Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 21
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Capítulo 21

De pronto Ona apareció llevando algo en la boca. Lasgol se dio cuenta y le pidió que se acercara con una seña.

—¿Qué llevas ahí? ¿Qué has encontrado?

La buena pantera de las nieves le entregó una capa húmeda. Lasgol la extendió y la estudió por un momento.

—Esa no parece una capa militar —Ingrid la observaba inclinando la cabeza.

—¿Qué tipo de vestimentas llevan estos de la hermandad? —Gerd se agachó junto a Ona y le rascó detrás de las orejas.

—Por lo que me contó Kayti, llevaban petos y capas blancas sobre armaduras pesadas —respondió Lasgol.

Le tendió la capa a Astrid. Ella pasó los dedos por la tela y frunció el ceño.

—Pues esa capa no es suya, aunque se me hace muy familiar.

—Se te hace familiar porque conocemos a quienes las llevan —Ingrid le dio la vuelta a la prenda y mostró el forro—. Esto es una capa de los druidas.

Nilsa cogió la capa.

—¿Los druidas? Pero… ¿qué hacen tan al norte?

—Esos no suelen salir de su gran bosque, donde su magia es muy poderosa —Viggo señaló el sur con la barbilla.

Astrid tomó la capa por los hombros y la sostuvo en alto contra la luz.

—No lo sé, pero que hayamos encontrado esta aquí creo que es significativo. Si algo no encaja, probablemente es importante.

Lasgol asintió.

—Estoy completamente de acuerdo. Esta capa no debería estar aquí, así que, o se trata de un hecho fortuito, que no lo creo, o hay una relación entre los druidas y la Hermandad de la Custodia.

—Pues los druidas no son precisamente los más amigables —Viggo se puso en pie y se sacudió las manos en los muslos.

—Son protectores de lo suyo, de su gran arboleda, de su magia, de sus costumbres y de sus gentes. No hay por qué opinar mal de ellos —repuso Gerd.

—Yo no opino mal de ellos, simplemente digo lo que ya sabemos todos —se defendió Viggo—.

Son de lo más extraño, se convierten en animales, desaparecen entre los arbustos y no son nada majos.

Por no decir que tienen un gusto horrible, ya que se tatúan toda la cara con esas extrañas marcas, runas o lo que sea.

Ingrid le quitó la capa a Astrid y la dobló en cuatro.

—Su cultura es su forma de vivir, no somos quienes para juzgar sus tradiciones. Lo que está claro es que, si hemos encontrado esta pista y no tenemos ninguna otra, tendremos que seguirla.

—No, no tenemos por qué seguirla. No me apetece lo más mínimo meterme en los bosques de esos Cambiaformas —protestó Viggo.

—Estoy con Ingrid, tenemos que ir a hablar con los druidas —se sumó Astrid.

Lasgol guardó la capa doblada en el macuto y ajustó las correas.

La lluvia empezó a caer con más fuerza y Viggo alzó los brazos hacia los cielos.

—¡Que deje de llover de una vez! Este país es insufrible, todo el día calado y con druidas cambiantes con muy mal humor. No entiendo cómo alguien puede pensar que este lugar es hermoso.

«Tú protestar demasiado y no ver belleza de paisaje» envió Camu.

—¿Qué vas a saber tú de belleza, bicho? Eres más feo que no comer en tres días. Y aquí el grandullón te lo puede explicar mejor —Viggo miró a Gerd.

—Deja de protestar y de meterte con todo el mundo y pongámonos en marcha —cortó Ingrid.

Viggo resopló y luego se resignó. No dijo nada más hasta que alcanzaron el Foraoise Naofa, el bosque sagrado de los druidas.

Se detuvieron a las afueras del gran bosque. La lluvia seguía cayendo con fuerza y, aunque todos querían entrar para resguardarse, la presencia de druidas en su interior hizo que se lo pensaran.

«Yo sentir el poder mágico del gran bosque desde aquí» envió Camu.

A Lasgol se le había erizado el vello de la nuca.

