Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 10
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Capítulo 10

Los dragones atacaron las posiciones de la montaña una y otra vez, sin descanso, y se aseguraron de que los defensores se retiraban o morían.

La caverna que defendían las Panteras recibió tres ataques y quedó arrasada por completo.

Por fortuna, ellos y los soldados aguantaban en una galería más profunda.

Cuando los dragones terminaban una pasada, Erelsen indicaba a sus soldados que volvieran a salir para tirar.

Las Panteras se unieron a ellos en aquel extraño y arriesgado intercambio.

En la cuarta salida Lasgol se apostó junto a una grieta desde la que se dominaba toda la ladera.

Treinta pasos más abajo media docena de tiradores norghanos ocupaba un saliente de roca tras un murete alto de piedra y hielo.

Tiraban por turnos, tres en pie y tres agachados, y no malgastaban una sola flecha.

El más joven de ellos no llegaba a las veinte primaveras.

Soltaba con la boca abierta y gritaba con cada flecha, y los veteranos que tenía al lado lo dejaban gritar.

—Ese muchacho tira bien —comentó Gerd.

—Y lo hace rápido —añadió Ingrid, que no le quitaba ojo.

Un toque grave del cuerno recorrió la cordillera.

Erelsen se apartó del borde.

—Es el aviso. Vuelven. ¡Todo el mundo dentro!

Lasgol soltó una última vez y se echó hacia la grieta. Abajo, los del saliente recogieron los arcos y corrieron hacia la abertura que tenían a su espalda. El muchacho salió el último, porque se agachó a recoger el carcaj que se le había caído, y se retrasó tres pasos.

Tres dragones bajaron sobre aquella cara de la montaña con el sol a la espalda.

Un enorme dragón marrón no tiró contra la abertura ni contra la ladera, sino contra el murete de piedra y hielo.

Sabía dónde estaban. El aliento de tierra reventó la piedra y el hielo y los lanzó ladera abajo.

Los otros dos vaciaron fuego y rayos sobre la roca buscando alcanzar a los soldados.

La cara de la montaña temblaba bajo los ataques cuando una lluvia de trozos de roca salió por doquier.

Al elevarse, los dragones dejaron ver lo que habían hecho. Del saliente no quedaba ni rastro. El cuerpo del joven tirador estaba sobre la roca, medio despedazado.

Cuando salieron a mirar, Nilsa apretó la boca con la mano y Gerd bajó la cabeza.

—No ha conseguido ponerse a salvo a tiempo —murmuró el grandullón.

Lasgol siguió mirando el cuerpo un momento. Había muerto luchando con fiereza, defendiendo a los suyos. Era un héroe, como todos los que defendían la montaña.

Erelsen llegó hasta ellos y se pasó la mano por la barba blanca sin apartar la vista del cielo.

—Cada pasada nos cuesta alguna posición, por eso las vamos cambiando.

—¿Cuántas os quedan en esta cara de la montaña? —quiso saber Ingrid.

—Menos de las que necesitamos —dijo y volvió a la boca de la caverna a colocar a los suyos.

Lasgol buscó al general enemigo en cada pasada, pero volaba demasiado alto para el arco.

El cuerno sonó entonces tres veces seguidas, un toque que las Panteras no habían oído hasta ese momento.

La estrategia de los dragones cambió. En lugar de continuar con las pasadas, se subieron a la cordillera y tomaron posesión.

—No salimos, nos refugiamos —ordenó Erelsen.

Todos se apartaron de la entrada para no ser alcanzados.

—¿Qué hacen? —preguntó Ingrid al veterano.

—Primero arrasan todas nuestras defensas y luego se posan sobre la cordillera para intentar penetrar por los puntos en los que hayan conseguido hacer mucho daño o donde haya una cueva de tamaño suficiente para que entre un dragón.

—Esta cueva tiene tamaño para un dragón —observó Nilsa.

—Lo tiene, y por lo general la atacan.

—¿Cómo la defendéis? —preguntó Ingrid.

—Sacaremos las esferas con sustancia dorada. Defended la salida de la caverna —Erelsen señaló hacia el fondo, que apenas estaba iluminado—. Protegeos detrás de las rocas, hay trincheras cavadas.

