Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Lasgol suspiró. Todos tenían razón, incluso Viggo, y eso siempre lo dejaba incómodo.

—Su nombre ya lo conocéis, se llama Kayti —empezó a explicar—.

Pelirroja, de pelo rizado, pecas y ojos verdes, es alta y buena con la espada.

Tiene formación militar. Nació cerca de la capital, es hija de granjeros.

La conocí hace tiempo, cuando acompañaba a Komir.

De ella y de Hartz conservo bastantes recuerdos, no sé por qué.

—¿Amiga? —quiso saber Gerd, esperanzado.

—Compañera de peligros. La considero una amiga, pero tiene su propia agenda.

—Esa puntualización no ha sonado del todo bien —comentó Viggo con tono irónico.

—Viajaba con los Portadores, luchaba junto a ellos y fue resolutoria —siguió Lasgol—. Pero nunca fue de ellos. Servía a otra causa, hasta el final.

Nilsa se echó hacia delante con el cuenco olvidado en las rodillas.

—¿A qué causa?

—A la de la Hermandad de la Custodia. Son una orden armada del reino de Irinel.

Buscan objetos de poder por Tremia, los estudian y los guardan para que nadie pueda usarlos.

Tienen rangos como un ejército: iniciado abajo, después caballero, después caballero maestre, y arriba del todo un capitán general.

Se rigen por un códice y por unos textos sagrados que no enseñan a nadie de fuera.

—¿Y a esos les vamos a pedir que nos entreguen las armas doradas? —preguntó Gerd enarcando una ceja.

—Le pediremos a Kayti que nos las entregue, es diferente —aclaró Lasgol.

—¿Y si dice que no? —preguntó Nilsa con tono de que esperaba que no fuera así.

—Pues tendremos que enfrentarnos a esa hermandad —dijo Viggo y pegó dos tajos al aire con el cuchillo que afilaba.

—Eso no será necesario —aseguró Lasgol intentando decirlo con toda la confianza que pudo.

Astrid a su lado lo cazó.

—Ya…

Ingrid dejó el pellejo en el suelo de mármol.

—Una orden militar con siglos de experiencia y una base propia. Eso no es un puñado de aficionados. ¿Cuántos son?

—No lo sé —reconoció Lasgol—. Nunca me lo dijeron, sé que operan por toda Tremia y que tienen una fortaleza en alguna parte de este reino.

—Cada vez suena mejor —Viggo alzó el cuchillo y lo miró al trasluz de las llamas.

Astrid se apartó el cabello de la cara y miró a Lasgol.

—Guardan el poder para que nadie lo use. ¿Por qué? Nadie dedica su vida a esconder espadas por gusto.

Lasgol suspiró.

—Por una profecía.

Nilsa se quedó quieta, cosa rara en ella.

—¿Profecía? ¿Qué profecía?

—Hace unas doscientas primaveras hubo una mujer llamada Zuline —continuó Lasgol—. Encontró un medallón negro. Era Ilenio, aunque entonces nadie lo sabía. Lo manipuló y tuvo una visión, y esa visión es el motivo de que exista la hermandad. La llaman la visión del fin de los días.

—Esto mejora por momentos. Precioso nombre… —sonrió Viggo con sarcasmo.

—¿Y qué vio? —Gerd se había encogido con las manos sobre su torso.

—El fin de Tremia… de todo. Los cielos ardiendo, los mares desbordados, tormentas que no acaban, la humanidad arrasada. Y vio dos objetos que lo desencadenaban, dos grimorios: uno de oro, el del sol, y otro de plata, el de la luna.

—Ya estamos —Viggo dejó el cuchillo—. Libros que acaban con el mundo. ¿Nadie ha probado a quemarlos y a irse a dormir tranquilo?

—Calla, merluzo, no sabemos qué tomos son o si pueden ser destruidos.

—Los tomos los tenemos, bueno, los tienen los Portadores y Haradin. Están a buen recaudo —aseguró Lasgol.

—Entonces no habrá fin del mundo, ¿no? —se animó Nilsa—. ¿O sí?

—Zuline vio algo más —Lasgol prosiguió—. Vio una esperanza, una mujer guerrera de su propia hermandad que impediría el cataclismo: la elegida. Desde entonces la hermandad adiestra mujeres fuertes, además de hombres, y recoge todos los objetos de poder que encuentra, esperándola.

Un tronco se partió en la hoguera y Ona levantó la cabeza. Nadie habló durante un rato.

—Entonces no están haciendo el mal —Astrid lo formuló despacio, como si estuviera colocando piezas—. Creen que están salvando al mundo.

—Eso es.

—Y nosotros vamos a ir a pedirles que nos den los objetos dorados que recolectan… —Nilsa no lo veía claro.

—Sí.

—Estupendo —Ingrid cruzó los brazos—. Y cuando digan que no, ¿qué hacemos?

Lasgol no contestó y su silencio fue respuesta suficiente. Viggo abrió la boca, la miró y por una vez la cerró.

—Falta uno —terció Astrid al rato—. Has dicho Kayti y Hartz dos veces desde que salimos, y de Hartz no has soltado ni media palabra.

—Hartz es otro asunto.

—Peor asunto —Viggo recuperó el cuchillo—. Se te ha puesto la voz rara.

Lasgol se pasó la mano por la nuca.

—Hartz es norriel, un gigantón que nos saca la cabeza a todos y tiene una espalda el doble de ancha. Es más grande que Gerd.

—Eso no existe —protestó Viggo.

—Existe, y lo conozco. Es un buen hombre, de los que no saben mentir, aunque les vaya la vida. Es el mejor amigo de Komir desde que los dos eran críos, se criaron juntos en las tierras altas de los norriel. Viajaba, como Kayti y como yo, con el grupo de los Portadores.

