Capítulo 9
Las Panteras de las Nieves continuaron camino hacia el norte, hacia los territorios helados. Cuanto más avanzaban, más nevaba y más oscuro estaba el cielo. Ya lo esperaban, así que ninguno se sorprendió, pues conocían la zona y su clima.
Llegaron a la cadena montañosa que cerraba el extremo del territorio norghano.
Las Montañas Inalcanzables se alzaban ante ellos como una gigantesca barrera helada, más alta y ancha que las Eternas, con las cumbres perdidas entre nubes bajas.
Su aspecto era tan imponente y majestuoso que hacía sentir a cualquiera como un ser insignificante postrado a los pies de un gélido dios de roca.
Ingrid indicó el camino por el que debían subir y comenzaron la ascensión.
Si las Eternas eran duras de escalar, aquellas lo eran todavía más.
En cuanto se pusieron a ello ni siquiera Viggo se atrevió a soltar ningún comentario de los suyos, todos debían prestar atención completa para no despeñarse.
La entrada al refugio del interior de las montañas, en el lado este, no estaba a demasiada altura, lo que permitía que refugiados y convoyes de alimento pudieran acceder sin sufrir grandes pérdidas.
La mayor dificultad la suponía el hielo que cubría la roca y por eso los demás subían con cuerdas.
Las Panteras no las necesitaban y ascendieron a buen ritmo.
Lasgol miró hacia la boca de la caverna y descubrió a una docena de vigías que los observaban subir.
—Ya casi estamos —avisó a sus compañeros.
—A ver si es verdad —respondió Viggo.
Al llegar a la mitad de la pared se detuvo y buscó el mensaje de Camu. No tuvo que esperar.
«Yo subir por lado sur. Ona y Argi conmigo. Camuflaje puesto».
«¿Podéis con la pared?».
«Yo palmas adherentes. Ona y Argi escalar bien. Ellos no gustar hielo, pero venir».
—Camu sube por el otro lado con Ona y Argi —indicó Lasgol a Astrid, que escalaba a su altura.
—Mejor que no los vean los vigías.
—Van camuflados. Nos esperará dentro, en la primera galería.
«Yo entrar cuando soldados no mirar. Ona pisar sin ruido. Argi no tanto».
Lasgol sonrió y reanudó la subida.
En ese momento se escuchó un toque de cuerno largo.
—¡La alarma! —exclamó Ingrid.
—¡Dragones! —avisó Gerd.
Lasgol giró la cabeza y descubrió una imagen aterradora. Del sureste llegaba volando a gran altura la hueste de dragones. El estómago se le encogió.
—¡Rápido, hay que llegar a la entrada!
—¡Vamos, antes de que lleguen! —exclamó Nilsa.
El cuerno volvió a tocar y a este le siguió otro, y otro más.
La alarma se daba por toda la cordillera.
Los soldados se fueron situando en sus posiciones de tiro escondidos entre roca helada según la gran hueste alada se acercaba como un descomunal terror que descendía desde los cielos para acabar con todo cuanto encontrara.
Las Panteras ascendieron el último tramo a toda velocidad, arriesgándose a caer y valiéndose de su experiencia y pericia para mantenerse pegados a la roca, hasta alcanzar la entrada de la cueva donde los soldados se situaban en posición para defender el refugio.
Un oficial daba órdenes a pleno pulmón. Aquello no era un simulacro ni un entrenamiento, la hueste llegaba de verdad.
—Guardabosques, entrad y protegeos —el oficial al mando señaló hacia el interior de la caverna.
—Nos quedamos a ayudar —repuso Ingrid de inmediato.
—Así me gusta, rubita belicosa. Un poquito de acción nos vendrá muy bien para calentar el cuerpo —Viggo se frotó las manos.
—¿Estáis seguros? Esto es muy peligroso.
—Peligro es nuestro segundo nombre —Viggo ya cogía su arco de la espalda.
—Ayudaremos —Lasgol sacó el arco de Aodh.
—Os lo agradezco. Mi nombre es Erelsen, estoy a cargo de esta entrada.
—Un placer, Erelsen —saludó Ingrid.
—Nos pondremos en el centro.
—El centro está desprotegido, ahí os alcanzarán los ataques elementales. Mejor si os situáis en las esquinas de la caverna —recomendó el oficial.
—Nosotros traemos nuestra propia protección —repuso Lasgol.
—¿Protección? ¿Qué protección? —Erelsen frunció el ceño.
—Ya la veréis.
—¿Qué estrategia seguís? —preguntó Lasgol.
Erelsen se apartó de la boca de la caverna.
Era un norghano del norte, un tipo enorme de hombros anchos y brazos gruesos, con la melena blanca y larga y la barba recogida sobre el peto.
Las arrugas le cruzaban la frente y los ojos, y bajo ellas la mirada seguía firme.
No apartaba la vista del cielo mientras hablaba.
—No hay mucho que podamos hacer cuando viene la hueste al completo. Si intentamos herir a algún dragón, sufrimos grandes pérdidas y ni siquiera logramos herirlos de gravedad.
Lasgol se asomó al borde. Sobre el horizonte blanco crecía una mancha oscura.
—¿Escasez de sustancia dorada? —Ingrid entrecerró los ojos.
—Así es. La reservamos para situaciones críticas.
