Capítulo 17
La paz que Dafne esperaba como resultado del nuevo reparto no duró demasiado.
Una semana bastó para que la ración igual para todos dejara de parecerles justa.
Lo notó antes de verlo. El refugio, que zumbaba siempre con el runrún de mil voces, se había vuelto más callado y ese silencio no era de calma, sino de peligro.
En las cavernas y túneles la gente se miraba de reojo.
En los fuegos comunes, los grupos ya no se acercaban, al contrario, se apartaban unos de otros.
Aiden se lo había advertido aquella misma mañana.
—Esto va a explotar —observaba los corros con ojos entrecerrados—. No sé cuándo, pero va a hacerlo.
—No seas pájaro de mal agüero —le había regañado Lily.
—Seamos optimistas, de momento no ha sucedido nada —comentó Ivo con esperanza.
Aiden tenía razón. Al anochecer, a la hora del reparto, todo estalló en la caverna donde se entregaban las raciones.
Dafne acudió al oír el griterío y se abrió paso hasta el centro del tumulto.
Un guerrero Aljisaw y un soldado noceano se habían agarrado por la pechera y forcejeaban, rojos de furia y con ojos que brillaban con odio.
Sus compañeros se gritaban también y buscaban que la pelea se volviera multitudinaria.
—¡Soltaos! —se metió entre ambos y empujó—. ¡Los dos, quietos!
Ninguno la obedeció. No por no entenderla, pues sus gestos eran bien claros, sino porque en plena trifulca les podía la rabia.
El Aljisaw soltó unas palabras en su lengua y el noceano le devolvió otras que no sonaron amables.
Unas manos buscaron el mango de un cuchillo y a Dafne le dio un vuelco el corazón.
—¡Taika! ¡Aiden!
Sus compañeros llegaron a su lado y ayudaron a separar a los dos hombres, cada uno tirando de uno de ellos hacia atrás. Costó, pero los apartaron. Los bandos siguieron gritándose por encima de sus hombros. Ahora eran muchas voces y muy agitadas.
—¡Silencio!
La voz de Dafne restalló contra la roca, y esta vez sobrepasó el griterío. Bajaron el tono. No del todo, pero lo bajaron.
—Que hable uno, solo uno. ¿Qué ha pasado aquí? ¡Traedme al general Abdu Baba y a Aibin! Los necesito.
Mientras los líderes llegaban, Ivo y Lily se sumaron a su escuadra y se plantaron también en medio del alboroto para separar a los dos bandos.
—¿Llamamos a los nuestros? —Lily aguantaba empujones y voces malsonantes.
Dafne negó con la cabeza.
—Si traemos soldados de Kraido esto se pondrá aún peor. Puede hasta correr la sangre.
—Como quieras, pero estos están más que enfadados —Lily empujó a dos guerreros Aljisaw para que se echaran atrás.
Ivo lanzó a varios soldados noceanos hacia el otro lado, su enorme fuerza los desplazó sin esfuerzo.
Aibin y Abdu Baba llegaron a la carrera.
—Necesito saber qué pasa. ¡Traducid!
Los dos obedecieron y se situaron en medio con ellos.
El soldado noceano que había iniciado la trifulca señaló al guerrero Aljisaw, con el que discutía.
—Comen de nuestras reservas mientras guardan las suyas y no las comparten. Todos lo saben. Nosotros contamos cada bocado y ellos comen a dos carrillos.
Dafne se volvió hacia el Aljisaw. La respuesta llegó áspera y cortada.
—Eso es mentira. Nuestro pueblo abrió la montaña a extraños y ahora esos extraños nos llaman ladrones bajo nuestro propio techo. ¡Un Aljisaw antes ayuna que miente y quien lo dude que lo repita con el acero en la mano!
Voces discordantes brotaron de los del este de la montaña. Los del oeste respondieron con gritos aún más altos.
—¡Eso es cierto! —gritó alguien.
Dafne se giró. Un grupo de soldados de York se sumaba a la batahola con Celopus poniéndoles voz.
—¿Qué pruebas tienes? —preguntó segura de que no tendría ninguna.
—Nosotros vigilamos las cuevas superiores. Hemos visto las raciones de los vigías Aljisaw en las cuevas del este. No son raciones de pescado, tienen carne seca.
Otra voz Aljisaw contestó que los de York no tenían nada que decir, que eran altivos, despreciables y mentirosos.
La situación empeoraba por momentos. Ya no eran dos hombres enfrentados, sino tres pueblos midiéndose a gritos en la penumbra de la caverna.