Nilsa no paraba quieta, cambiaba el peso de un pie a otro y estiraba el cuello para mirar entre los troncos.

—Este lugar me pone muy nerviosa.

—Os recuerdo que la última vez que estuvimos aquí fue en misión de secuestro y que probablemente los druidas no guarden un buen recuerdo de nosotros —comentó Viggo con ironía mientras se sacudía la capa empapada.

Ingrid miró a Lasgol.

—No tenemos más remedio que entrar.

Lasgol sacó el arco.

—De acuerdo, entremos con mucho cuidado. Sacad las armas.

El grupo entró en el bosque y avanzó despacio. Camu extendió su camuflaje sobre todos. La lluvia dejó de castigarlos en cuanto accedieron, el agua no traspasaba las copas de los árboles.

Ya conocían aquellos bosques, pero lo que sorprendió a Lasgol fue que no habían sufrido ataques de dragones.

Lo lógico hubiera sido encontrar zonas arrasadas por ataques elementales, sobre todo de fuego, que tanto daño hacían.

Sin embargo, todo se conservaba en perfectas condiciones, vibrante y lleno de vida.

Astrid se puso en cuclillas y hundió los dedos en el musgo del suelo.

—Esto es muy raro. No hay rastro de ningún ataque.

—Quizá estén más adelante, en la zona más profunda —auguró Nilsa.

Continuaron internándose con los ojos bien abiertos, observando cada árbol y cada arbusto que tenían alrededor.

No vieron a nadie, pero Lasgol tenía la sensación de que los observaban. No le extrañó. Si los seguía algún druida, era posible que no lo vieran por sus habilidades para convertirse en fauna y flora. Un zorro precioso de pelaje rojizo se les quedó mirando.

Viggo apoyó la mano en el pomo de uno de sus cuchillos.

—Me juego la paga de un mes a que ese es un druida.

—Puede que lo sea, pero no tiréis contra él —advirtió Lasgol—. Estamos aquí para recabar información sobre Kayti o la Hermandad de la Custodia. No queremos problemas con los druidas.

—Tampoco sabemos si siguen aquí —apuntó Ingrid.

—Este es su bosque sagrado y está en perfectas condiciones. No se habrán ido —razonó Astrid.

Mientras avanzaban, Lasgol advirtió que los movimientos de las ramas de los árboles eran un tanto extraños.

Se agitaban sin viento alguno ni corriente de aire.

En algunos tramos incluso le dio la sensación de que los árboles saludaban moviendo sus ramas y hojas cuando se acercaban.

No quería pensar que fuera nada malo, pero algo en su interior le indicaba que aquellos árboles, que aquel bosque, los estaba observando, y, si lo hacía como él creía, también estaría avisando a los druidas de su presencia allí.

—Movámonos más rápido. Tengo la sensación de que estos árboles nos espían —advirtió a sus compañeros.

—Malditos árboles chivatos. Dadme una antorcha y veréis —Viggo señaló con el pulgar el roble que tenía al lado.

—Nada de fuego, es lo peor que podríamos hacer —replicó Ingrid.

—Un fuego en mitad del bosque alertaría a todos a leguas de distancia —apuntó Astrid.

—Pues dadme un hacha y empiezo a talar árboles.

—No es ni el momento ni el lugar —Ingrid lo apartó del roble de un empujón—. Continuemos.

Siguieron adelante en dirección sur. Lasgol había olvidado lo grande que era aquel bosque, no se veía el final.

De pronto se levantó una brisa que barrió la zona por la que avanzaban y le acarició el rostro.

Sintió alivio, pero tras un momento los pelos de la nuca se le erizaron de nuevo, y mucho.

Aquella brisa no era natural, era algún tipo de conjuro.

Fue pensarlo y le llegó el mensaje mental de Camu.

«Brisa no natural. Magia de naturaleza» advirtió.

Lasgol se detuvo y con él los demás. Buscó alrededor el origen empleando su habilidad Ojo de Halcón y envió mucha energía para amplificar el alcance.

