Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 16
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Capítulo 16

Salieron del almacén y Dafne reparó en la guardia reforzada.

—¿Qué ha sucedido? —señaló con la cabeza a los centinelas de más.

—Todavía nada —respondió Brendan—, pero hemos tenido algunas situaciones que podían escalar y acabar mal.

—¿Te refieres a posibles peleas?

El humano rubio de la Escuadra Ardiente no lo negó.

—No ha sido nada grave, pero han ocurrido aquí mismo, frente al almacén, y no nos conviene que vaya a más.

—Ahora que habéis regresado los ánimos se calmarán —Logar sacudió su melena de león—. Pero los últimos días, con las raciones agotándose, han estado todos muy nerviosos. El hambre puede empujar a la gente a la desesperación y de ahí a actos impensables.

Dafne arrugó la nariz, entendía lo que le estaban contando y no le gustaba.

—Será mejor repartir algo de la comida que acabamos de traer sin demora. Cambiará el ánimo a mejor.

—Buena idea —Lily se acercó a ella—. Y no solo para los que se han quedado aquí, también para nuestros porteadores, que se lo han ganado a pulso y llegan exhaustos y hambrientos.

—Organizadlo ahora mismo —ordenó Dafne a Logar y a Brendan.

Los dos Brujos de Dragón fueron a cumplir la orden cuando Taika levantó la mano para que se detuvieran.

—¿Qué sucede? —Dafne se volvió hacia el Felidae tigre.

—Habrá que decidir cuánto distribuimos. Tenemos poco y ha de durar.

—Cierto, tendremos que reducir todavía más las raciones a las que están acostumbrados si queremos que dure —Dafne sacudió la cabeza.

—Y eso creará tensión —Taika bajó la voz hasta el susurro—. Debemos andarnos con cautela.

—¿Se te ocurre otra opción? —Dafne conocía la respuesta, pero así y todo hizo la pregunta por si había suerte.

Taika le indicó con la cabeza que no.

—Ojalá se me ocurriera algo más.

—Un aviso, antes que nada. Ha habido rifirrafes entre las etnias por las raciones —añadió Logar.

—¿Quieren más? —preguntó Dafne enarcando ambas cejas.

—Eso lo piden todos, el problema va más allá. Algunos creen que les corresponde más que a los otros.

—Los de York —dedujo Dafne.

El Felidae león asintió.

—Dicen que los Aljisaw nos engañan, que guardan reservas secretas y que no deberíamos darles comida.

—Eso puede que sea cierto —Brendan enarcó una ceja—. No sabemos qué sucede en su lado de la montaña.

—Pero no podemos constatarlo —intervino Taika—, así que no podemos acusarlos.

—Traedme a los líderes —pidió Dafne.

—¿No deberías descansar? —Lily la miró con preocupación.

—Ya habrá tiempo de hacerlo cuando las cosas mejoren. Ahora hay que resolver esto antes de que escale.

—Un día arriba o abajo no cambiará gran cosa —insistió Lily.

—Yo creo que sí. Todos saben que hemos vuelto y los rumores correrán por las entrañas de las montañas de este a oeste. Prefiero que se sepa la verdad a que los bulos creen más problemas. Reunión de las cuatro etnias. ¡Ahora!

Sus compañeros de escuadra la miraron y no insistieron más.

La reunión tuvo lugar en el almacén. Dafne estaba demasiado cansada para ceremonias y quería que todos comprobaran con sus propios ojos lo que iba a comunicarles. Una imagen serviría mejor que mil explicaciones para las que no tenía fuerzas.

Los líderes de las etnias no tardaron en acudir.

Abdu Baba fue el primero, con su paso de soldado y el rostro marcado por el cansancio del largo viaje.

Tras él cruzó el umbral Dimitrios, el capitán de York, con Celopus a su sombra para traducir.

El capitán lucía bastante mejor aspecto que el general.

La Escuadra Ígnea representaba a los rebeldes de Kraido.

Aibin despidió a un par de guerreros Desher Tumaini y se unió a ellos.

El último en entrar fue Jalsawi, jefe de los Aljisaw, con varios guerreros a la espalda.

Dafne no perdió tiempo y señaló la hilera de sacos que habían traído de la misión.

—Esto es lo que hay. Lo que conseguimos en Albahrwalm, más los pocos restos que quedaban en el almacén.

Dimitrios recorrió los sacos con la mirada y apretó la mandíbula.

—¿Esto es cuanto tenemos para todos?

—Esto es. No hemos conseguido más.

Un silencio cayó sobre la caverna mientras asimilaban lo que significaba. Jalsawi y Dimitrios revisaron los sacos para cuantificar mejor. Dafne aguardó a que acabaran antes de continuar.

—He resuelto cómo se reparte. Ración igual por cabeza, la misma para las cuatro etnias. Nadie comerá más que su vecino y nadie comerá menos. Aibin, los tuyos los incluyo con los noceanos.

