Capítulo 18
El viaje de retorno de las Panteras hasta el campamento sucedió sin incidentes.
No avistaron ningún dragón y la climatología no fue en exceso adversa, con lo que alcanzaron la cadena montañosa que lo rodeaba antes de lo esperado.
Un guardabosques siempre preveía encontrar algún tipo de dificultad en el camino, así lo marcaba el Sendero y en la mayoría de los casos así era.
Cruzaron las Montañas Eternas por la Garganta del Gigante Helado y luego se dirigieron hacia el Pico del Ogro.
Una vez lo alcanzaron, se encaminaron al paso secreto en la cara norte.
Al llegar silbaron avisando de que llegaban, tal y como estaba estipulado.
Varios guardabosques vigías se dejaron ver entre las rocas e hicieron señas autorizando su acceso.
Una vez dentro del territorio del campamento marcharon a buen paso hasta llegar al centro.
Lasgol se alegró mucho de ver todo intacto.
Según cruzaban pudieron ver a muchos guardabosques trabajando en reforzar el camuflaje que lo cubría, llegaba el invierno y lo que antes estaba tapado por redes y hojas de color verde y marrón debía cambiarse ahora por telas y redes blancas que cubrieran todos los edificios que podían verse desde los aires.
No era tarea sencilla y requería mucho trabajo.
A Lasgol le seguía asombrando que ningún dragón hubiera descubierto el campamento.
Habían pasado cerca infinidad de veces, pero de momento no lo habían encontrado.
Ya de por sí era un lugar secreto y muy bien oculto, y con las medidas adicionales que Sigrid había impuesto por ahora se salvaba.
Sin embargo, todos eran conscientes de que si un solo dragón descubría el lugar, sería el final de aquel sitio y también de muchos guardabosques.
Camuflarlo en primavera y verano resultaba más fácil que en otoño e invierno, pues la nieve, el hielo y las tormentas no ayudaban a mantener las protecciones en su sitio.
Por ello se veía a tantos guardabosques trabajando en asegurar redes, telas y otras triquiñuelas blancas.
No se detuvieron a hablar con ninguno de los que se fueron encontrando, aunque vieron caras amigas.
Todo el mundo estaba ocupado en sus quehaceres y no era momento para cháchara.
Se dirigieron a la Casa de Mando, que estaba irreconocible, tapada por una gran cubierta blanca de lona.
Los guardias los dejaron pasar en cuanto se presentaron.
Sigrid los recibió en la sala de estar, como era su costumbre.
La acompañaban los maestros especialistas y, algo más alejados, sentados a la mesa de la cocina, los otros líderes del campamento.
Pese a los tiempos que corrían, los líderes seguían entrenando a nuevas camadas de guardabosques, lo cual a Lasgol le merecía un respeto enorme.
Miró con admiración a Ivana, Sylvia, Esben y Artes, que se afanaban en formar guardabosques pese a todo.
También estaba Dolbarar, sentado y con aspecto de tener ya cien años, aunque no parecía enfermo.
Eso a Lasgol le alegró el alma. Su salud era frágil y verlo vivo y con buen aspecto le levantó mucho la moral.
Se fijó en que sus compañeros saludaban con la cabeza con respeto y los líderes devolvían los saludos con una sonrisa. Lasgol también saludó.
—Siempre me alegra el alma veros, Panteras de las Nieves, y veros bien —saludó Sigrid, que a su lado tenía a su hermano Enduald.
Desde que el Refugio había quedado en manos de los dragones, Enduald se había trasladado a vivir con su hermana y ejercía como su consejero principal. Junto a ellos estaban los Maestros Especialistas Annika, Ivar, Gisli y Haakon.
—Nosotros nos alegramos mucho de ver a los líderes de los guardabosques sanos y salvos —devolvió el saludo Ingrid.
—Por favor, contadme todo lo que habéis descubierto en los refugios del norte.
Lasgol cedió a Ingrid la palabra para que explicara todo lo que habían visto y los informes de los dos comandantes a cargo de los refugios. Sigrid y los líderes de los guardabosques escucharon con detenimiento todo lo que Ingrid relató.
—El invierno se acerca y la comida va a ser el mayor problema para todos —resumió Sigrid asintiendo.
—También que los dragones no consigan penetrar —añadió Ivar.
—Dos problemas importantes y de difícil solución —convino Annika.
—Al menos durante el invierno los dragones lo tendrán más difícil para penetrar. Las tormentas invernales en las montañas son terribles y las temperaturas son bajísimas. No creo que puedan soportarlas mucho tiempo —apuntó Ivar.
—La comida tendremos que llevarla nosotros mismos en convoyes de abastecimiento —decidió Sigrid—.
No podemos plantar cara a los dragones si viene la hueste al completo, pero lo que sí podemos hacer, y en lo que somos muy buenos, es cazar.