—Entiendo —Ingrid asintió.

Los soldados ocuparon las trincheras a izquierda y derecha de la boca y el capitán indicó a las Panteras que se situaran al fondo de la cueva para proteger el paso a la siguiente.

Al llegar a la entrada encontraron, en medio de la oscuridad, que los defensores habían situado enormes rocas tras las que ocultarse y cavado un agujero de una vara de profundidad y doce de largo.

—¡Dentro todos! —indicó Ingrid, y tomaron posición.

—Esta abertura es mucho más ancha que la de las Eternas —Astrid midió el hueco con la mirada—. Por aquí sí podrían hacernos daño.

—Por eso vienen a por ella —repuso Lasgol.

Más soldados llegaron del interior de la montaña y se fueron situando con sus arcos para defender la posición. Aquello ya lo habían vivido antes.

De pronto Camu se materializó a las espaldas de las Panteras, y Ona y Argi con él.

Todos los soldados se alarmaron sobremanera y apuntaron a Camu.

Lasgol levantó las manos.

—¡Están con nosotros! ¡No es un dragón!

—¡No tiréis contra ellos! —se unió Astrid también con las manos en alto.

Los dos se pusieron entre los soldados y Camu, Ona y Argi.

—Son aliados, lucharán con nosotros —dijo Ingrid.

Los soldados miraron a Erelsen.

—¿Seguro? —preguntó a las Panteras.

—Seguro —confirmó Lasgol.

El veterano se rascó la barba.

—Está bien, no tiréis.

«Yo proteger con cúpula antimagia. No preocupar» envió Camu a sus compañeros.

—Gracias, Camu. Tengo la sensación de que la vamos a necesitar —agradeció Lasgol.

No tuvieron que esperar demasiado. Un dragón rojo entró en la caverna rugiendo y envió su aliento elemental para barrerla de lado a lado.

—Aguantamos sin salir —ordenó Erelsen.

Los soldados y las Panteras veían cómo las llamas salían de la cueva de entrada y llegaban a donde estaban.

El dragón avanzó enviando su aliento de fuego. Con cada paso que daba se acercaba más a donde estaban refugiados.

—¡Van a entrar! —Erelsen alzó la voz por primera vez en toda la mañana—. Esta ya es una situación crítica. ¡Sustancia dorada!

Los tiradores impregnaron las puntas de sus flechas con la sustancia que llevaban en las esferas.

El dragón llegó hasta la entrada de la caverna y metió la cabeza mientras lanzaba las llamas hacia el interior.

Desde izquierda y derecha de la boca, resguardados tras las trincheras de roca, los soldados tiraron contra la cabeza del dragón y un centenar de flechas se clavaron en sus ojos y rostro.

La sustancia dorada de las puntas atravesó las escamas como si fueran de manteca y las flechas penetraron hasta el fondo.

La bestia rugió de dolor y dejó de enviar su aliento de fuego.

Giró la cabeza hacia la izquierda para abrasar a los tiradores de ese lado, pero se agacharon, protegidos por las rocas y el foso que habían cavado.

El fuego alcanzó la barrera y pasó sobre sus cabezas sin tocarlos.

Los tiradores del lado opuesto remataron al dragón con otra andanada que le acribilló la cabeza y cayó muerto donde estaba taponando la entrada.

—¡Dragón muerto! ¡Recargad!

—Ese dragón está atascando la abertura, el resto no podrán pasar —observó Nilsa.

—Con los dragones yo no me confiaría —advirtió Viggo—. Tienen esa habilidad especial para intentar matarte a pesar de todo.

Viggo estaba en lo cierto. Un nuevo dragón entró en la caverna y, al ver al muerto obstruyendo el paso, en lugar de retirarse tiró de él hacia fuera para liberarlo.

Un segundo dragón se le unió y entre las dos bestias sacaron el cuerpo, que cayó rodando por la ladera helada.

Se deshicieron de él sin miramiento alguno, como si solo fuera un lastre.

—No sabes lo que odio cuando tienes razón —soltó Nilsa.

Viggo sonrió de oreja a oreja.

—Entonces me odiarás muchísimo.

