Capítulo 8
Lasgol se llevó el puño al pecho para devolver el saludo y aguardó a que los suyos terminaran de entrar.
Observó el tamaño de la salida de la caverna y calculó que por allí no podría pasar un dragón, pero sí un grupo numeroso de soldados de Kraido.
Por fortuna, la gran mayoría de ellos habían desertado para unirse a la rebelión, al menos en Norghana, y por lo que tenían entendido también en la zona central y oeste de Tremia.
—Gracias. ¿Puedes llevarnos ante el oficial al mando? —pidió.
—Por supuesto, seguidme.
Lasgol hizo un gesto de adelante a sus compañeros.
Entraron en un largo pasadizo de piedra natural que desembocaba en una gran cueva atestada de gente, sobre todo soldados que afilaban armas y preparaban flechas y lanzas. La luz de las antorchas dejaba ver rostros preocupados que trabajaban con tenacidad y resignación en la mirada.
El oficial se abrió paso hasta el final de la sala, donde arrancaba otro pasaje iluminado.
Fueron a dar a una segunda cámara igual de grande abarrotada de soldados que cosían ropas de invierno.
Lasgol se percató de que la temperatura en el interior de la montaña era bastante agradable, desde luego soportable para soldados norghanos, y dedujo que las cavernas exteriores estaban ocupadas por la tropa.
Mientras se internaban en las profundidades de la montaña, de galería en galería, comenzaron a aparecer cuevas ocupadas por civiles.
Si las de los soldados estaban repletas, las suyas rebosaban.
El aire olía a humo de leña, sopa y cuerpos apretados; el murmullo de miles de voces rebotaba en la piedra y, entre las mantas tendidas de pared a pared, algún niño lloraba.
Allí había miles de personas que habían huido de las ciudades del norte de Norghana y se habían refugiado de la hueste de dragones que mantenía el control de la capital y el territorio del reino.
En las cuevas de los refugiados la mayoría, o al menos cuantos estaban en disposición de trabajar, se afanaba en infinidad de labores para subsistir.
Muchas giraban en torno a la obtención de alimento.
En Norghana el agua era un bien muy accesible, pero la comida, sobre todo en otoño e invierno, no lo era tanto.
—Lo están pasando mal —susurró Astrid al oído.
—Sí, demasiada gente y poco espacio —Lasgol dejó escapar un suspiro de preocupación.
—Y demasiadas bocas que llenar —Astrid miraba a derecha e izquierda mientras pasaban entre la gente que inundaba la caverna.
—El problema es que no podemos abandonar el refugio de la montaña. La hueste de dragones sigue en Norghania.
—Es terrible que nuestra gente tenga que vivir así —respondió ella—. Tenemos que encontrar la forma de acabar con esos malditos dragones.
—En eso estoy de acuerdo contigo.
Avanzaron de cueva en cueva y, cuanto más se adentraban, más personas aparecían en cavernas de todos los tamaños. Lasgol calculó que un cuarto del reino estaría oculto en aquellas montañas.
Llegaron por fin a una pequeña caverna en la que varios oficiales discutían algo alrededor de una mesa con un enorme mapa sobre ella. El capitán entró y presentó a Lasgol y a sus compañeros.
—Soy el comandante Torsenen, estoy a cargo de este refugio. Bienvenidos, guardabosques —el oficial más veterano, enjuto y con el pelo blanco cortado a ras, se apartó del mapa y los observó con unos ojos grises que se sentía que habían visto mucho.
La cota le colgaba de los hombros como si no fuera suya. Debía de tener más de sesenta primaveras y a Lasgol le sorprendió que siguiera en activo. Imaginó que necesitaban a sus mejores oficiales en aquellos tiempos tan difíciles, sin importar la edad que tuvieran.
—Agradecemos el recibimiento. Venimos con órdenes de Sigrid, nuestra líder.
El oficial asintió.
—¿Qué requiere la líder de los guardabosques de este refugio?
—Nos ha enviado a recabar información sobre los diferentes refugios de estas montañas.
—Entiendo —Torsenen apoyó los nudillos en el borde de la mesa—. La situación aquí es de calma en estos momentos. No hemos tenido ataques de la hueste en la última semana.
