Capítulo 15
La expedición de Dafne alcanzó la costa con la última luz de la tarde, tras pasar el día ocultos entre las dunas.
Se detuvieron mientras los guías se adelantaban a asegurar la zona.
Ante ellos se abría un mar enorme, de un azul más oscuro que el del firmamento infinito que se extendía hacia el oeste y el sur.
La brisa marina traía un rumor bajo y constante, el de las olas rompiendo contra la orilla una tras otra.
El aire olía distinto al del interior de las Montañas Negras, a salado y húmedo.
Dafne llenó los pulmones por la nariz y el aire fresco le despejó la cabeza, aunque el calor del día todavía persistía.
Muchos porteadores se habían quedado mirando el mar, pues no lo habían visto nunca y contemplaban su inmensidad con la boca entreabierta, otros lo recorrían con los ojos muy abiertos.
—Solo un instante —advirtió Aibin en voz baja.
—Sí, mejor. Aquí me siento muy expuesta, no veo dónde podemos escondernos —Dafne agradecía el mar a su vera tanto como el resto, pero no perdía de vista lo vulnerables que estaban en aquella planicie.
Taika pasó la orden en voz baja por toda la columna.
Quedaban a la vista sobre la llanura de la costa.
En las dunas, un cuerpo tumbado contra la arena o cubierto por ella podía ocultarse, allí mil cuerpos, muchos de ellos grandes, eran un bulto imposible de disimular.
Un dragón los habría visto desde las alturas.
Cuando los guías volvieron con vía libre, la columna se puso en marcha y avanzó con rapidez. Todos miraban hacia arriba y hacia atrás, temiendo que un dragón cayera sobre sus espaldas en cualquier instante. De tanto en tanto, algún porteador tropezaba por vigilar el cielo en vez del suelo.
—Atentos a dónde pisáis —recordó Taika.
Los guías se desviaron hacia el desierto sin abandonar la costa y siguieron al sur por la línea donde la arena se volvía tierra seca. Querían el desierto cerca, por si acaso. Dafne lo aprobó.
—¡Atención! —Mestos señaló hacia el mar.
El porteador de Kraido había visto algo. Sobre el agua, a lo lejos, un grupo de formas oscuras bajaba del cielo. La columna se detuvo en seco y la mayoría de los porteadores se echó al suelo sin esperar la orden.
—¡Al suelo, todos! —tronó Taika. Un latido después ya no quedaba nadie en pie.
Las formas cayeron sobre el mar y volvieron a subir veloces, con una maniobrabilidad enorme. No eran dragones, eran pájaros grandes, blancos y grises, que se lanzaban al agua y salían con algo prendido en el pico.
—Aves —la palabra de los guías corrió en cadena hasta el resto.
—Menos mal… —Lily se levantó y se sacudió la arena con cara de fastidio.
El resto se puso en pie. Había sido una falsa alarma casi cómica, pero nadie se rio. Se recompusieron del susto y siguieron camino. Aquella noche no tuvieron más sobresaltos, y todos lo agradecieron.
Las noches de marcha hacia el sur, pegados a la costa, fueron pasando rápido.
El grupo llevaba buen ritmo y, pese a lo escaso de las provisiones, nadie desfalleció.
Los Tauruk-Kapro y los Felidae leones eran grandes y necesitaban mucho sustento, pero sabían lo que había en juego y se apañaban con las raciones.
Agua tenían, y con eso se sobrevivía en el desierto si a uno no le faltaba voluntad.
Sin abandonar la costa, los guías Aljisaw cambiaron el rumbo, se alejaron de las dunas y llevaron a la columna hacia una línea de rocas bajas que seguía la orilla. Todos se pegaron contra la piedra.
Abdu Baba se acercó a Dafne. El general señaló hacia el sur.
—Queda poco. Los guías dicen que la ciudad está sobre esta costa. Media jornada, si el cielo nocturno nos lo permite.
