Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 14
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Capítulo 14

Los días de condena iban pasando, interminables, oscuros, húmedos, hediondos, terribles.

Pese a todo, Nahia no perdía la esperanza.

Había días en los que sí, cuando se daba cuenta de que Egil no se había puesto todavía en contacto con ellos y de que nadie de la red daba señales en el subnivel uno.

Eran malas noticias y el tiempo que pasaba no las mejoraba, pero se recuperaba rápido cuando charlaba con Logan.

—¿Quieres que intentemos que los dioses te iluminen? —preguntó Nahia todo lo disimulada que pudo. Ya se lo había preguntado incontables veces de las formas más sutiles y él siempre se negaba.

—Son tiempos oscuros, prefiero permanecer en la penumbra —respondió él. Se negaba a aceptar el intento de pasarle la lima.

Fue decirlo y llegaron fuertes pisadas desde el principio del pasillo. Ninguno de los dos tuvo que razonarlo ni un instante, sabían que era la escuadra de Drakónidos.

Nahia tenía abierto el visor de la mirilla una rendija y lo cerró rápido sin hacer ruido. Las pisadas crecían pasillo adelante. Cada golpe de bota retumbaba en la roca. De las celdas cercanas no llegaba un solo sonido y Nahia se pegó a la puerta en la penumbra conteniendo la respiración.

La escuadra llegó hasta ellos. Nahia escuchó cómo abrían la cerradura y después la puerta de Logan. El corazón se le desbocó.

—Sacadlo —ordenó el líder.

—No le hagáis nada, por favor —rogó Nahia.

—Calla, sucia traidora —fue la respuesta del líder.

Sacaron a Logan y Nahia escuchó cómo le golpeaban varias veces en el estómago, costillas y en la cara, como les gustaba hacer a aquellos sádicos. Los golpes ahogados resonaban en el pasillo. A Nahia se le revolvían las tripas con cada uno.

—Por favor, no lo golpeéis más. Dejadlo estar —repitió el ruego con sus manos contra la puerta.

—Te he dicho que te calles —aulló Drakoz desde fuera.

Logan no opuso resistencia y recibió los golpes con gemidos ahogados.

No le sacaron ni una queja ni una protesta.

Cuando terminaron, Nahia oyó cómo lo arrojaban al interior de la celda y cerraban la puerta.

Ahora sería su turno, así que aguardó. Se preparó para la paliza que le iban a dar.

Aguardó a que metieran la llave en la cerradura de su puerta, pero no lo hicieron y se marcharon pasillo abajo.

Las pisadas se alejaron hasta perderse y el silencio volvió a caer sobre las celdas.

Al cabo de un momento Nahia oyó a Logan arrastrarse hasta su puerta.

—¿Cómo te encuentras? ¿Te han dado fuerte? —preguntó.

—Estoy bien… —la voz le salió ronca.

—Siempre me dices que estás bien, pero no sé si creerte. Sé que no quieres preocuparme y no me dirás la gravedad de la paliza.

—Te la diré si es grave. No quiero ser una carga.

—No eres ninguna carga ni lo serás nunca.

—Parece que han cambiado de táctica.

—Sí, esta es una nueva forma de tortura. Ahora no sabremos a quién van a dar la paliza cuando vengan. Nos angustiaremos y no sabremos si te la dan a ti o a mí.

—Son juegos de intimidación para que no les hagamos frente ni intentemos nada.

—Lo que quieren es rompernos el espíritu, pero no lo conseguirán. Eso te lo aseguro —Nahia apretó el puño contra la puerta.

—Ese es el espíritu. Mantengámoslo alto.

Nahia hizo la mariposa de la victoria, aunque él no pudiera verla.

A la mañana siguiente Nahia degustaba la ración de comida, que aquel día olía y sabía más asquerosa que nunca.

Hedía a caldo de pies pútridos. El olor se quedaba pegado a la garganta.

