Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 20
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Capítulo 20

Al amanecer siguiente se pusieron a buscar un mapa que los pudiera conducir hasta la fortaleza. Se dividieron en dos grupos para ir más rápido. Astrid, Lasgol, Nilsa y Gerd se dirigieron a la biblioteca de la ciudad y el resto se quedó en el palacio real.

El grupo cruzó la ciudad hasta llegar al edificio.

Por fortuna, no estaba muy dañado. Tenía marcas de ataques de dragón en las fachadas, pero sus fuertes paredes de roca habían aguantado.

En el interior descubrieron infinidad de tomos en los más de cuatro pisos de altura que tenía el edificio.

Los tomos descansaban en largas estanterías y los más preciados, dentro de vitrinas adornadas.

—Separémonos y busquemos mapas, creo que será lo más rápido —sugirió Lasgol.

—Sí, buscar en los tomos sería interminable —convino Astrid.

Buscaron durante horas, cada uno se encargó de un nivel de la biblioteca. Astrid encontró algo.

—Venid, creo que lo tengo —los llamó.

Estaba en el segundo piso, al fondo. Para llegar hasta ella había que cruzar un ala que el fuego de los dragones había alcanzado. Las estanterías estaban quemadas y el suelo de madera parecía vencido hacia el piso inferior. Astrid les indicó por dónde había pasado ella, pegada al muro de piedra.

Cruzaron en fila y con pasos cortos. A mitad del tramo, la madera crujió y cedió bajo el peso de Gerd.

El grandullón se hundió hasta la cintura entre un estallido de madera y astillas.

Lasgol y Nilsa lo agarraron cada uno de un brazo y tiraron con todas sus fuerzas mientras el agujero se agrandaba bajo él.

Lo arrastraron hasta el muro y los tres quedaron sentados contra la piedra, con el corazón latiendo con fuerza.

—¿Estás bien? —preguntó Nilsa con la voz aguda.

—Sí… aunque casi me doy un paseo directo hasta el primer piso —resopló Gerd mientras se sacudía las astillas de las piernas.

—La próxima vez paso yo primero, que peso la mitad —sugirió ella.

Terminaron de cruzar el ala quemada sin separarse del muro y alcanzaron una estancia grande iluminada por la claridad de la mañana, que penetraba por una enorme ventana de vidrieras. En las paredes colgaban grandes mapas de Irinel y sus regiones.

Lasgol, Nilsa y Gerd observaron los mapas.

—Estupendo, tiene que estar aquí —se animó Gerd.

—Sí, esto es una sala de mapas, algunos muy antiguos —observó Nilsa, que miraba uno muy gastado, aunque bien conservado, que colgaba de la pared.

Abrieron los cajones de dos grandes mesas que ocupaban el centro y hallaron más atlas. Los desenrollaron y buscaron entre los del reino y sus regiones, ya que también había de otros territorios, incluido uno muy detallado de Norghana.

Esta vez fue Gerd quien dio con algo.

—Creo que lo tengo.

Les mostró un pergamino y lo puso sobre la mesa. Era un mapa militar, con las fortificaciones del reino marcadas. Gerd señaló al norte de la capital con el dedo índice.

—Eso es una fortaleza aislada. Y no está marcada como las otras fortalezas militares, es diferente.

—Sí, esa tiene que ser —confirmó Astrid con una sonrisa.

—Lo tenemos, y no está demasiado lejos —celebró Lasgol.

—Llevemos el mapa al resto del grupo —Nilsa dio una palmada, animada.

Cuando entraron en el palacio real, se toparon con que sus compañeros todavía seguían rebuscando en la gran biblioteca del rey. Tenían apartados en otra habitación todos los mapas que habían encontrado, pero no habían podido localizar la fortaleza en ellos.

—Lo tenemos —anunció Lasgol.

Ingrid resopló.

—Menos mal, estábamos empezando a perder la paciencia.

—Yo hace rato que la he perdido. Esto es trabajo para una bibliotecaria como Sonea, no para un asesino que se precie —se quejó Viggo.

—No te discuto que Sonea estaría encantada de andar de nuevo entre libros, pero, por desgracia, está bien ocupada intentando salvar a los suyos —replicó Lasgol.