—¿Aguantan las entradas? —preguntó Ingrid—. Subiendo hemos visto que la cara sur ha sido atacada.
—De momento aguantan. La hueste de dragones está buscando alguna forma de entrar en las cavernas para matarnos, pero por fortuna las entradas son bastante estrechas y cuando los dragones aparecen en grandes números lo que hacemos es retirarnos al interior.
—¿No las defendéis con arqueros? —quiso saber Lasgol.
—Al principio lo hicimos, pero la cantidad de bajas que sufríamos no era sostenible.
No disponemos apenas de sustancia dorada y no podemos hacer frente a un ataque numeroso —Torsenen se pasó la mano por el pelo y bajó la voz—.
Nuestra estrategia ahora es retirarnos aquí, a las profundidades de la montaña, y rezar a los dioses para que los dragones no consigan penetrarla y llegar hasta nosotros.
—Esa no es una estrategia demasiado esperanzadora —comentó Viggo con tono ácido.
—Es la única que tenemos —intervino otro de los oficiales, un capitán también entrado en años.
—Nos interesa saber si hay partidas de dragones menores que estén vigilando la zona —expuso Lasgol.
—Las hay. Tienen vigías que pasan cada par de días por toda la cordillera de un extremo al otro. Creemos que están intentando encontrar la forma de acceder más que castigarnos.
—También buscan las caravanas de suministro que nos llegan desde el sur —añadió el otro oficial—. Si las descubren y destruyen supondría un problema serio. La semana pasada acabaron con un convoy con provisiones.
—¿Cuántos dragones eran?
—Los que atacan los convoyes suelen ser grupos de tres a cinco dragones.
—¿Y no podéis defenderlos de solo tres a cinco dragones? —Viggo lo planteó como si fuera algo facilísimo de hacer.
—Los soldados que protegen los convoyes no tienen sustancia dorada y poco pueden hacer contra esos dragones —explicó el capitán.
—Lo entendemos —aseguró Ingrid, y lanzó una mirada de reojo a Viggo para que fuera más empático.
Lasgol sabía que ellos podrían enfrentarse a tres dragones y vencerlos, eso sí, con bastantes dificultades. Enfrentarse a cinco, como les había ocurrido en Rogdon, resultaría muy complicado.
—¿Qué necesidades son las más apremiantes ahora mismo en el refugio? —preguntó.
—Comida para sobrevivir y sustancia dorada para defendernos.
—Las partidas de caza nos están manteniendo con vida —apuntó el capitán—, pero el invierno se acerca y con su llegada, como todos sabéis, la disponibilidad de la caza disminuirá.
—Se lo haremos saber a Sigrid. También todas las dificultades que estáis pasando.
—Os lo agradezco.
El comandante sostuvo la mirada de Lasgol un instante.
—Cualquier ayuda que los guardabosques puedan proporcionarnos será más que bienvenida.
Una persona entró en la caverna y de inmediato todos supieron quién era.
Vestía de blanco de arriba abajo, con una larga túnica.
Tenía el pelo largo y níveo y barba corta, también blanca, pero pese a su apariencia su rostro era juvenil.
Era un Mago de Hielo muy joven, quizá el más joven de los que había en el reino.
En la mano llevaba un báculo blanco por entero, con una joya que parecía ser de hielo en la parte superior.
—¿Tenéis un Mago de Hielo? —se sorprendió Ingrid.
—Así es, y gracias a él podemos tener cazadores y pescadores —respondió el comandante.
—No me imagino yo a este cazando y pescando —soltó Viggo con sarcasmo.
—El guardabosques tiene razón. Lo mío no es pescar ni cazar, sino la magia, con la cual puedo crear una neblina helada que cubre a nuestros cazadores y pescadores y los protege de los ojos perversos de los dragones que surcan los cielos buscando eliminarlos.
—Así es. Dejadme presentaros a Elur, sin él no podríamos subsistir.
El mago hizo una reverencia a las Panteras y estas se la devolvieron con respeto.
—No teníamos constancia de que hubiese un Mago de Hielo en el refugio —comentó Lasgol.
—Al principio no lo había y tuvimos que rogar y suplicar a los generales Rangulself y Olagson que enviaran uno para defender una de las entradas. Al final lo conseguimos. Bueno, pedimos varios y nos enviaron solo a Elur.
