Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 7
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Capítulo 7

La nieve caía en grandes copos, sin prisa y de forma constante, mientras las Panteras de las Nieves ascendían por la colina cubierta de blanco.

El tiempo no era demasiado desfavorable para la época del año en la que estaban y Lasgol agradecía que el gélido norte de Norghana todavía no se hubiera vuelto intransitable.

Lo haría en cuanto el otoño entrara de pleno, pero aún contaban con un par de semanas de alivio.

El viento frío le golpeó el rostro, aunque apenas lo notó, pues llevaba el pañuelo de guardabosques sobre nariz y boca y la capucha de la capa de invierno calada. Todos vestían el equipamiento de invierno, ya que se dirigían al norte, la zona más fría del reino.

Miró atrás. Sus compañeros lo seguían en línea de a uno.

Las vestimentas blancas que llevaban los camuflaban en mitad de la nevada.

Todo el camino estaba cubierto de un blanco níveo y se confundían con la propia ladera mientras ascendían la colina antes de alcanzar el siguiente bosque y refugiarse entre los árboles.

Cada pocos pasos, Lasgol levantaba la mirada hacia los cielos encapotados para asegurarse de que ningún dragón pasaba sobre sus cabezas y los descubría.

No solo él, todos sus compañeros lo hacían casi sin pensar, como un mecanismo de supervivencia que se hubiera creado en sus mentes.

Sonrió a Astrid y la morena de ojos verde intenso le devolvió la sonrisa. A Lasgol le encantaba tenerla cerca y ahora se le hacía casi imposible pensar que al volverse ella no estuviera allí. Siempre estaba, y su fuerza y fiereza le infundían un gran ánimo.

Detrás de Astrid avanzaba Gerd, sonriente, a quien, pese a ir vestido de blanco, con aquel corpachón le costaba camuflarse del todo.

Tras él iba Nilsa, la que más miraba hacia los cielos.

De tanto hacerlo ya había sufrido algún que otro resbalón y tropiezo.

Aquello no le había pasado por alto a Viggo, que la seguía y no perdía la ocasión de meterse con ella.

Detrás del asesino iba su amada. Ingrid había cedido la cabeza de la expedición a Lasgol porque tenía molestias en la pierna.

Debía tratársela, pues le daba problemas desde el enfrentamiento con los dragones en Rogdon.

Cerrando la marcha, como era habitual, iba Camu, imposible de camuflar si no usaba su habilidad. Hasta el momento no habían tenido encontronazos con ningún dragón, así que no le había hecho falta ocultarse. Los buenos de Ona y Argi iban por delante para asegurar el camino.

—¿Llegamos ya o qué? Con esta nieve que no para de caer se me está empezando a congelar la parte final de la espalda, la más respingona y bonita que tengo —Viggo miró a Ingrid, a su espalda, y le guiñó un ojo.

—¿Acaso no ves la descomunal cordillera que tenemos enfrente y a cuyas faldas todavía no hemos llegado? —Ingrid señaló la mole blanca con la barbilla.

—Eso mismo, y a nadie le importa lo más mínimo que se te congelen las posaderas. De hecho, yo hasta me alegraría —respondió Nilsa, y lo miró con cara de estar encantada de que ocurriera.

—Por supuesto que a alguien le importa mi maravilloso y delicado pompis —Viggo volvió a mirar a Ingrid y ella le devolvió una mirada de enfado.

«Tú no tener nada bonito» envió Camu.

—Calla, bicho, que no estás tú para hablar, eres más feo que un sapo colorado.

—Llegaremos antes del anochecer —Lasgol calculó la distancia que les quedaba por recorrer.

—Espero que no haya que subir mucho por esas montañas porque son gigantescas y están cubiertas de hielo —Viggo se sacudió la nieve de las mangas.

—Tendremos que subir lo que sea necesario —corrigió Ingrid—. Y esas montañas tan majestuosas por algo se llaman las Montañas Eternas.

—A eso voy. Si son eternas, subirlas nos llevará una eternidad. Nos quedamos abajo y arreglado.

—De eso nada. Tenemos que alcanzar el refugio y comprobar cómo están las cosas allí. Esa es la misión —le recordó Ingrid.

—Iremos porque así nos lo ha ordenado nuestra líder, Sigrid —dijo Lasgol—. Obedecemos órdenes.

—Y porque es nuestro deber ayudar a nuestros compatriotas, que han tenido que refugiarse ahí de la gran hueste de dragones que controla nuestro reino —añadió Gerd.