Atraídos por el vocerío, cada vez llegaba más gente, entre ellos soldados de Kraido.
Aquello podía estallar en cualquier momento y manchar las paredes y el suelo de sangre. Los únicos que se mantenían al margen eran los Desher Tumaini, al fondo, vigilando la entrada a las provisiones armados con jabalinas y cuchillos que apretaban con más fuerza a cada instante.
Dafne alzó las manos antes de que aquello no pudiera detenerse.
—¡Basta! —agitó los brazos en todas direcciones—. ¡Aquí no hay ladrones ni mentirosos! ¡Lo que hay es hambre y escasez y os está poniendo a unos contra otros!
Nadie respondió, pero los gritos cesaron mientras ella hablaba por encima de todos.
La miraron.
—¿Quién ha pasado hambre esta semana pasada? —paseó la vista por la caverna—. ¡Todos! Todos por igual, que para eso repartí la misma cantidad a cada uno. ¡La desconfianza tiene que parar ahora mismo!
Miró al soldado noceano y luego al guerrero Aljisaw que habían empezado el incidente.
—Vosotros dos, si os sobran fuerzas para pelear, os sobran para acarrear agua. Haréis turnos adicionales. Bajaréis a las profundidades de la montaña y subiréis vasijas llenas de los riachuelos subterráneos.
Jalsawi había llegado con un grupo de sus guerreros y oyó la parte final, le habían avisado de lo que sucedía.
No dijo nada. Observó la escena y se centró en Dafne, plantada entre los bandos con la ayuda de los suyos. Al rato, desenvainó las dos cimitarras y las cruzó por encima de la cabeza golpeando una sobre la otra con fuerza.
El golpe de las hojas llenó la caverna. Fue un sonido largo, alto, de metal contra metal, aunque algo extraño, que rebotó en la roca y murió despacio. Nadie se movió mientras duró. El jefe bajó los brazos y envainó sin apartar los ojos de su guerrero.
Cabizbajo, el Aljisaw se retiró y el resto de su bando lo siguió.
—Realizará turnos suplementarios de recogida de agua. Y no, no tenemos reservas de comida —aseguró Jalsawi a Dafne, y marchó con los suyos.
El general ordenó a los noceanos que se retiraran. Despacio, con rostros de enfado, lo hicieron.
Dimitrios se abrió paso hasta Dafne.
—Tú crees a Jalsawi, yo no y los míos tampoco —no alzó la voz y se inclinó hasta quedar a un palmo de la cara de Dafne—. Esto no acabará bien.
Dio media vuelta y se marchó sin prisa, llevándose a los de York.
Dafne soltó el aire despacio. Por esta vez, se habían librado.
—Por poco —murmuró Taika a su lado.
—Por bien poco —añadió Lily.
Taika seguía mirando el túnel del este, por donde se habían ido los Aljisaw.
—Dafne…
—Dime.
—Las cimitarras de Jalsawi. Cuando las ha golpeado…
—¿Qué pasa con las cimitarras?
—Que han sonado raro…
—¿Cómo raro?
—El oro no suena así…
—Me fío de tu oído. No serán de oro, serán ceremoniales, acero o hierro bañados en una capa de oro.
Taika inclinó la cabeza, aunque se quedó con la duda en los ojos.
Dafne se dobló hacia delante con las manos en los muslos y cerró los ojos un instante.
Los recelos crecían y sabía que no podría pararlos.
Solo los estómagos llenos lo lograrían. Con abundancia no habrían tenido aquellos problemas.
Un pueblo con hambre siempre encontraba a quién culpar.
Podía repartir la comida en partes iguales, pero no podía detener las desconfianzas nacidas de la necesidad.
Abrió los ojos. Solo quedaba una opción y no le gustaba.
—Vamos a volver a salir y esta vez tendrá que ser más lejos —anunció a los suyos.
Taika la miró y en sus ojos felinos apareció la preocupación.
—¿Kabiramadina?
—No hay más remedio.
Aiden gruñó.
—Está a muchas jornadas.
—Es la ciudad mayor y con más recursos…
—Era… Ahora podría estar muerta como Albahrwalm, y por esa zona seguro que hay dragones —insistió Aiden.
—Lo sé —Dafne miró hacia las galerías, hacia la gente que se alejaba—. Pero si nos quedamos aquí encerrados no harán falta los dragones para acabar con nosotros. Nos mataremos unos a otros, no duraremos otra estación.