Aun así, comió todo porque si no, no tendría fuerzas para los ejercicios que haría por la tarde.

Masticaba un cacho de lo que debería ser carne, aunque pensó que era el dedo gordo del pie de un Tergnomus.

De pronto sus dientes toparon con algo duro.

Pensó que le habían echado un hueso tan duro que ni lo podía partir con su dentadura.

Se llevó la mano a la boca y sacó el hueso.

Era algo metálico y cilíndrico. Nahia escuchó un momento para ver si alguien venía por el pasillo.

Cuando se cercioró de que no era así, abrió el visor dos rendijas para que entrara luz.

Puso el objeto metálico entre la luz y sus ojos y lo estudió.

Era algún tipo de contenedor de un tamaño algo menor que un dedo meñique.

Vio que tenía algo en el centro y tiró de los dos extremos.

El contenedor se abrió. En el interior había una nota. Nahia estuvo a punto de gritar de alegría y tuvo que taparse la boca con el antebrazo.

Antes de leer aguzó el oído. El pasillo seguía en silencio. Solo el goteo lejano rompía la quietud del subnivel.

Leyó con detenimiento.

Siento haber tardado tanto en daros la bienvenida. Las cosas se han complicado sobremanera en los últimos tiempos, no solo en las mazmorras sino en el exterior.

Han cambiado a todos los Tergnomus que trabajaban en las mazmorras y ahora además lo hacen en parejas. Nuestros enemigos son inteligentes. Visto el error, lo han subsanado.

También habréis apreciado la seguridad extra que han añadido, tanto en este subnivel como en los dos inferiores.

Pero no todo está perdido. La red se mantiene y funciona. Por desgracia con más dificultades y va más lenta, pero funciona.

Necesito saber si vuestros dragones raudos son de confianza o no. Si lo son, no comáis mañana. Siento que el nuevo sistema de comunicación os haga pasar hambre, pero de momento no hay más.

Me han trasladado al otro extremo de este nivel. Estamos en lados opuestos.

Estoy trabajando en la forma de salir de aquí. Vuestra presencia presenta una oportunidad que estaba esperando, así que manteneos fuertes. Saldremos de aquí.

Firmado: el Prisionero.

Como seguro que os preguntaréis si esta nota es de verdad mía, os diré algo que solo yo puedo saber. Las Panteras de las Nieves cazan con arcos.

Nahia leyó el mensaje varias veces. Con cada lectura el ánimo crecía, tanto que se le escapó una exclamación.

Logan se dio cuenta.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Más que bien —respondió ella.

Se quedó pensando si la nota era en verdad de Egil. La última frase solo podía ser suya o de alguien que conociera a las Panteras de las Nieves.

Egil estaba vivo y allí, en el mismo nivel que ellos.

La red estaba activa y había un plan para salir de aquel lugar.

Toda la desesperanza que había sentido desde que los encerraron ahí abajo desapareció de golpe.

La alegría y sobre todo la esperanza ocuparon su lugar. Había un camino y saldrían de allí.

Nahia tuvo que utilizar su ingenio para hacer llegar las buenas noticias a Logan.

Lo fue haciendo poco a poco entre conversaciones diversas, de forma que no fuera evidente.

Había momentos en los que las medidas de seguridad se le antojaban excesivas y sospechaba que en realidad nadie los escuchaba.

Se sentía un poco tonta, pero luego recordaba lo que decía la propia nota de Egil: los dragones eran inteligentes y habían cambiado la forma en la que vigilaban.

Por lo tanto, tenían que asumir que alguien escuchaba.

Se habían turnado durante días. Dormía unas horas Logan y otras horas ella, solo para saber si en las celdas que tenían a izquierda o derecha se escuchaba algún sonido.

La conclusión había sido que no. Lo único que oían en las noches era un siseo que recorría el pasillo de tanto en tanto.