Cazaremos y alimentaremos a los refugios.
Además, nos encontramos muy lejos de ellos.
—Es lo que tendremos que hacer, no hay otro remedio —aceptó Gisli.
—Pero sigue quedando el problema de que puedan penetrar —Sigrid se quedó pensativa—. Los generales me han informado de que Dameros apenas está enviando cargamentos de esferas, por lo que aguantar lo que queda de otoño y todo el invierno va a ser complicado.
—Hay otra solución al problema de la escasez de sustancia dorada —intervino Enduald.
Sigrid lo miró.
—¿A qué te refieres?
—Las armas de los Ilenios. Quien tiene el don puede empuñarlas sin necesidad de sustancia dorada. Es en lo que debemos centrarnos, con ellas se podrían defender las entradas a las cuevas.
—Cierto, supondrían una defensa muy importante —Sigrid se volvió—. ¿Qué opináis, Panteras?
Ingrid miró a Lasgol y le hizo un gesto con la mirada para que fuera él quien contestase.
—Tenemos información sobre localización de las armas que nos robaron y es posible que incluso haya más.
—¿Te refieres a esa pista de Irinel?
—Así es. Creo que deberíamos explorarla. Sé que no es el mejor de los momentos, pero recuperar las armas doradas y conseguir algunas más podría significar la diferencia entre que un refugio caiga o no.
—Siempre has tenido una mente muy despierta, Lasgol, y una vez más tienes razón. Os dirigiréis a Irinel y buscaréis las armas doradas. Recuperadlas y traedlas aquí. Las necesitamos para defender los refugios del norte.
—Así lo haremos —Lasgol miró de reojo a sus compañeros.
Todos asintieron.
—Antes de marchar tengo un anuncio para vosotros. En el campamento ya lo saben todos —Sigrid miró a Dolbarar, que había permanecido en silencio durante toda la reunión, lo cual era extraño.
Las Panteras escucharon en tensión, se imaginaban que sería algo malo.
—Nuestro querido líder del campamento, Dolbarar, se ha retirado y ha cedido su puesto a Ivana —Sigrid lo señaló.
—La edad no perdona. Ya no puedo llevar a cabo mis funciones —se disculpó Dolbarar abriendo las manos.
—Tienes la cabeza perfectamente, podrías —dijo Annika con una sonrisa llena de cariño.
—Pero no el cuerpo —Dolbarar sonrió y se pasó la mirada por el torso y las piernas.
—Para mí es un honor relevar al insigne líder del campamento —dijo Ivana.
—Siempre quisiste ese puesto, ahora tuyo es —dijo Sigrid.
—Intentaré estar a la altura.
—Sé que lo estarás —concluyó la líder de los guardabosques.
—Yo me tomaré un descanso largo, evitando preocupaciones —dijo Dolbarar.
—Bien merecido lo tienes después de una vida entera dedicada al servicio de los guardabosques —Sigrid le hizo una pequeña reverencia.
Lasgol se alegró de que Dolbarar se retirara y pudiera descansar. Los últimos tiempos habían sido muy duros para él y se merecía no solo eso, sino que todo el reino le rindiera homenaje. Por desgracia, no eran tiempos propicios para celebraciones.
—Todos los guardabosques agradecemos la increíble labor y liderazgo del líder del campamento —expresó Lasgol y realizó una reverencia bajando la cabeza.
—Todos lo agradecemos —se unieron el resto de las Panteras y una por una bajaron la cabeza ante Dolbarar con gran respeto.
Dolbarar se sonrojó.
—Gracias, significa mucho para mí vuestro reconocimiento.
—Tienes el de ellos y el de todos —aseguró Sigrid.
Unos días más tarde, las Panteras navegaban en dirección este hacia el reino de Irinel bordeando la costa zangriana. Viajaban en un velero de guerra norghano que surcaba raudo los mares.
Lasgol observaba los cielos desde la proa con Astrid a su lado y algo más retrasados iban el resto de las Panteras. El navío era grande y se empleaba para transportar tropas, por ello había suficiente espacio para todos, incluido Camu.
A la tripulación la habían informado sobre la carga que iban a llevar, pero, incluso así, cuando vieron a Camu no pudieron evitar expresiones de asombro y hasta algunos rezos.
El barco llevaba una tripulación completa de más de treinta marinos y un capitán experto.
A Lasgol le había sorprendido saber que el ejército mantenía embarcaciones y tripulaciones preparadas y en funcionamiento.
Lo que había cambiado era su finalidad, ya no se utilizaban para la guerra, sino para la pesca y el transporte de alimento.
Lasgol sintió el viento fresco en la cara y se volvió hacia Astrid, que sonrió.
—¿Recuerdas Irinel?
