Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 6
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Capítulo 6

Dafne extendió el viejo mapa sobre la mesa y lo estudió de nuevo.

El aceite quemado de la lámpara con la que alumbraba la estancia despedía un olor que no le agradaba.

Unido al aroma húmedo del entorno se volvía todavía más molesto y no ayudaba a pensar con claridad.

Saldrían en breve y estaba cerciorándose de la ruta a seguir.

Aibin, a su derecha, observaba también el mapa en silencio, atento.

Abdu Baba estaba enfrente, con los brazos cruzados sobre el pecho y la frente arrugada.

Dimitrios aguardaba junto al general con Celopus a su espalda.

Sus compañeros de escuadra esperaban a la izquierda, también callados.

Lily se arreglaba el cabello y Aiden la observaba de reojo con expresión preocupada.

Taika estudiaba el mapa con sus ojos felinos mientras Ivo miraba al techo de la cueva, perdido en sus pensamientos.

Algo más retrasados y expectantes aguardaban los miembros de la Escuadra Ardiente y la Candente.

Sabían que en cuanto la Escuadra Ígnea abandonara el refugio ellos tendrían que tomar el mando y dirigirlo.

Algo nada sencillo, dadas las condiciones.

—Albahrwalm… ¿Qué más sabemos?

—Por lo que nos han contado los refugiados que tenemos de la ciudad, cuando huyeron solo pudieron llevarse lo puesto y unos víveres mínimos, pues la hueste ya llegaba.

Eso indica que dejaron las reservas atrás.

Debe haber alimentos en los almacenes del puerto.

Y al ser una ciudad costera y de mucho comercio, también en los graneros y almacenes centrales —explicó el general, que ya se había informado.

—Puede que no —propuso Taika con voz baja y rasposa, y todos se volvieron hacia el Felidae tigre. Cuando opinaba, todos prestaban atención.

—¿Eso crees? —a Dafne la duda le encogió el estómago.

Taika suspiró.

—Debemos tener esa posibilidad presente. No hay ninguna seguridad de que encontremos suministros en la ciudad. La hueste puede haberla arrasado. Es algo que desconocemos.

—No cambia la situación. Queramos o no debemos arriesgarnos.

Los lugareños dejaron atrás recursos cuando huyeron, los dragones pueden haberlos destruido, esa seguirá siendo una incógnita hasta que lleguemos allí y la despejemos.

Como muchas cosas en la vida, uno debe descubrirlas por sí mismo —reflexionó Ivo.

Dafne estaba de acuerdo y asintió.

—Debemos arriesgarnos y ver qué encontramos.

—El desierto ha de cruzarse de noche, pegados a la arena, y debemos dormir al abrigo de las dunas antes de que amanezca —aconsejó Aibin.

—Camuflaos en la arena cuanto podáis de día —añadió Abdu Baba.

Nadie lo discutió. Todos sabían que si la hueste los divisaba estarían muertos.

—¿Y quién carga con lo que se encuentre? —Dimitrios torció el gesto, molesto—. Los de York no cargamos si no es oro. Nuestro valor es demasiado alto para desperdiciarlo usándonos como mulas de carga.

Dafne se enderezó y dejó las manos quietas sobre el mapa.

—Los tuyos comen lo mismo que los demás, Dimitrios. Por lo tanto, trabajarán lo mismo que todos.

—Los míos ponen la sustancia dorada y empuñan los arcos, y eso mantiene a los dragones a raya —las palabras cargaban un rencor guardado.

Se hizo un silencio corto y tenso. Dafne conocía el valor de los arqueros de York y de la sustancia dorada de Dameros, pero no podía darle a Dimitrios lo que pedía, pues era poner a los de York por encima de las otras etnias.

Tampoco quería discutir en ese momento. El tiempo apremiaba.

Buscó una salida, aunque sabía que aquello no zanjaba el asunto y que le traería más problemas.

Miró a todos.

—Si vamos a arriesgarlo todo, que merezca la pena. Sin brazos que carguen, volveremos con las manos vacías. Los porteadores serán Tauruk-Kapro y Felidae leones, los que más cargan y los que menos se quejan, necesito espaldas fuertes, no arqueros.

Un Kapro enorme que escuchaba a un lado se abrió paso hasta la mesa con cuernos de carnero curvados hacia atrás e imponentes.

Los demás le llegaban al hombro. Agarró a Dimitrios de la pechera y lo alzó un palmo del suelo con un solo brazo.

Lo mantuvo en vilo sin parecer hacer el más mínimo esfuerzo.

El capitán de York, ultrajado, solo acertó a balbucear que lo bajaran.

—Mestos, déjalo en el suelo si eres tan amable —Ivo lo conocía y habló como si se tratara de una travesura.

El enorme Kapro miró a Ivo y posó al oficial en el suelo con una suavidad que no correspondía a su fuerza. Dimitrios se apartó de él, con la rabia saliendo de sus ojos desorbitados.

A Dafne se le escapó media sonrisa. Le gustó el temple del grandullón.

—Elegido, Mestos. Escoge tú a los porteadores. Los más fuertes y que sepan andar por el desierto.

El Kapro gruñó su conformidad y partió a cumplir la orden.

Un rato más tarde, Dafne, Aibin y Abdu Baba se presentaron en la entrada de la parte este de la cordillera. Los guardias los dejaron pasar y Jalsawi los recibió de pie.