—Esperemos que lo haga —contestó Dafne.
La claridad empezó a crecer por el este y las estrellas se apagaron una a una. Con la luz llegaría el amanecer y con él el calor. Dafne lo sabía y ordenó apretar el paso. La columna entera lo hizo, pegada a las rocas de un lado y con el mar rompiendo del otro.
Despuntaba el alba cuando llegaron a Albahrwalm.
Se detuvieron a observarla mientras los guías se adelantaban a inspeccionar.
La ciudad se alzaba sobre un saliente de roca metido en el agua.
Los muros seguían en pie a trozos, semiderruidos, con boquetes por donde los habían castigado.
Las torres, partidas por la mitad, mostraban su interior hueco.
No salía humo de ninguna parte, nada se movía.
Solo el mar parecía vivo, golpeando bajo la roca del saliente sin descanso.
—Se mantiene en pie —observó Taika—. Buenas noticias.
—Es una ciudad muerta, no hay un alma —repuso Aiden.
—Eso ya lo esperábamos. No hallaremos a nadie en ninguna ciudad, los dragones las han atacado —añadió Lily.
—Eso mismo dicen los informes de mi hermano —confirmó Aibin—. Las ciudades del norte de los desiertos fueron arrasadas una tras otra.
—Solo cabe suponer que las del sur también —apuntó Taika.
—Esto lo confirma. Al menos se mantiene en pie, puede que encontremos algo —Dafne se aferró a esa esperanza.
Los guías regresaron y confirmaron que no había peligro.
Dafne dio la orden y entraron por una brecha del muro.
Dentro la arena lo cubría todo, del suelo de las calles a los tejados, se amontonaba contra las paredes y llenaba las casas vacías.
Los edificios mostraban señales del ataque de los dragones, muchos semiderruidos y otros reventados.
Dafne recorrió con la mirada la primera calle mientras avanzaban. Ante ella se extendía un mundo abandonado y muerto. Le dolió pensar que no solo aquella, sino todas las ciudades que tanto les había costado liberar, eran ahora lugares vacíos y sin vida.
Encontraron un pozo tapado con una losa. Lo abrieron y, para su alegría, aún tenía agua. Llenaron a toda prisa todos los pellejos.
El tiempo corría y no podían malgastarlo. Dafne repartió el trabajo. Dividió a la escuadra y a los porteadores en grupos y asignó a cada uno una zona de la ciudad.
—Taika, el muelle —dijo señalando el mar—. Aiden, los almacenes y graneros centrales. Lily, tú conmigo, a los palacetes. Id con cuidado y no perdáis tiempo, que no lo tenemos. Quiero un vigía en lo más alto de cada muro con los ojos en el cielo. Nos reuniremos aquí al anochecer.
Taika seleccionó a un tercio de los porteadores y partió al instante con su grupo. Aiden reunió al suyo y se puso a la tarea con Ivo a su lado. Dafne y Lily se llevaron a Mestos y al resto de los porteadores. Aibin y el general se quedaron en la plaza con los guías, a la espera.
Las primeras casas del centro no guardaban comida, solo los enseres que sus habitantes habían dejado atrás.
Dafne abría una puerta tras otra mientras Lily hacía lo propio con las contiguas.
Se centraron en las casas grandes de las familias acomodadas.
Tenían más opciones de hallar algo allí que en los barrios pobres.
Pero las despensas parecían vacías, con las vasijas volcadas y las arcas quemadas o destrozadas.
Los dragones y el abandono se les habían adelantado.
Con cada casa sin alimentos, la esperanza de Dafne menguaba un poco.
Lo poco aprovechable, los porteadores lo metían en los sacos a toda prisa.
Había muchas casas que revisar y poco tiempo.
Dafne no se vino abajo por lo poco que reunían. Habría más, estaba convencida. Entró en otro palacete de la zona noble. Lily mantenía el optimismo y recorría a la carrera las casas más grandes del barrio de los mercaderes calle arriba y calle abajo, los porteadores apenas lograban seguirla.