—Tengo algunos recuerdos borrosos —se rascó la cabeza mientras intentaba aclararlos—. Tierra muy verde, lluvia constante, gentes pelirrojas… y druidas.
Astrid soltó una pequeña carcajada.
—No hubiera podido resumir mejor lo que es Irinel.
Lasgol hizo un gesto de que lo sentía y de que no podía recordar mucho más.
—Quizá cuando esté allí me vengan más recuerdos a la cabeza.
—Esperemos que así sea —Astrid le puso la mano en la espalda de forma cariñosa.
Viggo se sujetó al palo mayor con ambas manos y negó con la cabeza de lado a lado.
—No puedo creer que esté de nuevo en un barco. Tengo que estar maldito…
—No estás maldito, nos tienes a nosotros —Nilsa sonrió.
—Sí, ya… El rarito, la torpe, el grandullón, el bicho, el chucho y la minina. ¡Precisamente a eso me refiero!
—Me siento honrada de que a mí no me hayas nombrado —dijo Astrid.
—Tú siempre me has caído bien, y además eres de los míos —Viggo señaló sus cuchillos de asesino.
Ingrid se apoyó en la borda y cruzó los brazos.
—¿Y de mí qué tienes que decir?
—De ti solo puedo decir cosas hermosas, pero palidecen en comparación con tu belleza norghana, mi rubita belicosa.
—Yo creo que será mejor que cierres la boquita hasta que lleguemos. Así, además, evitarás que se te salga el estómago por ella.
—Esta vez vengo preparado. Eso no ocurrirá.
—¿Qué quieres decir con que vienes preparado?
—Le he pedido a Annika pociones para el mareo y ya me he tomado una. Voy a estar como pez en el agua.
—Entonces, ¿se puede saber por qué estás protestando? —preguntó Nilsa.
—Porque si no protesta, revienta —Gerd estaba dando de comer a Argi y a Ona algo más a estribor.
—No voy a explotar. Lo que ocurre es que me gusta daros conversación animada.
«Yo dudar mucho. Dolor de cabeza, no conversación buena» envió Camu.
—Calla, bicho, que lo único que da dolores de cabeza aquí eres tú. Y a ver si aprendes a hablar de forma normal.
«Yo no hablar de forma normal. Yo usar mensajes mentales, tú saber. Yo muy poderoso».
—Sí, y más feo que un ballenato azul.
El viaje continuó con calma relativa. Marineros y soldados oteaban los cielos cada poco mientras la embarcación surcaba los mares en dirección este, tan rápido como los vientos lo permitían.
Lo que no cesaban eran las quejas de Viggo, cosa que, por otra parte, todos esperaban.
—¿Por qué huele este barco a pescado podrido desde que salimos? Hemos navegado en muchos barcos de guerra norghanos y ninguno apestaba como este.
—Eso se debe a que este barco se ha utilizado para la pesca y el transporte de pescado a los refugios —explicó Ingrid.
—¿Y se puede saber por qué no lo limpian?
—Ya lo han limpiado, pero algo de olor perdura.
—¿Algo de olor? Esto es una peste terrible. He tenido que tomar ración doble de poción porque se me mezclan las náuseas del mareo con este apestoso aroma.
Nilsa lanzó una bola hecha de lana a Argi y el gigantesco lobo se la trajo de vuelta.
—¿Y por qué no te tomas una ración triple, a ver si te quedas inconsciente y dejas de torturarnos los oídos?
—¿Y tú por qué no dejas de tratar a ese lobo como si fuera un perro doméstico? ¿No ves que lo estás ablandando? No va a ser capaz ni de atacar a un enemigo si pasa más tiempo contigo.
Nilsa entrecerró los ojos, señaló a Viggo y se dirigió a Argi.
—Muérdele en el trasero.
El lobo miró a Viggo y le mostró los colmillos. Iba a lanzarse hacia delante cuando Gerd medió.
—Quieto, Argi. Nada de morder a ninguno de nosotros, incluido Viggo.
Argi miró a Gerd, luego a Viggo, y pareció pensarse la orden. Al cabo de un momento se marchó con Ona y Camu.
—No seas mala, Nilsa —pidió Gerd.
—Se lo tiene muy merecido —la pelirroja le lanzó una mirada de odio a Viggo.
El asesino sonrió de oreja a oreja.
—¿No ves que lo único que quiere es provocarte? No le hagas ni caso.
—¿Yo, provocar a la torpecilla pelirroja? Nunca —Viggo se hizo el inocente.
—¿Por qué no haces algo de valor y ayudas a los soldados que están pescando?
—He nacido para ser duque de la nobleza norghana. ¿Cómo voy a ensuciarme las manos con pescado asqueroso y resbaladizo?
Ingrid puso los ojos en blanco.
—Va a ser un viaje muy largo —comentó medio desesperada.