Capítulo 6 #2
—La noche es nuestra aliada —Taika hablaba en un susurro casi inaudible.
—Me preocupan los porteadores. La hilera es larga y puede verse. Hubiera preferido que fuéramos solos.
—Te entiendo. Pero sin porteadores no habríamos podido traer mucha comida de vuelta.
—Lo sé. Esperemos que esa comida exista.
—Esperemos que los dragones no nos descubran —Taika calló y no añadió más.
Continuaron surcando las dunas en silencio por un largo rato.
Uno de los guías se acercó hasta Dafne. Venía a reportar. Dafne le indicó a Abdu Baba que se uniera a ella y Aibin también lo hizo.
—Hay una formación de dunas altas hacia el oeste —el guía señaló en esa dirección—. Es la mejor ruta. Hay que avanzar a la espalda de esas dunas hasta el amanecer.
—Entendido.
Dafne miró a Aibin y al general por si tenían alguna objeción.
Los dos eran sus expertos del desierto y sus opiniones siempre habían sido excelentes.
De Aibin se fiaba por completo, del general no tanto.
Velaba por los intereses noceanos, aunque no le había dado motivo para desconfiar de él, por el momento.
La columna descendió a la espalda de las altas dunas, largas y del color de la arena.
Las dunas se veían firmes, pero al hundir la mano en ellas, cedían.
Avanzaron en una hilera larga, pegados a la pared de arena, manteniendo la posición.
Los únicos que se movían eran los guías en cabeza, que desaparecían tras una duna y volvían a aparecer más adelante.
La noche fresca y las estrellas en un cielo despejado sentaban bien a todos.
Los porteadores caminaban con la cabeza gacha y los hombros hundidos.
Aun así, no había forma de ocultar su tamaño.
Encabezándolos iba Mestos. El Kapro era tan corpulento que llamaba siempre la atención.
Ponía los pies sobre la arena con gran cuidado, cosa que Dafne no habría esperado de un cuerpo tan grande.
El porteador que iba detrás de él perdió pie y estuvo a punto de irse al suelo.
La manaza de Mestos lo sujetó y lo sostuvo, sin una palabra los dos siguieron andando.
La columna marchaba a buen ritmo. Dafne calculó que incluso más rápido de lo previsto.
Los guías conocían bien el terreno. Por lo que Abdu Baba les había contado, los Aljisaw usaban aquella ruta para llegar al mar y pescar sin ser vistos.
Al principio le había sorprendido, pero bien pensado no podían vivir solo de dátiles, cabras, ovejas y las hierbas y raíces comestibles de las Montañas Negras.
La dureza del desierto obligaba a buscar alimento donde fuera.
De pronto uno de los guías apareció a la carrera, se detuvo ante Dafne y señaló al cielo. Ella siguió la línea de aquella mano y tardó un instante en distinguirlo. Una forma oscura se movía muy alto, lejos, tapando las estrellas a su paso y descubriéndolas de nuevo tras de sí.
—Abajo —la orden corrió columna arriba de boca en boca, sin un grito—. Todos abajo, cubríos.
Mil cuerpos se tendieron. No fueron rápidos y Dafne contó cada respiración hasta que el último quedó inmóvil.
Ella se aplastó contra la pared de arena y se puso de costado.
A pocos pasos, Mestos la imitó y el resto de los porteadores lo imitaron a él.
De esa forma el dragón tendría más dificultades para verlos.
Las dunas se interponían a la luz de la luna y las estrellas, y proyectaban una sombra que los cubría de penumbra.
La forma creció en el cielo. Dafne no la miró, mantuvo la espalda contra la arena y escuchó. Al principio no oyó nada salvo su propia sangre en los oídos. Aquella bestia alada no tenía por qué pasar por allí. El desierto era inmenso.
No hubo suerte. Llegó un sonido grave y lento, el batir de unas alas enormes que empujaban el aire hacia abajo en golpes espaciados.
Dafne maldijo para sus adentros. Si podía oír aquello, el dragón estaba muy cerca…
demasiado. Una ráfaga caliente barrió parte de las dunas y levantó arena.
El dragón pasaba justo por encima de ellos.
Nadie se movió. Nadie respiró.
El sonido comenzó a alejarse y al cabo de un momento volvió a ser un rumor lejano.
Nadie se levantó. Conocían las trampas de los dragones.
Se alejaban, la gente respiraba y se incorporaba y entonces volvían.
Solo habían fingido marcharse para caer de nuevo sobre su rastro.
Se mantuvieron escondidos, sin moverse ni hablar, hasta mucho después de que el cielo quedara mudo.
Cuando por fin Dafne dio la orden de levantarse lo hizo con la mano, no con la voz. La columna se sacudió la arena y se incorporó. El dragón siguió su vuelo hasta perderse por el este.
—Ha estado demasiado cerca —las escamas blancas del rostro de Aiden recogían la poca luz que había.
—Y que lo digas. Casi siento su aliento apestoso en la cara —Lily se arreglaba la melena azabache.
—Debemos continuar —Taika miró al este—. Con el alba viene el calor y con el calor más dragones. Ese era un vigía nocturno de patrulla.
—El desierto es inmenso y aun así lo recorren día y noche —comentó Aibin con gesto de contrariedad.
—Puede que lo recorran, pero no siempre consiguen sus objetivos, como es el caso —replicó Ivo con tono positivo—. El pequeño ratón del desierto sabe esconderse de los depredadores nocturnos.
—Eso no era un búho del desierto, por si no te has dado cuenta —rebatió Aiden.
—Me doy cuenta, y también de que este grupo de pequeños roedores sigue con vida. —Ivo sonrió y se encogió de hombros.
Reanudaron la marcha tras asegurarse de que el dragón no regresaba.
Faltaba poco para el amanecer cuando las dunas se abrieron y dejaron paso a una planicie. Al fondo, lejos, estaba el mar. Ahora debían llegar hasta allí y descender luego hacia el sur por la costa.
Una costa que los dejaba al descubierto.