Los registros se prolongaron hasta que el sol se escondió y cayó la noche. Los tres grupos regresaron al centro de la ciudad.
Aiden volvió de los almacenes con el gesto tenso, sus porteadores traían los sacos medio vacíos.
—Esto es cuanto queda. Los almacenes centrales ardieron y el fuego se llevó gran parte del grano y del alimento.
—¡Malditos dragones! —estalló Lily. Tampoco ella había encontrado gran cosa.
Dafne no respondió enseguida. Había contado con una ciudad entera por vaciar y empezaba a ver que no era el caso. Su registro de la zona noble tampoco había dado lo que esperaba. Se le hundió el ánimo y miró a Taika. Quizá en los muelles…
Taika señaló a sus porteadores.
—Hemos encontrado buenas cantidades de pescado ahumado, salado y seco. Mis porteadores llevan los sacos llenos.
—El mar siempre regala sus frutos —comentó Ivo con una sonrisa.
—¿Nada más? —preguntó Dafne.
Aiden negó con la cabeza y Taika, también.
—Nosotras apenas media carga —admitió Lily.
Se hizo un silencio pesado. La cosa no había salido como esperaban.
Dafne acusó el golpe. Poco más de un tercio de carga tras semejante riesgo y la ciudad ya rebañada. Notó el desánimo tirar de ella.
Entonces pensó en Nahia. No se habría hundido delante de los suyos, habría sostenido al grupo y buscado la salida. Dafne enderezó la espalda, no se dejaría arrastrar.
—Bueno, algo más de un tercio de carga ya es algo —alzó la voz para que la oyeran todos—. No volveremos con las manos vacías.
En el fondo lo tenía por un fracaso, pero no dejaría que cundiera el desánimo entre los suyos.
—¿Seguimos registrando? —propuso Lily.
—Viendo el estado de la ciudad, dudo que encontremos mucho más —respondió Aiden.
Dafne miró a Taika. El Felidae volvió la vista al norte.
—Regresemos.
Ella asintió.
—Llevemos algo de comida a quienes no la tienen.
Dafne fue la última en salir de Albahrwalm. Desde la brecha del muro se volvió una vez a mirar las calles vacías, el pozo tapado y la arena entrando en las casas desiertas. Habían recorrido todo aquel camino para esto. Lo que llevaban no duraría mucho en el refugio y todos lo sabían.
Emprendieron el regreso a las Montañas Negras siguiendo la costa. Dafne no lograba dejar de pensar en cómo conseguir más alimento. Tenían que encontrarlo o perecerían.
El regreso iba más rápido de lo previsto por lo escaso del botín. Dejaron atrás la costa y con ella el rumor del mar, para encarar la parte final del trayecto. El calor del día seguía pegado a la arena. Los sacos pesaban poco y, aun así, los porteadores avanzaban encorvados, arrastrando los pies.
De día les quemaba el calor y de noche les mordía el frío.
Racionaban el agua sacada del pozo de Albahrwalm y la comida conseguida ni la tocaban.
El pescado ahumado y salado era para el refugio, no para ellos.
Se arreglaban con las escasísimas raciones previstas para el viaje.
Los Tauruk-Kapro y los Felidae leones aguantaban sin una queja, pero Dafne les veía las mejillas cada día más hundidas.
—Estamos haciendo buenos tiempos —comentó Taika para levantar el ánimo.
Aiden miró a los cielos.
—Y no nos han cazado todavía —añadió el Drakónido.
—Estas experiencias duras en el desierto me hacen reflexionar sobre la vida. Lo aprecio —comentó Ivo, que de todos era el que menos sufría la misión.
Lily había dejado de quejarse de los destrozos en su piel. Fue lo que más inquietó a Dafne. Cuando Lily callaba sobre su belleza era que la cosa iba de verdad mal.
