Capítulo 22
—¿Tanto tiempo ha pasado que ya no os acordáis de una amiga a la que adorabais? —la druida echó la capucha hacia atrás y mostró una cabellera rubia de pelo ondulado y un rostro tan bello como un atardecer norghano. Uno de los tigres se sentó a sus pies.
—¡Val! —exclamó Nilsa con ojos muy grandes.
—Valeria, no me lo puedo creer —Astrid no bajó el arco.
Lasgol no conseguía reconocerla, pero su bello rostro se le hacía muy familiar, como si la conociera desde hacía mucho tiempo.
—Val, estás aquí, estás viva —a Gerd se le iluminó la cara.
—A esa preciosidad rubia norghana no la matan los dragones, ni los druidas, ni nada que se le parezca —comentó Viggo con una enorme sonrisa.
—En eso tienes toda la razón, asesino de corazones —sonrió y le guiñó un ojo.
Ingrid asentía y su cara de incredulidad era manifiesta.
Valeria los contempló con una sonrisa maliciosa.
—Parece que estáis en una situación algo complicada.
—No creo que este sea momento para bromas —respondió Ingrid mirando alrededor.
—¿Puedes ayudarnos a salir de este atolladero? —preguntó Nilsa.
—Me da que tus amiguitos abraza-árboles tienen muy malas intenciones —añadió Viggo.
—Ya sabéis que a los druidas no les gusta que entren en su bosque sagrado, y además vosotros tenéis bastante mala fama por aquí. Algo sobre secuestrar a una princesa… que luego fue reina… si no recuerdo mal… En cualquier caso, intentaré ayudaros, pero no está en mi mano.
—¿En manos de quién está? —preguntó Astrid y enarcó una ceja.
Valeria se dio la vuelta y, de entre los druidas, uno avanzó hasta situarse junto a ella. Observó a las Panteras de las Nieves.
—Veo que seguís tan audaces como siempre —saludó en norghano con acento de Irinel.
Ingrid entrecerró los ojos.
—No serás quien creo que eres…
—Imagino que sí —el druida se quitó la capucha para que pudieran verle la cabeza.
—Aidan, no podría ser otro —Viggo reconoció al druida.
—Nos alegramos de verte con vida, Aidan. No las tenías todas contigo cuando regresaste a estas tierras. Pensaba que no lo ibas a conseguir, si te soy sincera —confesó Ingrid.
—He conseguido el perdón de mis gentes y también me he ganado su respeto.
—Es más que eso —intervino Valeria—. Ahora Aidan gobierna a los druidas, es su líder.
—Me alegro mucho de que así sea —celebró Nilsa, a punto de aplaudir.
—Siendo así, ¿nos ayudarás? —solicitó Ingrid.
Aidan asintió.
—Hemos sido aliados en el pasado, nos hemos ayudado mutuamente y os debo un gran favor. Soy un hombre de honor, así que os ayudaré.
Lasgol no recordaba quién era Aidan, aunque en su memoria borrosa había un druida que intuía que sería él.
Aidan dirigió unas palabras a los druidas a pleno pulmón y luego señaló a las Panteras de las Nieves. Un momento más tarde, todos los druidas que habían entrado en el claro se fueron retirando, incluidos los seres roble y los animales que los druidas llevaban consigo.
—Pensaba que los druidas no entraban en este círculo sagrado en medio de la arboleda —observó Ingrid.
—Eso fue antes de que os llevarais el objeto de poder que estaba enterrado aquí. Una vez os lo llevasteis, nuestro pueblo percibió que ya no había poder mágico en él, perdió el estatus de sagrado y comenzaron a venir.
—Vaya, parece que hemos echado piedras sobre nuestro propio tejado —comentó Viggo con ironía.
—No es la primera vez y no será la última —Valeria sonrió.
—No sabes cuánto me alegro de verte —Nilsa se abalanzó a darle un abrazo a la rubia guardabosques espía.
—Lo mismo te digo, pelirroja revoltosa.
—Ya sabía que estarías con vida, te las sabes arreglar muy bien —Viggo le dedicó una mirada pícara.
—El mejor creando líos eres tú, yo solo soy una especialista en salir de ellos. —Valeria le devolvió otra sonrisa muy pícara.
En ese momento llegaron a la carrera Ona y Argi. Habían conseguido despistar a sus perseguidores y los habían encontrado.
Valeria saludó a Ona con la mano y le dedicó una sonrisa.
—Estás preciosa, Ona.
La buena pantera himpló una vez. Reconocía a Valeria y se restregó contra ella para que Argi supiera que era amiga.
«Yo estar más fuerte y más guapo» envió Camu a Valeria.
Ella rio con una carcajada alegre.
—No solo eres más poderoso, eso ya lo puedo sentir desde aquí, sino que además estás mucho más apuesto.
«Tú también estar más guapa» envió Camu y le dirigió su sonrisa eterna intentando parecer encantador.
—Muchas gracias, Camu. Me alegro de que la hibernación y las últimas aventuras te hayan sentado tan bien. Estás guapísimo.
«Yo mucho poderoso. Drakoniano superior».
Valeria sonrió.
—Sin duda, y muy apuesto, no lo olvides.
«Yo no olvidar».
La lluvia, que hasta ese momento ni habían sentido, comenzó a caer con mayor fuerza y, al estar en una explanada despejada, notaron que los iba a calar.
Aidan miró hacia el cielo y luego a las Panteras de las Nieves.
—Creo que lo mejor será que sigamos esta conversación a cubierto. Las nubes nos regalan hoy buena abundancia con la que nuestros bosques sanan y crecen.
