hablar con Kayti y su hermandad? —preguntó Nilsa.
—Descansad hoy y mañana por la mañana podremos ir a hablar con ellos. Me gustaría charlar con vosotros esta noche y que me contéis todo lo que conocéis del estado de Tremia y los dragones.
—Y a mí me encantará estar de nuevo con las Panteras de las Nieves —añadió Valeria.
Astrid la fulminó con la mirada, sin decir palabra.
Ingrid miró a Lasgol, luego al resto de sus compañeros, y asintió.
—Así será.
Lasgol alzó la vista hacia las raíces que se hundían en la tierra sobre sus cabezas. Al día siguiente estarían frente a Kayti y su hermandad, pero algo le decía que las armas doradas no cambiarían de manos sin sangre.