Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 19
31%

Capítulo 19

No encontraron problemas durante el viaje, aunque tampoco los esperaban puesto que no había constancia de que quedaran dragones en Zangria ni Irinel.

El único problema que podían tener era algún dragón en patrulla de vigilancia, y tampoco solían cubrir los mares, por lo que el riesgo que corrían en aquella travesía no era muy elevado.

Alcanzaron Irinel y el reino los recibió, como no podía ser de otra forma, con una lluvia que caía sin final. Ante ellos se alzaban los altos acantilados de la costa, con el color verde tapizando toda su parte superior.

—Ya estamos en Irinel, uno de los reinos que más me desagradan —comentó Viggo.

—No te quejes, es un reino precioso, con unos paisajes de un verde increíble —dijo Gerd.

—¿Acaso no recuerdas que en este reino no hace más que llover todo el día y toda la noche durante todo el año?

—Para que esté verde tiene que llover.

—Ya, lo que pasa es que aquí llueve a mares, y no exagero.

Desembarcaron en una playa cerca de Kensale y ascendieron por un paso hasta la cima de un acantilado. Desde allí descubrieron las verdes llanuras de Irinel bajo la lluvia. No se veía un alma.

Continuaron por la costa. No disponían de caballos, así que avanzaron a ritmo de marcha rápida.

La lluvia caía intensa frente a ellos y el agua se colaba en sus vestimentas hasta empaparlos.

Habían sido previsores y, como ya conocían el clima que se iban a encontrar en aquel reino de llanuras verdes y hierba alta, habían tratado su vestimenta de guardabosques para soportar la lluvia.

No llevaban la indumentaria de invierno, sino la regular, mucho más acorde al paisaje que tendrían que recorrer.

La vestimenta verde se acomodaba a los colores de la naturaleza del reino de Irinel y no les resultaría difícil pasar desapercibidos o camuflarse en la hierba o los bosques si lo necesitaban.

Llegaron a Kensale, la ciudad portuaria del oeste que ya conocían, y se encontraron una escena que ya empezaba a ser habitual por toda Tremia.

La ciudad estaba desierta y llevaba tiempo abandonada.

Se apreciaba que los dragones la habían atacado, pues partes del puerto habían quedado destruidas, al igual que algunos barrios del este.

La fortificación militar del centro estaba ahora en ruinas.

—Aquí no vamos a encontrar ayuda —comentó Astrid, que observaba la ciudad desde una pequeña colina a la que se habían subido.

—Los dragones han pasado por aquí y han hecho huir a todos —añadió Nilsa.

—Lo mejor será que nos dirijamos a la capital, quizá allí demos con alguien que tenga información que nos pueda valer —propuso Ingrid.

—A ver si llegamos antes de que me ahogue en esta lluvia insoportable.

—Bueno, si te ahogas tampoco sería una gran pérdida —se burló Nilsa.

«Pérdida muy pequeña» se unió Camu.

—Muy graciosillos los dos, pero sabéis que sin mí no sobreviviríais ni para llegar a la cena.

—En marcha, sigamos hacia la capital —ordenó Ingrid.

Si la ciudad portuaria abandonada le dio a Lasgol una sensación de desamparo, hallar el resto de las aldeas y dos ciudades más de camino a la capital también desiertas terminó por dejarle una intranquilidad en el estómago que no pudo quitarse.

No es que no lo esperara, pero vivirlo le hacía sentirse mal.

El trayecto hasta la capital no fue duro.

El reino de Irinel era muy llano y se avanzaba rápido.

Lasgol oteaba el cielo cada poco por costumbre y disciplina, aunque las nubes bajas y la lluvia espesa los ocultaban de cualquier ojo en las alturas.

Con aquella climatología los vigías alados volaban poco y veían menos.

Ona y Argi iban en cabeza, por delante del grupo, para rastrear y ver si se encontraban con algún problema.

Siempre regresaban para informar de que no habían dado con nadie.

Cuando pudieron se protegieron en los bosques que hallaron a su paso para resguardarse de la lluvia, que no cesaba, y también en granjas abandonadas donde pasar las noches. Como llovía sin cesar terminaban la jornada empapados pese a las vestimentas tratadas, quisieran o no.

—Esto tiene el mismo aspecto que cuando llegamos a Norghana, y me da muy mala espina —comentó Nilsa mientras se secaba junto al fuego que habían preparado dentro de la granja en la que pasaban la noche.

—A mí tampoco me gusta nada que esté todo desierto. Me da la sensación de que han muerto todos, aunque espero que no haya sido así y hayan podido ponerse a salvo, como lo han hecho nuestras gentes en las montañas —contestó Gerd.

—El único problema, grandullón, es que en esta tierra no hay ni una montaña donde esconderse —le hizo ver Viggo.

—Lo sé, y eso me quita el sueño.

Nadie dijo nada, pero todos lo pensaban. Irinel no tenía montañas, así que sus gentes debían de haber huido.

—Puede que hayan ido al reino de Moontian —comentó Lasgol—. Ese sí es un reino casi inexpugnable en el interior.

—El problema es que Irinel y Moontian son enemigos —argumentó Viggo—. Dudo que les ofrezcan refugio cuando se han estado matando durante años.