Entre los árboles, al oeste, distinguió a tres druidas-madre que estaban conjurando.

Movían los brazos y los cayados al aire y de ellos partía la brisa que los estaba envolviendo.

—Hacia el sureste, rápido —pidió Lasgol.

Pero ya era demasiado tarde. A su lado Astrid se hizo visible, luego Ingrid, Viggo, Gerd, Nilsa y por último Camu.

Lasgol se quedó quieto, sorprendido.

—¿No te funciona la habilidad de camuflaje, Camu?

«Habilidad funcionar y estar activa. No ser eso, ser brisa».

Se miró el cuerpo y descubrió que había partes que no se veían y otras sí. Una sustancia se le había pegado al ropaje, la tocó con los dedos y comprobó que era una especie de polen verduzco que se adhería a la ropa y la piel. Frotó con fuerza y no consiguió quitárselo.

Viggo se restregaba las palmas contra el pantalón y solo lograba extender el verde por la tela.

—Nos han enharinado como a un pescado antes de echarlo a la sartén —masculló.

—Somos visibles. ¡Atentos! —Ingrid ya tenía el arco en la mano.

—Sigamos hacia el este, rápido, antes de que conjuren sobre nosotros.

«Yo poder crear cúpula antimagia».

—Hazlo, rápido.

Escaparon todos al mismo ritmo, pero nada más avanzar se toparon con otro grupo de druidas-madre justo en la dirección en la que iban.

—Malditos árboles chivatos —Viggo le dio una patada al árbol más cercano.

Las druidas-madre conjuraron una nueva brisa y la impulsaron hacia ellos con las manos y los cayados.

—Sigamos hacia el sur, rápido —ordenó Lasgol.

«Su magia no penetrar mi cúpula» intentó tranquilizarlos Camu.

Lasgol sintió la brisa en el rostro y le costó respirar. Comenzó a toser de forma compulsiva y se dobló sobre las rodillas.

—Lasgol, ¿estás bien? —Astrid lo agarró del brazo y, nada más hacerlo, ella misma empezó a tener problemas para respirar.

«Druidas-madre envenenar brisa» advirtió Camu.

—¿No decías que no podía pasar tu cúpula?

«Ellas no usar magia directamente sobre nosotros. Ellas envenenar brisa y mandarla hacia aquí. Brisa no ser magia».

—Vaya explicación más inservible, igual que tu magia.

—Colocaos los pañuelos sobre boca y nariz.

Sus compañeros así lo hicieron, aunque Lasgol y Astrid con serias dificultades.

—Todos hacia el sur, rápido —Ingrid se echó el brazo de Lasgol al hombro y tiró de él.

Gerd cogió a Astrid de la cintura con un brazo y a Nilsa con el otro.

Dejaron atrás a las druidas-madre, pero iban visibles y envenenados. Y lo que llegó a continuación fue todavía peor.

A su espalda comenzaron a oír pasos que hacían temblar el suelo. Se volvieron a mirar qué les perseguía y Nilsa retrocedió un paso sin darse cuenta.

Varios seres-roble avanzaban con las raíces fuera de la tierra. Eran árboles enormes que buscaban atraparlos con sus fuertes ramas o aplastarlos bajo el peso de sus tremendos troncos.

—Nos persiguen árboles andadores. Esto cada vez está mejor —Viggo corría de espaldas con una flecha en la cuerda—. ¿Puedo usar ya el fuego o dejo que uno de estos monstruos de madera me dé un abrazo de muerte?

—Sigamos escapando hacia el sur. Hay que llegar a la gran explanada, ahí no entrarán —dijo Lasgol tosiendo.

—Más vale que no entren.

—¿No podemos hablar con ellos? No venimos con intenciones hostiles —Gerd llevaba a Nilsa y a Astrid casi en volandas.

—Los druidas no son de hablar, me temo —contestó Ingrid.

Continuaron avanzando.

—Ya estamos casi. Sigamos rápido.

Lasgol miró atrás un instante. Los seguían nada menos que una docena de seres-roble que, pese a su enorme tamaño y su aspecto lento, recorrían el espacio que los separaba mucho más rápido de lo deseado.