Nilsa no tuvo tiempo de replicar. Los dos dragones que habían despejado la entrada, uno blanco y otro marrón, intentaban ahora agrandar la abertura que daba paso a donde se protegían y enviaban sus ataques elementales contra la parte superior y los costados.

—Nos mantenemos, no salimos —ordenó el capitán.

Ingrid no apartaba la vista de la abertura.

—No me gusta nada lo que están intentando esos dos.

Pedazos de roca saltaban a consecuencia de los ataques y el hueco comenzaba a hacerse mayor a medida que caían grandes trozos.

—¡Táctica de aceite! —gritó Erelsen.

Lasgol se extrañó ante la orden y observó cómo los soldados sacaban unas bolas de cerámica del fondo de la trinchera.

—Pero… ¿qué van a hacer estos locos? —preguntó Nilsa al ver que corrían y las lanzaban contra los dragones para luego refugiarse a ambos lados de la entrada.

Las bolas impactaron contra los dragones y, al romperse, los impregnaron de aceite. Los dragones enviaron sus alientos elementales contra los soldados y varios de ellos murieron.

—¡Tirad! —ordenó Erelsen.

Un grupo de soldados salió de las trincheras con flechas de fuego y tiró contra los dragones. Al alcanzar las puntas el aceite, las bestias y el suelo sobre el que estaban prendieron.

—Son unos locos muy valientes —comentó Nilsa.

—Estas estrategias son muy costosas en vidas norghanas —se lamentó Gerd.

Los dos dragones ardían. Su piel de escamas los protegía del fuego, pero los ojos no estaban protegidos, y ahí les entraban las llamas.

Aquel fuego ya no era mágico, sino natural, y las defensas innatas antimagia de los dragones no lo podían detener.

Las bestias dudaron y se miraron. Otro grupo de soldados norghanos apareció y lanzó más bolas de aceite contra ellos.

Al romperse y ser alcanzadas por el fuego que ya ardía, las llamas se hicieron todavía más potentes.

Aun envueltos en llamas, ambos se lanzaron contra los norghanos llenos de rabia. Esta vez solo cayó uno de los soldados, el resto consiguió ponerse a salvo.

Viggo se frotó las manos.

—Me gusta esta estrategia, los están achicharrando. Esta noche cenaremos carne de dragón a la brasa.

—Será mejor que los rematemos antes de que causen más bajas a los nuestros —urgió Gerd.

—Sí, acabemos con ellos —convino Lasgol.

Las Panteras salieron de la trinchera y avanzaron con Camu a su espalda, protegidas por su cúpula antimagia.

Los dos dragones, envueltos en llamas, apenas veían al tener que cerrar sus ojos y no los vieron llegar.

—Primero al de la izquierda, luego al de la derecha —ordenó Ingrid.

—A la boca, que los ojos ya los tienen cerrados por las llamas —Astrid tensó el arco sin dejar de avanzar.

Tiraron con puntas untadas en sustancia dorada.

Lasgol usó Tiro Poderoso y Tiro Múltiple, porque a aquella distancia era casi imposible fallar.

El primer dragón cayó muerto con la cabeza atravesada por sus flechas.

El de la derecha intentó retroceder para escapar, pero cuando estaba llegando a la salida las Panteras acabaron con él atravesándole nuca y cráneo.

Erelsen aguardó un momento y luego salió de detrás de las rocas para llegar hasta las Panteras.

—Gran trabajo —felicitó.

—Ha sido un placer —repuso Viggo—. Quiero plato doble de churrasco de dragón esta noche.

—Volved a las posiciones. Puede que envíen algún dragón más —dijo el oficial.

—Ya lo has oído, nos retiramos —aceptó Ingrid.

Aguardaron. Al cabo de un rato el estrépito de los ataques cedió.

Todos guardaron silencio, expectantes. Desde algún punto de la cordillera, a poniente, un cuerno lanzó dos toques cortos y otro respondió más al norte.

—La hueste se retira —interpretó Erelsen.

Lasgol resopló y miró a Astrid a su lado. Ella le sonrió.

—Vivimos para luchar un día más —susurró ella, y le guiñó un ojo.