Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 13
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Capítulo 13

Nahia detuvo las flexiones que estaba haciendo.

Había oído algo. Temía que fuera la escuadra de brujos de dragón que venía a darles otra paliza.

Aguzó el oído y reconoció los pasos. Eran de Tergnomus, resopló aliviada.

Se puso en pie y calculó la hora. Sí, tocaba comer.

No se lo decía tanto la mente como el estómago, las raciones que les daban eran escasísimas, lo justo para mantenerlos con vida, y cuando llegaba la hora el cuerpo lo sabía antes incluso que la mente.

Pensó que quizá fuera mejor no hacer ejercicios físicos como sentadillas, flexiones y abdominales.

La energía que recibían de la comida era mínima y dudaba que supliera la que gastaban con el ejercicio.

Por otro lado, sabía que quedarse sentados en la celda los atrofiaría y sus posibilidades de vivir disminuirían deprisa.

Logan se lo había explicado cuando estaban en la academia y otras veces después.

El cuerpo requería músculo para vivir una larga vida.

Cuanto más músculo se tenía, más se vivía.

Entrenar tenía además otra ventaja. El esfuerzo la hacía entrar en calor y espantaba por un rato el frío de la celda.

La verdad era que después del ejercicio se sentía mejor, se quedaba más hambrienta y cansada, eso sí, pero por alguna razón estaba más contenta y con la mente más despierta.

Logan decía que eran los efectos beneficiosos del entrenamiento.

Ella tenía que darle la razón porque la tenía.

El problema iba a ser mantener el equilibrio entre el ejercicio que podía hacer y la poca comida que les proporcionaban.

Los pasos se detuvieron justo delante de sus celdas.

Era increíble cuánto agudizaba el oído la oscuridad, o más bien perder el sentido de la vista.

Ahora eran capaces de identificar hasta el más mínimo sonido fuera de las celdas.

Oían cuándo se abrían los barrotes al inicio y al final del pasillo en el que se encontraban y distinguían el eco de cada puerta al cerrarse y alguna tos lejana de otros presos.

Adivinar quién venía era una especie de juego que no siempre resultaba agradable, a veces eran los Serpetuss y otras el grupo de desgraciados de la escuadra de Drakónidos.

El visor se abrió.

—Contra la pared del fondo —ordenó una voz de Tergnomus con su habitual tono de mal humor.

Nahia obedeció mientras se preguntaba quién sería, porque no reconocía la voz.

Debía de ser la pareja nueva que reemplazaba a los que les habían llevado la comida hasta entonces.

Una vez estuvo contra la pared del fondo escuchó las llaves en la pesada cerradura.

El chirrido del metal resonó por todo el pasillo y la puerta se abrió.

La luz entró y Nahia tuvo que cubrirse los ojos, aunque cada vez se acostumbraba más al cambio de oscuridad a luz.

El resplandor de las antorchas dibujó el contorno de la puerta y arrancó brillos a la piedra mojada.

Parpadeó varias veces hasta que la vista se le aclaró.

Vio que en efecto era alguien nuevo quien dejaba en el suelo la bandeja con la ración y el agua.

—¿Sois el nuevo grupo de reparto de comida? ¿Cómo te llamas? —preguntó Nahia con tono amistoso.

—Calla, prisionera. Y mantente al fondo de la celda —espetó el Tergnomus.

—No pienso moverme, tranquilo. Solo quiero saber cómo te llamas.

—Pues yo solo quiero hacer mi trabajo y que no me cuelguen por ello, así que calladita.

El Tergnomus cerró la puerta de golpe y un instante después echó la llave.

Nahia se acercó deprisa al visor para echar un ojo fuera y consiguió ver un instante a los dos Tergnomus. Al siguiente el repartidor le cerró el visor.

—Por favor, deja el visor abierto para que entre un poco de luz —rogó ella.

Ya imaginaba la respuesta que iba a recibir.

—Calla y come, prisionera. O no vendremos a repartir mañana.

Nahia suspiró. El grupo de reparto anterior era odioso, pero este iba a serlo tanto o más.

Logan intentó a su manera hablar con ellos, pero obtuvo el mismo resultado. A él todavía le ladraron más, sin duda porque temían que se les lanzara encima. Cerraron su puerta y luego el visor.

Los dos quedaron a oscuras.

—Somos el equipo de reparto nuevo. Nada de tonterías con nosotros. A la primera informaremos a la escuadra de brujos de dragón y ellos se encargarán de vosotros —advirtió uno de los dos. Era el más ancho de hombros, el que le había servido a Nahia.