—Quizá hayan dejado atrás sus rencillas del pasado y se hayan aliado para ayudarse —aventuró Gerd.

—Ya, seguro, los de Moontian, que han estado en guerra con Irinel, los van a aceptar ahora en su casa y les van a dar de comer por la bondad de sus enormes corazones. No te lo crees ni tú…

—Es improbable, pero cosas más difíciles se han visto —terció Ingrid al ver que Gerd tenía expresión de tristeza.

La lluvia los acompañó durante todo el trayecto hasta Blindah, la capital de Irinel.

Lasgol recordaba la ciudad por alguna razón.

Tardaron una semana desde Kensale. La ciudad estaba edificada sobre un altiplano, uno de los pocos del país.

Vista desde fuera, tenía forma rectangular y alargada.

La muralla que la bordeaba era menos alta y robusta que la de Norghania, pero tenía un foso con agua de cinco varas de profundidad.

Accedieron por uno de los puentes de madera que aún resistía.

Se veía que lo habían reconstruido varias veces.

Al entrar hallaron lo que ya esperaban: una ciudad abandonada, arrasada en varias partes y sin un alma a la vista.

Pese a ello, se pusieron a buscar algo que pudiera ayudarlos en sus pesquisas.

—Registremos el lugar, a ver si con suerte hay alguien escondido —indicó Ingrid.

—Separémonos, dos en cada dirección, así terminaremos antes —propuso Astrid.

—Muy bien. Que Ona y Argi vayan primero, a ver si con su excelente olfato, oído y vista nos dan una alegría —apuntó Gerd.

—Tu optimismo, grandullón, siempre me deja impresionado —soltó Viggo, que puso cara de todo lo contrario.

Registraron la ciudad durante todo el día bajo la lluvia incesante. La capital había sufrido muchísimos daños y barrios enteros estaban arrasados. La destrucción no era reciente. Por lo que tenían entendido, Irinel había caído en los primeros embates de la invasión de los dragones.

Al caer la noche se refugiaron en el castillo real, del que solo quedaban en pie la parte frontal y dos de las torres; la parte posterior y gran parte de la muralla que lo rodeaba estaban destruidas.

—¿Alguien ha encontrado algún superviviente? —preguntó Ingrid mientras preparaba una hoguera en mitad de un inmenso salón que aún conservaba vestigios de lo imponente que había sido en un tiempo mejor.

—Aquí no hay nadie, no quedan ni los fantasmas de los muertos —masculló Viggo.

—Está todo desierto —confirmó Astrid—. Y por los restos, este lugar fue abandonado hace mucho tiempo.

—Se le rompe a uno el alma al ver una ciudad tan grande y hermosa destruida y abandonada —se lamentó Gerd.

Nilsa le puso la mano en el hombro para reconfortarlo.

—No sufras, grandullón, seguro que se pusieron a salvo.

Viggo iba a decir una de las suyas, pero se contuvo al ver la mirada de advertencia que Ingrid le lanzaba. El asesino sonrió a su amada y le envió un beso. No dijo nada más.

—Yo también creo que consiguieron escapar —dedujo Lasgol.

—Estarán en Moontian, seguro —añadió Nilsa.

El grandullón asintió y resopló. Se animó un poco.

Argi y Ona descansaban junto a Camu, tumbados a lo largo sobre el suelo de mármol.

—Vosotros tampoco habéis encontrado nada, ¿verdad? —preguntó Lasgol.

Ona gruñó dos veces y Argi aulló también dos veces.

«No gente. Todo vacío» envió Camu.

—¿Has captado algo de magia?

«No sentir magia. No haber nada aquí con poder que yo captar».

—Pues tenemos un pequeño problema, porque si no hay nadie a quien preguntar, ¿cómo vamos a dar con esos dos que se llevaron las armas doradas? —planteó Viggo.

—Las buenas noticias son que no hay una hueste de dragones aquí, empecemos por ahí —señaló Ingrid—. Tampoco hemos visto vigías surcando los cielos desde que hemos llegado al reino. O lo han abandonado por completo o lo han dado por conquistado.

—El que no haya gente así lo indica —se unió Astrid—. Pero será mejor no bajar la guardia o podemos llevarnos un disgusto.

—Sí, eso nunca —asintió Ingrid.

Las Panteras decidieron descansar y comer de sus provisiones frente a la hoguera.

Astrid se dejó caer al otro lado de las llamas y le tendió un trozo de carne seca a Lasgol.

—Creo que sería buena idea que nos contaras cuanto sabes de la pelirroja a la que hemos venido a encontrar.

Viggo afilaba un cuchillo contra una piedra y no levantó la vista, pero opinó.

—Yo también quiero saberlo. Hemos cruzado media Tremia con cien dragones en la nuca para pedirle a una mujer de la que no sabemos gran cosa, amablemente o no, que nos devuelva las armas doradas. Me gustaría al menos saber a quién voy a caerle mal antes de encontrármela.

Ingrid bebió del pellejo y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Tú le vas a caer mal, sepas algo de ella o no.

—Eso es verdad, mi rubita belicosa, pero aun así quiero saber quiénes son ella y su novio. Llámalo cortesía de asesino, nos gusta conocer a quien vamos a degollar —miró a Astrid.

La morena asintió y luego se encogió de hombros.