La cuarta noche entre dunas uno de los guías Aljisaw se dejó caer de golpe y tiró del que tenía al lado.
No señaló nada. No hizo falta. Al norte, muy alto, una forma cruzaba el cielo. Las alas se movían despacio, con el peso de algo enorme. Su sombra se arrastraba por la arena.
—¡Al suelo! —Taika apenas movió los labios y la orden corrió por la columna en un instante.
Todos se tiraron al suelo y se aplastaron contra la arena. Los porteadores se cubrieron con ella hasta casi desaparecer. Dafne se tumbó junto a Mestos y los dos se enterraron casi por completo.
La bestia alada trazó un círculo lento sobre la zona.
Estaba buscando algo y volvía sobre el mismo trecho una y otra vez con la mirada en el suelo.
Dafne no supo si iba tras ellos o si era azar.
Todos permanecieron inmóviles, enterrados en la arena.
Si los descubría, estarían muertos. Tras un momento, el dragón deshizo el círculo y siguió hacia el este, tierra adentro.
Su sombra se alejó. Dafne lo siguió con la vista hasta que se perdió.
Aguardó un poco más antes de levantarse.
Resopló aliviada y alzó una mano para que la columna se pusiera en pie.
Nadie dijo nada, se sacudieron el susto del cuerpo y continuaron.
El resto de la noche apretaron el paso más de lo prudente para llegar cuanto antes. Los porteadores resistieron el ritmo forzado, Dafne se enorgulleció de su aguante y voluntad.
Las Montañas Negras aparecieron al fin sobre el horizonte.
Una larga silueta oscura de muchos picos y valles recortada contra el cielo del amanecer.
A Dafne se le removió el estómago al verlas, mitad alivio, mitad temor por lo poco que traían.
El último tramo hasta el pie de las montañas lo hicieron casi a la carrera.
Los centinelas los reconocieron y les abrieron paso por una de las entradas bajas. Al internarse en la seguridad de la roca negra todos sintieron un alivio enorme.
Descargaron los sacos en el almacén. Logar y Brendan, que junto a sus escuadras habían mantenido el refugio en pie durante su ausencia, salieron a recibirlos. Logar observó la cantidad de sacos que habían traído y calló.
Brendan, en cambio, no pudo contenerse.
—¿Esto es todo?
Dafne asintió con pesar en el rostro.
—Esto es todo. Albahrwalm estaba muerta. Los ataques de los dragones no destruyeron la ciudad del todo, pero sí acabaron con muchas de las provisiones que quedaron atrás.
Logar echó la cuenta a media voz, para sí.
Dafne ya la había hecho mil veces por el camino.
Lo que traían, repartido entre las cuatro etnias, no daría para mucho.
Todo aquel trayecto y aquel riesgo extremo habían rendido bien poco.
Se apoyó en la pared de roca y cerró los ojos un momento.
Habían salido a buscar una solución y regresaban con el mismo problema. Más grande, incluso.
Taika se acercó y se quedó a su lado. Frente a ellos la gente del refugio empezaba a arremolinarse en torno al almacén con una esperanza que se apagaría en cuanto vieran lo poco que había.
—Al menos tenemos algo con lo que alimentarlos —comentó Ivo, mirando a los que se acercaban con hambre en el rostro.
—Sí, pero no tenemos suficiente —se lamentó Lily.
—Tendremos que volver a salir —Taika puso voz a lo que todos pensaban y nadie se atrevía a decir.
—Es un riesgo muy alto para tan poco resultado. Nos hemos librado por poco dos veces… a la tercera no lo lograremos —advirtió Aiden.
Dafne no dijo nada. El hambre marcaba rostros y cuerpos. Pero ahora asomaba algo nuevo en los ojos de aquella gente, algo que el encierro había contenido hasta entonces. Era miedo. Y un refugio hambriento y asustado se volvería insostenible.