Capítulo 12
Nahia escuchó pasos en el pasillo y no eran de Tergnomus, por lo que se alarmó.
Se incorporó despacio en la oscuridad de la celda.
Había aprendido a medir el tiempo por las visitas de aquellos seres, pues la comida llegaba siempre a la misma hora, al igual que las barridas del equipo de limpieza.
Entre una visita y otra solo quedaban la oscuridad y el silencio.
Calculó en su mente si tocaba ya la hora de la comida o de la limpieza.
No era ninguno de los dos momentos, aquello era extraño y esto la alarmó todavía más.
El corazón le latía deprisa. En las mazmorras cualquier cambio en la rutina anunciaba problemas.
Se quedó escuchando atenta e imaginó que Logan también estaría haciendo lo mismo.
Si ella escuchaba ruidos, Logan también.
Los pasos llegaron hasta ellos. Le dio la impresión de que eran al menos cuatro personas.
Los pasos de los Tergnomus eran cortos y ligeros y estos sonaban largos y pesados, como si fuesen soldados.
Cada pisada repicaba en el pasillo hasta llegar a ella. Esto todavía le gustó menos.
Los pasos se detuvieron justo delante de sus celdas.
Nahia estaba pegada a la puerta escuchando y por puro instinto se echó un paso hacia atrás.
En ese momento se escuchó la llave en la cerradura y se abrió la puerta de par en par.
La luz del pasillo entró de golpe y la cegó un instante.
Tuvo que protegerse los ojos con el antebrazo y luego entornarlos.
Parpadeó hasta que las siluetas frente a ella cobraron forma y se le encogió el estómago.
Nadie abría así las puertas de las celdas y las siluetas no eran las de Tergnomus.
Casi seguido se abrió la puerta de la de Logan.
Frente a ellos en mitad del pasillo había una escuadra de brujos de dragón completa, pero tenía una composición extraña: eran todos Drakónidos. A Nahia se le erizó el vello. ¿Qué hacían allí? Nada bueno intuyó. Si eran todos Drakónidos era por una razón que ya intuía, no estaban con la rebelión.
—¡Salid al pasillo! ¡Ahora! —ordenó el que parecía liderar la escuadra, un Drakónido corpulento con marcas azules en la sien.
Nahia salió siguiendo las órdenes. No quería problemas y además agradecía que hubiera luz. Logan salió también de la celda. A ella se le aceleró el corazón al verlo de cuerpo entero. Ambos se miraron y sonrieron.
—Nada de sonrisitas, traidores —espetó el Drakónido líder—. Me llamo Drakoz y soy el Capitán de la guardia del primer subnivel. Mi escuadra se encargará a partir de este momento de patrullar todo el nivel y de que no haya problemas.
—¿Brujos de dragón patrullando las mazmorras? Esto es nuevo —se extrañó Nahia.
—Parece que sois unos prisioneros de alta relevancia y el Coronel no quiere correr ningún riesgo —informó Drakoz.
—Ya habíamos visto que estaba reforzada la vigilancia en la entrada del subnivel —recordó Logan.
—Sí, eso se debió a la fuga del Rey grypho. Esta patrulla especial se debe a vosotros dos, sucios traidores.
—Estamos halagados —dijo Nahia con ironía.
El Drakónido le asestó un fuerte puñetazo en la cara y Nahia dio un paso atrás con el pómulo dolorido.
Logan fue a golpear a Drakoz cuando dos de la escuadra lo agarraron de los brazos y un tercero le golpeó en la cabeza.
—Os aconsejo que nos tratéis con respeto porque, si no, os arrepentiréis —Drakoz señaló a Nahia con el dedo índice—. Eres la líder de la rebelión y por ello pagarás —le soltó una patada al estómago sin ningún aviso.
Nahia no tuvo tiempo de reaccionar y se dobló de dolor. El golpe le robó el aire y se quedó encogida con los brazos en el estómago. Le ardía la garganta por las ganas de gritarle, pero se aguantó. Cualquier palabra les costaría más golpes y con eso no conseguiría nada.
—¡Déjala en paz, cobarde! Lucha conmigo.