—¿Que ataque toda la hueste de dragones no es una situación crítica? —preguntó Nilsa.
Los soldados de la caverna ya ocupaban sus puestos y comprobaban las cuerdas de los arcos. Erelsen los observó un momento y luego contestó con serenidad.
—Solo lo es cuando intentan penetrar por alguna de las cavernas más amplias, como es esta.
—Entendido. Entonces defenderemos la caverna.
Un nuevo toque de cuerno, distinto al anterior, sonó por toda la cordillera.
—¿Qué es esa señal? —preguntó Ingrid.
—Es una táctica que utilizamos para hacerles perder algo de tiempo, si bien no suele ser muy fructífera.
Las Panteras se asomaron y vieron cómo desde diferentes puntos de la cordillera los soldados norghanos tiraban con flechas de fuego contra la gran hueste alada que se acercaba.
Sonaron rugidos amplificados por decenas y parte de los dragones se desviaron hacia las posiciones de los tiradores. El grueso, sin embargo, continuó volando hacia ellos.
Los tiradores soltaron una segunda y una tercera vez.
En cuanto los ataques elementales de los dragones intentaron alcanzarlos, se escondieron entre las rocas y penetraron por grietas y pequeñas aberturas hasta desaparecer en la montaña gélida.
Lo hicieron a gran velocidad, antes de que los ataques alcanzaran la roca y el hielo.
Tremendos pedazos de ambos saltaron por los aires al recibir el impacto de los ataques.
Los dragones enviaban sus alientos a máxima potencia para llegar hasta los tiradores y arrasar las defensas tras las que se escondían.
—No es mala estrategia, pero esos tiradores se arriesgan mucho —comentó Lasgol.
—Todos nos jugamos la vida defendiendo este refugio. Saben lo que se hacen y de cuánto tiempo disponen para esconderse antes de que los alcancen.
—Aun así, sufriréis bajas —intuyó Ingrid.
—Por desgracia los cálculos no siempre son acertados y a veces no tienen tiempo suficiente para resguardarse, o el resguardo que han elegido no los protege lo suficiente.
Lasgol vio a otro grupo de tiradores intentar alcanzar la cola de la gran hueste y sintió orgullo por ellos. Los dragones que protegían la retaguardia se lanzaron contra los atacantes y descargaron fuego y tierra sobre sus posiciones.
Los dragones eran devastadores. Trozos de roca, hielo y nieve saltaban por los aires por la fuerza de sus alientos elementales.
—El grueso de la hueste vendrá hacia nosotros, saben que las dos entradas mayores se encuentran en este lado de la montaña. Mejor que os preparéis, esto va a ser un infierno en un momento.
La hueste se acercó y, a la cabeza, Lasgol identificó a un enorme dragón blanco milenario. No tuvo duda de que era el general que guiaba a aquellas bestias. A su espalda llevaba a un grupo de una veintena de dragones de diferentes colores, todos enormes, veteranos que formaban su guardia de honor.
—Tiramos a mi orden y luego nos retiramos al interior de la caverna —indicó Erelsen.
Todos se prepararon para tirar. Los dragones volaban formando una amplia nube oscura con el gran dragón blanco a la cabeza.
Cuando estaban ya a unos seiscientos pasos de la montaña, rompieron formación y se abrieron para realizar una pasada de castigo.
Donde hacía un momento había una masa compacta se veía ahora a un centenar de bestias que intentaba abarcar la mayor área posible de la ladera.
Lasgol comprendió que aquello era un ataque ya planificado y que lo que los dragones buscaban era arrasar aquella cara de la montaña.
—¡Tirad ahora! —ordenó Erelsen cuando los dragones estaban a unos cuatrocientos pasos de la ladera helada.
Soltaron todos, Panteras y soldados, y las flechas se dirigieron hacia las primeras criaturas, que volaban directas hacia ellos.
Lasgol apuntó al dragón blanco que encabezaba la formación, al hueso frontal del cráneo, y utilizó sus habilidades Tiro Poderoso y Tiro Certero.
Envió energía al arco dorado y, cuando se produjeron los destellos verdes y el dorado, soltó.
No tuvo tiempo de ver si la flecha alcanzaba al general enemigo porque Erelsen dio la orden de retirada.
—¡Todos al interior, ahora!
Los dragones soltaron sus alientos elementales y un centenar de ellos arrasó por completo la ladera de la montaña en la que se encontraban. Las Panteras y los soldados entraron en la caverna justo cuando las explosiones de roca y hielo se producían por doquier.
Llegaron al pasaje posterior y se protegieron en los laterales. Varios alientos elementales enemigos entraron tras ellos y lo llenaron de fuego, rayos y piedras que golpearon con tremenda fuerza suelo, paredes y techo, e incluso hicieron saltar grandes pedazos de roca.
A Lasgol no le extrañó el furibundo ataque ni los destrozos que producía. Lo que sí le impresionó fue la calma de los defensores, que habían aguantado hasta el último momento sabiendo lo que se les venía encima.
—Aguardamos a la siguiente pasada —indicó el capitán.
Las explosiones de roca y hielo continuaron por un rato por toda la ladera de la montaña hasta que los dragones pasaron sobre ella y se dispusieron a realizar una nueva pasada por el otro lado.