Abandonaron la capital y partieron hacia la fortaleza de la Hermandad de la Custodia con el ánimo renovado. El mapa, aunque no muy detallado, los llevaría hasta ella y, con un poco de suerte, hasta Kayti y Hartz.

A Lasgol el trayecto se le hizo triste. Aquella tierra era muy bella con sus verdes paisajes, pero la lluvia constante y encontrarla desierta le bajaban el ánimo. Ahora era una tierra falta de espíritu, pues una tierra no era tal sin sus gentes.

Ona y Argi iban en cabeza. Coronaron la última loma y distinguieron sobre el llano una edificación semiderruida.

—Eso no tiene buena pinta —advirtió Viggo—. Los dragones se nos han adelantado.

—Vaya, si esa es la fortaleza que buscamos, me temo que en ella no quedarán ni Kayti ni su hermandad —se lamentó Nilsa con un gesto de contrariedad.

—No hay otro edificio militar en lo que alcanza la vista, tiene que ser eso —dedujo Ingrid.

Lasgol utilizó su habilidad Ojo de Halcón y observó a través de la lluvia el terreno llano que se abría a su alrededor. Dio una vuelta entera sobre sí mismo, con la mano sobre los ojos para protegerlos del agua, y comprobó que no había ninguna otra fortificación.

—Es eso, no hay más —confirmó a sus compañeros.

Se acercaron hasta las ruinas y las examinaron con detenimiento.

—Esto lo han hecho los dragones, la han arrasado —concluyó Lasgol, que estudiaba el tipo de daño que la estructura había sufrido.

—Sin duda, y se han ensañado bien —estuvo de acuerdo Ingrid.

—Revisadlo todo. Si hay armas doradas y objetos con poder podrían estar todavía aquí —rogó Lasgol, aunque en su interior lo dudaba.

—De estar, los tendrían bajo tierra —Astrid señaló unas escaleras que descendían a un sótano.

Registraron la parte superior, o lo que quedaba de ella, y no hallaron nada. Astrid ya intentaba colarse entre los escombros para llegar a la zona subterránea de la fortaleza.

—Ten cuidado, Astrid, podría derrumbarse encima de ti y sepultarte —advirtió Lasgol, en su tono había preocupación verdadera.

Astrid se giró hacia él y sonrió.

—Te preocupas por mí, ¿eh?

—Por supuesto —aseguró Lasgol.

—De ahí a amarme solo hay un paso —le guiñó un ojo.

—Sí, un paso del tamaño de Tremia —apostilló Viggo.

Ingrid le dio un codazo en las costillas.

—Estate calladito, merluzo.

—Echadme una mano para mover unas rocas. Hay un hueco y creo que podría colarme —pidió Astrid.

Se pusieron a trabajar, pero resultó más difícil de lo que esperaban.

Debían evitar un derrumbamiento mientras retiraban rocas que pesaban una barbaridad.

Pero si en algo eran buenas las Panteras de las Nieves era en trabajar en equipo, y todos ayudaban, incluso Argi, Ona y Camu, que tiraban de cuerdas atadas a sus cuerpos para arrastrar las rocas más grandes y abrir camino.

Astrid consiguió pasar entre las rocas y descendió a los sótanos. Durante un rato todos aguardaron a que les dijera qué había en el subsuelo.

—Necesito luz, pero creo que he dado con un paso.

—Voy contigo —Lasgol entró en la abertura.

—Tened mucho cuidado —rogó Nilsa con tono nervioso.

Una vez abajo, Lasgol invocó su habilidad Punto de Luz y creó frente a ellos un haz que iluminaba cuanto los rodeaba.

—Bonita habilidad, veo que vas recordando —Astrid le dedicó una sonrisa.

—Sí, ya tengo todas mis habilidades de vuelta, solo me falta la memoria —se disculpó él.

—No te preocupes, la recuperarás. Y si no lo haces, da igual, conseguiré que te vuelvas a enamorar de mí —los ojos verdes de la morena brillaron.

Lasgol sonrió. No sabía por qué, pero empezaba a tener la sensación de que Astrid tenía razón y de que, pasara lo que pasase con su memoria, terminarían juntos. Era solo un augurio, un sentimiento que le nacía en el estómago, pero era cada vez más fuerte.