El otro no abrió la boca. Era algo más delgado, aunque del tamaño habitual de los Tergnomus, quizá un poco más alto.

No había podido verlo bien. Intentaría hacerse una mejor composición de cómo eran los dos repartidores según pasara el tiempo.

De alguna forma tenían que intentar ablandar a los Tergnomus, aunque dudaba mucho que lo consiguieran.

Los escucharon alejarse por el pasillo y dirigirse a otra sección una vez alcanzado el final. Sus pisadas se apagaron tras los barrotes del fondo y el pasillo quedó de nuevo en silencio.

—Estos tampoco son muy agradables —llegó la voz de Logan.

—Sí. Esperaba que quizá uno de los dos estuviera con nosotros. Ya veo que no.

—No perdamos la esperanza todavía, muchas cosas pueden suceder.

—Malas, muchísimas. Eso seguro.

—Comamos. Nos sentiremos mejor después de comer —la animó Logan.

Nahia se agachó y con cuidado tanteó dónde estaba la comida para coger la pequeña jarra cerámica de agua.

Ella siempre bebía el agua primero. Una podía vivir días sin comer, pero sin beber no duraba mucho.

Bebió de la jarra hasta vaciarla, la puso sobre la bandeja de madera y tanteó el plato de ración.

Por el olor nada agradable que desprendía ya sabía dónde estaba.

El olor a pescado pasado se mezclaba con el de la celda y se le revolvió el estómago vacío.

Al cogerlo notó algo diferente. El plato siempre pesaba más o menos lo mismo y aquel día pesaba un poco más.

Le extrañó. Quizá el cocinero había puesto un poco más de ración.

Aquello sería un acto de bondad y le pareció algo hasta bonito.

O quizá cualquier pequeño acto bondadoso le resultaba ya bonito.

Por supuesto no le habían dado cuchara ni tenedor y mucho menos un cuchillo.

Tenía que comer con las manos. Más que comer era beber, porque en realidad las raciones no eran más que una sopa densa a la que habían añadido alguna verdura y un trozo rancio de pescado o carne ya pasada.

Lo mejor era no pensar en ello y tomárselo todo lo antes posible, así no le entraban arcadas.

El mal sabor le duraba en la boca un buen rato.

Si se paraba a degustar aquel maravilloso manjar lo más probable era que vomitara.

Intentó alejar aquellos malos pensamientos de su cabeza y devoró lo que había en el cuenco.

Se lo llevó a la boca y sorbió cuanto pudo.

La parte sólida era la menor y apenas la sintió al pasar por su garganta.

Cuando terminó dejó el cuenco vacío sobre la bandeja.

Fue entonces cuando volvió a notar que pesaba más de lo habitual.

No era que le hubieran puesto más comida, sino que el propio cuenco pesaba más.

Esto la intrigó y decidió investigar. Tanteó con los dedos y pegado al fondo del cuenco encontró algo.

Era un objeto alargado y metálico. No era muy grande ni grueso, pero sí duro.

—Vaya… —masculló entre dientes.

—No está muy rica, ¿verdad? —Logan creyó que era una protesta por la comida.

—Pues no, tan deplorable como siempre, pero parece que viene con más sustancia.

Logan interpretó que algo sucedía. Su ración no traía sustancia adicional alguna. Nahia le estaba diciendo algo de forma sutil. Aguardó expectante.

Nahia analizó el objeto con sus dedos y no tardó demasiado en darse cuenta de lo que era: una lima. El descubrimiento la llenó de alegría y no porque la lima fuera a lograr que escapara de allí. Significaba que la red seguía en pie y que le enviaban ayuda. Eran noticias estupendas.

Se pasó toda la noche trabajando con la lima. No la empleaba en la cerradura de la puerta porque eso sería muy obvio, sino en la mirilla.

Trabajó y trabajó mientras Logan permanecía atento por si se acercaba algún vigilante. No escucharon nada. El roce del metal contra el hierro sonaba mucho en aquel silencio. Nahia limaba despacio y se detenía a cada poco para escuchar. El corazón le golpeaba el pecho en cada pausa.

De pronto les llegó un olor a ambos. Si al principio no habían sabido reconocerlo, ahora sí lo hacían.

De nuevo Nahia se sorprendió de lo mucho que mejoraban los otros sentidos cuando una no podía ver.

Dejó de usar la lima sobre la mirilla. Su olfato indicaba la presencia de un ser nauseabundo.

Un hedor avanzaba por el pasillo, se colaba por la rendija del visor y se pegaba a la garganta.

