Capítulo 5 #2
No lo hicieron. En el consejo todos los presentes podían hablar, tanto los líderes como los representantes de las etnias.
Todos. Así lo quería ella, porque no deseaba ser una líder que imponía su voluntad por la fuerza.
Miró a Dimitrios y al general noceano, pero ambos razonaban aún la respuesta.
Jalsawi apretaba la mandíbula, molesto. El silencio se prolongó un momento más.
—Yo lo diré claro, ya que nadie se atreve —Lily fue la primera en hablar, como casi siempre, sin poder aguantarse—. O salimos a buscar comida o dentro de dos semanas nos comeremos las botas. No hay más.
—Que salgamos es lo que quieren los dragones —replicó Aiden—. Debemos permanecer en la roca. Aquí no han podido penetrar todavía. Salir al descubierto es convertirnos en su alimento, no encontrarlo para nosotros. Cada vez que un grupo grande se ha movido ahí fuera, no ha regresado.
—Lo sé, pero no podemos seguir escondidos mientras nos morimos de hambre con la cabeza metida en un agujero de roca —devolvió Lily.
—Es una situación insostenible y requiere una solución valiente —opinó Ivo, pensativo.
Dafne sabía que los tres tenían razón. Aiden actuaba cauteloso ante los dragones, no por miedo, sino porque pensaba en los que no volverían.
Lily empujaba siempre, porque ese era su carácter, a veces demasiado trivial.
Ivo razonaba las cosas a su manera, con sus filosofías.
Entre todos marcaban los límites donde ella debía decidir, y Dafne lo agradecía.
—Aibin —pidió Dafne—. Dinos qué hay ahí fuera.
El Desher Tumaini se inclinó hacia el centro del círculo y dibujó con el dedo, sobre el polvo del suelo, la línea quebrada de las montañas.
—Estamos aquí —marcó un punto—. En Madinatalmusa ya no queda alimento, tanto nosotros como los refugiados de las Montañas del Amanecer la hemos saqueado a fondo.
A la ciudad de los fanáticos no nos hemos acercado, pero en cualquier caso ahí tampoco encontraremos ayuda.
Kabiramadina, al sur, es una opción, pero está muy lejos y nadie ha regresado de allí, lo desaconsejo.
Pero hay una plaza que no hemos tocado —trazó otra marca, al suroeste—.
Esta es Albahrwalm. Ciudad que abandonamos cuando los dragones pasaron por ella.
Nadie ha vuelto a ir. Si queda comida, podría ser allí.
—¿Y por qué no ha ido nadie? —preguntó Dimitrios.
—Porque está en la costa, en una zona donde se ha avistado a la hueste de dragones —Aibin borró la línea con la palma—. Pero yo también creo que no tenemos más opción que arriesgarnos.
—¿Cuánto se tardaría? —preguntó Taika.
—Una semana de marcha si se va ligero. Semana y media a la vuelta, cargados con las provisiones.
—Una semana de ida a cielo descubierto —repitió Aiden—. Y semana y media de vuelta, más lenta, con carga, más visible. Casi tres semanas ahí fuera, en zona de control de la hueste. Lo veo muy arriesgado.
—Iríamos de noche siempre que se pudiera —expuso Dafne—. Y de día ocultos. Un grupo no demasiado grande, los justos para cargar y correr. Nada de ejércitos.
Fue entonces cuando Jalsawi habló por primera vez. Su voz sonó grave y áspera en su lengua.
—Mi gente conoce esos caminos mejor que nadie. Pescábamos por allí antes de que los dragones lo cambiaran todo —hizo una pausa—. Pero no pienso mandar a los míos a morir por llenar las barrigas de unos extraños que me arrebataron la mitad de mi hogar.
El silencio se hizo cortante. Uno de los guerreros de Jalsawi apoyó la mano en el pomo de su arma. Dafne no apartó la mirada del jefe.
—Dile que no le pido a nadie que muera por nosotros —respondió—. Le pido guías. Su gente conoce el camino y la nuestra cargará el peso. Si Albahrwalm tiene comida, hay que traerla, la necesitamos… todos.
Jalsawi escuchó con el rostro impasible. Tardó en contestar y cuando lo hizo fueron pocas palabras.
—Lo pensaré. Y no es lo mismo pensarlo que decir que sí.
No era un sí, pero tampoco el no rotundo que Dafne esperaba recibir. Algo era algo. Con Jalsawi todo se ganaba así, palmo a palmo.
—Sigue siendo una locura —insistió Aiden—. Y hay algo peor, los que salgan tendrán que llevarse raciones. El refugio se queda con menos aún mientras espera. Apostamos lo poco que nos queda a que Albahrwalm tenga algo. Y si no lo tiene o no vuelven… —no terminó la frase, no hacía falta.
Dafne notó los ojos de todos sobre ella, aguardando.
Esperaban una líder que tomara una decisión firme y certera.
Esperaban a Nahia, ella no titubearía. Miraría a Aiden a los ojos y le daría una de esas respuestas que hacían que la gente la siguiera a la batalla sin preguntar.
Dafne no tenía esa clase de respuestas, pero tenía que darlas, y lo haría.
—¿Sabéis qué haría Nahia si estuviera aquí?
—preguntó, y notó cómo el círculo entero se inclinaba hacia ella al oír su nombre—.
No se quedaría sentada esperando a que el almacén decidiera por nosotros.
Saldría. Y no porque no viera el peligro, sino porque sabría que quedarse también es una forma de morir.
Nadie replicó, ni siquiera Aiden. El nombre de Nahia hacía siempre mella en los rebeldes de Kraido, les devolvía la esperanza que el hambre les había ido quitando. Dafne lo usaba porque funcionaba mientras se decía a sí misma que no era mentira, que solo hacía lo que su amiga haría en su lugar.
—Saldremos mañana al anochecer —sentenció—. Grupo reducido. La Escuadra Ígnea y los guías que Jalsawi quiera prestarnos, si es que los presta. Dimitrios, tus tiradores tendrán que cubrir nuestra salida y nuestra llegada.
—Cuenta con ello —Dimitrios descruzó los brazos por primera vez en toda la reunión. Hacer algo, lo que fuera, siempre pesaba menos que esperar.
—Entonces está decidido —Dafne se puso en pie y el círculo se deshizo a su alrededor—. Que descanse quien pueda. Mañana empieza lo difícil.
Las antorchas se apagaron una tras otra. Jalsawi se marchó sin despedirse, con sus guerreros pegados a la espalda, y Dafne se quedó mirando cómo su silueta se perdía en la boca de la galería del este.
—¿Crees que prestará a los guías? —preguntó Taika en voz baja.
—No lo sé —Dafne se frotó los ojos, cansada—. Le he dado una razón para decir que sí y tiempo para pensarlo. Es todo lo que puedo hacer, lo demás depende de él.
—Es la decisión correcta —aseguró Taika, y se marchó.
Dafne no estaba segura de que lo fuera, pero por primera vez en semanas se acostó con un plan y no solo con preguntas sin respuesta. No era mucho y, aun así, se sintió mejor a pesar de la posibilidad de morir todos al día siguiente.