—A mí estas misiones de ayuda no me motivan mucho. Preferiría estar matando dragones y ahora mismo no veo ninguno por aquí.

—La hueste está en Norghania, en la capital, y no suele moverse más que para atacar los refugios en las tres cadenas montañosas —explicó Lasgol.

—Ya… ya… Lo que espero es que después de esta misión no nos hagan ir también al este, a las Montañas de Naciente, donde están escondidos los generales y los ejércitos —resopló Viggo.

—No seas quejica, iremos a donde tengamos que ir —Nilsa le clavó la mirada—. No entiendo por qué siempre tienes que protestar si la misión no consiste en derramar sangre.

—Pues por supuesto que tengo que protestar, porque estas misiones no son divertidas. Yo soy un asesino, tengo que matar algo.

—A ti se te olvida que eres un guardabosques y los guardabosques están para servir al reino y ayudar a Norghana como sea, y no solo matando a todo lo que se cruza —replicó ella.

—Bueno, digamos que yo tengo otra perspectiva sobre cómo deben solucionarse los problemas del reino.

—Tú lo que tienes es serrín ahí dentro —Ingrid se golpeó la sien con un dedo—. Calla ya, que tenemos camino por delante y ya me empieza a doler la cabeza con todas tus quejas.

—Por ti, mi rubia belicosa amada, me mantendré en silencio, aunque puede que te lleguen los sonidos que emite mi alma al contemplar tu belleza.

«Tú mucho malo romántico» envió Camu.

—Pero ¿qué sabrás tú de lo que es ser romántico?

«No necesitar saber mucho para entender que tú no tener idea».

Los demás sonrieron y a Gerd se le escapó una carcajada.

Continuaron el ascenso, cada vez más cerca de la inmensa cordillera de roca y hielo que cruzaba de lado a lado el norte de Norghana.

Más allá de sus cumbres, todavía más al norte, se alzaban las Montañas Inalcanzables, mayores aún.

Aquellas sí marcaban el final del reino y el comienzo de los territorios helados.

A Lasgol los comentarios de Viggo le aligeraban la marcha, pues siempre creaban algo de ambiente en el grupo, y al no haber peligro inminente podían permitírselos.

Las cosas estaban muy oscuras y un poco de alegría y luz siempre venía bien, aunque procediera del peculiar sentido del humor del asesino.

A Lasgol la caminata no se le hacía nada pesada.

Pasar tiempo fuera de casa, regresar a Norghana y ascender bajo una nevada leve le resultaba hasta agradable.

Siguieron subiendo hasta alcanzar las faldas de la imponente barrera de piedra y hielo. Se detuvieron a observar la magnificencia de aquella interminable cordillera blanca que se alzaba frente a ellos, impasible, fueran los tiempos oscuros o llenos de alegría.

Ingrid se situó junto a Lasgol y ambos vieron llegar a Ona y Argi.

—¿Algún problema, Ona? —preguntó Lasgol.

La pantera de las nieves himpló dos veces para indicar que no.

—Muy bien, entonces podemos continuar —Lasgol se volvió hacia Ingrid y bajó la mirada hacia su pierna—. ¿Qué tal va eso?

—Aguantará —Ingrid cargó el peso sobre ella y no hubo muestra de dolor en su cara—. He pasado por cosas mucho peores.

—Avisa si te falla.

—Serás el primero en enterarte, y no será hoy —sacó un mapa con la posición de los refugios en las cadenas montañosas del norte y lo desplegó contra el viento—. Tenemos que subir por el paso del Orador y luego girar hacia el paso de la Garganta del Gigante Helado.

—¿Girar? ¿Te refieres a cuando lo hayamos cruzado? —Lasgol observó el paso que se abría algo más adelante, a su derecha.

—Sí, vamos a subir por la parte posterior de la montaña, por la cara norte.

—¿Por la cara norte? Eso nos hace dar una vuelta tremenda —se quejó Viggo.

—Es por ahí por donde se asciende a las grandes cuevas donde está nuestra gente refugiada.

—¿No hay un acceso más rápido? —preguntó Gerd, que contemplaba la gran montaña con ojos de admiración.

—Sí, podemos ir directos escalando por la cara sur, sin dar todo el rodeo. Los refugiados no pueden hacerlo porque el ascenso es difícil, y más en estas condiciones de nieve, pero nosotros podemos hacerlo sin problema.

—En ese caso, cojamos el atajo y subamos directos desde aquí, que estoy cansado de que se me meta la nieve en los ojos —dijo Viggo.