Nilsa frunció el ceño.

—Espera. ¿Un amigo de Komir está con la gente que nos robó las armas?

—Está con Kayti, es su pareja. La hermandad lo nombró miembro honorario, pero él no sirve a ninguna profecía, la sirve a ella —Lasgol miró el fuego—. Su amor por ella es tan grande como lo es él.

—Un hombre enamorado y muy grande —Viggo hizo una mueca—. Menuda combinación… Me lo cargo en un abrir y cerrar de ojos.

—Hay algo más. Lleva un mandoble Ilenio y no es un arma corriente: se despierta con la sangre de quien la empuña y le da una fuerza y aguante que ningún hombre tiene. Lo he visto acabar con diez hombres estando herido.

Ingrid se enderezó al instante.

—¿Un arma dorada?

—Es una espada de un rey Ilenio, de las que encontraron los Portadores.

—¿Y por qué la lleva él? No es uno de los Portadores, ¿no? —preguntó Nilsa.

—No, pero se la quedó cuando la encontraron.

—¿Tiene el don? —preguntó Gerd.

Lasgol negó con la cabeza.

—No que se sepa.

—¿Y cómo es que puede usar el arma si él no tiene el don?

—No lo sé. Ya os digo que es un arma especial, no es como las armas doradas.

—Pero se podrá matar dragones con ella —dijo Astrid.

—Imagino que sí, es un arma Ilenia… —Lasgol hizo un gesto de que no estaba seguro.

—Bueno, ya sabemos más de esos dos —dijo Nilsa.

—Sí, menuda parejita —comentó Viggo—, de lo más normalita.

—Hay algo más —dijo Lasgol.

—¿Algo más? —Gerd enarcó ambas cejas.

—Veréis… Los Portadores son cinco: Komir, Aliana, Iruki, Asti y Sonea, y cada uno lleva uno de los medallones de los reyes Ilenios. Sucedió algo… En un lugar bajo tierra, al final de todo lo que pasó, los cinco cayeron en trance cuando comenzaba a despertar algo que habría arrasado Tremia.

—Como los dragones, quieres decir —dijo Viggo.

—Incluso peor.

—No hay nada peor que los dragones —dijo Nilsa.

Lasgol se encogió de hombros.

—Yo estaba fuera. Una barrera de energía me echó atrás.

—¿Y quién solucionó la situación? —Nilsa apenas respiraba.

—Kayti. Fue la única que la barrera dejó pasar porque llevaba una armadura blanca Ilenia.

Gerd se quedó con la boca abierta.

—O sea, que esa mujer salvó Tremia.

—Entre todos más bien, pero sí, detuvo el despertar.

Y hay una cosa más que debéis saber —Lasgol respiró profundamente—.

¿Recordáis la elegida de la profecía, la mujer guerrera de la hermandad que impedirá el cataclismo?

Los Portadores lo saben, y yo lo sé por ellos: es Kayti.

Esa armadura blanca la reconoció a ella, la llaman el Alma Blanca.

Se hizo un silencio distinto al de antes. Viggo fue el primero en recomponerse.

—A ver si lo he entendido. Vamos a quitarle el arsenal a la señora que, según su propia profecía, es la única que puede salvar el mundo.

—Eso mismo.

—Pues nada —se guardó el cuchillo en el cinto—. Cuando esto salga mal, quiero que conste que yo ya os lo estoy advirtiendo.

Ingrid ignoró a Viggo y entrecerró los ojos.

—Si ella es la elegida, su gente no la va a dejar sola ni un instante. Todo lo que custodian gira alrededor de esa mujer. No vamos contra una orden que guarda armas y objetos mágicos, vamos contra una orden que guarda su profecía.

—Por eso os lo cuento ahora —Lasgol levantó la vista y los fue mirando de uno en uno—. Quiero que todos entendáis quién es Kayti antes de dar con ella, porque cuando la tengamos delante no habrá tiempo para explicaciones.

Nadie encontró qué responder. Ingrid removió las brasas con la punta de la bota y Viggo miraba el filo del cuchillo sin afilarlo. Fue Camu quien rompió el silencio desde el fondo del salón, con la cabeza ladeada.

«¿Mujer buena o mujer mala?».

Lasgol tardó un momento.

—Buena.

«¿Entonces por qué pelear?».

—Porque los buenos también se equivocan —Astrid respondió por él y se levantó a echar más leña.

Camu se quedó pensando aquello con la cola quieta.

«No gustar».

—A mí tampoco, bicho —Viggo guardó el cuchillo—. A mí tampoco…

Lasgol se quedó mirando las llamas, él tampoco estaba tranquilo. Kayti y Hartz eran amigos, pero tenía la clara sospecha de que no iban a entregar las armas doradas. Kayti anteponía su deber sagrado a todo.

—No tenemos ni idea de dónde están, ¿verdad? —preguntó Nilsa.

Todos miraron a Lasgol.

—Los conozco, pero no sé dónde pueden estar. De estar en algún lado, será en la fortaleza de su orden.

—¿Sabemos dónde se encuentra?

—No con exactitud, pero podríamos buscar algún mapa que indique su localización.

—Esa es buena idea —aprobó Astrid—. He pasado junto a una biblioteca, podríamos registrarla y buscar mapas. En alguno aparecerá esa Hermandad de la Custodia.

—En este palacio debería haber una biblioteca también, es el castillo real y tendrán mapas si no se los llevaron todos, cosa que dudo —comentó Ingrid.

—Me parecen buenas ideas. Registraremos la biblioteca de este castillo y la que ha encontrado Astrid al amanecer, a ver si damos con un mapa que señale la fortaleza de la orden —resolvió Lasgol.