Era un Serpetuss de ronda. Cuando el siseo se acercaba los dos permanecían inmóviles hasta que se perdía en la oscuridad.

Los habían puesto a los dos solos en la parte inicial del largo pasillo.

No estaban muy al principio, pero tampoco a la mitad, y les habían cedido todo aquel pasillo a ellos, con varias mazmorras vacías a cada lado, era de lo más sospechoso.

Si tenían razón, habrían hecho lo correcto. Si no la tenían, era un inconveniente dentro de la situación en la que se encontraban. Los dos lo entendían así y ahora que Egil se había puesto en contacto con ellos todavía era más importante.

Al día siguiente dejaron la comida en los cuencos sin tocarla.

Nahia dedujo que los Tergnomus devolverían la bandeja a la cocina.

Quien fuera el contacto de Egil allí le haría llegar luego la información de alguna forma, quizás también en el propio cuenco.

El sistema era de lo más ingenioso. Como las mazmorras estaban numeradas, Egil podía pasar mensajes a la que quisiera desde las cocinas.

Eso sí, siempre que los repartidores hicieran bien su trabajo y no lo llevaran a la mazmorra equivocada.

Por fortuna, si una cosa tenían todos los Tergnomus era que les gustaba hacer bien su labor.

Vivían por y para su trabajo, fuera el que fuese.

Eso garantizaba que el nuevo sistema funcionara, al menos en aquel subnivel.

Se preguntó cómo haría Egil para pasar los mensajes al subnivel tres, pero si había encontrado la forma de hacerlo aquí, estaba segura de que la encontraría abajo también.

Los días en las mazmorras habían sido largos y penosos, llenos de angustia.

Ahora era todo lo contrario. Estaban llenos de anticipación y esperanza.

Cada vez que llegaban con la comida, Nahia y Logan no podían reprimir su optimismo.

Buscaban tanto en la comida como en el agua antes de beber o comer nada.

Si unas pisadas recorrían el pasillo, se les tensaba el cuerpo, pues podía ser un Tergnomus con un mensaje o la escuadra en busca de otra paliza.

La espera no les daba tregua y aunque de momento no llegaba otro mensaje, no decrecía la esperanza que tenían en que pronto llegaría.

Mientras esperaban el siguiente mensaje de Egil, Nahia construyó un arma con el contenedor usando la lima.

Era una navaja diminuta. Ya no estaban desarmados.

Aunque era un arma en extremo pequeña, la animó.

El filo cortaba y tenía punta. Le había llevado muchos días fabricarla porque tenía que usar la lima en silencio y con cuidado.

Además, usar algo de luz era siempre arriesgado.

A cada pasada de la lima se detenía a escuchar.

El menor ruido en el pasillo la dejaba helada y escondía el arma bajo el cuerpo, pero ya la tenía lista y no la habían pillado.

Por pequeño que fuera, este nuevo logro la reconfortó.

Trató de utilizar su magia. Lo intentaba todos los días y todos los días fracasaba, al igual que Logan. El collar de plata que tenían al cuello impedía que pudieran usar su magia por mucho que lo intentaran.

Tras pensar mucho en ello, Nahia se dio cuenta de que su llama interior no era en sí magia que ella creara, estaba ya en su interior y la sentía cuando se encendía, sobre todo cuando los de la escuadra de Drakónidos les propinaban palizas.

Esto la llevó a pensar que si se encendía quizás pudiera crecer, como le solía pasar.

Así que se puso a ello. Pensaba en los dragones y en la escuadra de Drakónidos y de inmediato la llama se encendía en su interior, la sentía.

El collar plateado no destellaba, por lo que no interpretaba que estuviera produciendo magia.

En cambio, cuando intentaba crear una bola de fuego el collar destellaba y la anulaba. Eran buenas noticias.

Se puso manos a la obra. Practicaba en la penumbra con la espalda contra la roca fría. El frío y la humedad ya no le importaban, su llama la mantenía caliente.