Ingrid miró al resto de sus compañeros y todos asintieron.

—Está bien, iremos por el trayecto corto.

—¿Y tú qué quieres hacer? —preguntó Lasgol a Camu.

«Yo poder subir con vosotros. Palmas adherentes».

—Mejor si te quedas abajo con Ona y Argi.

«¿Yo asustar?».

—Eso es. No queremos darles un susto de muerte, si subes van a pensar que un dragón está ascendiendo por la pared nevada.

«Yo no ser dragón. Yo Drakoniano Superior. No entender por qué gente no poder distinguir».

—No te pueden distinguir de un dragón porque los dos sois igual de feos —soltó Viggo.

«Yo no ser feo. Feo como un dragón ser tú».

—Calla, bicho, más que bicho.

Ona pasó junto a Viggo y le dio en el costado con su enorme cola.

—Ya empezamos, la minina defendiendo al bicho.

Argi también se colocó al lado de Viggo y le gruñó enseñándole los colmillos.

—Está bien, si queréis que diga que es el más guapo de entre todos los Drakonianos Superiores del mundo conocido, es lo que haré —claudicó Viggo.

Ona y Argi se apartaron de él y regresaron con Camu, que los recibió con una amplia sonrisa.

Se pusieron en marcha y comenzaron a escalar la pared de roca cubierta de nieve.

Eran expertos guardabosques y aquella escalada, complicada para la mayoría de los humanos e incluso para los mejores escaladores norghanos, a ellos no les suponía gran dificultad.

Solo debían tener mucho cuidado y prestar atención a dónde situaban manos y pies en cada momento de la ascensión.

Subieron uno tras otro y Lasgol marcó un ritmo lento para que no ocurriera algún accidente, algo que nunca era posible descartar del todo, ni siquiera para manos tan experimentadas como las de ellos.

A media pared la roca cambió. Lasgol pasó la mano por una franja negra y quebrada donde el hielo había desaparecido por completo y la piedra se había vuelto vidriosa al enfriarse.

Más arriba encontró un boquete del tamaño de un carro con los bordes fundidos, y bajo él una ristra de escombros que bajaba hasta perderse en la nieve.

La ladera entera estaba picada de marcas iguales.

—Aquí han estado —murmuró Astrid, que escalaba a su altura.

—Y no hace mucho —Lasgol se agarró al borde de un socavón y comprobó que la roca todavía guardaba el olor a quemado—. Han probado a abrir la montaña a golpes.

—Pues no lo han conseguido —observó Gerd desde abajo.

—Todavía… —comentó Viggo.

Continuaron ascendiendo, les iba a llevar todo el día.

Fueron encontrando más rastros de ataques de dragón en diferentes puntos y alturas de la montaña.

Todos eran conscientes de que aquello significaba que los dragones sabían que allí estaban refugiados miles de norghanos.

Esto les preocupó. Siguieron a ritmo lento, pero seguro, cada uno pensando en lo triste de la situación de Norghana y de Tremia.

Cuando estuvieron cerca, Lasgol miró hacia arriba, no solo para asegurarse de que ningún dragón sobrevolaba la zona, sino también para avisar a los vigías de que se acercaban amigos y no tiraran sobre ellos.

Tal y como esperaba, varios vigías escondidos entre las rocas algo más abajo de la entrada a las cavernas por aquel lado les dieron el alto.

—¿Quién va? ¡Identifíquese! —llegó la voz de un soldado norghano.

Lasgol levantó el puño y todos se detuvieron.

—Guardabosques norghanos en misión oficial —respondió.

Los vigías se dejaron ver apuntando con sus arcos y, al comprobar que eran humanos norghanos, se tranquilizaron.

—Subid, tenéis permiso —llegó la voz de otro soldado.

Ganaron altura y Lasgol comprobó que no eran dos, sino una docena de tiradores los que vigilaban aquel acceso. Al pasar junto a ellos los saludó y los soldados devolvieron el saludo con respeto.

No eran guardabosques, sino soldados. Los guardabosques estaban en su mayoría en el campamento y en misiones como la que ellos realizaban y no se encargaban de la protección de las cavernas en las que se había refugiado todo el pueblo norghano. De eso se ocupaba el ejército.

Alcanzaron la caverna de entrada y Lasgol pasó despacio, pues sabía que habría soldados protegiendo la boca y no quería ponerlos nerviosos.

—Guardabosques, sois bienvenidos a nuestro refugio —saludó un capitán del ejército que tenía junto a él medio centenar de tiradores a lo ancho de la caverna.