—Me parece bien —Aibin no iba a poner reparos, Dafne ya contaba con ello.

Dimitrios, por el contrario, se removió.

—Con todo el respeto, no lo veo justo. El oro y la sustancia dorada que arman esta montaña contra los dragones los ponemos nosotros, los de York. Por lo tanto, merecemos algo más que los demás.

—No sois más importantes que nosotros —Lily se plantó a un paso de él mirándole a los ojos con fiereza.

—¿Lo dices por los rebeldes de Kraido o por los Brujos de Dragón?

—Por ambos —Lily le mantuvo la mirada.

—Quizá los brujos, pero no los rebeldes. Sin la sustancia dorada que aporta York, apenas lastimarías a un dragón.

—De eso nada. Y como no cierres la boca… —Lily apretó el puño.

—Tranquilos —Taika se interpuso.

Aiden sujetó del brazo a Lily para que no golpeara al oficial de York.

—Esos argumentos no te llevarán a ninguna parte —advirtió Dafne a Dimitrios—. Los de York no valéis más que los de Kraido o el resto. Aquí todos luchamos contra los dragones y todos valemos lo mismo.

—Los míos no están hechos a pasar hambre como… —se contuvo.

Ivo se había plantado a su espalda con el ceño fruncido y su presencia enorme caía sobre él.

—Los tuyos aprenderán, igual que los demás —Dafne no iba a ceder en aquello por mucho que necesitasen la sustancia dorada de York—. Aquí dentro nadie vale más que nadie.

Jalsawi habló entonces en su lengua, con voz grave y pausada. El general y Aibin se encargaron de traducir.

—Esta montaña pertenece a mi pueblo. Os abrimos sus puertas y os dejamos pasar. Perdimos guerreros en ello y sufrimos gran deshonor. No veo por qué mi pueblo ha de apretarse el cinturón igual que los recién llegados. Estas son nuestras montañas y tenemos derecho a un reparto superior.

Dafne le sostuvo la mirada a Jalsawi.

—Decidle que se lo agradezco y no lo olvido, pero el hambre no distingue entre dueños e invitados. Si reparto por méritos, mañana tendré a cuatro pueblos peleándose por un saco de pescado y habrá muchas más muertes que cuando llegamos. Todos tenemos el mismo derecho a no pasar hambre.

Abdu Baba volvió el rostro hacia ella. Por un instante la aprobación apareció en sus ojos. El jefe Aljisaw escuchó sin mover un músculo de la cara.

Ivo se pronunció sin levantar la voz.

—Los de Kraido no se quejarán —encogió los hombros—. Hemos sido esclavos y hemos sufrido toda la vida. Estamos acostumbrados. Somos fuertes de espíritu y en nosotros la esperanza de tiempos mejores perdura.

En la caverna no se oyó una sola réplica.

—Los Desher Tumaini sobrevivimos en los profundos desiertos —añadió Aibin—. Así nos lo han enseñado las dunas y así nos hemos hecho un pueblo fuerte.

—Está decidido —Dafne se adelantó antes de que Dimitrios volviera a la carga—. Ración mínima igual para todos, desde esta noche. Aibin llevará la cuenta y sus guerreros se encargarán de que no haya conflictos.

Dimitrios abrió la boca, miró de nuevo de reojo a Ivo, que con su poderoso torso le tocaba la nuca, y la cerró. No estaba conforme y Dafne lo sabía, lo leyó en cómo se cruzó de brazos y evitó mirarla.

Los presentes fueron saliendo uno a uno. Jalsawi fue el último, y lo hizo como había entrado, con sus guerreros detrás y lanzando una mirada larga a los sacos antes de marchar.

Taika se dirigió a Dafne antes de salir.

—Has hecho lo correcto y no lo más fácil —murmuró—. Buen liderazgo.

—Lo correcto y lo fácil casi nunca coinciden —Dafne se frotó los ojos, estaba exhausta, más de lo que quería admitir, y le dolía la cabeza—. ¿Crees que aguantará?

Taika tardó en contestar.

—El reparto, sí. La paz entre ellos… —dejó la frase sin acabar.

No hizo falta. Dafne había visto el gesto de Dimitrios, la quietud dura y desconfiada de Jalsawi y la visión demasiado optimista de Ivo sobre los de Kraido.

Los Desher Tumaini eran los que menos le preocupaban, también eran pocos.

Cuatro pueblos, una misma hambre y un mismo refugio de roca negra.

La desconfianza y las rencillas no tardarían en transformarse en peleas. Era inevitable.

Aquella noche cada cual recibió lo suyo, ni un bocado de más y tampoco de menos. Los ánimos se calmaron y unos susurros tranquilos y apagados llenaron todas las cavernas ocupadas.

Dafne se echó a dormir. Soñó con que la paz reinaba y, de alguna forma, encontraban alimento para todos.