Drakoz estalló en una carcajada. El sonido rebotó por el pasillo de las mazmorras. Ninguno de los otros cinco Drakónidos actuó, aguardaban las órdenes de su Capitán con los ojos fijos en los prisioneros.
—Enseñadle lo que es bueno a este sucio traidor.
Mientras varios Drakónidos lo sujetaban otros golpearon a Logan repetidas veces en estómago y la cara.
—Dejadlo… —Nahia intentaba recomponerse.
—Tenemos órdenes de vigilar que nadie escape y libertad para aplicar la disciplina que veamos conveniente —advirtió Drakoz—.
Así que será mejor que seáis buenos y muy obedientes o terminaréis molidos a golpes.
No puedo mataros si no intentáis huir, pero sí puedo castigaros lo que quiera. Recordadlo.
Nahia lo miró llena de odio y la llama encendida en su estómago afloró a sus ojos.
—No me mires así, traidora —Drakoz le lanzó otro puñetazo en la cara. Esta vez el golpe la tiró al suelo.
Logan intentó soltarse, pero lo tenían bien agarrado. Volvió a recibir varios golpes en el estómago hasta que no pudo revolverse más por la falta de aire.
Drakoz desenvainó su espada y con ella señaló a Nahia en el suelo.
—Recuerda que puedo mutilarte si así lo decido. Que tengas unos dedos más o unos dedos menos no le importará al Coronel, así que te recomiendo que te guardes tu ira, Nacida de la Llama. Conmigo solo conseguirás dolor y sufrimiento y me encantará proporcionártelo.
Logan consiguió algo de aire e intentó soltarse de nuevo, pero volvieron a golpearlo hasta dejarlo medio inconsciente.
Nahia apretó los puños contra el suelo. Ver a Logan tirado le dolía más que todos los puñetazos.
Aguantó quieta con la respiración agitada, pues un solo gesto empeoraría la paliza.
Los Drakónidos disfrutaban con la escena, lo veía en sus caras.
Aquel grupo lo habían escogido con gusto, eran todos abominables.
—Metedlos en las celdas, creo que esta primera visita ha ido muy bien.
Los Drakónidos arrastraron a Logan al interior de su celda. Luego sujetaron a Nahia y la empujaron a la suya. Cerraron las puertas y abrieron los visores.
La oscuridad envolvió a Nahia de nuevo. Solo la línea de luz del visor cortaba la negrura de la celda.
Drakoz se dirigió a Nahia a través de la mirilla.
—Estoy aquí para que no huyáis, pero al mismo tiempo pienso haceros la vida imposible porque sois lo que sois: basura.
Y ya puedes ir apagando tu llamita porque conmigo no te servirá de nada.
Sé que el collar impide que uses tu magia.
Será mejor que recuerdes que yo puedo usar la mía sobre ti.
Sin tu magia no podrás defenderte y te congelaré hasta que mueras.
Será una muerte lenta, eso te lo prometo.
Su voz sonaba tranquila al otro lado de la puerta. Aquella calma de ser vil la inquietaba más que los golpes. Un escalofrío le recorrió la espalda. Nahia lo miró, pero no dijo nada. Se puso en pie despacio y se recuperó.
—Déjame decirte que no hay nada más satisfactorio que ver cómo un traidor se congela. Va muriendo poco a poco sin poder hacer nada, con todo el cuerpo helado. Comienza por las extremidades y se propaga al tronco. Si se hace despacio es bien doloroso. Dame una oportunidad y te lo demostraré.
Volvió a sentir que su llama interna se encendía, pero la aplacó al instante. Aquel Drakónido quería provocarla. Era un sádico y estaba segura de que cumpliría lo que estaba diciendo. Es más, disfrutaría haciéndolo.
Nahia y Logan callaron.
La escuadra de Drakónidos les lanzó unas cuantas advertencias e increpaciones antes de marcharse. Escucharon sus pasos alejándose por el pasillo.
El silencio regresó a las mazmorras y Nahia respiró hondo por primera vez desde que la escuadra había aparecido. El ojo le palpitaba con cada latido.