Un Serpetuss se acercaba y ahora podían olerlo.

Avanzó hasta situarse frente a sus dos mazmorras.

Se acercó primero a la de Nahia y husmeó sobre la mirilla sin abrir el visor.

La mala bestia quería que supieran que los estaba vigilando.

Fue a la mirilla de Logan e hizo lo mismo.

Era su forma de decirles que los esperaba fuera si intentaban algo, los dos lo sabían.

Nahia maldijo a aquel ser asqueroso, pero no en voz alta, no pensaba darle esa satisfacción al Serpetuss.

Aguardó a que pasara y a que su olor desapareciera del pasillo.

El hedor tardó un buen rato en disiparse.

Después volvió a trabajar con la lima sobre la mirilla.

No pretendía escapar sino poder ver la luz del pasillo.

Le llevó un día entero, pero al final fue capaz de limar el cerrojo del visor.

Intentó abrirlo con suavidad para no hacer mucho ruido y consiguió que el visor se desplazara desde el interior.

Cuando la luz de las antorchas del pasillo le dio en la cara sintió semejante alegría que estuvo a punto de saltar.

Se contuvo y disfrutó de aquella pequeña victoria.

Ya tenía luz, no era todo oscuridad. Por la rendija entraba una línea de luz anaranjada.

El resplandor temblaba con el fuego de las antorchas y teñía la roca del suelo.

Nahia se quedó mirando aquella franja de luz un buen rato sin moverse.

Lo había limado desde el interior, pero desde fuera el visor se veía intacto.

Logan escuchaba atento y se percató de que el visor se había abierto. No dijo nada. Por un momento pensó en cómo preguntar.

—¿Hoy está más oscuro de lo habitual o me lo parece a mí? —comentó al fin.

—No pierdas la esperanza. No está más oscuro, todo lo contrario. Yo hoy veo la luz. Mantente fuerte, saldremos de aquí un día.

Logan entendió lo que Nahia le indicaba: había abierto el visor. Sonrió, orgulloso de lo que su amada había logrado.

Pasaron los días, pero no recibieron más ayuda.

Cada vez que llegaba la pareja de reparto, Nahia y Logan se ponían en pie.

Aguardaban por si les enviaban algo más.

Durante más de una semana no fue así. Los días allí abajo se medían por raciones.

Lo que sí recibieron fue una visita desagradable de los brujos de dragón.

Lo único que quisieron fue sacarlos de las celdas para darles una paliza y luego los devolvieron al interior una vez hubieron terminado.

Nahia y Logan no opusieron resistencia. Recibieron el castigo sabiendo que solo podían aguantar el sufrimiento que les imponían.

A Nahia le llevó varios días recuperarse de la paliza recibida.

Le dolían el estómago, la cara y la cabeza.

Por suerte no tenía nada roto y no creía que hubiera hemorragias internas.

Pasaba las horas tumbada sobre el catre, que era tan duro como la roca.

Cada vez que se movía el costado le punzaba.

Escuchó los pasos que se acercaban y supo que era la comida. Un poco de alimento le haría olvidar el dolor.

Se abrió el visor, entró la luz y llegó el desagradable tono del Tergnomus.

—Contra la pared. ¿Por qué tengo que decirlo todos los días? ¿Acaso sois tontos?

Nahia se retiró hasta la pared. Mientras observaba cómo el Tergnomus abría la puerta con su llave y dejaba la bandeja en el suelo, pensó en el repartidor.

Al principio había creído que aquel Tergnomus estaba con ellos y que le había puesto la lima en la comida.

Ya no pensaba tal cosa, era demasiado desagradable y no les había dado ninguna indicación de estar de su lado en todo el tiempo que llevaba repartiendo, que ya era bastante.

Aquello solo podía significar que la ayuda la habían puesto en cocina.

Esa era la hipótesis que barajaban. Logan también lo creía así, era lo que más sentido tenía.

Lo habían razonado en secreto por si alguien los oía.

En un primer momento Logan había argumentado que se preparaban demasiadas comidas para todos los presos y que no podía ser el cocinero, pero Nahia había descubierto que las bandejas tenían un número marcado en la madera.

Los suyos eran el seis y el siete. Aquello hizo cambiar de opinión a Logan, que encontró el número en su bandeja.

Ahora ambos estaban convencidos de que alguien en la cocina los había ayudado.

Aquella noche Nahia volvió a abrir el visor con cuidado. La luz de las antorchas entró en la celda y el goteo del pasillo sonó más cerca.

Alguien en aquella fortaleza estaba de su lado. Se durmió con la mirada puesta en la luz.