Avanzaron entre los escombros y llegaron a una puerta que las rocas habían destrozado. Entraron en una sala rectangular y pudieron ponerse en pie. La estancia se mantenía firme, con sus cuatro paredes y el techo intactos.

—Avancemos —Astrid señaló otra puerta al fondo, arrancada de sus goznes. Era extraño, porque era una puerta metálica y en aquella zona no había derrumbamientos.

Pasaron a la siguiente sala y vieron otras escaleras que bajaban a un nivel inferior.

—Vaya, vamos a tener que descender algo más —observó Astrid.

—De acuerdo, pero vayamos con mucho cuidado, algo aquí no me termina de encajar.

—Ya somos dos.

Astrid descendió y Lasgol la siguió de cerca. El punto de luz avanzaba frente a ellos, podía guiarlo con la mente para que se moviera a donde deseara o los acompañara sin más.

Entraron en una antesala y descubrieron imágenes de Zuline, la patrona de la hermandad, en estatuas, lienzos enormes y murales que cubrían las paredes. Había flores resecas a los pies de varias estatuas de distintos tamaños de la señora de la orden.

—Esto es un lugar de devoción —murmuró Astrid.

Más adelante vieron otra puerta arrancada de cuajo y pasaron a la sala siguiente. Lasgol no tuvo ninguna duda de lo que era, puesto que estaba llena de armeros, el problema era que estaban vacíos.

—Alguien se ha llevado todo lo que aquí guardaban, y tenían que ser armas —dijo a Astrid, que pasaba los dedos por el polvo de una repisa vacía.

—Continuemos, creo que ya sé lo que ha pasado aquí.

Cruzaron a la siguiente cámara y descubrieron estanterías y mesas con los cristales rotos.

—Y aquí han vaciado hasta el último estante.

—Sigamos con el resto de las salas.

Así lo hicieron, pero el resultado fue el mismo en todas. Muestrarios, estantes, mesas y armeros estaban vacíos, y en la sala final los cofres y baúles ornamentados aparecieron abiertos y sin nada dentro.

—Se lo han llevado por la fuerza y con prisas —dedujo Astrid, que estudiaba los cristales del suelo y las huellas que habían dejado.

—¿Cuántos eran? —preguntó Lasgol, que ya se había hecho una idea.

—Más de una veintena, y llevaban botas militares.

—Interesante.

—Más bien desconcertante, ¿no crees?

—Lo es, pero al menos sabemos que los objetos de poder que la hermandad guardaba con tanto esmero no se los han llevado los dragones.

—Así es, estas huellas no son de soldados de Kraido —confirmó Astrid.

—Regresemos con los demás y compartamos lo que hemos descubierto.

—De acuerdo, vamos.

Los dos subieron a la superficie, donde sus compañeros aguardaban con expresión ansiosa.

—¿Buenas noticias? —preguntó Nilsa sin poder aguantarse.

—No, no demasiado —respondió Astrid.

—Los objetos de poder no están, se los han llevado —explicó Lasgol—. También las armas doradas, si es que estaban aquí.

—¿No queda ni un objeto ahí abajo? —quiso saber Gerd.

—Nada, se lo han llevado todo. Y por lo que hemos visto, había muchos objetos y armas.

—¿Y eso no son malas noticias? —Viggo enarcó una ceja.

—Lo son, pero al menos no han sido los dragones. Las huellas de ahí abajo son de botas de humanos… militares —respondió Lasgol.

—Pues una de dos, o son soldados de Irinel o son los propios miembros de la orden que se las llevaron antes de que destruyeran la fortaleza. ¿Tengo razón o no, Ingrid? —preguntó Viggo.

Ingrid asintió.

—Sí, esas son las dos opciones más probables —convino Astrid.

—Entiendo que no hay ninguna pista de hacia dónde se han dirigido —dedujo Ingrid.

—No, ninguna —reconoció Lasgol.

Se quedó mirando las ruinas bajo la lluvia.

Habían cruzado medio reino para seguir el único hilo que tenían y el hilo terminaba allí, entre armeros vacíos y flores resecas.

Aun así, alguien había cargado con todos aquellos objetos, y más de una veintena de hombres con semejante peso a cuestas dejaba rastro tarde o temprano.

Lo buscarían. No pensaba volver al norte con las manos vacías.