La calma no la tranquilizó. Aquellos Drakónidos volverían y la próxima vez quizás no se conformaran con unos golpes.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Logan cuando los pasos ya habían desaparecido en la distancia.
—Sí, estoy bien —se tocó el ojo—. Puedo aguantar un par de puñetazos. ¿Cómo estás tú?
—También estoy bien. Me han dado un pequeño repaso, pero no ha sido nada.
Nahia supo que le restaba importancia para no preocuparla. Los golpes que había escuchado no eran un pequeño repaso. Se pegó a la puerta para hablar por el visor.
—Las cosas van de mal en peor aquí —se lamentó.
—Sí, esto no lo esperaba y nos va a traer problemas. No están aquí solo para vigilarnos, también para empujarnos a cometer un error.
—¿Con empujarnos te refieres a golpearnos y maltratarnos?
—Sí, y no debemos caer en su trampa. Si nos enfrentamos a ellos usarán la fuerza de verdad. Tengo la sospecha de que pueden llegar a matarnos.
—Sí, a mí también me lo parece. Eso me hace pensar que el Oráculo y el Coronel no están del todo de acuerdo en cómo manejar nuestra condena.
—Cierto, no creo que el Oráculo quiera que muramos todavía. Nos mantienen con vida para sacarnos información.
—Pues si nos matan los Drakónidos no la va a conseguir.
—Exacto, quizás sea esa una baza que podamos jugar.
—¿A qué te refieres? —preguntó Nahia, sin entender del todo la jugada.
—Si al Oráculo le llega la noticia de que nos están empujando para que cometamos un error y nos maten, quizás pueda hablar con el Coronel.
El estómago todavía le dolía por la patada. Se lo sujetó con un brazo.
—Dudo mucho ambas cosas. No creo que podamos hacer que sepa esto y tampoco que le importe demasiado.
—Estaba buscando algo favorable en todo esto, pero quizás no lo haya.
—No, no lo hay. Estamos sin noticias de Egil o de su red. Ahora tenemos el problema añadido de estos sádicos que nos van a hacer la vida imposible en esta situación terrible.
Hubo un momento de silencio y los dos intentaron asimilar las dificultades a las que se enfrentaban. En la oscuridad de su celda Nahia aguardó a que él dijera algo. Necesitaba oír su voz. Nunca había odiado tanto el silencio de las mazmorras. Al final Logan habló.
—No importa cuán difícil sea la situación si estamos juntos, podremos con ella.
Nahia sonrió. Su agobio y angustia desaparecieron.
—No sabes cuánto significan esas palabras para mí. Tienes toda la razón, mientras estemos juntos no podrán vencernos. Puede que nos maten, pero no nos vencerán. Ya hemos creado la llama de la rebelión. Su fuego se propaga ahora por toda Tremia y pronto lo hará aquí también, en nuestro mundo.
—Más que eso. Los ejércitos de los dragones han desertado y se han unido a la rebelión. Eso los tiene como locos. Por eso estos Drakónidos nos odian tanto. No es solo el hecho de que hayamos iniciado una rebelión, es que está creciendo y eso no lo pueden soportar.
—Llegará el día en que no podrán pararla. Puedo verlo en mis sueños —Nahia suspiró—. Todos unidos contra los dragones y estos huyendo en retirada tras la derrota. Ahora es solo un sueño, pero por mucho que me apaleen, se logrará.
—Bien dicho. Ese es el espíritu, que no decaiga nunca.
—No lo hará, con cada golpe y humillación, mayor será el propósito.
—Lo será. Estoy contigo hasta el final.
—Y por eso te amo.
—Y yo a ti.
Con el corazón henchido, Nahia se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra la pared de roca.
La humedad de la celda ya no le importaba.
La llama de su interior le daba calor y con ella la esperanza seguía viva.
Y nadie podría apagarla, ni Drakoz, ni su escuadra ni el frío de aquellas mazmorras.
Cerró los ojos. Al otro lado del pasillo estaba Logan, su amor verdadero y correspondido.
No estaba sola, eran dos y se amaban. Con eso le bastaba para aguantar lo que viniera. Aguantarían juntos y algún día escaparían de allí y liberarían a los pueblos de la tiranía de los dragones.