—Lo que hace esta maldita lluvia vuestra es empaparnos hasta los huesos —se quejó Viggo, que miraba a las nubes oscuras con ojos entrecerrados.
—Seguidme, iremos a un lugar más protegido —Aidan les hizo un gesto con la mano para que fueran con él.
Se adentraron en los bosques hacia el sur y, nada más hacerlo, la lluvia pareció amainar, si bien golpeaba con fuerza las copas de los árboles.
A medida que avanzaban podían ver entre arbustos y árboles a druidas camuflados como tales.
Lasgol podía identificarlos gracias a sus habilidades, aunque no estaba seguro de si sus compañeros se daban cuenta.
Llegaron a un gran roble que Lasgol imaginó que sería milenario.
En el centro de este, en su gran tronco, había un enorme agujero.
Aidan llegó hasta él y se detuvo delante.
Dijo unas palabras en un lenguaje extraño, el de los druidas, y algo sorprendente sucedió.
Lo que parecía una abertura en el árbol se desplazó ante sus ojos, y lo que era una sombra sobre el tronco se convirtió en una persona: uno de los druidas.
Aidan habló con el vigía y este asintió.
De pronto, entre las raíces del árbol unos arbustos se desplazaron y apareció una nueva abertura, esta vez en el suelo.
Era muy amplia, una boca de cueva excavada en la tierra.
—Vamos a entrar aquí.
—¿Entrar a dónde? —Viggo enarcó una ceja—. Eso parece una madriguera de lobos hambrientos.
—Es una madriguera, sí, no te equivocas, pero no es de lobos hambrientos. Tranquilo, no hay peligro.
—Es seguro, podéis estar tranquilos —confirmó Valeria.
Aidan entró en la madriguera y los demás lo siguieron, incluidos Ona y Argi, y hasta Camu, que podía pasar por la entrada.
Descendieron por unas escaleras talladas en la propia tierra que parecían hechas de arcilla. Alcanzaron el fondo de las mismas, vieron luz y se encontraron en un corredor de tierra con antorchas en las paredes.
Recorrieron el corredor tras Aidan hasta llegar a una enorme área despejada en la que se veían raíces de árboles, enredaderas y una zona con sillas bajas, taburetes y una mesa. Contra las paredes de la gran estancia subterránea había vasijas con agua y alimentos.
—Sentaos, este es un refugio de druidas, los hay por todo el bosque. Tenemos agua y comida aquí.
Viggo se sentó en uno de los taburetes y estiró las piernas.
—No está mal esta madriguera, ya me gusta.
Valeria sonrió jocosa.
—Me alegro de que tenga la aprobación del asesino más famoso de Tremia.
—Mi oído ha captado la mofa de ese comentario, pero lo voy a dar por bueno —replicó Viggo, y aceptó la vasija con agua que le pasaba Valeria.
Lasgol tomó otro de los taburetes y estiró también las piernas mientras observaba el refugio subterráneo con ojos llenos de interés.
Descubrió que habían cavado aquella estancia debajo del gran árbol y utilizaban sus raíces para conseguir agua desde el exterior, que caía en vasijas colocadas en los lugares adecuados.
También había respiraderos en el techo. Ahí alguien podía esconderse durante mucho tiempo y estar tranquilo y seguro. Le gustó.
Cuando estuvieron todos acomodados, Aidan y Valeria cerraron el círculo. Ella ocupó el sitio junto a Lasgol. Astrid estaba a su lado y no le quitaba el ojo de encima a Valeria.
—¿Cómo te encuentras, Lasgol? ¿Mejor? —se interesó mirándole a los ojos.
—Bien, bastante bien —respondió Lasgol, que estaba un tanto confuso por no recordar del todo a la rubia guardabosques.
—Tienes algo raro en la mirada. No estás del todo recuperado, ¿verdad? ¿Me recuerdas?
Lasgol la observó un momento.
—No estoy seguro.
Valeria lo estudió con sus ojos azules clavados en los de él.
—Deberías recordarme, éramos buenos amigos.
—El rarito está más rarito que de costumbre —intervino Viggo—. Por si no lo recuerdas, un dragón inmortal le robó la memoria.
—Lo sé, pude ver cómo quedó después de aquello.
—Recuerdo cosas, pero no todo. A quienes menos recuerdo es, sobre todo, a las personas que significaron algo para mí.
—Entonces, si no me recuerdas, es que significaba algo para ti —repuso Valeria con una sonrisa muy pícara.
—Apenas… es algo muy borroso.
—Muy borroso…
—Lo cual no significa que ella significara nada para ti —intervino Astrid en tono seco y miró a Valeria con enfado.
—Tampoco te recuerda a ti, ¿eh? —dedujo Valeria.
Astrid posó la mano sobre la empuñadura de una de sus dagas.
—No, a mí no me recuerda, pero lo hará. En cambio, a ti no. Y será mejor que no te acerques a él o te arranco los ojos.
Valeria levantó las manos al aire y sonrió de oreja a oreja.
—No sabéis cuánto me alegro de veros a todos recuperados y como en los viejos tiempos. La última vez que estuve con vosotros la cosa pintaba muy mal. Me alegro de que ahora estéis todos juntos de nuevo. Lo vi complicado, si os soy sincera.
Aidan se llevó una mano al pecho.
—A mí también me alegra veros de nuevo. Han sido tiempos muy difíciles y siempre es agradable ver caras amigas. Ha habido demasiada muerte y destrucción.