También descubrió a varios druidas que iban tras ellos como cazadores que envían sus perros a por la presa, solo que aquellos eran mucho más peligrosos.

Alcanzaron la gran explanada y entraron en ella tan rápido como pudieron. Se internaron hasta poner trescientos pasos de distancia con sus perseguidores para que no pudieran conjurar sobre ellos.

Al llegar a los trescientos pasos, Viggo cantó victoria.

—Lo conseguimos, ya estamos a salvo. No han podido cazarnos, somos demasiado rápidos y escurridizos, sobre todo yo —se echó el arco al hombro con una sonrisa.

El resto se detuvo a recobrar el aliento. Lasgol se bajó el pañuelo y llenó el pecho de aire, los efectos nocivos del veneno habían quedado atrás. Astrid se irguió y llenó los pulmones de aire limpio.

—Ya estoy bien —confirmó a Lasgol.

Nilsa tosió un par de veces más y luego respiró con normalidad.

En el linde del bosque aparecieron los seres-roble y con ellos los druidas cazadores.

Las Panteras de las Nieves los observaron convencidas de que no entrarían, ya que aquel lugar era sagrado para los druidas. Para su total desconcierto, los druidas y los seres-roble comenzaron a avanzar hacia el centro, hacia ellos.

—Pero… ¿qué demonios es esto? —exclamó Viggo—. ¿Se les ha pasado la superstición?

Lasgol se giró para continuar huyendo hacia el centro del claro y descubrió que del otro extremo también avanzaba un grupo numeroso de druidas.

—Vienen del norte y del sur —contó Ingrid.

—Escapemos hacia el este —sugirió Astrid.

Justo en ese momento un grupo de druidas-madre aparecieron desde esa dirección. Todos miraron al oeste. Allí aguardaba otro grupo numeroso.

—Estamos rodeados. Nos han metido en una trampa —Lasgol comprendió que los habían empujado hasta allí desde la primera brisa.

—Pues no va a quedar más remedio que luchar —Viggo puso una flecha elemental de fuego en la cuerda de su arco.

—Eso me temo. Preparaos todos para el combate. ¡Flechas de fuego! —Ingrid clavó tres saetas en la tierra, a su alcance.

«Yo proteger» avisó Camu, y volvió a levantar su cúpula antimagia.

Lasgol apretó el arco hasta que le dolieron los dedos. No quería luchar contra los druidas, pero las circunstancias eran las que eran y no iba a haber otra forma de salir de allí si no era luchando.

Los druidas y los robles se acercaban. Lasgol distinguió cómo varios de los druidas se transformaban en poderosos osos de los bosques.

El aire se le llenó de una magia densa y verde que reconocía demasiado bien, porque era la misma que corría por su propia sangre.

Iba a tirar contra quienes compartían su magia.

—Estos druidas son un dolor —comentó Viggo al verlo.

Del numeroso grupo que avanzaba desde el sur, varios llevaban panteras y tigres enormes con ellos. Otros ya conjuraban y se cubrían el cuerpo con una capa de corteza de árbol.

A Lasgol se le encogió el estómago. De allí no iban a salir bien parados.

Todos los grupos se acercaron a doscientos pasos de donde estaban y se detuvieron.

Estaban a alcance de conjuro. Las druidas-madre hicieron brotar enredaderas venenosas frente a ellas, que se movían como si tuvieran vida propia y esperasen la orden de atacar.

—¡Atención! A mi orden, tiramos —ordenó Ingrid.

—Eso sería una muy mala idea —dijo una voz femenina en norghano.

Todos miraron hacia el grupo del sur. Quien había hablado era una druida que llevaba dos enormes tigres a su lado.

—Yo conozco esa voz —Nilsa bajó el arco un palmo.

—Sí, yo creo que también, aunque no la recuerdo —murmuró Lasgol.

—No tiréis y bajad los arcos, es lo mejor. Hacedme caso —insistió la voz femenina en perfecto norghano.