Dafne insistió en que cediera los guías para acelerar el viaje. El jefe escuchó sin moverse. Cuando Dafne terminó, respondió en la lengua áspera y gutural de los Aljisaw sin apartar los ojos de ella.

—Mis guías conocen cada duna de aquí a la costa, pero un jefe no presta a los suyos para llenar graneros que no son los propios.

—Este grano también se reparte en tu zona —contestó Dafne—. Sin tus guías es posible que no regresemos a tiempo y entonces no come nadie, ni los tuyos ni los nuestros. Lo que consigamos se repartirá a partes iguales entre todos.

Jalsawi lo sopesó con la mandíbula tensa y soltó una frase corta y seca.

—Tendréis guías, pero me deberás una concesión de honor. Esas son mis condiciones.

—Aceptadas —Dafne sabía que quedaba en desventaja ante el jefe, pero no podía hacer otra cosa. Le sostuvo la mirada hasta que Jalsawi inclinó la cabeza un dedo, no más, y marchó.

De vuelta con los suyos, Dafne repasó el plan y los componentes de la misión.

Se llevaba a la Escuadra Ígnea, a Aibin y Abdu Baba para facilitar la comunicación con los guías.

El resto del Escuadrón Rojo se quedaría a cargo del refugio.

Lo último que necesitaba era una revuelta mientras estaban fuera.

Llamó a las dos escuadras.

—Ardiente y Candente, os quedáis al mando del refugio. Mantened el orden entre las etnias mientras estemos fuera.

—Entendido —Logar, el Felidae león de la Escuadra Candente, sacudió la melena y asintió—. Mantendremos el orden.

—¿Qué hacemos si los Aljisaw se ponen tontos? —Cordelius bajó la cabeza y sus cuernos de carnero brillaron a la luz de la lámpara de aceite.

—Manejad la situación con cuidado. Hay que evitar enfrentamientos.

—Puede que no haya más remedio —advirtió Lara, la pantera negra, tensando los músculos.

—La cosa se pondrá fea, sí. Sobre todo cuando se acaben las reservas. Vuestra misión es mantener la paz pase lo que pase. No luchéis con los Aljisaw ni con los noceanos. Y, por supuesto, mantened la disciplina de los nuestros, que somos los más numerosos.

—Los de Kraido se comportarán —aseguró Brendan. El humano tenía expresión de seguridad.

—O los haremos comportarse… —añadió Beck, el Fatum de la Escuadra Candente.

—Gracias, confío en vosotros.

—No te defraudaremos —prometió Logar.

—Tened mucho cuidado ahí fuera —Brendan la miró con gravedad.

Dafne asintió y luego miró a su propia escuadra, que aguardaba algo más apartada.

—Salimos esta noche con la primera oscuridad. Descansad hasta entonces. Llevaremos pocas provisiones, hay que hacerlas durar.

Sus compañeros de la Escuadra Ígnea hicieron gestos afirmativos y se retiraron poco a poco. Dafne se quedó a solas con el mapa, con la mirada fija en Albahrwalm. Más les valía sobrevivir y regresar con víveres o sería el final del refugio en las Montañas Negras.

Dafne aguardó en la boca de la caverna oeste superior hasta que el último resplandor del día se apagó tras las cumbres.

La caverna había sido atacada varias veces por los dragones y las paredes, el suelo y el techo guardaban las marcas.

La roca estaba llena de surcos y boquetes.

Había piedras desprendidas en varios lugares.

Pese a todo, la caverna aguantaba. La salida no era más que un túnel con cabida para unas cinco personas.

Miró a los guardias apostados algo más abajo, entre las rocas, y luego a los que estaban sobre la caverna. Todos hicieron la misma señal con los brazos. No había peligro a la vista.

Dafne miró a su espalda y dio la señal para partir.

En una larga línea que se perdía en el interior de la montaña aguardaban los componentes de la expedición: los guías Aljisaw, sus compañeros de escuadra, Aibin, el general Abdu Baba y un millar de porteadores de espaldas anchas.

Pasaron ante ella en fila. Los porteadores llevaban sacos vacíos que, con algo de fortuna, devolverían llenos.

Cargaban la lanza y el escudo a la espalda, ya que eran soldados rebeldes y siempre lo hacían, aunque de poco les serviría contra las huestes aladas.

Descendieron de la montaña siguiendo a los guías en silencio, en fila.

Una vez pisaron la arena del desierto, los guías forzaron la marcha.

Dafne se apresuró a llegar junto a sus compañeros de escuadra.

La arena todavía despedía el calor del día, pero el aire de la noche la iba templando.

A sus espaldas, la gran cordillera se hacía cada vez más pequeña según avanzaban a marchas forzadas.

Nadie hablaba. Los pies se hundían en la arena a cada paso y costaba avanzar.

Dafne caminaba con la cabeza levantada y los ojos en el cielo.

Las estrellas cubrían el desierto de punta a punta y nada se movía entre ellas.

Volvió a mirar. Bastaba que una de aquellas luces se apagara un instante para que significase que un dragón pasaba encima de ellos.

La marcha continuó gran parte de la noche. Todos habían recibido instrucciones y sabían qué debían hacer.

Taika se situó a su lado.