—Soy el más joven de los Magos de Hielo del reino, como ya habréis adivinado. Mis compañeros están en la cordillera del este, con los generales y el rey.
—Nos alegramos de que estés aquí, ayudando a este refugio —agradeció Ingrid.
—Su presencia es inestimable. No solo protege nuestras partidas de caza y pesca, también nos ayuda a frenar las penetraciones de los dragones cuando suceden, mientras nos retiramos a las profundidades.
—¿Hay algún otro más al norte, en el refugio de las Montañas Inalcanzables? —preguntó Ingrid.
El comandante negó con la cabeza.
—Los generales solo nos han cedido a Elur.
Lasgol imaginó que se debía a que querían tener a los Magos de Hielo defendiendo a los generales y al rey.
—¿Qué planes tienen los generales para este refugio? —quiso saber Ingrid.
—Están al tanto de nuestras dificultades y la orden que tenemos es la de mantener la posición y sobrevivir. No debemos entrar en combate con los dragones, sino refugiarnos y aguantar.
—¿Sabemos si están consiguiendo mejores resultados en el este?
Los dos oficiales se miraron un momento y luego el comandante negó con la cabeza.
—No tenemos información fidedigna sobre el estado de las tropas ocultas en los refugios del este, pero imaginamos que su situación no será muy diferente de la nuestra. Excepto que, al tener más magos, entre ellos su líder, podrán defenderse mejor.
—Entendido.
—¿Vais a quedaros unos días con nosotros? Nos vendría bien la ayuda de unos guardabosques.
—Lo lamento, tenemos otras órdenes de nuestra líder. Debemos comprobar el estado de los refugios del norte. Pasaremos la noche aquí y seguiremos camino mañana hacia las Montañas Inalcanzables —explicó Lasgol.
—Entendido. No tenemos demasiado, pero lo que necesitéis, podéis cogerlo.
—Gracias, no necesitamos nada. Tenemos provisiones.
—Tened cuidado ahí fuera. Quien no se esconde rodeado de roca muere, y son tiempos oscuros —el comandante señaló la penumbra que reinaba en la sala.
—Tiempos sombríos son —asintió Lasgol.
Se volvió hacia la salida de la caverna con sensación de pesar por cuanto había visto allí.
Le llevaría a Sigrid un informe completo: la comida que faltaba, la sustancia dorada que no llegaba, el invierno que se echaba encima de miles de bocas hambrientas escondidas en el interior de la montaña…
Su gente aguantaba, la pregunta era hasta cuándo.
Con el amanecer las Panteras estaban preparadas para continuar.
—Partimos hacia el norte —ordenó Ingrid.
—Ya hemos subido a las Montañas Eternas y comprobado cómo se encuentran los refugios de esta cordillera enorme y helada. No entiendo por qué tenemos que ir también a las Inalcanzables, eso ya es territorio helado.
—Porque esas son las órdenes que nos ha dado Sigrid, y nosotros seguimos las órdenes —contestó Ingrid.
—Deja de quejarte, que nos vas a provocar dolor de cabeza a todos —añadió Nilsa.
—Yo no me quejo, solo expongo mis opiniones. Y siempre tengo razón.
—Que las montañas del norte de Norghana están heladas todo el año no te lo discute nadie. Este es nuestro hogar, nuestra tierra, salvaje y cubierta de nieve, y tú estás más que acostumbrado, así que no seas un dolor de muelas —replicó Gerd.
—Que sea norghano y esté acostumbrado no quiere decir que me apetezca escalar montañas descomunales y gélidas en medio de la nieve. Sobre todo si al final de la misión no hay recompensa.
—Por supuesto que hay recompensa. La del trabajo bien hecho y la de cumplir las órdenes que se nos han dado —rebatió Ingrid.
—Bah, eso no es una recompensa digna del mejor asesino de Tremia.
—¿Y qué sería para ti una recompensa de verdad? —preguntó Nilsa.
—Matar un dragón o un buen cofre lleno de oro. En el mejor de los casos, ambas cosas.
Ingrid puso los ojos en blanco.
—Calla, merluzo, y sigamos con la misión.